La Bestia de Los PrĂ³ceres

En 2006, el Barrio de Los PrĂ³ceres en Ciudad BolĂ­var fue azotado por una criatura desconocida que propagĂ³ el terror en la comunidad. Al cruzar el Puente Angostura, recto por la Avenida Perimetral, se alcanza a vislumbrar un limbo geogrĂ¡fico enclavado en la periferia de la planificaciĂ³n urbana, como dejado a medias para ocultar un secreto primordial. Entre la 

Escuela Zanjonote y la Universidad SimĂ³n RodrĂ­guez existe hondonada de sombras vegetales y cicatrices que sugieren formas que no deberĂ­an estar allĂ­, como si la tierra misma se hubiera plegado para dar refugio a un animal inmenso.

Este terreno baldĂ­o yace abandonado como un monumento natural injerto al este de Ciudad BolĂ­var: una mancha forestal que palpita en los rĂ­os de asfalto y casas enanas que florecen en la Angostura como hongos despuĂ©s del aguacero. Se cree que la monstruosidad provino de mĂ¡s allĂ¡ de la carretera, de la extensiĂ³n desahabitada de Orocopiche y aquellos pasajes que transporta el Orinoco como un rĂ­o de almas por el que fluyen barcas de oro y huesos. Pero el capĂ­tulo de terror que sometiĂ³ Los PrĂ³ceres no escapĂ³ de portales sobrenaturales; no, fue consecuencia del hombre al juzgar la sustancia de la naturaleza como oprobio de su carĂ¡cter. 

En estos años, aĂºn las calles del sector estaban surtidas con agua en sus tuberĂ­as y se gozaba de un clamor floreciente bajo el sol tropical. Los sĂ­ntomas del sĂ­ncope guayanĂ©s no eran tan abruptos como hoy dĂ­a, y la Universidad SimĂ³n RodrĂ­guez gozaba de gran cantidad de alumnos en el Ă¡rea agropecuaria y niños jugando en el Campo de BĂ©isbol, gozando de excursiones extraordinarias en esta extensiĂ³n que ronda casi las cincuenta hectĂ¡reas: un terreno demasiado grande para estar encajonado en plena ciudad. Lo suficientemente enorme para abortar un horror indescriptible en sus cañadas y desniveles, sin ser vista por los muchachitos de aventura y los jĂ³venes alcoholizados en busca de sexo al aire libre. O al menos se gozaron las delicias de la hondonada por años, hasta que desapareciĂ³ ese niñito en la academia de bĂ©isbol. 

VĂ­ctor HernĂ¡ndez tenĂ­a nueve años cuando se perdiĂ³ en esta extensiĂ³n. Sus papĂ¡s lo dejaban todas las tardes con un profesor de bĂ©isbol en el campo de arena rojiza que custodia la UrbanizaciĂ³n Los PrĂ³ceres, pero tras terminar las prĂ¡cticas del dĂ­a se dieron cuenta que el muchachito no estaba por ningĂºn lado. Era costumbre suya, segĂºn el profesor Luis Espinoza, jugar con la arena cuando se aburrĂ­a de los ejercicios de lanzamiento y bateo, como todos los niños inquietos. Pero no aparecĂ­a por ningĂºn lado, y no se habĂ­an visto vehĂ­culos extraños en el estacionamiento por lo que se creyĂ³ perdido en la vasta extensiĂ³n que va desde detrĂ¡s del campo hasta el Barrio Gran Sabana y el Proyecto Socioproductivo financiado por el gobernador Rangel GĂ³mez junto al Instituto TecnolĂ³gico de Puerto Bello. 

Los papĂ¡s de los demĂ¡s niños colaboraron en una intensa labor de bĂºsqueda que se prolongĂ³ hasta el anochecer, pero no se hallĂ³ mĂ¡s que un zapato infantil. Se contactĂ³ a la policĂ­a para denunciar la desapareciĂ³n, pero el resultado era incierto. Incluso el hermano mayor del desaparecido, Engeiberth HernĂ¡ndez, se comprometiĂ³ con la bĂºsqueda pese a su mala reputaciĂ³n en el barrio. Pero todos los intentos fueron en vano, y mientras Ă©l decĂ­a que su hermano estaba solo y perdido, se consumĂ­an las horas. AmaneciĂ³, y no se hallĂ³ rastro con mĂ¡s de treinta oficiales buscando al niño. Y asĂ­ pasaron tres dĂ­as mĂ¡s, sin que Engeiberth durmiera o comiera hasta derrumbarse por agotamiento.

La desapareciĂ³ del menor causĂ³ sensaciĂ³n en la poblaciĂ³n con una foto suya en su graduaciĂ³n de preescolar figurando en el encabezado de El Progreso, cargado en brazos por su hermano mayor antes de descarrilar su camino. Durante una semana la policĂ­a ejecutĂ³ labores de bĂºsqueda por la extensiĂ³n sin hallar mĂ¡s que cagarrutas anormales de iguanas gigantes y pieles de vĂ­boras. El niño habĂ­a desaparecido como en presagio de un antiguo despertar que emanĂ³ como un conjuro de la tierra. Y Engeiberth HernĂ¡ndez, ese joven problemĂ¡tico que tanto dolores de cabeza les causĂ³ a sus padres, les prometiĂ³ que lo traerĂ­a de vuelta.

Este muchacho era uno de esos «descarriados del camino», que se perfilĂ³ desde niño por su sobresaliente inteligencia y actitudes fĂ­sicas como una posible eminencia, pero que al graduarse del bachillerato se hallĂ³ con un mundo desconocido, hostil, habitado por mariposas negras y personas de papel. AceptĂ³ el cupo en la SimĂ³n RodrĂ­guez para estudiar veterinaria, y al año estaba harto, y querĂ­a trabajar para probarse ante los cuchillos del mundo, pero tampoco eso llenĂ³ su vaso roto, y renunciĂ³ a todos los trabajos sin haber cumplido el primer mes. DecĂ­a que todo lo aburrĂ­a, que no estaba hecho para el mundo, y que a lo mejor se tomarĂ­a un año libre antes de volver a la universidad. Pero sus papĂ¡s no aprobaron esto, porque sabĂ­an que su hijo fumaba marihuana y habĂ­a sido visto robando las gallinas de los golpones del Proyecto Socioproductivo, solo por el estĂ­mulo de la acciĂ³n mĂ¡s que por la recompensa del hurto. Las mejores notas desde la primaria, una complexiĂ³n atlĂ©tica que lo hacĂ­a destacarse en los eventos escolares de la Cancha Deportiva, incluso una tentativa para el fĂºtbol universitario para representar a la ciudad; pero Engeiberth creĂ­a que el mundo habĂ­a quemado sus alas, que el sol tropical le hervĂ­a el tuĂ©tano hasta que el alma se le salĂ­a a chorros por la nariz junto con coĂ¡gulos de lo que quedĂ³ de su cerebro un dĂ­a brillante. La marihuana solo era un quiste que no se intervenĂ­a por miedo: pavor a fracasar, a probarse contra un mundo para el que todos pensaban que estaba preparado, y no era real. 

Y allĂ­ en los altos montes, donde estuve, lo vĂ­ desaparecer con un cigarro en los labios adornados por el bigote de flor y el gorro de paño con los hilos descosidos. AllĂ­ donde aulla la brisa, y se engendran despojos bajo la noche esfĂ©rica. Los Ă¡rboles crecen sin que la memoria los haga realidad en el reflejo del mundo, y el calor agrieta la tierra roja donde se asientan las piedras desde el principio de los tiempos. 

Pero la Bestia, como asĂ­ la concibieron los testigos, seguĂ­a rondando el barrio con un apetito estrenado por la carne humana. Y ocurriĂ³ en la Escuela Zanjonote a plena luz del dĂ­a, mientras los muchachos jugaban en el patio y un animal extraño se posĂ³ en la arboleda. El clamor de los gritos suspendiĂ³ los juegos recreativos, y las maestras rompieron en desmayos cuando vieron a un niñito colgar de la enramada con los miembros rĂ­gidos como una piñata, mientras los cordones de sangre saltaban con espasmos sobre un caminito de concreto. Un momento despuĂ©s, habĂ­a sido arrebato por la criatura con direcciĂ³n a la hondonada baldĂ­a donde se retomarĂ­an  las operaciones de bĂºsqueda, un mes despuĂ©s de la desapariciĂ³n de VĂ­ctor HernĂ¡ndez. 

«La Bestia de Los PrĂ³ceres» publicĂ³ El Progreso en su primera plana con un dibujo del monstruo hecho por con colores por menor traumatizado. «TenĂ­a cachos, cola de leĂ³n y boca de culebra —decĂ­an los niños segĂºn el detective Alonzo Zaragoza de la PTJ —. PodrĂ­a ser un cunaguaro que vino del otro lado de la carretera. Pero es raro, porque estos animales no se acercan a las zonas pobladas ni tienen tanta fuerza para llevarse a un niño asĂ­. Hemos contactado un experto de Nueva BolĂ­var, que nos asesorarĂ¡ para controlar esta amenaza».

Una semana despuĂ©s, el zoologo Carlos Zamprum Belisario llegaba a Ciudad BolĂ­var para analizar la fauna local en busca de un depredador capaz de cometer estos crĂ­menes. No obstante, los testimonios de espĂ­ritus inmundos invocados por los brujos de La Ceiba se repetĂ­an con estruendo en la Iglesia Sion, y en la Iglesia Santa Eduvigis se predicaba sobre fosas satĂ¡nicas que se abrĂ­an a la medianoche para dejar escapar a los carroñeros del Averno. Incluso una comitiva de predicadores se internĂ³ en el terraplĂ©n, biblia en mano, para reprender al demonio antiguo. Pero lamentablemente la pastora se desmayĂ³ por el ayuno, y tuvieron que socorrerla bajo el sol en su punto mĂ¡ximo.

No fue hasta la tercera desapariciĂ³n, en el patio intramuros de una casa en Los PrĂ³ceres, que la situaciĂ³n se volviĂ³ crĂ­tica. MĂ³nica Guerrero tenĂ­a once años y fue atacada mientras jugaba sola bajo un sembradĂ­o de plĂ¡tano que su familia tenĂ­a detrĂ¡s de la casa. Los bramidos de la perra atada con cadena llamaron la atenciĂ³n de la niña, observada por su mamĂ¡ mientras fumaba en una mecedora, que la vio acercarse a un matorral segundos antes de doblarse por la cintura en una torsiĂ³n extraña sin poder gritar. La mujer saltĂ³ de la silla, mientras su pequeña suspendida en el aire rompĂ­a en temblores y saltaba por el muro como poseĂ­da por una fuerza extraña dejando una peste sulfurosa. Incapaz de reaccionar al altercado, llamĂ³ a gritos a un vecino que estaba tendiendo unas sabanas y dijo que mirĂ³ a un extraño animal con una muñeca de trapo en el hocico. 

—¡Era mi hija! —AullĂ³ la mujer antes de colapsar en el patio.

La bĂºsqueda fue inminente, pero el resultado tan decepcionante como los otros. El rastro de sangre se perdĂ­a en la arboleda, como si ese animal pudiera trepar sin importar el tamaño de su presa para devorarlo en las alturas. Esa misma noche, entre mugidos inhumanos que parecĂ­an ejercer una presiĂ³n maligna sobre el alumbrado pĂºblico, una silueta lĂ­quida daba tropezones como un borracho, ignorando el rugido de los automĂ³viles en pleno ascenso. Se alcanzaba a ver desde las ventanas como una proyecciĂ³n del mĂ¡s allĂ¡, y se creyĂ³ que la Bestia habĂ­a transmutado despuĂ©s del festĂ­n para pasearse por las calles de su regencia. Algunos salieron con revĂ³lver en mano y palos para exterminar al monstruo, llevĂ¡ndose las manos a la boca y conteniendo el aliento mientras el moribundo Engeiberth HernĂ¡ndez se derrumbaba ante la puerta de su casa como un saco de carne insĂ­pida. En sus manos llevaba una bulto pesado.

—Lo he visto —repetĂ­a con la voz herida —... Es inmenso, espantoso, y... tiene plumas. —HabĂ­a perdido mucha sangre, pero reuniĂ³ fuerzas para abrir la bolsa ante la mirada atĂ³nita de sus padres —. Les dijo que lo traerĂ­a a casa —y sacĂ³ una calavera diminuta de una sarta de huesos curtidos —. Al menos sĂ­ pude terminar esto, ¿verdad? No fui tan mal hijo...

Y se desplomĂ³ frente a ellos. Lo llevaron en ambulancia al Hospital Ruiz y PĂ¡ez, pero no sobreviviĂ³ al traslado. Al funeral solo fueron familiares, pues Ă©l no conservĂ³ a sus amigos de la infancia por las turbulencias de la vida, y los vecinos creĂ­an que solo era otro «roba gallinas». La Bestia de Los PrĂ³ceres habĂ­a reclamado otra vĂ­ctima, y sembrado un misterio sobre su naturaleza que el investigador Zamprum Belisario no podĂ­a dilucidar: ¿un pajarĂ³ carnĂ­voro de gran tamaño en esta regiĂ³n? Era imposible para la zoologĂ­a concebir una criatura asĂ­, aves rapaces como el gabĂ¡n soldado o el Ă¡guila arpĂ­a no alcanzaban mĂ¡s del metro de altura por ejemplar, y no atacaban humanos. Se trataba de un caso extraordinario que podĂ­a replantear todos los conceptos formulados por la comunidad cientĂ­fica latinoamericana. SegĂºn la autopsia de Engeiberth HernĂ¡ndez, las heridas que le ocasionaron la muerte fueron producidas por garras de mĂ¡s de quince centĂ­metros, y potentes colmillos que desgarraron los mĂºsculos con una fuerza comparable a la de perros entrenados. Un enigma criptozoolĂ³gico que hubiera despertado la conmociĂ³n en el internet actual, pero que la comunidad supersticiosa sentenciĂ³ al mural de las abominaciones satĂ¡nicas.

—Creer que esta criatura es solo un espĂ©cimen raro serĂ­a un atentando contra el rigor cientĂ­fico —declarĂ³ Carlos Zamprum Belisario en una entrevista por Radio Capital 99.9 FM —. No hay antecedentes comprobados o leyendas autĂ³ctonas que corroboren la existencia. No, yo creo que es diferente. Se trata de un fenĂ³meno dentro de la evoluciĂ³n especulativa que aĂºn no se ha comprobado por ls comunidad cientĂ­fica: el Efecto Calisto. SĂ­, asĂ­ como lo dije. PodrĂ­a tratarse del primero en la historia moderna, pues hay registro de un evento parecido que ocurriĂ³ en Francia hace trescientos años: la Bestia de GĂ©vaudan. Esto no me lo estoy inventando, porque lo que voy a decir ha generado muchos debates en las convenciones de fauna y flora.

»El efecto Calisto propone que la evoluciĂ³n a veces comete errores. Puede que de manera esporĂ¡dica aparezca un ejemplar inusual y tan peligroso que devasta su entorno antes de agotar sus recursos. Puede que la Bestia de Los PrĂ³ceres sea producto de una mutaciĂ³n Ăºnica, que convirtiĂ³ a su individuo en la cĂºspide evolutiva de su propia especie. Incluso ha habido humanos que presentaron esta anomalĂ­a genĂ©tica, que los volviĂ³ superiores a la poblaciĂ³n normal, pero... este azar no garantiza que pueda encontrar una pareja ideal para reproducirse. Si los rasgos de un organismo son Ăºnicos para sĂ­ mismo y no se propagan al resto de la poblaciĂ³n, entonces ese individuo fue un error.

—¿Cree que Dios se equivocĂ³? —Lo interpela el entrevistador.

—Yo no creo en Dios —declara el zoologo con voz neutra —. ¿Por quĂ© nacen personas con deformidades, viniendo al caso? ¿QuĂ© opina Dios de los mutantes sin cabeza? Esa es, en verdad, la razĂ³n por la que criaturas como la Bestia de GĂ©vaudan son demasiado raras. Las mutaciones ocurren al azar como resultado de errores genĂ©tico en los gametos. No es posible que mĂºltiples mutaciones produzcan un organismo viable exitoso. Incluso, si nace y vive este "monstruo", casi siempre son fracasos. Si no paren, entonces sus genes no se transmiten y ya estĂ¡.

—¿Y dĂ³nde pudo haber surgido este espĂ©cimen Ăºnico? —El locutor parecĂ­a interesado —. Tengo entendido que al otro lado de este terreno hay un Proyecto Socioproductivo de CrĂ­a de Pollos financiado por el gobierno, con la participaciĂ³n de las universidades e instituciones de...

—¿QuĂ© significa esto?

—Bueno, los ancestros de las gallinas son los dinosaurios, ¿no?

—Mejor me voy, no me gusta especular en medios de comunicaciĂ³n...

Pero el detective Alonzo Zaragoza recibiĂ³ una llamada del Instituto de Seguridad PĂºblica pidiendo su retiro del caso y la recusaciĂ³n del zoologo, y cuando Ă©l preguntĂ³ por quĂ©, el Comisario Margarito le explicĂ³ que eran «ordenes del gobernador». Y asĂ­ se hizo, el caso quedĂ³ delegado al abismo burocrĂ¡tico de Seguridad PĂºblica, siendo enviados sus funcionarios mĂ¡s acostumbrados al malestar sobrenatural, a cazar a esta criatura concebida por un tiempo litĂºrgico impreciso. No me explayarĂ© en sus metodologĂ­as arraigadas a la metafĂ­sica, pues estos empleados pĂºblicos representan un «nicho de culebras fanĂ¡ticas del ocultismo», ni hablarĂ© de sus contratos con Cortes Espirituales. Una vez vi a uno de ellos masticando vidrio como si fueran papĂ¡s fritas mientras la sangre le corrĂ­a por la barbilla como saliva, y decĂ­a que asĂ­ podĂ­a prevenir el futuro. No sĂ© quĂ© tan exacto sea esto. 

Lo mataron con sus machetes oxidados, y lo pasearon sobre una camioneta como una Virgen por las calles de Los PrĂ³ceres, mientras bebĂ­an Old Parr y Buchanan's entre vĂ­tores. Uno de ellos, el Agente Jefe Domingo Nuñez, escupiĂ³ fuego por la boca y rostizĂ³ las plumas blancas del majestuoso pĂ¡jaro: mitad basilisco grotesco, mitad diĂ³s hindĂº de alas encantadas. Una pastora de la Iglesia Sion los mirĂ³ pasar frente a su congregaciĂ³n, y quedĂ³ prendida del monstruo.

—¡QuĂ© el Señor te reprenda, demonio!

Un agente joven de overol ensangrentado y pelo achicharrado soltĂ³ una carcajada, y vaciĂ³ una botella de un trago mientras la camioneta pasaba con lentitud frente al edificio. Las alas eran tan grandes que cubrĂ­an las puertas del vehĂ­culo y las plumas rozaban el asfalto. No parecĂ­a muerto, mĂ¡s bien estaba como suspendido en un trance.

La mĂºsica de la camioneta repicĂ³ con tambores de Calipso, y los agentes se pusieron a bailar como monos grises. 

—¡Fuera SatanĂ¡s, fuera...! ¡Ja, ja, ja! ¡Diablo, diablo, diablo...! 


AntologĂ­a: Duendes y Espantos

Gerardo Steinfeld 2026

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