Crónica del Llano Negro
¿Qué no sabes que Juan Vicente Gómez ha regresado de entre los muertos para sembrar el terror en el Llano?
Cabalga desde las galeras de Guárico hasta la Mesa de Guanipa arrasando con cualquier ranchito a su paso y dejando un reguero de descuartizados y reses quemadas. Dicen que comanda una legión de ánimas por las sabanas de horizontes infinitos en busca de un tesoro legendario, incendiando sembradíos a lo largo del río Apure en nombre de antiguos poderes desenterrados por la llanura. Y se dirige a Acarigua desde Guaranito, cabalgando sobre las lomas tropicales, al frente de jinetes que lo escoltaron del infierno con la promesa de quemar el alma llanera de la ciudad.
En la contra, el Coronel Douglas Astudillo compite con el difunto dictador en perversión, remontando los riachuelos tachonados de morichales y empujando a sus oficiales hasta las últimas consecuencias con tal de devolver al expresidente a la Tierra de los Muertos. Ambos enfrentados en un baile de fuego y sangre que probará quién consume, saquea, mata y viola más que el otro.
«Anoche salimos de Villa Bruzual despedidos por el General de Brigada, éramos unos cuarenta funcionarios de la Guardia Nacional montadas en dos blindados, y se nos sumaron los oficiales montando escándalo en sus Suzuki y aventajando nuestro camión con los martillazos del motor. En la Machito del Coronel Astudillo solo se monta el Capitán Padrón, no sé por qué. Tengo mucho miedo, mamá, y los otros andan emocionados como si fueran para una guerra de juguete. Solo hablaron de ese ejército de ultratumba, contando como en Gómez colgaba a sus enemigos de los testículos. Qué tengas buen día, te quiero. Ojalá pronto te operen ese pie».
Llegaron a La Tapita a eso de las tres de la mañana después de un sueño intranquilo, y vieron los esqueletos de las casas carbonizados que despedían un humo neblinoso en la majestuosidad de una noche sin estrellas custodiada por grandes montañas como tortugas petrificadas. Los oficiales habían llegado con una hora de anticipación cuando aún ardían los cimientos de aquellos galpones de asbesto, y remataron a los perros después que les hubieran cortado las patas arrastrándose en charcos de cera oscura.
El teniente Ramfi sostenía una Glock con la cara morena tensa como el cuero de un tambor. Observó al Capitán Padrón bajar de la Machito del Coronel, y levantó el mentón. Una humareda se elevaba de los campos donde hace horas florecían las mazorcas amarillas, y ahora amanecían montañas de cenizas áridas.
—Parece que le prendieron fuego a la casa con la familia adentro. Así como hicieron por los ranchos de Guanarito.
Los hombres alineados a lo largo de los camiones veían los tentáculos grises elevarse entre los arreboles del amanecer como una procesión de estatuas de sal: algo ajeno al tiempo que parecía aletargado en las profundidades del alma. Las guerreras color oliva parecían espejismos ante la lumbre de los carbones, y los ojos morbosos iban del Coronel como un centauro hasta el Capitán Padrón y el Teniente Ramfi, y después otra vez al Coronel que andaba señorial como un príncipe paseando entre las cagarrutas sulfúricas del infierno.
—¿Qué es eso pora'llá?
Era un hombre envuelto en brasas que aún respiraba y se arrastraba en busca de los faros de las camionetas. Los soldados lo observaban impavidos, y el Teniente Ramfi se adelantó para tender una mano al sobreviviente. El hombre tiznado miró la mano, la agarró, pero no hizo ademán de levantarse.
—¡Uy, mi Coronel! —Llamó, después de mirar al hombre por detrás —. A este le cortaron las plantas de los pies para que se arrastre como una culebra.
El Capitán Padrón se asomó, echó un vistazo a los pies del hombre y sacó la lengua como una víbora.
Ramfi se peinó los bigotes.
—Tenemos que mandarlo al hospital de Acarigua con uno de los muchachos.
El Coronel Astudillo le pasó una mano por los hombros, y se lo llevó hablando en voz baja. El Capitán sacó su Beretta y le soltó un disparo en la nuca al moribundo: su nariz explotó como una granada madura y cayó inerte en la noche esférica mientras los rescoldos del incendio soltaban carcajadas crepitantes.
El Coronel se volvió con la mirada brillosa, Ramfi parecía un pigmeo bajo su ala. Miró al Capitán y asintió con las muelas apretadas.
Volvieron a montar los camiones, incapaces de pegar ojo y abrazados al fusil como si fuera su ancla a la realidad en la zozobra de las circunstancias. Los blindados de pintura oscura se confundían con las tinieblas del crepúsculo como inmenso escarabajos rellenos de parásitos sombríos con gorras camufladas y botas cual pezuñas tiranas. El teniente Ramfi no volvió a montar su motocicleta por la impresión: su mirada fija entre los asientos se perdía en derroteros sanguíneos, apretando la escopeta contra sus costillas.
«El Teniente Ramfi nos contó que viene de Bolívar, y que antes ayudaba a su papá a reparar aires acondicionados, pero que un día llegó borracho a la casa y lo obligaron a enlistarse para que se hiciera hombre. Yo no sé exactamente qué buscó en el ejército, y el Capitán Padrón se dio cuenta de eso porque nunca me mandó de comisión con los sadicos que sí les gusta matar gente. Yo sé que estás orando por mí, porque vives metida en esa iglesia, y estoy feliz de que yo sí tenga una mamá que se preocupe por lo que hago. La gran mayoría de los soldados metidos conmigo en este camión no son diferentes a las sardinas de lata: solo quieren un hueco donde robar. Como no hay mucha señal, te mandaré WhatsApp de lo que ocurre mientras para que no te preocupes tanto. Que tengas bonito día».
Pararon en la Finca Aguaitacamino para pedirle al dueño una colaboración de víveres a cambio de promesas de protección contra las fuerzas oscuras que bullían del interior de la sabana, cuando caían los chaparrales y se formaban charcos por los que caballos espectrales trotaban sin hundirse. El dueño, un morenito delgado con botas de goma, se rehusó a sacrificar sus reses ya vendidas, pero el Coronel Astudillo se lo llevó aparte y juntos caminaron por los platanares abonados con el estiercol de las caballerizas mientras encendía un tabaco y leía sus designios en el humo. Después volvieron, y el dueño se mostró tan colaborador que mandó a sus trabajadores a matar unos tres perniles para asarlos mientras él iba en su camioneta a un pueblito cercano. Cuando regresó, el compartimiento estaba lleno con seis cajas de whisky, ocho brazos de cigarros Belmont y unos cuatro Lucky Strike que los hombres se repartieron con la boca salpicada de grasa.
Cayó la noche, y de cena el dueño les sirvió un botín de tajadas de plátano verde con abundante queso fresco que se derretía en el paladar. Como no quedaron satisfechos, mandó a su mujer a moler mazorcas tiernas para preparar panqueques de maíz dulce con tiras de carne en vara y pimientos asados. Los hombres se bebieron el licor como agua, y estaban sedientos al ocaso, por lo que el hombre sacó unas botellas de vino añejo mientras mandaba a su hijo mayor por piletas de sangría para que sus invitados hicieran estómago. Encendieron fuegos, y la esposa del dueño sacó un arpa mientras los trabajadores traían unas maracas y empezaban a cantar llaneras a todo pulmón con voz melodiosa.
El Capitán Padrón empezó a bailar un improvisado joropo con los contrapuntos de un capataz de lengua soez. En una mano sostenía una botella de Champagne Nicolas Feuillatte, y con la otra desenfundó su Beretta y comenzó a soltar disparos al aire.
La música se interrumpió, y la esposa del dueño le soltó un regaño al Capitán, que la agarró por la cintura y la besó con descaro frente a todos los soldados sentados alrededor de una fogata que ardía con leños cortados con motosierra. El capataz se alzó y le soltó una sarta de groserías al hombre, gesticulando violentamente, hasta que en respuesta, el Capitán le metió una bala en el pecho que lo dejó tendido largamente en el suelo.
—Nunca me gustó el joropo, prefiero la Salsa.
Los trabajadores se alborotaron con el dueño buscando palos, machetes y pistolas antiguas. Pero el Coronel Astudillo se interpuso con una sonrisa melosa, su altura prominente entre los llaneros de sangre brava, y pasó sus brazos por los hombres del dueño y su esposa para llevarlos lejos mientras sus hombres se paraban firme. Escucharon que hablaba sobre estos accidentes provocados por el alcohol mientras se alejaban.
No tardaron en regresar, y encerrarse en la casa mientras despachaban a los trabajadores. El Coronel los mandó a cavar un hueco para la Santa Sepultura del desafortunado mientras se retiraban los últimos empleados de la finca, y cuando ya no hubo más nadie, mandó a arrojar el cuerpo a los cerdos.
Partieron antes del amanecer dejando un reguero de botellas y huesos asados.
«El General llamó al Coronel Astudillo esta mañana porque se han visto espantos deambulando por las lomas que rodean La Aduana. El Teniente Ramfi partió adelante con Vladimir y el Negro, y me tocó manejar el camión mientras los soldados cantaban estrofas de guerras ficticias por el Ezequibo o contra la guerrilla colombiana. No sé qué vayamos a encontrar en ese pueblo, mamá, pero ya veo las primeras manchas en el horizonte de la carretera».
La Aduana estaba ardiendo cuando los oficiales llegaron en sus motos, y un hedor azucarado permanecía suspendido en el aire mientras las cenizas volaban. Al menos un centener de casas se venían abajo mientras los cuerpos desconyuntados de los pobladores se hundían en charcos cerosos bajo el sol inclemente. Los soldados revisaron las casas que aún seguían en pie, pero descubrieron que todos los habitantes fueron arrebatados de sus hogares y degollados en la Plaza Bolívar, mientras el oblongo pueblo se perdía entre decenas de chimeneas negras. Los cadáveres formaban una pirámide de carne sobre el concreto, y el Coronel mandó que les prendieran fuego con queroseno mientras sostenía en sus brazos a una indiecita de doce años que se abrazaba a su cuello como un monito huérfano.
Mandaron a los motorizados a seguirle el paso al ejército de Gómez, pero al caer la noche regresaron sin más. Entonces montaron el campamento entre muertos, con aquella fogata horripilante que desprendía un aroma parecido al asado de perniles de la víspera. Saquearon un mercado y se surtieron con toda clase de chucherías para pasar la noche, alimentando las llamas ahumadas con los cuerpos blancos como ofrendas paganas a un dios macabro. Todos en círculo, con el rostro nacarado por la lumbre, sorbiéndose los dientes.
El Capitán Padrón se pasea por la línea de luz con una botella de aguardiente en la mano.
—No creo que exista en el mundo mayor misterio que la guerra.
El Coronel Astudillo acariciaba a la indiecita por el pelo, sentada en sus piernas.
—¿Qué misterio, Capitán? Es el mismo principio que hace despegar a los aviones. La mente es capaz de muchas cosas, y Dios no es otra cosa que la mente transfigurada del hombre. ¿Y si es la mente colectiva la que volar al avión? Todos están convencidos de que despegará el avión, así como están convencidos de que él hombre es malo y hay un altísimo que vela por las acciones del uno —Los hombres lo escuchaban sin mediar palabra —. Somos Dios, señores, solo que el poder está desconcentrado en demasiados como para manifestarse en su divinidad.
—¿Y qué dice de las escrituras? —Preguntó el ex pastor —. Ningún hombre entenderá completamente los misterios de su Palabra.
El Coronel señaló la fogata de cuerpos calcinados.
—Estas son las escrituras del auténtico Dios.
Montaron guardias organizadas por el Teniente Ramfi, y al amanecer dejaron todo porque divisaron una avanzada de caballos podridos que sostenían esqueletos de vidrio.
«Tuvimos el primer contacto a las nueve de la mañana. El Teniente Ramfi nos organizó en la vanguardia disparando a todo aquel frente a aquel río de aguas amarillas, mientras la retaguardia subía a terreno elevado con sus fusiles de precisión. Los tomamos por sorpresa al descubierto de un balneario y los aniquilamos. Iban armados con machetes oxidados, lanzas de caña y demás rudimentos. Eran como diez nomás, y aunque los balazos no los matan del todo, tampoco son algo del otro mundo. Yo creo que solo han devastado allí donde la gente se espanta por ver muertos sobre caballos podridos. Eso sí, el olor es insoportable. Si todo el ejército de Gómez lo componen estas momias raquíticas, entonces estaré en casa la próxima semana».
En el balneario de arcilla roja descansaron después de caminar por horas y limpiarse la ropa salpicada de podredumbre. El Coronel caminó de la mano con la indiecita por la orilla del agua mojándose los pies, y los soldados se metieron al agua después de almorzar un arroz quemado con lentejas sin sal.
El Teniente Ramfi se lanzó desde un pequeño risco y bañó a los soldados que flotaban en el agua marrón mientras el Negro y ex pastor lavaban sus guerreras en el agua lodosa. Pasaron todo el día remojándose como focas de un planeta extraterrestre, y probando puntería contra los caimanes que sonreían en las orillas opuestas.
Vladimir le hizo saltar el ojo a uno de esos saurios antiguos, y saltó de la emoción con el fusil en la mano. Llevaba un tatuaje de Popeye en el pecho peludo. El ex pastor también tenía uno: una cruz y una rosa cubriendo una gruesa cicatriz en el esternón.
—Me operaron cuando estaba pequeño a corazón abierto —se rascó el tejido grueso —. Por eso me volví pastor. Estaba agradecido con Dios.
Vladimir sacó la cabeza del agua, chorreando como una fuente.
—¿Y por qué te saliste de la religión?
—Nunca dije que dejara de creer en Dios —se echó agua en la cabeza mientras hacía espuma con una pastilla de jabón —. Solo que ya no creo en las iglesias.
—Carajo, Coronel —el Capitán Padrón apareció desde el fondo del balneario con un cuerpo ahogado —. Eres un maldito.
Era la indiecita, y el Coronel Douglas Astudillo rompió en carcajadas mostrando los dientes amarillos por el tabaco. Los mandó a formar, y partieron a las tres de la tarde en los blindados, pero el Capitán Padrón rehusó subir a su Machito y cabalgó sobre la Suzuki del Teniente Ramfi mientras el sol álgido describía un paisaje de montes redondos y caminos de tierra excavados por las bestias de la llanura. Se dirigían al asentamiento de Nueva Florida para abastecerse de víveres antes de internarse por los horizontes desconocidos del Guaratero y El Playón, donde podían pasar semanas enteras escarbando en los montes tupidos sin encontrar más que serpientes venenosas y chigüires de pulpa hedionda. Eran semidioses mitad máquina remontando el pavimento fracturado dentro de caracoles de hojalata, como argonautas pordioseros en un mapa antiguo donde figuraban criaturas mitológicas como eventos apocalípticos grabados desde el principio del mundo.
El Teniente Ramfi se quedó atrás con el destacamento en los blindados mientras las motos lideradas por el Capitán Padrón seguían los rastrojos de una hueste del inframundo liberada en la tierra por hechizo de un mago siniestro. El Negro manejaba sobre el terreno azaroso de curvas pronunciadas, y los soldados se pasaban uno a uno los cigarros del último paquete que guardó Vladimir, y una botella de sangría que encontró en los despojos de La Aduana. El depósito de gasoil agotó sus últimos kilómetros, y el Negro apagó el motor cuesta abajo todo recto por un campo sembrado de maíz que comenzaba a humear.
Bajaron de un salto de los blindados con fusil en mano, y siguieron el Machito del Coronel por una calle de concreto hasta unos graneros incendiados como inmensas tuberías metálicas exhumando los vapores subterráneos del infierno. La formación avanzó con las cabezas bajas y los dedos sobre el gatillo, escuchando el relincho de caballos muertos y los cascos pisoteando las espinas de la adversidad.
Se escuchó el zumbido de un incendio próximo, y dos docenas de jinetes saltaron de los maizales con lanzas del largo de cañas de bambú. El destacamento se dividió en dos ante una orden del Teniente Ramfi: veinte cayeron pecho a tierra con los fusiles en ráfaga y el resto se dispersó en retirada con las ametralladoras vaciando los cartuchos. El Coronel Astudillo saltó de la Machito mientras los caballos cedían a la lluvia de plomo, pero una de las lanzas alcanzó en el pecho a Vladimir y lo atravesó de cuajo. La estampida progresó en su cabalgata pese a los jinetes derribados, y se perdió en la inmensidad de los sembradíos mientras otras siluetas florecían entre el humo y las columnas de fuego.
El hombre se agarraba el pecho ensangrentado con la punta de lanza rota naciendo como un mecanismo roto, y el Coronel ordenó que alguno le diera la última bendición, pero con vista a que ninguno se atrevió lo dejaron ahogarse mientras los graneros cedían a las llamaradas. Caminaron bajo el sol y sofocados por el humo hasta que aparecieron las motos del Capitán Padrón.
—¿Cómo está eso pora'llá? —Preguntó el ex pastor.
—Mala cosa —dictó el Capitán —. Los muertos han pasado por el cuchillo a todos los agricultores, y Gómez mandó a prenderle candela a todo lo que nos rodea. Sabe que lo perseguimos y quiere que nos asemos como pollos antes que le demos alcance en terreno abierto.
—¿Y más adelante?
El Capitán se encogió de hombros.
—Él piensa que no los vimos, pero sé que tiene unos cien llaneros escondidos en el monte, solo esperando que estemos a punto para ensartarnos cuando el fuego nos obligue a salir. Igual todo esto se va a estar quemando en una hora.
El Coronel Astudillo sonrió, y mandó a que le quitaran los cojines y las puertas a la Machito.
«Se me acaba la batería, mamá. Creo que estamos llegando a un punto crítico en nuestra misión. Parece que Gómez es más inteligente de lo que creemos, pues dejó que mataramos ese pequeño escuadrón de reconocimiento para creernos en ventaja. Nos metimos en su terreno y estamos en su trampa, por lo que no sé si podremos atravesar el cerco. Espero que estés orando por mí, intentaré llegar a ti con todas mis fuerzas».
La Machito aceleró por la carretera en medio del holocausto de fuego como un erizo del que sobresalían cañones de fusil. Los hombres apretados en su interior hervían conforme remontaban el camino a la redención. Habían desmontado el parabrisas, las puertas, las ventanas y los cojines. Incluso en el techo se aferraban las manos rígidas, a alta revolución, y las motos con tres tripulantes aceleraban para abrirse paso ante las bofetadas de calor.
Hasta que vieron el final del campo, allí donde una curva conducía al interior de las montañas y el terreno se depremía en una hondonada de matorrales y árboles de raíces protuberantes.
—¡Agarrense duro, malditos!
El Coronel Astudillo viró el volante abandonado el infierno por la curva, y la camioneta se deslizó ligeramente mientras de la hondonada surgía un batallón de llaneros raquíticos con la piel verdosa. Derramaron un alud de plomo entre las lanzas que llenaban el aire como flechas amazónicas, y rebasaron la distancia seguidos de las escurridizas motos. Los caballos saltaron de la hondonada con calaveras humeantes montando sus grupas sin pellejo, y los soldados fueron saltando uno a uno del vehículo en movimiento para adentrarse en el corazón de la pendiente.
Los muertos se fueron dividiendo conforme saltaban guerreros del vehículo como uvas separándose de un racimo. Los jinetes saltaban de la carretera a la pendiente cuesta arriba, para encontrarse con el fuego exterminador de soldados reagrupados por el Teniente Ramfi y el Negro.
El último fue el Coronel Douglas Astudillo, que mandó las dos motos que quedaban bajo el mando del ex pastor para llegar a la localidad más cercana mientras ellos atravesaban las montañas hasta Villa Bruzual. Irían a pie, hasta encontrar un hato donde poder guarecerse para advertir de la llegada de Gómez a Acarigua en tres días.
Aquello fue el renacer de una pesadilla atravesando un túnel vegetal que parecía no tener final. El Negro se quejaba que una lanza lo alcanzó en el hombro y le había roto el hueso, y a uno de los oficiales le picó una culebra y la pierna se le hinchó tanto que pedía que se la cortaran. Parodia de un cuento de hadas tropical en el que vagaban por miles de años bajo el influjo de un espíritu maligno deleitado con su desesperación. Se pasaban las cantimploras rellenas de néctar, y chupaban con los labios resecos y los pies agrietados entre la música de las cigarras y los pájaros frívolos desde la arboleda inmensa, más inmensa que el cielo y las estrellas, y los duendes grises que les metían ciempiés venenosos en las botas o hacían zumbar cascabeles cuando estaban orinando.
El Coronel los obligaba a caminar durante la noche bajo amparo de una luna gibosa, y en el día debían estar atentos a los ruidos de los muertos paseando como novias fúnebres entre los troncos centinelas. Hasta que el hombre de la mordida se murió, y no tuvieron fuerzas para enterrarlo mientras las fieras silvestres los acechaban.
—¿Sabes para dónde vas? —Lo retó el Capitán Padrón, ya ojeroso por el cansancio después de dos días sin pegar ojo.
—Calmado pueblo, ya casi.
—Ya hasta hablas como un maldito político.
—¿Escuchas eso, Capitán?
—Una mierda.
Era cierto, los soldados se detuvieron en el silencio de la segunda noche con el estómago desgastando sus propios muros. El resplandor plateado hacía cabriolas en un cielo espléndido, que se negaba a demostrar la existencia de otros planetas. El Capitán Padrón se giró a un matorral con el rostro demacrado, y un jaguar saltó de la oscuridad dándole un beso mortal que le arrancó la lengua entre espasmos súbitos.
Entonces cayeron sobre ellos los espíritus tenebrosos convocados más allá de las estrellas donde se asfixian las ciudadelas negras. Los esqueletos forrados de piel hicieron caer cuchillos de cocina sobre el destacamento, mientras los caballos saltaban en el pronunciamiento de la oscuridad del cielo y los disparos sardónicos desviados a la cúpula de los árboles abrazados. Un muchacho corrió entre cadáveres que caían sobre vivos, y cuerpos sangrientos que sucumbían as violencia repentina. El Negro corría desarmado, con un cuchillo asomando de los omóplatos, hasta que se detuvo mirando a su alrededor y palpó el acero incrustados en su espalda, solo entonces cayó muerto.
El muchacho corrió cuesta arriba, resbalando y rodando entre zarzales espinosos con los disparos cada vez más distantes. Corrió más allá de los árboles, como viajando a otro tiempo de árboles gigantes y artrópodos capaces de partir a un hombre en dos con sus pinzas diabólicas. Se derrumbó en una charca, renaciendo de las cenizas al amanecer, y solo entonces se enteró de que tenía una punta de lanza clavada en el bíceps que no dejó de sangrar, esparciendo su alma líquido por la interminable selva.
Descendió a una llanura en un mediodía extraño, y se encontró con el ex pastor cubierto de una sustancia asquerosa, en una interminable extensión de pajonales secados por el sol.
—¿Tienes balas?
El muchacho solo tenía un cartucho lleno de la Glock, todo lo demás lo perdió en las numerosas caídas por los barrancos en charcos cerosos.
—¿Qué pasó con las motos?
—Gómez pusó un alambre —le mostró la pierna cubierta de ronchas —. El piloto quedó picado por la mitad. Yo... rodé con suerte.
—Horrible.
—¿Entonces está muerto?
—Todos...
—¿Y el Coronel?
Se encoge de hombros.
—Ojalá.
—¿Quieres que te saque eso del brazo?
—No.
Echaron a caminar por donde creían que estaba Villa Bruzual, muertos de hambre y sintiendo el presagio de una sed mortal que les convertía la lengua en una esponja de espinas. La llanura se extendía despejada como una meseta áspera de pedruscos redondos donde los pocos árboles se sentía soberanos de una libertad incomprendida por los animales conscientes en la infinitud del mundo. Allí donde se desbordan los límites del mundo, y dan paso a fantasías jamás especuladas por los hombres tachonados en el firmamento.
Se detuvieron junto a un manantial que surgía de las entrañas del planeta, y bebieron de sus aguas espumosas hasta la saciedad, sentados como eramitas esperando el advenimiento de un crepúsculo invisible en el que, según fechas previstas por los calendarios místicos, serían liberados los cien mil demonios del Abismo.
El muchacho se sentó sobre un peñasco con el brazo inmovilizado contra el pecho.
—¿Qué hará el gobierno entonces?
El ex pastor se encogió de hombros.
—Algo.
—¿Pero qué?
—Bombardear el mundo con napalm, ¿no? Es como gelatina de gasolina. Despegarán los aviones rusos de Maracay, y quemarán todo el Llano Negro. Yo quería ser piloto, ¿sabes?
—¿Y Gómez? ¿Qué crees que lo trajo de entre los muertos?
El ex pastor se volvió a encoger de hombros.
—Por allí dicen que abrieron un pozo petrolero maldito, y se levantó para buscar una caleta que dejó en Acarigua.
—¿En serio?
Pero el hombre se echó a reír, y se rascó las costras de las piernas.
Más allá encontraron al Teniente Ramfi, le habían amarrado los pies a un caballo y lo habían arrastrado llanura adentro hasta que quedó todo morado. Después lo colgaron boca abajo de un chaparro Lo reconocieron por las insignias. Le habían abierto la barriga y sacado las tripas, de manera que colgaban como serpientes rosadas para que los carroñeros jalaran con sus picos juiciosos. Siguieron encontrando a sus antiguos compañeros, muertos después de tormentos inimaginables por aquellas manos esqueléticas que les abrían las carnes y les extraían el contenido como si estuvieran desarmando un rompecabezas. En la meseta se extendían las sombras del mundo, allí donde las montañas se aplastaron para formar un solo continente plano. Caminaron durante largas horas con las botas descosidas y un hambre insufrible que les recordaba los agujeros negros siderales en las profundidades convexas del universo, allí donde la masa se devoraba así misma en una zarabanda de materia.
El ex pastor estaba febril.
—No he visto al Coronel entre tanto muerto.
—¿En serio el gobierno despertó a Gómez?
—Yo siendo él también estaría arrecho —el ex pastor se rascó la barbilla lampiña —. El joropo ya no se baila, ahora todo es pura salsa y Romeo Santos. Era brujo cuando estaba vivo.
Caminaron como vagabundo por un purgatorio de hierba baja en el que crecen zarzales espinosos y chaparros de hojas arrugadas como manos de leprosos. Desvanecidos en la bruma, bebiendo su propia orina mezclada con la salmuera de las cantimploras y añorando los frutos carnosos que crecen en los bulbos de las trepadoras en la quintaesencia de los sueños, donde palpita y se evapora el corazón innombrable de la Tierra. Cayó la noche, y con ella las ganas de existir.
A lo lejos, como una transfiguración del crepúsculo, se les presentó el Coronel Douglas Astudillo con un tapir muerto en su macuto para asarlo después de despellejarlo, comieron en silencio mientras el hombre cortaba el roedor en proporciones iguales con su cuchillo.
—¿Les queda armamento?
—Una pistola —escupió el ex pastor, escudriñando las llamas como un adivino helénico —. Y nos vamos de baja.
—Se las compro —y desempolvó una sarta de anillos de oro unidos por un cordón de cuero —. Ya mismo.
—No —el ex pastor extendió una mano al muchacho —. Nosotros nos vamos y tú te quedas aquí.
—¿No quieren volver con algo en los bolsillos a sus casas?
El ex pastor miró al muchacho del brazo herido.
—Una oportunidad como esta solo pasa una vez en la vida —y señaló al Coronel —. Allí lo tienes. Mátalo. No podemos dejarlo escapar.
El Coronel ni se inmutó, sus párpados cayeron con pesadez mientras abría y cerraba los dedos de las manos. El muchacho tenía la Glock cargada en la mano, pero no quitó el seguro ni la alimentó. Se levantó, y siguió caminando por la llanura violeta de árboles dispersos, hasta que el ex pastor y el Coronel quedaron atrás. No sentía cansancio, ni remordimientos por haber abandonado el mundo, pues pertenecía a un cristal translúcido en el que se veían reflejados unos colores tibios.
—Ya no nos seguirás martillando.
La risa burlesca del Coronel se perdió en los aleteos de la brisa nocturna.
—¿Qué puedo pedirte yo, pastor, que no me hayas dado ya?
Caminó hasta que amaneció, y descansó ante una charca por la que corría un agua gris e insípida que sabía a cenizas de volcán. Subió por una loma a gran altitud con tal de presenciar el panorama, y en aquella materialización del mundo se encontró con remolinos que descendían de las inmensidades.
Los morichales se extendían sobre un abrevadero por el que pastaban cimarrones con las patas hundidas en una charca espesa, de la que asomaban caimanes grises con espinazos jurásicos cincelados en sus lomos. Se pronunció un mal tiempo como un drama convocado por un hechicero, y el sol se escondió en la eternidad carmesí que teñía la arcilla de un fulgor rojo. La fiebre le hacía sentir la piel del rostro floja, como si bajo su carne se escurrieran cucarachas y escorpiones.
Abrió la boca para coger aire, y se le esfumó un vapor tibio.
A lo lejos se oyó el crepitar del aguacero como un incendio inconmensurable, y no tardó en verse ahogado por lluvia que caía en todas direcciones. Intentó guarecerse bajo arboledas, pero solo halló deglución mientras el caudal crecía bajo sus pies y las anacondas despertaban de su sueño subterráneo junto con los espectros de huesos sepultados. El chirrido de las cigarras caló hasta su tuétano palpitante mientras las miradas muertas surgían de los matorrales. Calaveras amarillas se elevaban en columnas con piedritas, y arañas gigantes con patas cristalinas saltaban entre las ramas. El muchacho corría ante aquel pronunciamiento desconocido de antiguos poderes, y se detuvo en una llanura que comenzaba a ser invadida por espejismos de agua. Entonces miró el caballo imponente y despellejado a su izquierda, y escuchó el reflujo diastólico de su corazón al presenciar al resucitado Juan Vicente Gómez: el uniforme prusiano desteñido y el cabello engomado por una viscosidad purulenta. Caían las gotas como perlas sobre su piel lechosa, y su presencia se difuminaba en la llanura inmensa bajo un cielo encapotado y amenazante.
El muchacho abrió la boca y se le escapó un resuello al cruzar mirada con aquel muerto. Sus ojos grises describían fuegos polares alusivos a planetas lejanos.
Soñé esta canción para ti
Aunque no creas es así
Eres ladrona de mis sueños
¿Quién cantaba en aquel vaivén de lluvia plateada y relámpagos cerúleos rasgando la bóveda de los cielos? Un espectro demacrado movía una boca sin labios, con los ojos salidos de sus cuencas bajo un sombrero pelo de guama. Los árboles giraban en un torbellino mientras las figuras emergían de las profundidades con sus manos esqueléticas posadas sobre arpas macabras hechas con fémures y tiras de músculo para componer una melodía de ultratumba. Un coro de mujercitas con faldas podridas tocaba maracas rellenas con uñas arrancadas.
Lo sé eres prohibida para mí
Pero tu risa de jazmín
Es la que me esta seduciendo
El muchacho se vio rodeado de espectros con camisas sucias, sombreros y vestidos floreados rasgados en las faldas. El coplero describió unos pasos de joropo con brazos altivos mientras los muertos bailaban en círculo a su alrededor, y Juan Vicente Gómez se elevaba sobre el caballo despellejado como un monumento histórico.
—¡Tú tienes algo especial! ¡Por ti florece el rosal ¡Cuando pasas por su lado...! —El coplero de voz tierna agarró un cuatro y rasgó sus cuerdas con dedos sin piel. Descubrió una vuelta y abrió una boca negra en la que vibraba una lengua verde —. ¡Cuánto quisiera besar! ¡Tu boca tan natural! ¡Que día a día me ha atrapado...!
El coplero aceptó un trago de aguardiente que se le deslizó por los agujeros de la garganta mientras sus ojos unidos por tiras de nervios volvían a sus agujeros. El muchacho giró, mientras los espectros a su alrededor bailaban al ritmo de las maracas y la música de los guitarras llaneras al coro de las palmas.
¡Piel canela como negarme!
¡Que me gustas y me gustas!
¡Y el corazón me lo dice!
El coplero se acercó al muchacho con el cuatro en los brazos y una sonrisa sin labios.
—¡Piel canela ayer pasaste, me conformé con mirarte! ¡Decir hola y saludarte... Queriendo amarte!
Describió unos pasos con las botas descosidas manchadas de barro sobre el terreno desigual, como retándolo a un dueño de baile mortal. El muchacho retrocedió ante aquel círculo que coreaba al coplero con sus voces marchitas naciendo de cajas torácicas humedecidas por la lluvia.
Mirá cuando tú pasas junto a él
Y yo muriendo por querer
¡Ser el hombre que te abraza!
El muchacho sintió una picazón dolorosa en el brazo herido mientras aquellos bailarines macabros alcanzaban el crescendo de la canción con sus voces diáfanas: bailando más allá del cielo y el mar, donde se cristaliza el espíritu adamantino en la salvación del mundo. La lluvia caía en espiral, formando un huracán de entonaciones y melodías al ritmo de las palmadas sobrenaturales.
¡Tú tienes algo especial!
¡Ímpetu para mirar!
¡Ángel del cielo escapado!
—¡Eres musa del cantar! ¡Cuánto quisiera soñar! ¡Día a día que te amo...! —El coplero alzó tanto su falsete que los pulmones asomaron de los agujeros en su guayabera —. ¡Piel canela cómo negarme! ¡Que me gustas y me gustas!
¡Y el corazón me lo dice...!
Juan Vicente Gómez echó la cabeza para atrás dejando salir una risa estrambótica que proclamó la inmensidad de la noche lluviosa. Los espectros saltaron, abrazados y carcajeando, coreando la última estrofa con todas sus fuerzas hasta las inmensidades del universo.
¡PIEL CANELA AYER PASASTE!
¡ME CONFORMÉ CON MIRARTE!
¡DECIR HOLA Y SALUDARTE!
¡¡¡QUERIENDO AMARTE!!!
Entonces el coplero se quitó el sombrero, dejando al descubierto un cráneo pelado. Una muerta de vestido blanco le lanzó algo parecido a un coco, que cayó a sus pies y rodó hasta que se encontró con el rostro mugroso del ex pastor. La cabeza decapitada abrió sus labios como para soltar una advertencia, y un gusano escamoso salió de su nariz. Y cayó desvanecido en un sopor nebuloso provocado por cosquillas en las arrugas del cerebro.
—¿Qué pasó, qué pasó? —Goméz habló con voz tenebrosa —. ¿Qué pasó con Venezuela?
«Buenos días, señora Silveira, le escribe el Coronel Douglas Astudillo de la Guardia Nacional Bolivariana. Su hijo fue encontrado cerca de Villa Bruzual y trasladado a Acarigua para ser intervenido por la gravedad de sus heridas. Su estado no es grave, y permanecerá en cuidados intensivos hasta que se pueda trasladar a Nueva Bolívar. No se preocupe por los rumores de una guerra, ya que el gobierno envió al Instituto de Seguridad Pública junto con los Magos Negros de Angostura para lidiar con la amenaza sobrenatural. Acarigua será el último frente de esta contingencia. Espero que su hijo se recupere, y pronto todo terminará. El Ejército no es para gente como él».
Antología: Duendes y Espantos
Gerardo Steinfeld 2026
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