Los Espantos del Hospital Ruiz y Páez
«A los bebés muertos hay que bautizarlos para que dejen de llorar». De noche, cuando pasas por la Avenida Germania, se aprecian las hileras de ventanas del complejo hospitalario Ruíz y Páez, brillantes como la sonrisa de un demonio que guarda un secreto primigenio. El edificio rectangular de hormigón blanco ha sido episodio de tenebrosos encuentros: doctores y enfermeras que en medio de las jornadas han hallado cuerpos extraños, parásitos imposibles y fenómenos que escapan a todo entendimiento; y que nos hace preguntarnos sobre los primeros horrores que se formaron durante la aquiescensia del mundo.
El doctor Ernesto Cruz se sienta en los bancos de concreto fuera del complejo para fumar después de una jornada extenuante. Me cuenta que acaba de llegar un minero con una extraña afección producida por unas moscas negras que te chupan la sangre y te dejan huevecillos. Es un hombre envejecido y con los ojos oscuros empañados detrás de unos gruesos lentes.
—El tipo se metió para un pantano por allá en Caroní. Tú sabes que cuando el río crece, el agua sube y se forman islotes donde los mineros se sientan a menear la batea. Parece que el hombre se metió en un islote que estaba prohibido, porque todos decían que allí salían unos bichos feos que se te metían bajo la piel. Y cuando lo trajeron para acá estaba verde de la infección. No sé cómo llegó vivo, porque tenía unos quistes en la espalda de los que brotaban unos gusanillos grises, que su acompañante me decía que debía matar rápidamente porque les podían salir alitas. Por lo que me contó, al hombre lo asaltó una nube de moscas. Pero no pequeñas, moscas de diez centímetros y de un color negro como carbones voladores que le chuparon la sangre. Nunca habíamos visto semejante enfermedad. Lo consulté con un colega parasitólogo, ¿sabes? Un profesor de la UDO, que me dijo que eso era imposible porque no existía tal espécimen en el mundo. El acompañante dijo que estas moscas negras solo existen en ese islote, y que todos los mineros evitan pasar por allí porque en invierno salen tantos bichos que te cubren el cuerpo, y son capaz de dejarte en los huesos. Era un indiecito chiquito con el pelo largo y los dientes roñosos, de esos que viven y mueren aparte en los montes, sin engrosar el registro civil. Él se aseguró de matar todos los gusanos que le fuimos sacando al minero, y cuando el paciente se estabilizó, se fue y no volvió más. El hombre sí era de acá, de la ciudad, y hasta donde sé nunca más volvió a esa mina de Caroní.
Los seis pisos del edificio principal guardan una memoria histórica que resplandece entre pasillos blancos con piso de granito oscuro, escaleras ensangrentadas por alumbramientos precarios y salas colmadas de enfermos que esperan citas en largas filas como ánimas del purgatorio. Repentinamente, un cántico abrasivo irrumpe en el silencio de la noche, y las ambulancias se detienen en la parte trasera del edificio para subir a los moribundos al segundo piso. Recuerdo que de niño tuvo un accidente con la rodilla, y esa tarde arribaron más de treinta quemados por un accidente en lancha. Una de las cosas que se me quedaron grabadas en el cerebro es esa mujer con el rostro derretido como si fuera una muñeca de cera acercada a la lumbre, siendo transportada en una camilla al último piso. En la sala de espera había un muchacho con la mano vendada después que le cayera un objeto pesado le arrancara los dedos, y un hombre con una aguja metida hasta el fondo de la uña, allí donde se une al índice.
Pero lo que sucede a puertas cerradas es más escalofriante que cualquier accidente fatal o afección nauseabunda, y revelando cuáles son las válvulas de escape de una sociedad reprimida. El extraño caso de Alfonzo Obregón, el Vampiro de Ciudad Piar, merece ser un suceso aparte en esta investigación, el hombre fue internado en el dependencia de salud mental tras agredir sexualmente a su hija mayor y, cito: «provocándole mordeduras en el cuello y los hombros en un arrebato psicótico». Los psiquiatras que evaluaron el estado de Alfonzo concluyeron que el episodio se debió a un trauma provocado por la cirroisis hepática de su esposa, que decayó terriblemente y necesitó numerosas transfusiones. Contó, que desarrolló un síndrome fetichista al ver su propia sangre fluyendo por la manguera hasta la bolsa plástica, y que su predilección empeoró al ver los coágulos en el vómito de su esposa y las toallas salpicadas en las papeleras cuando a su hija le llegó la primera menstruación.
Con la muerte de su mujer, Alfonzo Obregón comenzó a comprar las menudencias de las carnicerías para sorber la sangre del deshielo o preparar licuados de viceras, y oler las pantaletas teñidas de su hija... hasta que el deseo reprimido estalló en un ataque violento que por poco se cobra la vida de la menor. La joven [CENSURADO], de catorce años, fue internada de urgencias en lo que parecía el ataque de un cunaguaro: daño muscular, desbridamiento y sutura de drenaje. Tenía el cuello destrozado a dentelladas y la piel de los hombros escarificada, y moretones y desgarros en sus partes íntimas. Afortunadamente no penetró en la carótida, porque la víctima se hubiera desangrado en minutos.
El Vampiro de Ciudad Piar fue internado en el Psiquiátrico, con arrebatos belicosos entre accesos de sueño psicótico y diásporas mentales que lo hacían narrar escalofriantes vivencias sobre, y cito: «el paciente asegura que siente el bombeo de la sangre por sus arterias, y lo disfruta durante horas de aletargamiento. También dice que "puede oler" los pigmentos que circulan por las venas de los enfermeros. Es aterrador y desagradable... porque sabe cuándo las mujeres están menstruando y les propone horrores». El incidente que conmocionó al Hospital Ruiz y Páez ocurrió durante la pandemia, y no salió a luz por los estrictos controles mediáticos que mantenían al personal subyugado y a los pacientes en aislamiento.
La tarde del 3 de abril de 2020, Alfonso Obregón se fugó del pabellón masculino en que estaba internado, tras un descuido en la reja como si fuera asistido por oscuros poderes, y se llamó a los bomberos y los funcionarios de Seguridad Pública para ejecutar una operación de búsqueda que se extendería hasta la madrugada. El doctor Ernesto Cruz estaba de guardia tras una lenta recuperación del COVID-19, y atendía a un paciente crítico que necesitaba una transfusión, y como los enfermeros estaban colapsados debido a la precaria influencia, él mismo bajó del piso de cirugía hasta el Banco de Sangre, encontrándose con una escena digna de un metraje de horror. El Vampiro de Ciudad Piar estaba bañado de pies a cabeza, y sorbía directamente de las bolsas en un eufórico arrebato. Estaba extasiado, convertido en un ser rojo y líquido, cuyos ojos blancos brillaban con morbo.
El doctor llamó a los vigilantes, y estos comunicaron la situación a Seguridad Pública, pero cuando irrumpieron en el banco ya era demasiado tarde: el enfermo mental se había escapado dejando un rastro que conducía, escaleras arriba, hasta la sala de parto. Aquí nace el corazón del misterio que rodea al vampiro hasta nuestros días: sus huellas rojas se detuvieron al fondo del pasillo, como si se hubiera desvanecido en el aire para volverse una masa de niebla desconocida. Buscaron al alienado en todo el complejo y sus dependencias sin hallar una sola hebra de sangre, y la policía lo buscó activamente en el Jardín Botánico y los barrios circundantes sin repuesta. El Vampiro de Ciudad Piar había escapado al poder terrenal de las autoridades, para interpelar un prelado de seres oscuros que gobiernan en los auspicios de la noche.
Solo Dios sabe qué oscuras manifestaciones se agitan en ciénegas ocultas y cuánto puede fragmentarse la psique humana hasta volverse un puñado de esquirlas. Los encuentros de la comunidad médica con estas esferas extrañas parecen alumbramientos sobrenaturales, de un mundo ajeno habitado por prodigios más allá de nuestros conceptos. Estos umbrales parecen puentes colgantes entre mundos transitorios que dan como resultado cuerpos rotos que alimentan el espíritu estatuario del hospital. El cuerpo humano es un intruso en este ecosistema desconocido, cuyos callejones están sembrados por los terrores de la evolución carroñera.
El doctor Ernesto Cruz es un veterano de mil padecimientos, cada uno más inusual que el otro, pero sí hubo un caso que trastornó cualquier medio y desató una alerta sanitaria en la comunidad de Perro Seco sobre los peligros de bañarse en el Orinoco, y sus aguas que se pierden en las penumbras amazónicas. Lo peor ocurrió cuando otro médico coincidió el hallazgo con un espécimen criptido solo plasmado en leyendas de desiertos lejanos.
Era una muchacha cuya identidad me pidieron ocultar por respeto a la familia, solo diré que eran habitantes del Barrio Perro Seco de la Parroquia Catedral, y que frecuentaba los pozos y las lagunitas que se forman cerca de la Angostura del Orinoco. Sus padres la trajeron a emergencias presentando una desnutrición y deshidratación severas, y el paramédico que la atendió en la ambulancia no paraba de advertir a los doctores y enfermeras que «había algo moviéndose dentro de la muchacha». La subieron rápidamente a terapia intensiva, y el doctor Cruz dictó que podría tratarse de una especie de solitaria viviendo en sus intestinos y enseguida la ingresaron a quirófano. Jamás pensó que se enfrentaría con un horror criptido, que le haría replantearse el propósito de la creación divina y la calidad del agua que llega a nuestros hogares.
Junto con solución intravenosa, se le suministraron medicamentos antiparasitarios que provocaron un estremecimiento convulso en el vientre hinchado. El huésped respondió asomando del ano de la jovencita: un intestino vacuno de un rojo intenso, indistinguible gusano escamoso que provocó un grito de espanto escuchado en todo el piso. Una enfermera intentó agarrarlo con una pinza, y le escupió un chorro ácido que le salpicó los guantes de látex y se los agujereó. La muchacha se moría con el transcurso de los minutos con aquella cola infernal que nacía de su recto. El doctor Ernesto Cruz esperó pacientemente que la solución de albendazol dañara al parásito, pero los espasmos intestinales se reflejaban en principios de convulsión, y se arriesgó con una dosis de «ivermectina» que paralizó al intruso. Desconocía si el gusano tenía dientes clavados a la pared rectal, pero aún así lo tomó con las pinzas y lo extrajo con cuidado. El ejemplar medía treinta y seis centímetros, y murió a los pocos minutos de la evacuación. Esperaron la presencia de otro, pero se trataba del único huésped. Este gusano de la muerte no se parecía a ninguna lombriz registrada, más bien, su morfología no obedecía el comportamiento de parásitos conocidos. La enfermera que recibió el escupitajo tenía la piel perforada y sufrió de una necrosis grave que por poco le arrebató la extremidad.
Un parasitólogo de la UDO examinó el espécimen conversado en formol, y declaró que se trataba de un gusano legendario extremadamente difícil de conseguir. Una criatura temida por los autóctonos de la región amazónica, allá donde la búsqueda de oro ha abierto sendas a las entrañas de la tierra: gusanos de sangre que jamás salen a la superficie, y que nadan bajo las dunas de los Médanos de Coro y los sedimentos de Canaima.
El Hospital Ruiz y Páez es un canal por el que han transcurrido doscientos años de tragedias y episodios espeluznantes que han marcado a generaciones de médicos. Acá no hablaremos de las enfermeras fantasmas que atienden de madrugada a los pacientes que duermen en la sala de espera, o las criaturas escurridizas a la ciencia que se desvanecen en nuestros ríos y pantanos. Ora no incumbe trabajar con planos espirituales que influyen en nuestros sentidos. Desde su fundación, ha contemplado los horrores de una ciudad que se desconoce a sí misma, y permanecerá como un Leviatán fosilizado que sonríe en la oscuridad de la tragedia y los cortes eléctricos.
Antología: Duendes y Espantos
Gerardo Steinfeld 2026
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