El Jinete Sin Cabeza de Ciudad Bolívar
He vuelto después de tanto tiempo
Detrás de muchos sueños gigantes, pequeños encima del amor
Y te encuentro con la misma decisión de darte a otro
Cuando piensas que el despecho es la venganza ideal
La Angostura del Orinoco es a su vez un espejo y un canal por el que transitan fuerzas incomprendidas bajo el agua plomiza. Al atardecer, el río se enciende en un crepúsculo de sangre capaz de devorar un submundo desconocido bajo los faroles de las casas coloniales y las empinadas calles de cemento fracturado. Se acerca el 24 de Junio, conmemorando la violenta Batalla de Carabobo, y los cimientos de una revolución para la que América no estaba preparada: doscientos años de tiranos que obligaron a sus presos políticos a masticar vidrio, y son alabados por los adornos infantiles de los caballitos de San Juan.
Por las noches, cuando las avenidas sin alumbrado colapsan de mosquitos, se escucha el eco sobrenatural de unos cascos inquietos; y una casaca militar de paño añil con charreteras fundidas en los hombros, deslumbra los automóviles en plena oscurana. El paso del Rucio Moro es pesado, y el militar decapitado recorre la avenida que nace desde el islote de la Octava Estrella hasta el soñador Mirador Angostura. ¿Oh, quién será aquella ánima desdichada que engrosa la legión del Orinoco?
Los muchachos de Seguridad Pública esperan en el islote circular: un redondel de tierra y asfalto entre los abismos de una silenciosa laguna y el antiguo Río Orinoco. Fuman en silencio, las lumbres rojas en la penumbra de los faroles, y se suben las cremalleras del overol gris con las insignias rojas. Unos tiemblan por la brisa templada, y otros echan chistes.
El Agente Agregado, Domingo Nuñez, se pasa una mano por el pelo oscurecido por el gel y prende otro cigarro con el pulgar como un mechero. Él es el único que fuma Belmont, los otros fuman cigarros brasileros porque son unos pobres de mierda; y también, él es el único que tiene un Contrato de Sincretismo con un Ánima poderosa que le calienta el pecho como si se hubiera tomado completita una botella de whisky Buchanan's Deluxe. Los agentes lo miran en silencio con las colillas en los dedos quemados, mientras intercambian murmullos en los temas de siempre: el mundo se está yendo a la mierda por la decadencia de Europa, la crisis yanqui y el capitalismo chino. El país está en quiebra, según todos.
«Ya están acostumbrados a la corrupción —reflexiona Nuñez y camina por la avenida suspendida entre las aguas —. Vieron que el Comisario se compró otra camioneta y a ellos de vainita les pagan el mínimo. Qué cosas».
Marcos Navas, el muchacho que recién entró, aprieta el arco indígena en sus manos.
—¿Y a qué hora se aparece el difunto?
—Ahorita mismo —Nuñez consulta el Smartwatch que le regaló su mujer —. Pero dejen la preguntadera, porque después no sale.
James, otro muchacho raquítico, prende un cigarro.
—Chito, entonces.
Las líneas blancas de la avenida se alargan como sendas sin retorno entre faros de luz fría. La laguna y el río se funden en un espejismo de alquitrán incapaz de reflejar la ciudad invertida bajo su superficie, salpicada de nenúfares y bora espigada. El Orinoco no refleja estrellas, todo se lo tragan sus aguas inquietas. En la otra orilla se avistan luces y piraguas somnolientas.
—¿Y quién será el fantasma? —Pregunta uno.
—Ah bueno, compai' —se queja otro, un mulato con un machete de la guerra entre las piernas —. ¿Van a seguir con sus vainas?
—Pero bueno —replica James, y bota la colilla con un gesto —. ¿Ustedes no se cansan de pelear? Parecen marido y muje'.
—Eso es lo que quiere él —señala el primero: es hijo de árabes empobrecidos, y tiene el rostro ojeroso y los dientes amarillos —. Desde que me lo cogí borracho, no deja el peo.
—¿Qué hablas? —El mulato raspó el asfalto con la punta del machete oxidado —. Nunca me gustaron los maricos. A mi edad, he cogido más mujeres que todos ustedes.
—A mi edad... —interrumpe el Agente Nuñez con voz suave —. He cogido más carajitos que todos ustedes.
Los muchachos callan, se miran, y rompen en carcajadas. La noche intranquila se llena del susurro de las cigarras en el barrio Los Coquitos, el revoloteo de los zancudos criados en la lagunita y el zumbido de una gandola que baja por la autopista a mitad del encuentro. Las esferas de otras realidades se cruzan en un torbellino invisible, que es a su vez un espejo de plomo y un borde de copa. Hay luciérnagas sobre el agua oscura, muriendo y explotando.
Marcos Navas frunce el ceño, disgustado, y se sacude los mocos, haciendo que el Cristo de plata en su pecho lance destellos.
—¿Podrían dejar la fumadera?
—«Ay, ay, ay».
James saca la lengua y succiona un pitillo de cigarro con los labios oscuros.
—Tú no eres cristiano nada, tú lo que eres es un gran mamaguevo.
«Ay, ay, ay...» corean los muchachos de Seguridad Pública, jodiéndose mutuamente para acelerar el paso de las horas. El Agente Agregado Nuñez los observa tal como son: un grupito de muchachos morenos y delgados, demasiado cobardes para unirse al hampa; y demasiado flojos para estudiar una carrera universitaria. Las instituciones públicas están cimentadas sobre jóvenes sacrificados y falsas esperanzas. Se vuelve al espíritu soberano del Orinoco, y sus ojos se diluyen en el agua aceitosa que circula como sangre en las arterias obstruidas de Oriente.
¿Por qué recorre el Paseo Orinoco a la medianoche? Reflexiona Nuñez prendiendo la lumbre de otro Lucky Strike con cápsula de menta y frutos rojos. ¿Por qué empieza desde Lugar Bonito y pasa por el redondel de la Octava Estrella como un centauro? ¿Es verdad que hay una catedral submarina bajo nuestros pies? El decapitado sobre el mostrenco se destiñe en la lejanía como una ilusión de los malos tiempos, y sopla un murmullo de hormigas licuidas y tentáculos de bebés muertos: ahorcados con su propio cordón umbilical a las ramas de un marchito limonero.
Nuñez sopló una nube de fresa mentolada.
—Yo creo que el Jinete Sin Cabeza es Piar.
El mulato raspó el machete oxidado con la acera levantando un aullido áspero.
—¿Quién?
—¡Este negro sí es burro! —James le pegó un cachilapo en la nuca —. ¿Cómo no vas a saber quién es Piar? Se nota que no fuiste al bachillerato.
—¡Ajá! —El mulato levantó el machete por encima de su cabeza —. ¿Y quién es, según tú?
James Silva levantó las manos.
—¡Al que mataron en la Catedral...!
Marcos Navas sonrió, y levantó el arco.
—¿Y por qué lo mataron, señor James?
—Verga —el muchacho se llevó las manos a la cabeza. Parecía un esqueleto de canela embutido en el overol gris —. Es que justamente mi papá me sacó del colegio cuando estaban pasando esa clase.
—Ay, ay, ay.
Los funcionarios jóvenes rompieron en carcajadas. La noche transmutada en una cavidad negra de formas sinuosas dejaba caer un aliento boreal entre los matorrales poblados de batracios, y los ojos fosforescentes de los caimanes asomaban bajo la superficie líquida. Nuñez miró largamente el final de la avenida: el Redondel de Lugar Bonito donde descendían las sombras y los postes de alumbrado parpadeaban en un resplandor somnoliento.
—Muchachos —se dirigió a los seis funcionarios sentados en el concreto —. ¿Nunca escucharon el lema: «Libertad solo para los libertadores»?
Guardaron silencio, y se miraron los botines gastados y descosidos. El Agente Nuñez inspiró y exhaló profundamente, con el cigarrito ya consumido aún en los dedos.
—Perdón, señor —James se rascó el pelo color rata hogareña —. Es que uno iba a la escuela a tumbar mangos nomás.
Y volvieron a reírse como un coro de paraulatas. De chamo, Nuñez no recordaba haber adaptado esa aptitud despreocupada ante un oficial: siempre había que mantenerse firme y respetuoso en el trabajo. Ahora los jóvenes creían que se las sabían todas, y por eso no llegaban a viejos: demasiado barrio y poca escuela. Él también fue muchacho: se la pasaba bailando en comparsas y bebiendo en discotecas con otros muchachos; pero llega un momento que uno se sienta y dice: «qué coño estoy haciendo con mi vida». Y entonces se da cuenta del valor del trabajo e ir teniendo lo suyo. Lo malo es que la crisis se puso ruda en ese momento de iluminación espiritual, y ya no necesitaban más geólogos de Ciudad Zamora, porque las sanciones tenían ahogado el gobierno y las constructoras se pararon. «Y entonces, la mujer agarró sus corotos y se fue pa la mina disque' de cocinera y regresó con una pinga de gonorrea. Y yo me quedé solo con el niño, pero echando pa 'lante. Entonces me conseguí con un pana de esos de la juventud que resulta que se metió a bombero, y me dijo que en el INSEP siempre andan buscando funcionarios para resolver disque problemas espirituales y más vainas esotéricas. Y como yo andaba pelando bolas...».
—El Libertador de Guayana dice Chat G-P-T —leyó Marcos, mirando su teléfono —... Generalísimo Invicto, por haber disputado veinticuatro batallas.
—¡Se dice Chat Yi-Pi-Ti! —Apuntó James, histriónico.
—¡Pero si tú no sabes ni leer!
—Pero veo Tiktok, y allí dicen que...
—Fue fusilado por orden de Simón Bolívar.
Nuñez frunció el ceño.
—¿Y por qué?
—Pos no sé... —Marcos se encogió de hombros —. Acá dice que por celos, y porque según era pardo.
—¿Pargo? —James pegó un respingo con una sonrisita —. ¿Cómo así, mi hermanito? ¿Será que le gustaba que lo «currucutaran por detrás»?
El mulato lo reprendió:
—¡A ti es a quién vamos a percutar por detrás!
—¡No, ¿y si me gusta después?!
—¡Ah, vaina!
Marcos frunció los labios, y siguió leyendo la información en su teléfono.
—Escuchen esto: «la historiografía afirma que Piar conspiró contra Bolívar y su ejército, dirigido por blancos de la oligarquía mantuana de Caracas, con el fin de imponer la pardocracia».
—¡Joder, tío!
—Sí —asintió Nuñez, y señaló la dirección donde estaba la Catedral —. Por eso lo metieron preso y lo fusilaron acá mismito.
La avenida suspendida entre dos abismos líquidos parecía estar cosiendo a los funcionarios con un fuego infinitesimal, que los reducía a sus partes primordiales. Se preguntó si los espectros guardarían algún despojo de consciencia, y si el Ánima que vivía en su pecho sentiría temor ante un Mal Mayor.
A lo lejos, como Faustino sobre un corcel de humo, alumbraba la avenida de rutilantes flamas ante duendes faroleros. Nuñez se frotó los párpados entumecidos ante el vapor salitroso que manó de ambos precipicios líquidos conforme el centauro fantasmagórico andaba sobre los cascos de pedernal. Dos estrellas escarlatas se imponían desde el hocico del Rucío Moro, y la casaca turquesa relucía con hilos dorados y charreteras fundidas. La ausencia de cabeza despedía un vaho invisible que agitaba sus nervios con punzadas, y la presencia de calzones crema y botas altas como pezuñas diabólicas convertía sus suspiros en aliento congelado. La diáspora galvánica de leyes abrahamicas concebía imposible la materialización de fuerzas metafísicas, pero una abertura cristalina de salmuera se percibía cual permutación de los árboles escamosos de finales del período Devónico. Una puerta viviente a una Tierra que ya no existe.
James se levantó de un salto con los ojos bien abiertos.
—¿Muchachos ustedes también lo ven?
Entre vapores de arsénico se percibía al jinete sobre el mostrenco. Los faroles parpadearon con el rechinar de los cascos y los precipicios líquidos se desvanecieron, convirtiendo la avenida en una gruta de asfalto brillante, cortada transversalmente por líneas amarillas y blancas. La espina dorsal de un saurio titánico, y el último prisma del universo, suspendido entre dos dimensiones paralelas de vacío estelar.
—Marcos, Arturo, Jonmar —llamó el Agente Nuñez con las manos en la cintura.
Marcos Navas se adelantó, hincando la rodilla y colocando una flecha de bambú en su arco Warao. El mulato Arturo se colocó detrás con el machete apretado en el puño y los ojos vidriosos; y el flaco Jonmar sacó un estilete y lo apoyó contra la palma de su mano con la cara enferma.
Las perlas rojas del mostrenco brillaban como linternas diabólicas. Las charreteras fundidas resplandecían ante los postes de alumbrado, dando a la casaca de paño un agostamiento endrino, y las solapas del cuello se apretaban ante la ausencia del mismo entre botones teñidos de verdemar. El Jinete Sin Cabeza postrado y sin esperanza, acentuada la miseria de un gallardo patriota destrozado por el sanguinario Domingo Monteverde. Deambulando por las carreteras orientales de las fábricas abandonadas entre colosos de óxido, y las llanuras de San Carlos en busca de amor prohibido. El descabezado Manuel Piar sobre una montura del infierno, con el sable fundido a la cintura durante las noches oscuras en que relumbran los espantos que burbujean en el agua.
—¡Ay, se prendió! —Gritó James preparando el chopo artesanal —. ¡Ya está aquí, ya está aquí!
El Agente Nuñez se adelantó con el calor en el pecho: abrió la cremallera de su overol y sacó una mulita de Cocuy. Se enjuagó la boca con el aguardiente, mezclando el licor de agave con su saliva, y escupió. La nube chisporroteo con un silbido antes de estallar en llamas. Una conflagración de vapores mefíticos que formaron un remolino. La punta de flecha se encendió con un suspiro dorado, y el arco de palma liberó la tensión del cáñamo en un solo zumbido.
El flaco Jonmar recorrió el filo del estilete con la yema del pulgar, y frunció el ceño cuando apareció un hilo rojo.
—Vulcano, señor del fuego purificador y protector de las fraguas...
La flecha recortó la distancia trazando una línea parabólica hasta rebotar contra el asfalto mientras el flaco conjuraba y se dibujaba un símbolo en la mano la sangre. Nuñez sintió un amargo sabor a vainilla en el fondo de la garganta, y contuvo la picazón mientras el fuego se erizaba ante los cascos del jinete infernal. El Bolachón en su pecho debía estar desatado, y empezaba a sufrir la calentura de la fiebre con un ardor detrás de los ojos. La flecha de bambú estalló, extendiéndose por el asfalto como una tira de púas amarillas formadas por el baile de diminutas candilejas. El Jinete Sin Cabeza no detuvo su trote sobre el mostrenco oscuro de cresta alborotada, de músculos macizos como los de un toro.
—¡Ah, allí viene! —James tembló con el chopo cual trabuco en las manos ásperas —. ¡Mátalo, Jonmar, quémale el caballo!
El flaco Jonmar acabó su conjuro elemental y le mostró la palma a las púas de fuego: una runa vikinga; y la llamarada estalló como una cortina naranja. Los cascos se desvanecieron, subiendo hasta las grupas, el cuello y la casaca militar con un muro de tres metros que devoró la figura entre vapores asmáticos. El aullido del caballo lo hizo estremecer, y Marcos Navas bajó el arco con una sonrisa torcida dibujada en la cara pálida.
—¡Eso, nojoda! —Jonmar agitó el puño y se chupó el pulgar.
El mulato Arturo le pasó un brazo por los hombros.
—¡Ese es nuestro brujo, carajo!
Pero la calma duró poco: la figura siniestra surgió entre las brasas con el caballo encabritado y los músculos tensos entre el pelaje brilloso. Los muchachos no se dispersaron por temor, y el centauro rebasó la distancia con el sable en alto, proclamando el eco profano del más allá. Se encabritó ante ellos con las patas traseras, y a James no le dió chance de disparar el chopo porque un manotazo lo alcanzo en la coronilla y lo derribó. El jinete se alzó como una aparición de elegancia tropical y soberana sobre un demonio cuadrúpedo. La bestia se precipitó lanzando mordiscos, y Nuñez se volvió a llenar la boca de Cocuy, pero a la hora de escupir, un sablazo lo alcanzó en el pecho y lo hizo escupir y tragarse el reflujo cáustico. Entonces vio puntos negros y sus oídos zumbaron mientras giraba a gran velocidad, y una flecha pasó rozándole la oreja y se incrustó en el pecho macizo del mastodonte. Y se difuminó entre vapores de vainilla, tabaco amargo y cacao desgranado... y la avenida se sintió como una película lejana de caballos abominables, asfalto encendido y un gallardo de casaca añil y sable dorado.
Los estertores fundidos en el crepúsculo meridional teñían las cumbres lejanas de un turquesa translúcido, y las cámaras frías en el sótano de la Antigua Cárcel hacían rebotar los murmullos entre las paredes de bahareque: un menjurje de arcilla con sangre de toro. El recipiente donde yacía encerrado el Bolachón siempre estaba caliente al tacto, y el Negro Marcano le preguntó si había masticado candela alguna vez en su vida. «No, yo nunca he mascado carbón prendido. Pero tengo al muchacho terminando la escuela, y lo quiero meter en un buen colegio y me hace falta plata...».
—Entonces abra la boca, señor funcionario. —El Negro Marcano encendió unos inciensos de azahar en su altar colmado de estatuas. José Gregorio Hernández y San Cipriano se daban la mano, rodeados de vírgenes y niños santos; y María Lionza sobre un chigüire con las tetas paraditas —. Va a sentir que se le quema la lengua y se le derriten los pulmones. Pero no la cierre, por nada del mundo, ni tenga miedo. Mire que tragarse un espíritu es más común de lo que uno cree. ¿Nunca ha viajado por la carretera de noche? A veces uno ve luces por el retrovisor...
Entonces Domingo Nuñez abrió la boca, y el Bolachón salió del jarrón de barro como un fuego fatuo: una mariposa tejida con el color del cielo. Aunque, nunca supo por qué, parecían unos pulmones encendidos en pleno vuelo. Y por pura maldad, el Negro Marcano agarró dos barritas de incienso encendido y se las metió por la nariz. Así plasmó su Contrato de Sincretismo, y el Auditor lo hizo firmar un gajo de papeles con exceso de lenguaje enrevesado. Qué no se preocupe por toser coágulos de vez en cuando, y que cumpla con la necesidad de whisky que ahora era biológica. Qué el INSEP le pagaría una placa de tórax anual, y que tuviera cuidado con los besos profundos. Y qué dónde quería estudiar su hijo, que ellos pagarían la mensualidad y le conseguirían un cupo en una universidad.
—¡Hestia! —El flaco Jonmar reventó una cápsula de azufre que sufrió una ignición dorada —. ¡Fuego y cenizas en el campo de Marte! ¡El Amazonas consumido por demonios rojos!
Lo habían arrastrado fuera de la avenida y permanecía en una acera con el cuerpo adolorido. Vio como el muchacho estiró el fuego en sus manos adoptando una postura de arquero, y disparó el punzón al espanto. El Jinete Sin Cabeza recibió aquel destello ardiente en el pecho, naciendo un agujero del tamaño de un puño con una explosión de carbón y polvo. El mostrenco se alzó sobre las patas traseras con un relincho parecido a un aullido lobuno, y el Ánima sin cabeza se deslizó de la silla como un trapo viejo. La casaca militar de paño, los pantalones crema, las botas altas y los guantes cayeron como un saco de huesos y polvo. Inerte en el suelo.
El animal satánico lanzó coz y destelladas en una zarabanda de pelaje oscuro y ojos ardientes como fósforos. La espuma brotaba de su boca purulenta y el asfalto crujía bajo sus pezuñas en un arrebato espeluznante tras perder a su amo. Parecía que iba a saltar y correr eternamente por las carreteras y llanuras bajo los arreboles, tras romper las ataduras invisibles que buscaban enredar sus grupas, pero... mientras se debatía dando cocez y manotazos, saltando encabritado, su silueta se difuminó en la claridad de la noche, y desapareció. Lo último que quedó fue el ruido de los cascos contra el asfalto.
—Por la gran puta —James saltó de la oscuridad con la frente ensangrentada y el overol mugroso.
El flaco Jonmar permanecía agachado con su uniforme manchado de jolín y hediondo a azufre. El Agente Nuñez se incorporó con la boca quemada y la tela chamuscada, y Arturo lo ayudó a mantenerse mientras tosía.
—El año pasado no era tan arrecho —se quejó con el mulato —. ¿Dónde está Marcos?
—Se lanzó al río, señor.
—¿Y eso?
—Es que el caballo ahora bota fuego por la boca.
Nuñez frunció el ceño, intentó tragar saliva y le ardió la garganta.
—Eso también es nuevo.
Jonmar permanecía agachado con la cara bañada en sudor y los dedos manchados de carbón. La vestimenta de época también se había evaporado como si fuera de telaraña, y solo quedó un amasijo de ceniza y barro húmedo. Marcos no tardó en regresar completamente empapado y con la espalda del overol ennegrecida.
—Más nunca vuelvo a aceptar esta comisión.
—Eso dije yo el año pasado —se quejó Jonmar, y sacó la lengua del cansancio —. Pero tengo a la mujer preñada.
—Ay, mijos —Nuñez sacó la lengua cubierta de ampollas —. Ustedes no han visto nada. El año pasado un muchacho de Puerto Bello murió por una patada en el pecho. Delen gracias a Dios que están enteros.
—Verga —James se tocó la herida en la coronilla —. Y a mí casi me quita el cerebro —rompió en carcajadas con la mitad del rostro ensangrentado —. Me quería arrancar el cabello.
—Y a mí me mordió —Arturo se bajó la cremallera del overol y enseñó un mordisco en su hombro —. ¿Me tengo que vacunar?
—Todo eso se lo enseñan al auditor —Nuñez los miró —. Vamos a pedirle que nos brinde un balde de cervezas y unas hamburguesas.
Los muchachos de Seguridad Pública intercambiaron miradas despreocupadas. James preguntó por un cigarro, y Jonmar dijo que se le quemaron. Entonces Marcos Navas sacó una cajetilla mojada, y todos lo miraron sorprendidos. Se había quitado la cruz pectoral.
—¿Qué? Igual nos vamos todos al infierno.
He vuelto dispuesto a ser sincero
Con la esperanza llena, el chiste, la queja debajo del dolor
Y me encuentro con la sensación de amarte siempre
De amarte hoy como ayer y más allá de la muerte
Antología: Duendes y Espantos
Gerardo Steinfeld 2026
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