La Maldición sobre la Familia Aguirre

Hay libros que no deberían abrirse por curiosidad, porque nunca sabes qué puedes despertar. Un grimorio no es para leerse: es un pacto con una entidad desconocida. Y el precio no siempre lo pagas tú... a veces lo paga tu familia.

Antes de llegar al Paseo Orinoco de Ciudad Bolívar, se alcanza a ver una fortaleza erigida sobre el perfil de la colina: esta casa domina el asfalto desde la altura con un imponente muro gris, desgastado por los elementos y la vegetación que recta, como escapando de antiguos poderes. Popularmente se cree que nadie vive en esta casona porque, pese a estar ubicada en la Avenida Principal, la ausencia ocupa sus vistosas pasarelas y el misterio de lo que acecha en sus entrañas sigue latente en el imaginario.

Sus fachadas juegan con blanco en la base y salmón en el nivel superior, enmarcado por molduras oscuras y un tejado de arcilla que resplandece bajo el mediodía. Y en la cúspide, una amplia terraza protegida por barandillas de hierro proyecta sombras complejas sobre los pasillos salpicados de plantas ornamentales.

La propiedad conserva un aire enrarecido: escenario de un capítulo aterrador en la historia guayanesa, que aún hoy, muchísimos años después, no tiene explicación. QuizÔs el señor José Alberto Aguirre se haya llevado gran parte de sus secretos a la tumba, pero esas fuerzas invocadas en noches propicias siguen zumbando en el aire como moscas de sangre. Vecinos los ven saltar por la escalera de concreto y esconderse en el abandonado Jardín BotÔnico.

En la crónica se tiene a la familia Aguirre como un modelo ejemplar bajo la tutela del patriarca. Los Ćŗnicos acontecimientos capaces de perturbar sus almas eran el nacimiento, el matrimonio, la muerte y los estados continuos a estos... y, lo que parecĆ­a ser el idilio de Oriente se convirtió en una mancha tenebrosa que el tiempo diluyó hasta alcanzar lo innombrable. 

José Alberto Aguirre era un médico cirujano y farmacéutico experimental de Maracay que cayó bajo el hechizo del Orinoco, y construyó la Casa Rosa en la colina erguida sobre la Laguna El Porvenir. Allí se asentó junto a la doctora internista Luisa Pérez, y tuvieron cuatro hijos durante las permutaciones de Ciudad Bolívar y los ciclos del Hospital Ruiz y PÔez y la Universidad Oriental. Ante las reuniones de prestigio de la Avenida TÔchira, eran vistos como una pareja culta que degustaba los clÔsicos griegos y discutía conflictos históricos junto a figuras como Leopoldo Sucre Figarella y Ernesto Cruz. Aunque en círculos mÔs cerrados, se los vio asistir a reuniones con los Magos Negros de Angostura y en paseos nocturnos por la ribera junto a sombras enmascaradas que regresaban misteriosamente al Camposanto de la Centurión.

No existen secretos imborrables en este mundo, todo se descubre. Los testimonios de las dos amas de la Casa Rosa son cada uno mĆ”s escalofriante que el otro, y es que segĆŗn sus declaraciones anónimas, esta edificación era un consorcio de otros mundos: los demonios gritaban en el sótano, entre los muros, y arrastraban sus grilletes por los pasillos. El enigma detrĆ”s de la tragedia parece hallar su clave en un texto que este hombre escondĆ­a en un cuarto privado. 

—Se cree que JosĆ© Aguirre era masón —cuenta Luis Alfonso Obregón, Historiador de Casas Patrimoniales —. Antes sĆ­ habĆ­a mĆ”s tabĆŗ sobre este grupo. No es una religión: es una doctrina de vida. Los masones tienen lugares secretos donde llevan a cabo sus rituales. La mayorĆ­a de casas coloniales en el Casco Histórico de Angostura tiene estas habitaciones ocultas porque sus constructores fueron masones. De hecho, se cree que los tĆŗneles subterrĆ”neos se construyeron para llevar a cabo ceremonias secretas.

—Pero los masones no son una secta de brujos —nos comenta Eulalio JimĆ©nez, de la Logia Sol de Angostura —. Para ser miembro tienes que creer en una fuerza superior. Todo fue concebido por el Gran Arquitecto, y nuestros principios morales se basan en la moral y el autodescubrimiento. 

SegĆŗn las sirvientas, el seƱor Aguirre asistĆ­a a este cuarto secreto todos los viernes a las tres de la tarde, y Ć©l se ocupaba celosamente de este recinto. Ni siquiera los hijos o la esposa podĆ­an descubrir la totalidad del misterio porque estaba prohibido. Las maquinaciones concebidas en secreto parecĆ­an despertar el eco profano de un mĆ”s allĆ” invisible, asesorado por figuras como Luis Bartoloci, Ćŗnico estudiante guayanĆ©s del indecible NicolĆ”s Fedor; y Rigoberto Astudillo, espaƱol enigmĆ”tico que fundó a los Magos Negros de Angostura. 

En la Casa Rosa se respiraba un aire pesado, como si de las esquinas emanase un vapor translĆŗcido y oxidado que se enganchaba a los pulmones. Y en este sopor, Luisa PĆ©rez no sabĆ­a si mostrarse indiferente o ceder ante las ocupaciones de su marido, que parecĆ­a encerrado en un cascarón de procedimientos. ¿De quĆ© materia estaba hecho donde se entrelazan pero no se funden los elementos y la base de otras mil vidas?

—TrabajĆ© casi veinte aƱos en el hospital —cuenta Jonathan Mesones, vigilante jubilado que fue internado en el asilo por su hijos que emigraron —. Pero nadie conocĆ­a realmente al Doctor Aguirre. Era un hombre muy encerrado que nunca salĆ­a de su consultorio. No tomaba ni fumaba, y a lo mejor ni siquiera le gustaba su mujer. VivĆ­a para trabajar, obstinado, y se la pasaba midiendo polvos en unas balanzas y anotando. Pero era muy buen mĆ©dico, creo que dominaba muchas ramas de la medicina. Nunca hubo otro tan inteligente y tan solicitado. Yo creo que sĆ­ estaba a punto de descubrir algo. Lastima que pasó aquello que lo volvió loco. O quizĆ”s siempre fue un loco que se cansó de actuar. De esos habĆ­a bastante en el hospital. 

Luisa PĆ©rez le insinuó a su madre, dĆ­as previos a la tragedia, que su esposo parecĆ­a inmensamente agotado. Como si las almas que lo ponĆ­an fueran centrifugadas desde el principio de los tiempos, y finalmente se estuvieran desgastando. Estaba irritable, mĆ”s taciturno, y propenso a esos encierros en el habitaculo privado donde solĆ­a ocupar sus horas. Intentó espiar lo que ocurrĆ­a, harta de aquella rareza, pero las paredes estaban insonorizadas, y lo Ćŗnico que percibĆ­a era un murmullo y un olor picante que la hacĆ­a estornudar. DecĆ­a que encontrarĆ­a la llave, y sacarĆ­a todo lo que estuviera escondido allĆ­ sin importar las consecuencias. Que se llevarĆ­a a los niƱos lejos para impedir que JosĆ© les transmitiera sus extraƱas ideas y amistades, como estaba planeando hacer cuando ambos llegaran a cierta edad. Su comportamiento estaba cambiando, le decĆ­a a su madre por llamada, que ella y los muchachos eran accesorios para seguir prolongando no sĆ© quĆ© antiguo. Que no iba a permitir que su ego la rompiera. 

Las horas que anteceden a la tragedia, JosĆ© Alberto salió tarde del consultorio porque una paciente presentaba sĆ­ntomas complejos. La defensa en su juicio interpeló que los horarios no coinciden con la investigación de los hechos efectuada por la PolicĆ­a TĆ©cnica Judicial, y que Ć©l no pudo haber cometido los horrores. Pero su falta de respuesta a las ofensivas del juzgado y la evidencia fĆ­sica le valió una condena que lo arrastrarĆ­a hasta la fatalidad. 

SegĆŗn la reconstrucción policial, JosĆ© Alberto Aguirre manejó del RuĆ­z y PĆ”ez a la Casa Rosa entre las ocho y nueve de la noche. Al llegar a casa, sostuvo un altercado con Luisa PĆ©rez en la sala, teniendo como consecuencia un intercambio de golpes —por los rasguƱos y lesiones que el supuesto perpetrador presentó en brazos y cuello —, hasta que el hombre la golpeó con un florero causando un shock. Los vecinos escucharon el escĆ”ndalo, pero no llamaron a las autoridades pese a que algunos dijeron que nunca habĆ­an escuchado un alboroto semejante. No contento con esto, utilizó un martillo para destrozar su cabeza hasta que quedó irreconocible: una masa de carne y pelo que salpicó las paredes y la alfombra. Los niƱos, presenciando la escena, corrieron a la cocina buscando cuchillos para defenderse —asĆ­ lo muestra la herida punzocortante de seis centĆ­metros que tenĆ­a el presunto en la espalda —; y el seƱor Aguirre les aplastó sucesivamente las cabezas infantiles con el martillo, pero no fue tan drĆ”stico, y se limitó a fracturar sus crĆ”neos. DespuĆ©s llamó a la policĆ­a, y pidió ser arrestado por homicida. La escena fue tan perversa que se publicaban fotografĆ­as censuradas en los periódicos nacionales. 

Pero el detective Alonzo Zaragoza dictó que el desorden de la casa no coincidía con lo entredicho por la PTJ, y la declaración que presentó el forense era una contradicción sin sentido: los niños presentaban necrofagia, es decir, estaban parcialmente comidos; y lo mÔs escalofriante, se hallaron estos restos en el contenido estomacal de su madre. Aunado a este desconcierto, la hora de muerte no coincidía con el tiempo de homicidio de los cuerpos, pues estaban mÔs fríos y rígidos que lo estimado, y sus pies mostraban gran hinchazón y livides (acumulación de sangre a causa de la gravedad) como si hubieran muerto de pie. JamÔs se investigó la causa de este arrebato caníbal, y la verdadera razón del caos en la Casa Rosa.

La policĆ­a no investigó por desconocimiento el supuesto cuarto secreto del SeƱor Aguirre. Sin importar las inconsistencias del juicio, el juez no desestimó la culpabilidad del homicida y le otorgó la pena mĆ”xima en la CĆ”rcel de Vista Hermosa. JosĆ© Alberto Aguirre fue asesinado a la semana por un recluso desconocido, que los guardias ni siquiera intentaron descubrir por el crimen que se le adjudicó. 

La Casa Rosa hoy pertenece a Luis Bartoloci, que se mira bien conservado para casi tener los noventa aƱos, algunos creen que el secreto de su longevidad se debe a esas artes oscuras que aprendió de NicolĆ”s Fedor. Puede que Ć©l haya descubierto el pasaje secreto que condenó a los Aguirre, allĆ­ donde se esconden misterios bajo el peso incontenible del mundo. Aquel libro prohibido tambiĆ©n desapareció de la crónica. 

AntologĆ­a: Duendes y Espantos

Gerardo Steinfeld 2026

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