La Leyenda de la Angostura Ciega
Hallada entre los papeles del difunto Arzobispo Bernardo Hidalgo.
En los ríos de asfalto y cemento disecados por el sol meridional de Ciudad Bolívar, late un barrio como un corazón injerto entre avenidas varicosas y edificios enanos. En los Coquitos se transpira un almizcle de encantos y supersticiones crepusculares; las estrellas fugaces yerran y los meteoros se reflejan en sus techumbres metálicas más que en ninguna otra parte del país, y una pesadilla hostiga a los habitantes, atemorizados por una aparición de velo blanco que comanda con misterio todos los poderes del aire.
Una abulia mística reina en las mentes de este sector urbano, provocando en su gente una exacerbada imaginación capaz de preservar espantos y doctrinas metafísicas por influencia de un río subterráneo de perla líquida que atraviesa sus cloacas, alimentado por el drenaje de cada hogar. Entre laberintos de asbesto, metal galvanizado y plantaciones domésticas conviven permutaciones que se agravan con el advenimiento del crepúsculo. Duendes grises deambulando bajo platanares frondosos y las alfombras marchitas de mangales. El sol tropical cuyo calor hace reverberar el asfalto fracturado no alcanza a penetrar ese submundo bajo Los Coquitos, resultado del sopor en la Angostura Ciega de Ciudad Bolívar, y cuyos gases brotan a la medianoche bajo las pisadas sordas del espectro de la Sayona.
Este espíritu trágico regresa del Purgatorio, incapaz de descansar en sus aposentos mortuorios, vestida de un blanco polar en su recorrido por las avenidas regadas por el murmullo que brota de la noche de los postes de alumbrado. Se pronuncia en voz baja que María Eulalia, rehuyendo de su desgracia nupcial, espera en la plaza sombría a una persona que nunca regresó. Si Diosito pudiera escuchar los pensamientos de la Sayona, que pregunta a todo aquel por Anselmo, cambiaría los mandamientos de su escritura. Pero el Ánima vagabunda se desvanece en la bruma como al recordar su destino plasmado en los secretos del mundo, cual faro que es a su vez, una luna y un espejo en lo que se disuelven espantos de sarrapia y café.
Entre estos ensalmos y diáspora de borrachínes se congregan cultos cristianos de humilde estampa y séquitos mariolenceros que agitan en sus cuerpos las fragancias de un más allá invisible: bailando al repique de los tambores y hablando lenguas africanas en trance, hasta que el clamor de las llamas y el exceso de licores se agita entre diabluras con navajas Gillete que hacen brotar la sangre hirviendo en chorros oscuros. La noche, ese espejo del submundo, es cuna de estos seres mefistofélicos que asisten al encuentro como sombras de otras esferas.
«Te quería Alondra, tus cabellos como serpientes castañas enrolladas sobre tus hombros. No me creo eso de que nunca me quisiste, pues bebí de tu boca como un caramelo de café. Tú eras para mí la medida de todas las cosas, y siempre que te visitaba solía desconectarme del mundo, y olvidaba que estaba cansado del trabajo, y del teléfono, y de todo. Solo me sentía tranquilo cuando estábamos sentados en la sala viendo películas o hablando de las transformaciones del mundo. Pero todo eso se acabó, Alondra, los colores y las formas se murieron. ¿En qué momento dejaste de admirar mi amor? ¿Por qué me convertí en uno más de tus conocidos?».
Y la Sayona grita, escuchando el zumbido de los mosquitos y las libélulas, esperando a un prometido que nunca regresó a su patria. Y entre los encantos noctámbulos se alcanza a mirar una indumentaria oscura de príncipe decimonónico: cadenas finas de oro y alamares dorados de grado militar. El fajín dorado de la figura de capa resplandece bajo el ópalo lunar, y su presencia marcial se impone ante los quejidos escalofriantes del espanto. Recorre la arena roja del Estadio Felipe Yanez como buscando un tesoro oculto, y la orilla oscura de la Laguna de los Francos, entre los matorrales que la mezquita Masjid Abu-Bakr.
El cronista Jesús Abreud, del Correo del Orinoco, realizó una investigación en el Archivo Histórico sobre este espejismo de uniforme oscuro con galeones de oro, encontrándose con manuscritos de la época de las vaporeras. Se dice que llegó un príncipe ruso en una flota, descendiente de Francisco de Miranda y Catalina la Grande, que huyendo de las persecuciones halló destino en las leyendas de sus antepasados con una de las arcas de la vieja emperatriz. Temeroso de las revueltas que encendían el país, escondió el magnánimo botín en el este de Angostura, pero el desafortunado príncipe fue traicionado por sus leales en un arrebato que ensangrentó la lagunita. El General Nicolás Rolando quiso formar parte del saqueo, pero al encuentro descubrió que todos los rusos se habían matado entre sí. El último agonizó en su jerga extranjera con un racimo de entrañas apretado en el puño, y sus oficiales podrían jurar que estaba maldiciendo. Aún así, dedicó un lustro de su mandato a buscar indicios del tesoro alrededor de las lagunas excavadas por las crecidas del Orinoco. Pero el secreto murió con el principe, y salvo sus apariciones por los caminitos lacustres cuando ascienden los bancos de arena y las aguas se evaporan en un resplandor naranja, era imposible escarbar en el peñasco persiguiendo rublos.
El General Rolando no fue el único guayanés en perseguir el tesoro ruso en la Angostura Ciega: más de cincuenta usureros abrieron zanjas a lo largo de la Laguna de los Francos, extranyendo montañas de arcilla desde las extrañas de la tierra. Al primer mes abandonaban la empresa, y otros se obstinaron en confabulación con supuestos poderes que les permitían identificar la cantidad de monedas y lingotes enterrados. Hubo mineros hastiados del malestar de El Callao que invirtieron sus ahorros en la persecución del tesoro ruso, y también hubieron muchísimos brujos que hicieron fortuna con la cartomancia y la adivinación del tabaco.
Uno de los hechiceros más famosos de Angostura estuvo tan cerca del tesoro, que lo cogió con la mano y se los mostró a unos rústicos sarrapieros. Este fue Valentín Briceño, influenciado por arcanos, que heredó el Caney y la Piragua de un Chamán Yarima después que viniera del Llano Negro con una daño que lo hacía defecar ciempiés. Se decía que este mulato aprendió a ver el futuro aspirando el humo del tabaco encendido dentro de un coco seco, y los hermanos Aristeguieta dedicados a la cosecha de la aromática Sarrapia, llegaron al altar de los oscuros poderes, cansados de los pagos usureros del Musiú Sokolov. Estos hijos de migrantes antillanos soñaron que unos escarabajos de hierro arrancaron la tierra con sus muelas, y desenterraron un manantial de plata tras perforar una arteria adamantina en el corazón de la Angostura.
Y trabajaron diligentemente, escondidos de la Guardia Municipal, excavando pozos que se inundaban cuando se extraía una arcilla rojiza y unas calaveras oscuras del tamaño de puños. Pero la diligencia otorgó sus frutos, porque a la primera luna habían encontrado un rublo de plata con la cara de un viejo bigotón y una inscripción en latín con una rosa, que el obispo de la Catedral Santo Tomás tradujo: «Deus pro omnibus».
«Dios para todos», decía el menor de los Aristeguieta con los dientes manchados por el Chimó que mascaba para aliviar sus muelas picadas. Y señala la dirección donde encontraron el rublo; un ojo de plata entre peñones violetas y calaveras de hueso oscuro como de niños sepultados en una fosa común. Este hallazgo desató una ola de entusiasmo en los pobladores de la Angostura, que cogieron palas y marcharon por la orilla de la lagunita trazando surcos y rellenando hondonadas. Algunos llegaron a esperar la aparición del principe dorado entre los bancos de arena y los juncos que nacen del barro, pero este espejismo se rehusó a ser visto por aquellos poseídos por la codicia. El rublo encontrado había desatado más que expectativas en la Angostura, puesto que una semana después el mayor de los Aristeguieta encalló en el Puerto Blohn con la garganta rajada, y cuando se señalaron culpables no tardaron en encontrar al hermano menor y a Valentín Briceño chamuscados hasta el hueso por un repentino incendio en el caney del brujo, supuestamente provocado por un accidente durante una sesión con un coco encendido.
«No sé por qué dijiste, Alondra, que para ser buenos novios también teníamos que ser grandes amigos. Lo intenté, de verdad, quería escucharte y entenderte como lo hace un hombre que ama a una mujer en todas sus facetas. Había cosas que me molestaban de ti, pero sabía que amar era tolerar y quedarse: intentar arreglar las grietas en los corazones con un sellador de plomo. Pasamos la temporada de verano juntos, como dos almas que difícilmente se llegan a conocer, pero que vuelan en las marismas como gaviotas volcánicas. Y cuando nos separamos por diagnóstico de tu psiquiatra, lo entendí, y me deprimí y caí en ese pozo oscuro en el que se destilan todos los embrujos de los alquimistas. No soñaba con curarte, Alondra, no soy un Dios para meterme en tu cerebro y recortar los cables de tus pensamientos. Solo quería demostrarte que hasta una persona tan dañada como tú, era digna de merecer ternura y comprensión».
La fiebre del tesoro en la Angostura Ciega era un erial de ponzoña que empezaba a despertar la desidia entre los buscadores. El tiempo de agua comenzó a rellenar los barrancos excavados y despertar a los pequeños seres que duermen en el submundo. ¿Para qué enumerar los accidentes y enfermedades provocados por la apertura de fosas? El obituario del obispo se llenó en menos de un año, y los quejidos de la Sayona parecían reclamos de un malestar acentuado en el corazón de los habitantes. El espectro dorado no volvió a aparecer por espacio de varias estaciones, y el mito del tesoro se fue desvaneciendo con las permutaciones del tiempo. Por casi cincuenta años se presumió una fábula, así como la fosas comunes bajo el Casco Histórico o los piratas ingleses ahorcados en la Piedra del Medio; pero una modificación en el paisaje lacustre destaparía un cauce de sucesos sin precedentes.
Durante el desecado de la Laguna El Porvenir para la construcción del Jardín Botánico en 1994, se halló un arca de bronce cubierta por una patina de doscientos años y ningún grabado reconocible. Y en su interior, un hombrecillo de porcelana con una trenza de cordones umbilicales atada en la barriga, y un agujero por boca. En su espalda se leía una inscripción en ruso que un experto tradujo fonéticamente como «Baba Yagá». Este artefacto estuvo rodeado de misterio desde el momento de su descubrimiento, lamentablemente desapareció durante su traslado a la Universidad Oriental de Ciudad Zamora. Y como no hay fotografias, solo sobrevive en los recuerdos del colectivo como aquellos misterios que se desgranan con los grandes reseteos provocados por las grandes máquinas de partículas. El sol meridiano se ocultó con un retumbar de relámpagos cerúleos, y las excavadoras dejaron de funcionar por espacio de varios minutos... como el preludio que antecede a un temblor.
La certeza de que un cirilico terror despertó con la apertura de este arcón parecía plausible, puesto que el principe prusiano desfiló al atardecer con gesto apesadumbrado por la Avenida Bolívar hasta la mezquita, contemplando las aguas ocres hasta desvanecerse entre los meandros. Presto que los habitantes de Los Coquitos se sumieran en un sopor y melancolía atípica a su rochela. Los carros equipados con sonidos estrambóticos intentaban aniquilar con música la aprehensión que rezumaba el barrio, y las licorerías se agrandaron con descuentos para los borrachínes de lengua alegre durante las noches de parranda.
Y en esas comparsas nocturnas se olvidaba a ratos la pobreza del barrio, los cortes eléctricos indignantes y las carencias del sistema... mientras fluía el ron y la sangría en ríos de carcajadas y sudor amostazado. Pero, la tragedia fue participe de estos festejos cuando en medio de las avenidas bullentes de vehículos coloridos, compitiendo entre sí por la música más fuerte y popular, se presentó un individuo con una ametralladora y un chorro rojo bajando por sus narices con los ojos dilatados.
Nadie supo cuándo comenzó o por qué, la lluvia de disparos hizo al gentío correr entre gritos mezclados con el alto volumen de los parlantes. Los disparos sardónicos pasaban volando por entre las personas como avispas furiosas. Caían, en medio de la corredera, y la cifra llegó a una docena de cuerpos que ensangretaron la calle. Al tirador lo hallaron con un agujero en la nuca, y cuando el detective Alonzo Zaragoza buscó al homicida, y una muchacha con síntomas de resaca contó que no era uno, si no dos pistoleros: «un hombre con la cabeza blanca y una chaqueta de viejo».
A esta figura no la pudieron identificar entre los habitantes de Los Coquitos, y según las descripciones que el detective recopiló se trataba de un hombre muy alto, cuya cabeza y hombros sobresalían de la multitud, que sacó de su pesada chaqueta dos pistolas: un revólver «Peacemaker» de cañón largo, y una Subametralladora Caribe; y abrió fuego contra todo aquel, con una sonrisa infantil pintada en el rostro lampiño. Un arconte de alabastro sin un solo pelo en el cuerpo.
Lo más raro del caso lo determinó el forense que examinó el cuerpo del difunto perpetrador. Era un cholo criado en la mina, embrutecido por los estupefacientes y un bajo nivel de consciencia, de esos que abundan en la calaña guayanesa. Pero la bala homicida no se halló en la base del cráneo: un agujero de seis centímetros se abría en su única, con la piel chamuscada por la irrupción, pero sin metralla. Un enigma demasiado extraño que la policía no consiguió esclarecer.
«No te odio, Alondra. ¿Cómo podría odiar a alguien que amé con todo el corazón? Cuando volvimos, me dijiste que también me amabas: que mi rostro estaba adornado con luces de neón en uno de los cubículos de tu corazón. Pensé que volveríamos a estar como antes: nosotros juntos en el encuentro de nuestras almas como estrellas fugaces en la noche jaspeada. De verdad pensé que podríamos construir un futuro juntos, más allá del mar de la tristeza en que se hundía la sociedad. Tu mamá me agradeció por alegrar tu día cuando estabas deprimida, y realmente me sentí como una parte tuya. Decías que al lado tuyo no podría volar, que estaba atado a tu ancla por una cadenita de plata, y puede que tengas razón... Pero eso no significa que mis sentimientos no fueran reales. Por ejemplo: dijiste que me amabas».
La temporada de aguas regó la Angostura Ciega con una frescura alcanforada de nubes plateadas y riachuelos deprimentes, más un no sé qué ontológico percibido en el aire con el ralear de los días. Un entumecimiento cerebral provocado por vampiros energéticos que desprendían el color de las cosas, dejando un paisaje gris y añil sobre la lagunita encharcada y los edificios desconchados.
El detective Alonzo Zaragoza continuó la investigación junto con el cronista Jesús Abreud, especialista en historiografía guayanesa: ambos estudiaron los registros en el Archivo Histórico alusivos al príncipe ruso y al tesoro perseguido por el General Rolando. Desempolvaron fajos de papeles, obituarios, prensa e imprenta asistidos por los aspirantes de Seguridad Pública... y muy abajo, junto a los textos constitutivos del Estado y las actas masónicas, hallaron un pergamino de piel con un bosquejo de tinta que llamó la atención del instituto encargado de regular estas insinuaciones sobrenaturales.
En el tejido deshidratado se veía a una figura humanoide ambigua: huesuda y terrorífica, rodeada de escritura cirílica que al ser traducida arrojaba sortilegios para invocar a una entidad antigua. El Instituto de Seguridad Pública identificó a este «Baba Yagá» como un espectro proveniente de la noche del confín del mundo: una bestia intrusa en un mapa antiguo que describe un propósito misterioso. El informe se publicó en toda la región: «la cacería ha comenzado»; pero los agentes desconocían quién era la presa y cómo podían forzarla a salir.
La primera víctima de este engendro sin carne fue el agente Marcos Navas durante un desafortunado encuentro en Lugar Bonito. Junto al joven Jonmar Fuentes, Licenciado en Teúrgia Sistémica y miembro honorario del Instituto de Seguridad Pública. Ambos funcionarios acamparon al atardecer en el redondel suspendido entre el Orinoco y la Laguna de los Francos. La grabación de voz es espeluznante.
Marcos: ¿Y cómo ese mojón sacará al Pistolero?
Jonmar: Qué no es un mojón, rata.
Marcos: ¿Y qué carajos es?
Jonmar: Es un ritual para «llamar espíritus».
Marcos: ¿En serio se estudia esto en la universidad?
Jonmar: Ten cuidado que la sal está cara.
Marcos: Si eres agarrado, huevón. Ya hasta el cigarro dejaste desde que pariste...
Jonmar: Los pañales y la fórmula se pusieron caros. Mira que el bebé no asimila la leche de mi mujer.
Marcos: ¿Y servirá?
Jonmar: Pásame esas hojas de eucalipto y el yesquero. Tú confía.
Marcos: ¿Ya estás grabando?
Jonmar: ¡Uf! Hace rato... Estamos aquí presente, la noche del [CENSURADO]. En el redondel de Lugar Bonito, más allá de la Octava Estrella, vía Los Coquitos. Entre la Laguna de los Francos y el Río Orinoco, para llevar a cabo un Rito de Manifestación, según las enseñanzas de la universidad de...
Marcos: ¡Ya, hombre! Me estás reventando los nervios...
Jonmar: Bueno, pásame la copa, esa me la regaló el profe... Ahora, prende la candela y cubrete con la sangre de Cristo que nos sale el malparido.
Marcos: Pues no salió...
Jonmar: Aguántalo. «No os desespereís».
Marcos: Ya ni sale humo.
Jonmar: Sí, pero huele raro.
Marcos: Es que me estoy cagando.
Jonmar: Cochino.
Marcos: Yo creo que no lo hiciste bien. Pa mí, que se te olvidó esa materia.
Jonmar: Espera unos momentos más.
Marcos: ¿Y si lo volvemos a hacer?
Jonmar: El portal está abierto.
Marcos: Abierto tus nalgas.
Jonmar: Ponte serio.
Marcos: Yo creo que veo algo.
Jonmar: ¿Sí?
Marcos: Sí, mira... por allá por la arboleda, al otro lado de la lagunita.
Jonmar: Yo no veo nada.
Marcos: Eres el peor brujo del mundo. Mira bien, se ve como una persona en la otra orilla. Allá entre los junquitos.
Jonmar: Un borracho meando. Tú solo quieres que le vea la picha.
Marcos: ¡Coño! Mira bien, es bien altote. Y ese segurito no es el Príncipe Prusiano.
Jonmar: Me estás cagando en la cara.
Marcos: ¡Mira! Nos está mirando pora'llá. ¿Ya lo ves, verdad? ¿Jonmar?
Jonmar: Sapegato.
Marcos: ¿Lo viste, verdad? ¿Qué está haciendo? ¿Escuchas eso, Jon? Es como un motor de lancha... ¡Jonmar! No jodas, ¿tiene una ametralladora? ¡Mira los fogonazos...! [Se oye el chapoteo del agua herida y al enjambre de avispas de metal saturando el micrófono]. ¡TÍRATE AL PISO!
Jonmar: ¡Ayuda, ayuda! ¡Jefe, perdone que lo llame a esta hora, Marcos Navas fue abatido! ¡Sí, me protegió con su cuerpo! ¡Pero se está desangrando! ¡Necesitamos ayuda, el Pistolero nos atacó en...! ¡Venga rápido, que se me muera mi amigo!
«Bailabamos en tu sala, Alondra. Me estabas enseñando por sí debíamos salir con tus amigos de noche. Lastima que nunca salimos juntos. En ese entonces no me gustaba beber licor, y creía que en el cielo sí existían las estrellas. Siempre quise aprender a bailar, y me sentía a gusto de que tú no me juzgaras y fueras paciente con mi torpeza. Lastima que empezaste a compararme con otros, y las nubes se asomaron sobre el cielo despejado que tanto trabajo me costó construir. Recordaba como me abrazabas y te aferrabas a mi pecho como si fuera el objeto más valioso del universo. Yo sabía, solo que prefería ignorar, que ya no me amabas como antes».
Los poderes oscuros del Pistolero se manifestaron con más fuerza durante la temporada de huracanes. Esta criatura eslava parecía agrandarse con la violencia criminal estrangulada en las calles y la efervescencia de los excesos: se multiplicaron las pandillas de ladrones y los pordioseros invadiendo las casas destrozadas en auténticas orgías de estupefacientes. Pero el INSEP, por orden del Ejecutivo Regional desestimó las cifras reales para lavarse las manos frente a los tribunales mientras emprendía una agresiva ofensiva junto a los cuerpos policiales.
El detective Alonzo Zaragoza delegó su función al Agente Jefe Luis Herrera, y sus funcionarios de Seguridad Pública se abrocharon los overoles grises para exterminar a la entidad. Entre ellos se encontraba el Licenciado Jonmar Fuentes, que tras el fallecimiento de su compañero y amigo Marcos Navas, se encerró dentro de una burbuja de cinismo que parecía proyectarlo al mundo a través de un crisol de fuego, reflejada en el cielo más allá de la curva de la tierra.
Se pasearon por el Camposanto como sombras noctámbulas con lumbres en los labios, y como siguiendo brújulas sanguíneas se cruzaron de brazos ante lápidas con inscripciones escalpadas; y Jonmar añoró desenterrar el tesoro ruso con tal de extraer una veta de verdad. El principio de la existencia se hallaba en la verdad, y el cronista Jesús Abreud solicitó permisos especiales para consultar los papeles antiguos del Archivo, así como una lista de libros bajo resguardo de la Universidad Oriental de Ciudad Zamora y el Museo Histórico de Nueva Bolívar. El clima se precipitaba en aguaceros que hacían colapsar las cloacas del Cambao, y sumergir en pantanos los ranchos de Perro Seco. Se comentaba en los noticieros:
—Yo creo que este año el río se vuelve a salir. En otras noticias, el hallazgo de una joven descuartizada desata las alarmas en Marhuanta tras la apertura de un aljibe...
Calle arriba, calle abajo. Los funcionarios de overoles grises abrían antiguos sepulcros e inspeccionaban portales sellados en las casas coloniales pertenecientes a logias masónicas. Y mataban las tardes bebiendo en las plazas, o cruzando apuestas sobre el horario de la Sayona o jugándose con el revés del destino: «Jonmar, muchacho; vení, vení... que queremos que nos eches las cartitas para pasar el rato. Mira que nos gusta como tú las echas». Y Luis Herrera sonreía picando el mazo de baraja española, y se reía de los vaticinios mientras fumaba. Después, cuando estaban contentos con las predicciones del licenciado, se sentaban en círculo y jugaban al Truco entre insultos y apuestas para ver quien aflojaba el próximo frasco de aguardiente.
Así flotaba su normalidad, pues la Angostura Ciega era un Leviatán fosilizado y el ser humano había trazado avenidas en su coraza, y túneles por los que circulaba un agua fangosa con hedor a uñas molidas. El único que no parecía absorbido por la monotonía era Jonmar, que juzgaba las atrocidades cometidas en los barrios como influencias malignas sobre el género humano, y no como carácteres propios de su naturaleza. Él creía que las violaciones eran provocadas por sucubos perversos y no por degenerados; y su propia mujer lo veía delirar con el oído pegado a la radio mientras transmitían los últimos acontecimientos.
—Te estás enfermando.
—Déjame, Catalina.
—Estás flaco y ojeroso.
—Déjame, Catalina. No es momento...
—¿Es por Marcos, verdad?
Jonmar la mira, extrañado.
—¿Qué pasó con él?
—No fue tu culpa, Joncito.
—No, estoy agradecido con él. —Se levanta y abraza a Catalina —. Se lanzó sin dudar. Él es la razón de que siga aquí con ustedes.
«El día que muera, mi querida Alondra. De mi cuerpo contaminado por tu amor nacerán rosas negras... Para que las amen».
El accidente en la discoteca Gurú ocurrió la víspera de San Juan mientras se celebraba un evento de tambores y bailes místicos. La gerencia había contratado a Soka Calipso y al DJ Nené Poison con todo su escuadrón, y la noche toda llena de repiques y música de estrellas entre la algarabía de la masa estática de cuerpos en emulsión. Un rompecabezas de ropas estampadas, cadenas brillantes, rostros picados y pantalones ajustados que bebían licores exóticos mezclados con zumo de naranja en termos metálicos. Mujercitas de maquillaje estrambótica y cabellos teñidos que sonreían con tacos falsos adheridos al esmalte, imitando el contoneo de las perras en celo cuando empezaba a fluir como néctar el alcohol por sus ríos de sudor y perfume de vainilla intensa. Fantasías descalzas meneando las faldas de satén y descamisados con el rostro pintado saltando sobre el asfalto del estacionamiento rebosado.
La noche toda como el iris nublado de un dios carroñero que escucha el latido del cuero golpeado con la palma enrojecida, y las luces fluorescentes de la discoteca, parpadeando en la diáspora de los bailarines en paños blancos al son de una herencia africana que aún hierve en el pecho.« Si San Juan lo tiene, San Juan te lo da». Chango, Olodumare, Jesucristo, San Pascual Bailón, «llévatelo San Vito, dámelo Juan del Dinero». Gracias por esa bendición, María Lionza, te prometo que este año voy pa' la montaña a llevarte un regalito. Mi viejita se curó, Doctor José Gregorio, te voy a prender unas velitas todos los viernes.
Y los choros del barrio veían el espectáculo con ojos contemplativos mientras se pasaban el termo, y a las mujeres palpitando al ritmo de los tambores. Y se precipitaban y eran repelidos con espasmos, y entre ellos se empujaban con las sonrisas alzadas como tiburones al acecho. Y estiraban las manos para palpar las nalgas de mujercitas revueltas, y las abrazaban por detrás mientras la figura de gabardina negra los miraba desde la sombra del edificio: chupándose los incisivos del rostro lampiño que parecía cubierto de talco en el torbellino veraniego tras la muerte del sol. En un momento, un muchacho le cruzó el rostro a otro pegado a una mujercita de cabello escarlata con un bofetón, y este se separó con un empujón. Y el espanto altísimo se pasa la lengua azul por los labios pálidos, se quita el sombrero de ala ancha como una esfera inmaculada y observa el enardecido espectáculo. El repique se interrumpe con un zumbido de cornetas. Los malandros gritan, se carcajean, aplauden y se revuelcan con los pantalones ajustados al nivel de las rodillas y las cadenas de oro falso despidiendo destellos como estrellas fantásticas. Se oye un susurro muy bajito, casi imperceptible entre los latidos de tambor y el ronroneo de los parlantes, es como un coro de cigarras transmutado a palabras. En algún momento, alguien saca un cuchillo y se liberan los gritos de una jaula de plomo en la que están encerrados los algodones de azufre. Echa a correr un muchacho flaco con una camisa blanca que enrojece por obra de un maleficio, aulla con la boca abierta y mechones decolorados en la cabeza castaña. Todos escuchan lo mismo: «me han matado», y ven el mango del cuchillo asomando de los riñones del muchacho que se derrumba ante los pies de la figura oscura, que ríe en silencio y se palmea la calva como un gigante albino.
Entonces se prende un corre-corre y un alboroto de pisadas y empujones mientras se abren paso los malandros. Uno se acerca corriendo a la figura de pesada chaqueta, un muchacho con el aspecto de un gato callejero, y busca hundirle un puñal en la barriga; pero el gigante lo levanta del pescuezo y lo estampa contra la pared de ladrillos. El muchacho se derrumba chorreando sangre por las orejas.
Gurú no volvió a abrir, y en los vídeos de internet se aprecia como esta figura en la oscuridad desaparece al darse cuenta que lo están grabando. Al día siguiente, encontraron al cronista Jesús Abreud muerto al bajar por la Catedral.
«¿Por qué no me amas en marzo con la misma fuerza con la que nos amamos en enero? Comencé mis pasantías en Seguridad Pública, y casi no tenía tiempo para verte, Alondra. Pensaba que escribirte todos los días solo te aburriría, y nos consumiría en el fuego de la rutina. Pero lo que yo no sabía es que el amor se construye con la rutina. Debí compartir más cosas contigo...».
Los papeles mercantiles de un tal Mijaíl Sokolov se encontraron en el pecho ensangrentado del cronista muerto. Su cuerpo fue hallado boca abajo con una sarta de agujeros practicados en la espalda por un objeto punzante, probablemente calentado al rojo por las quemaduras superficiales que dejan las balas al impactar, pero la ausencia de las mismas en el organismo. Similar a los muertos en el atentado de Los Coquitos, y al asesinato del Agente Marcos Navas.
—Él descubrió algo, por supuesto —concluía Jonmar ante los muchachos de Seguridad Pública —. Estaba a punto de hallar la verdad. Por eso lo mataron.
—Pero, licenciado... —le respondía Gerardo con ironía —. Musiú Sokolov era mercader de añil y sarrapia. En los papeles solo aparece ligado al Príncipe Prusiano por negocios indirectos.
—Excepto —y les mostraba la traducción de una carta aún ensangrentada que tenía el difunto —. «Es de suponer que en las arcas de la emperatriz se escondían reliquias más antiguas que la patria misma... Tesoros más valiosos que todo el oro del mundo».
Gerardo chasqueó la lengua con una sonrisa.
—Cómo avanza la Inteligencia Artificial.
Pero la cacería seguía en pie y el Agente Jefe reportaba al Comisario que «se estaban acercando al escondite», mientras nadaban a ciegas sobre un mar tenebroso. El Pistolero acechaba como una presencia invisible capaz de extender sus tentáculos por toda la Angostura Ciega, y la ausencia del Príncipe Prusiano ante la orilla de la Laguna de los Francos parecía una declaración de renuncia ante el advenimiento del Mal.
—Oye, licenciado —Gerardo se presentó en la puerta de su casa con una camisa blanca remangada y una corbata negra. Era la primera vez que lo veía sin el uniforme gris —. Necesitamos hablar. Tengo una teoría del Babá Yaga.
«Entendí, Alondra, que algunas personas vienen a este mundo a ser ríos de fuego. Ahora que no estarás para nada, que los jacintos se ahogan en los charcos del jardín, solo espero que tus serpientes castañas encuentren por fin el mar».
Hasta dónde sé, Gerardo y Jonmar andaban metidos en un zanjón bajo la ciudad. Y uno salió con la clavícula fracturada. Parece que en un cuarto de la Casa de Teja hay una puertica con una cara que solo se abre si le dices una contraseña secreta, y como ese muchacho es rarísimo y se las sabe consiguió adivinar. El licenciado y el catire se metieron por los túneles bajo las casas del Casco Histórico buscando algo sin autorización. Yo nunca he estado bajo los túneles, Niña Semen. Pero me han contado que allí abajo casi no se puede respirar debido al aire podrido, y que tienes que ir con cuidado porque los caimanes y las culebras se esconden allí, y cuando llueve se llenan rapidito. Total, es que ambos bajaron: el brujo Jonmar convencido de las ocurrencias de Gerardo, el que comenzó como pasante en la oficina y después se metió a funcionario. Ese muchacho siempre se me hizo rarísimo: todo lo que dice son chistes cínicos o se la pasa con la música del teléfono a todo volumen cuando le toca usar la computadora. Una vez lo encontré bailando con el espejo del baño. Bueno, y... ¿no te dije la otra vez que es el primero en tener un Contrato con La Pelona? Bicho no, esa «man» me da miedito. El mismo Jefe Luis nos dijo que estaba prohibido tocarlo porque te podías morir, ¿puedes creerlo? Bueno, Niña Semen. Te cuento que esos bajaron unos doscientos metros por un pozo, y el licenciado iba quemando unas cápsulas de azufre, ya sabes que la universidad le enseñaron a hacer brujería con los planetas o una broma así. Yo me los imagino clarito: en la escena van el catire de Gerardo, que es bien guapo, de eso no hay duda, lo que caga su atractiva es su personalidad de mierda; y el licenciado que siempre carga cristales de cuarzo en los bolsillos y azufre para quemar con sus trucos. ¿Te conté la vez que me leyó las cartas y supo que íbamos a volver? Bueno, no me desvío del tema. Parece que el catire le advirtió que le podía robar años de vida si lo tocaba, y el licenciado iba con cautela y si se metía el pie en un hueco trataba de salir por sus propios medios. A mí sí me daría claustrofobia meterme pa eso, pa lo profundo. Yo sí soy cagón para la oscuridad y los espacios chiquitos. Si cuando veo a alguien vomitando, me da reflejo y no aguanto. Imagínate ese olor a alcantarilla y esas víboras que se mueven entre los pies, y las cucarachas, y los lagartos y los ratones. ¡Ay, Dios...! Pero lo peor pasó cuando llegaron a una cámara, cuyas columnas parecían colmillos de elefante y había como un círculo de piedra. Entonces él licenciado se saca unos polvos del overol y los echa sobre el mesón, y tú sabes que él hace unas cosas con los dedos y murmura unas invocaciones, y que entonces se prende una candela roja. Y fúa, sale el Pistolero con una sonrisota con la cabeza casi raspando el techo y un cuchillo del tamaño del brazo mío. Entonces al licenciado le entró la rabia y le lanzó una flecha de fuego. Pasaron unas cosas, y ambos muchachos terminaron en el fondo de un hueco escalando porque se le estaba acabando el aire. Resulta que a el Gerardo se le acabó el oxígeno y se desmayó durante la subida, y se cayó al fondo y se reventó la clavícula. Pero al Jonmar no le importó la maldición del catire, y lo sacó del hoyo. Y ambos salieron por el ducto que vierte las aguas negras en el Orinoco. El Jefe les pegó una regañada, y les quitó los permisos y uno anda con el brazo enyesado y el otro con un montón de huequitos por un escopetazo que lo rozó, pero los médicos se extrañaron de que no tuviera perdigones metidos en la carne. Ambos no quieren hablar con nadie. Gerardo se la pasa llamando a una muchacha de nombre gracioso, y Jonmar está súper borracho, tendido en el suelo. Lo que vieron allá abajo los dejó perplejos, y el Jefe Luis fue a verlos.
«Si llego a fallecer, como mi última voluntad... Quiero que donen todos mis órganos: mi cerebro contaminado por amor, mis huesos aguerridos, mi hígado martirizado, y mis riñones sedientos... Para qué, aunque no esté, mi corazón siga enamorándose y mis ojos sigan detallando la belleza del mundo. En algún lugar lejano... Dónde sea que mi alma vaya a parar. Me alegraré de que otro ser viva plenamente gracias a este cuerpo flagelado por las penurias».
Antes en Ciudad Bolívar, se acostumbraba a esperar el sereno afuera de las casas: al atardecer, los adultos conversan mientras los niños juegan, pero mi abuela siempre advertía que al sonar la primera campanada, todo el mundo debe ir adentro, porque las ánimas benditas bajan de la Catedral al cementerio para su hora de descanso. Nos decían para que obedecieramos, aunque ellos también entraban y trancaban puertas.
La diáspora de las ánimas que despiertan como excrecencias de ectoplasma brillando en las avenidas empedradas se convirtió en una guerra sin cuartel. Los funcionarios de Seguridad Pública cerraron el paso con una tranca de chopos de sal y una línea de azufre que relucía como una rendija amarilla ante el desvanecimiento crepuscular. Los overoles grises como pesadas corazas de plata, y el licenciado Jonmar como un Rasputín contratado por la gobernación, paseando frente a la línea: un precipicio de calles empinadas y casas moriscas de bahareque y tejas.
El Sacristán de la Catedral con una biblia en las manos, pronunciando un discurso al descenso de la calle sobre el baluarte de laja. Su alba blanca con ribetes de hilo dorado, y el Agente Arturo con una carabina modificada detrás suyo.
—¡El que habita al abrigo del Altísimo Morará bajo la sombra del Omnipotente!
El sol cae sobre la Angostura Ciega convirtiendo las aguas en un río de sangre como por augurio de una maldición abrahamica, y el puente moderno suspendido por hilos metálicos. Una marisma se eleva de la baranda que delimitada el Orinoco, y las burbujas brotan del fondo y se levantan tentáculos de algodón. Los funcionarios avistan aquella bruma desde la cima de la calle, como presenciando la llegada de un tsunami desde la corona de un volcán.
—Con sus plumas te cubrirá, y debajo de sus alas hallarás refugio; escudo y adarga es su verdad. —El Sacristán suda por el calor tropical exhumado de las profundidades del subsuelo. Son vapores del infierno —. No temerás el terror nocturno, ni la saeta que vuele de día. Caerán a tu lado mil, y diez mil a tu diestra; mas a ti no llegará.
El Agente Jefe, Luis Herrera, se pronuncia como una esfinge de mirada indomable. Las manos le tiemblan ante la espera de utilizar su Contrato de Sincretismo.
El licenciado es el único a la altura del río, observando la marejada intranquila que transmuta en niebla. Un funcionario baja por la calle casi oblicua, es Gerardo, en sus manos sostiene un muñeco de trapo relleno de algodón. Lo deja en el suelo frente al brujito y se retira por una calle perpendicular. El vapor que asciende toma forma, y una silueta se desdibuja en el gris sílice. El ronroneo de un león de hierro junto a pasos de dinosaurio levantan un eco sobre la Catedral.
—¡Porque has puesto a Jehová, que es mi esperanza, al Altísimo por tu habitación! ¡No te sobrevendrá mal, ni plaga tocará tu morada!
Arturo baja la carabina y besa una imagen de Santa Bárbara en su rosario. El Pistolero, el demonio de alabastro envuelto en alas negras, aparece con una pesada ametralladora Browning en las manos, y la suelta una ráfaga de disparos que parecen una lluvia de clavos a la velocidad de la luz. Jonmar corre detrás de la línea de azufre, el muñeco en sus brazos como un neonato, y las balas revientan en el aire como abejorros, deshaciéndose en polvo de cementerio. Los cartuchos vuelan, pero la metralla revienta al pasar sobre el azufre como al chocar con una plancha invisible.
—¡Pues a sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos!
El Pistolero, una mole de carne, suelta la ametralladora y echa a correr como un caballo bípedo. Jonmar retrocede impávido, y le muestra la espalda para escalar la calle empinada. Aquel espanto es un Hulk pálido con alopecia y el sobretodo negro parece teñido de sangre sucia, pero cuando pone un pie sobre la línea amarilla, se enciende. Cien ríos revueltos con las pailas del Averno, y el gigante envuelto en zarcillos rojos sin mudar la sonrisa infantil. Una zarabanda vestida con los colores del sol en la noche temprana.
—¡Sobre el león y el áspid pisarás, hollarás al cachorro del león y al dragón! —La voz del Sacristán llegaba como a través de una proyección onírica. Las campanas de la iglesia resonaron desde las últimas latitudes —. ¡Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré!
Jonmar lanzó al muñeco y realizó una postura de manos en su carrera: el algodón se desfiguró en un chorro galvanizado, y se deshizo en una nube de gas. Y las tejas volaron, convertidos en pájaros de fuego que abrazaron con sus alas al gigante envuelto. Pero siguió corriendo, con la mirada roja encendida en el rostro lampiño. Apartando con manotazos las aves de barro.
—¡Le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre! ¡Me invocará, y yo le responderé!
El licenciado Jonmar resbala por el camino empedrado, gira en el suelo para encarar al gigante y extiende las manos con una cápsula de azufre en los dedos. Proclama el nombre de una diosa helénica, y tensa su arco invisible para disparar un arpón ardiente que atraviesa el pecho del Pistolero. Ocupa un momento para levantarse y correr hasta el baluarte, y el gigante agarra la flecha amarilla con los dedos como morcillas, y se la saca del estómago de un tirón. Entonces, Luis Herrera da la orden y sobre él cae una lluvia de esferas de sal dispersadas por los chopos artesanales y las carabinas modificadas.
—¡Con él estaré yo en la angustia! ¡Lo libraré y le glorificaré! ¡Lo saciaré de larga vida, y le mostraré mi salvación!
El Pistolero, desnudo de la cintura para arriba, baila al son de los disparos. Los agujeros negros se abren en su carne, y dos de sus dientes han caído, dejando su sonrisa incompleta. El fuego ya no arde en su espalda enrojecida y su cabeza pelada. Parece que porta una peluca rubia de copete erizado.
El Sacristán terminó el salmo, y el Jefe declara «que ya está bueno», y saca de un maletín de plomo un machete oxidado. Otros funcionarios desplegan sus lanzas federales y sables españoles para lanzarse calle abajo contra el espanto, rodeándolo con un cerco de púas, pero temerosos del gigante encorvado. Entonces este abre la boca purulenta, y allí brillan unas perlas oscuras antes de soltar una ráfaga de disparos de un fusil en la garganta: trescientas balas por minuto que hacen rodar a los hombres por la calle empinada con algunos agujeros en la barriga. Pero de la cima baja un carrito color chicle bomba con los parlantes a todo volumen, y embiste de frente al Pistolero con una explosión de vidrios y pedazos metálicos.
El gigante abre la boca negra, y Gerardo sale del parabrisas y le clava la lanza en aquel agujero. La punta traspasa la nuca, y el muchacho se afianza a la superficie del capo asiendo el asta con ambas manos, maldiciendo. El Pistolero envuelve la cabeza del catire con una sola mano, como una tarántula polar, y busca apartarlo, pero el muchacho no lo suelta. Sigue hundiendo la lanza mientras los ojos le sangran, y un relámpago lo salva: el fogonazo rompe el palo y un chamuscón circular nace en el estómago del Pistolero. Gerardo rueda hasta el suelo, llorando sangre y con la cara enrojecida. El Jefe Luis se frota las manos, soltando chispazos, y las dirige al gorila lampiño para conectar otra maraña de relámpagos que lo hace torcerse. La Manifestación del Siete Rayos, y el aire olió a óxido de batería antes de llenarse de partículas cargadas.
El chorro de electrones lo alcanza en el brazo, dejándolo unido solo por el hueso y unos hilos de músculo como cables. Ya no sonríe, su cara es una máscara severa en la que flotan ampollas y agujeros que despiden humo. El Pistolero se agarra el miembro flácido, y se lo separa del cuerpo dejando un muñón que sangró brea antes de asomar un cañón.
La ráfaga de disparos subió a los tejados dejando agujeros en las paredes de barro, errando al Agente Jefe, que se agachó del susto con las manos en la cabeza. El Pistolero se dobló con un cuarto de la cabeza reventada por una flecha de fuego, el ojo colgando entre un amasijo de sesos y trozos de cráneo. Pero siguió ascendiendo, paso a paso, hundiendo las botas derretidas de sus pies sobre el empedrado. Mitad cadáver, mitad gigante nórdico. La cabeza deshecha y el cuerpo convertido en una piltrafa de piel chamuscada y agujeros... el muñón en alto como disparando un suministro agotado. Jonmar se quedó sin azufre para transmutar. Los funcionarios desparramados que se retiraban entre charcos rojos con los ojos vidriosos. El carrito color chicle retorcido, como si hubiera chocado un elefante.
Y el gigante se detiene cuando siente que un punzón se adentra en las capas de grasa de su espalda ancha. Gerardo intenta sacar el machete, pero le fallan las fuerzas y el Pistolero ni se molesta en replicar mientras asciende, dejando huellas de alquitrán en la escalinata. Arturo le dispara, los carabineros en sus puestos llueven balas sordas que penetran su piel, y el gigante camina con torpeza.
—¡Muérete, maldito...!
El muchacho le entierra una lanza en los omóplatos, y cae de rodillas con el rostro ensangrentado. Pasa junto al Jefe Luis, que se muestra incómodo ante el Ánima, y ni siquiera levanta su machete para atacar. Gerardo levanta otra lanza del suelo y la arroja, el arma vuela y se clava en el hombro del mastodonte bípedo.
—¡¿Por qué no te mueres?!
Pero la respuesta la ven en el baluarte de la Catedral: el Príncipe Prusiano lo espera con un porte señorial. Los galones dorados brillan con luz propia en el uniforme negro. El Pistolero levanta el cañón que sobresale del muñón, y sonríe con cansancio antes de sucumbir al peso abismal de su cuerpo, que no grita, solo se cae a pedazos entre hilos de músculo y tiras de piel. Ambos espectros desaparecen, y el Sacristán se limpia el sudor con un pañuelo de Sonic.
—¿Qué carajo? —Dice Jonmar con los dedos quemados.
—La vida es una mierda, y después mueres... —Gerardo se limpia los coágulos de la nariz —. Y a veces ni eso. ¿Cuánto falta pa mi jubilación?
Jonmar suelta una carcajada y saca un cigarro de su bolsillo. Lo enciende con el pulgar.
—En este país uno no se jubila.
—Qué cosas —Gerardo se sienta en la acera y mira la sangre seca sobre el empedrado —. Hoy me iba a ver con mi ex.
—¿Y eso?
—Cosas —se encoge de hombros —. Mejor así.
—¿Cómo se llama?
—Alondra.
«Me pasa algo muy malo, y es algo que me aflige y aleja de los demás seres humanos. Y es que siempre he sido un hombre que siente mucho: mis lágrimas podrían llenar varios océanos, y mi indiferencia volver a congelar los polos de planetas lejanos. Siento mucho, Alondra... aquí adentro, donde todos creen que tenemos el corazón. Yo tenía uno, pero te lo llevaste».
Antología: Duendes y Espantos
Gerardo Steinfeld 2026
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