La Tragedia de Vargas
Son muchos los relatos paranormales que anteceden la desgracia ocurrida en Vargas durante el diciembre de 1999. Lo cierto es que el litoral fue azotado por un vómito de montañas que arrastró incontables muertos, osificados lejos, más allá del saber del hombre, allí donde las estrellas se ahogan y las ballenas transportan su alma inmensa por el mar infinito y despiadado.
Durante tres días, los aguaceros que cayeron sobre La Guaira y Macuto rompieron todo pronóstico, debilitando las pendientes pronunciadas y cayendo con una violencia estrambótica hacia el océano. Como un conjuro recitado por un taumaturgo loco salido de un drama atávico, fueron avistadas oscuras presencias en los montes circundantes, horas previas al desastre, grabados por los satélites, únicos testigos del horror demoníaco liberado de las profundidades orgánicas. Muchos años después, los miles de cadáveres aún yacen bajo el barro reseco; y misterios como la desaparición de los cien niños rescatados, las criaturas desconocidas que emergieron del lodo atacando a los rescatistas, las luces flotantes en las noches rojas, y el escalofriante espectro captado en el pico del Naiguatá, jamás tendrán explicación.
El pronóstico del desastre comenzó con una serie de imágenes satelitales captadas por el satélite Simón Bolívar. Durante junio, en la Víspera de San Juan, se publicaron fotografías en los periódicos describiendo extrañas formaciones parecidos a calaveras en el relieve montañoso de Cerro Grande y Carmen de Uria; estos fenómenos fueron achacados a efectos psicológicos relacionados con el hallazgo de patrones. Lo cierto es que la prensa amarillista se encargó de caricaturizar estas imágenes, llevados por la creciente tendencia cristiana en Oriente de satanizar todo. Sin saber, que este augurio era una advertencia de la devastación que acontecería. Fernando Lizardi, Licenciado en Praxis Metafísica y Profesor de Ocultismo en la Universidad Oriental, suposo ante El Nacional que estos fenómenos de paisajismo eran obra de antiguas conjuraciones que podían alterar ontológicamente los terrenos según la alineación de Mercurio; pero un periodista de CNN preguntó si existían otros mundos como este, o si este es el único.
—Todos los misterios son similares al cuerpo de una mujer: un universo desconocido.
Fue todo lo que dijo, antes de pedir relevo ante un funcionario de Seguridad Pública identificado como Domínico Becerra. Este Agente Jefe brindó una entrevista a El Progreso en octubre, dos meses antes de que ese terror subterráneo, sepultados desde un principio en la meseta de Vargas fuera despertado por el aguacero, buscando lavar los pecados del mundo. Era un hombre grueso y recortado con un bigote canoso, y un overol abombado de un gris metálico con la cremallera oxidada y los bolsillos rellenos de caramelos de café y menta.
—Sí, es cierto que el INSEP del Estado Vargas investiga a una secta extremista que se esconde en los montes del Naiguatá —declaró, masticando ruidosamente los caramelos ante la periodista —. De hecho, es bien sabido que los turistas que visitan nuestras playas gozan de una seguridad plena. No tienen de qué preocuparse, porque estos satanistas no parecen ser peligrosos. Aún así, está prohibido llevar a cabo actividades de índole mística en esta parte del país, donde lo primordial es el turismo.
—¿Y qué nos dice de los tres senderistas desaparecidos que subían el Pico?
El Agente Domínico frunció los labios, como midiendo sus palabras con un aceite quemado.
—Continúa la búsqueda.
—¿Y los animales destripados que se encuentran a lo largo Avenida Principal? Puede que se trate de una especie hostil que fue injerta en nuestro ecosis...
El Agente Jefe arrugó la cara en señal de desaprobación.
—Señorita, mejor terminemos esta entrevista. No sacará nada bueno.
Domínico Becerra no siguió respondiendo, y la entrevista se suspendió. Pero no fue hasta después de la tragedia que estas declaraciones inéditas cobraron sentido, junto con... lo que surgió del barro durante los rescates. Sobre esta secta se tejieron teorías más parecidas a leyendas urbanas que a informes policiales, pues la cadena montañosa que separa las localidades del actual La Guaira con la capital palpitante de Nueva Bolívar, siempre ha sido epicentro de avistamientos paranormales. Desde la hacienda abandonada del Doctor Knoche donde aún trabajan los embalsamados hasta los ataques vampíricos en Galípan y Caraballeda. Como dicen los funcionarios de Seguridad Pública, acostumbrados a vadear ese más allá invisible: «es preferible creer que las desapariciones, ataques sexuales y crímenes violentos son perpetrados por espantos y seres sobrenaturales... a descubrir que son sadicos y depravados que se esconden entre nosotros como personas comunes».
Pero los encuentros inexplicables en esta masa montañosa que se alza unos dos mil metros entre el bullicio de Nueva Bolívar y la costa norte, engrosan un abultado expediente de selva nublada capaz de desvanecer todo rastro en cuestión de horas. Muchos comienzan un recorrido en las faldas de la montaña y terminan en una foresta irreconocible capaz de desorientar al guía más experimentado. Quienes se desvían por la vertiente hacia el mar terminan atrapados en quebradas profundas y cañadas donde la señal telefónica y el GPS dejan de existir. «Entre la masa verde y el mar no hay testimonios, solo silencio». Y lo que existe allí, en despeñaderos ocultos, es desconocido para el Reino del Hombre.
—Los animales muertos que se encuentran por toda la Autopista Nueva Bolívar-La Guaira no son más que un fenómeno psicológico conocido como válvula de violencia. —Nos explica el Doctor José María Asunción, que es psiquiatra y neurólogo —. Dios los cría y el Diablo los corrompe, y hay veces que los sadicos se encuentran en estas arboledas para planear atrocidades. Es simple: la mente frustrada necesita una válvula de escape. Muchos dirigen esta violencia contra ellos mismos a través de adicciones o... bueno, El Ávila no solo es famoso por las fotos, también porque muchos desaparecidos en las listas poseían tendencias suicidas. Muchos quieren desaparecer completamente, otros se vuelcan contra sus semejantes o los que creen inferiores en su forma de ver las cosas. Los animales destripados son una respuesta natural a una sociedad degenerada que acostumbra a reprimir todas sus emociones.
—¿Y los avistamientos sobre criaturas alienígenas en la cordillera?
—Yo soy un investigador serio, por Dios. No me pregunte sobre las luces de El Ávila ni los animales sin pellejo porque son superstición. ¡Embustes de la televisión! ¡Sea un reportero serio si quiere triunfar en su carrera!
Pero la secta era una circunstancia real, ¿cómo es posible que Seguridad Pública subiera en helicóptero hasta el Pico Naiguatá para presenciar un rito de otro mundo? Durante la Víspera del Walpurgis —o Halloween como le dicen los gringos a su celebración satánica —, desde la localidad de El Tigrillo y Carabellada, y todos los viajeros nocturnos a lo largo de la costa avistaron un recital de luces como la sonrisa luminosa de un demonio antiquísimo petrificado en la geología del país. Con estos fuegos que zumbaban en la inquietud de la noche, el clamor de los insectos descendió a las poblaciones situadas en la orilla como un tormento tropical, momentos antes que una tempestad se abriera paso sin anuncio. En la madrugada, el mar se agitó con torbellinos de espuma y el salitre huracanado golpeó la costa, arrancando techumbres y perforando la bóveda con relámpagos en señal de antiguos poderes.
El Comisario de Vargas, Henry Tupuro, fue avisado por la Universidad Central de Venezuela que los detectores entrópicos de su laboratorio se habían disparado y él personalmente llamó al Coronel Padrón para subir al Naguatá en una aeronave. Lo acompañó el Agente Jefe Domínico Becerra y la Agente Vanessa François hasta el pico más alto de la muralla montañosa que separaba brutalmente la capital de la costa.
Amanecía sobre El Ávila con el cielo tiznado de arreboles en el corazón del monte, allí donde meses atrás el satélite capturó formaciones piramidales parecida a calaveras y rostros malignos. El helicóptero ascendía entre picachos erizados de vegetación y titánicas cumbres, y sintieron el frío metido bajo el overol pesado como si unas manos fantasmales buscaran descubrir todos los secretos del mundo. Convertidos en aquel pájaro metálico con corona de avispas, creyeron por un momento en todos los enigmas que escondían los montes y en todos los avistamientos de entidades sin pellejo materializados por la excrecencia de la nada: seres ciegos y estupidos que solo conocían el instinto primigenio del hambre y la desesperación. Arriba, en el Pico del Naguatá donde el mundo exterior desaparece bajo una cobija de algodón, ¿qué corrobora que otros lugares sigan existiendo una vez que ya no estás allí? ¿Cómo sabes que esas personas fueron reales si solo las viste una vez en tu vida? Es sobre el granito moteado donde resplandece una cruz de acero inoxidable como prueba máxima de la conquista del hombre. Y sobre ese emblema sacro estaba crucificado un niño de catorce años, con una sonrisa roja dibujada en la garganta que lloraba lágrimas de cera derretida sobre el pecho desnudo.
—El Señor reprenda al Diablo... —dijo el piloto antes de aterrizar en el campamento abandonado.
Nueve fogatas alineadas alrededor del cadáver eran entrelazadas por líneas paralelas pintadas con cal, formando una estrella visible desde las alturas. Encontraron cogollos de marihuana quemada y restos de runas pintadas con tiza sobre el granito junto al cadáver profanado: un niño que la investigación posterior coincidió con un desaparecido meses atrás en Bolívar. El misterio de la secta parecía no tener fin mientras más descubrían a su paso: botellas de aguardiente vacías, astillas de espejos rotos, huesos carbonizados y un ídolo presenciando el paisaje almidonado desde la inmensidad. Se trataba de un Ánima adorado en el Llano Negro desde que murió en La Puerta hace doscientos años, y fue enaltecido por el pueblo con hechicería Macumba: el espíritu vengativo del Taita Boves, Comandante de la Legión Infernal y uno de los hombres más crueles de la historia del país. ¿Por qué existe un culto en torno a esta figura y, qué propósito oscuro celebró esta ceremonia en su cima?
La verdad llegaría un mes después, cuando en los primeros de diciembre caería un aluvión tras otro sobre el debilitado suelo. La muralla montañosa recibiría los embates de la lluvia, saturando las cuencas, que caerían cuesta abajo hasta la cordillera como si de sus entrañas nacieron cascadas hemorrágicas: en solo tres días cayó el equivalente a un año como en un aguacero apocalíptico. En Macuto el agua salía de las alcantarillas, y en Carabellada se sintió una explosión subterránea que se confundió con un temblor. Sin árboles que sujetaran con sus raíces, el suelo expuesto se saturó de una viscosidad que la montaña no pudo retener: el agua y la materia se mezclaron en una avalancha imparable sobre pendientes empinadas, arrastrando todo a su paso y emergiendo de los cañones hasta las faldas de la montaña donde se asentaban las comunidades.
Los centros de votación estaban llenos por el referéndum para la nueva Constitución, cuando las cumbres vomitaron ríos de lodo y piedras que derribaron edificios y hoteles con un arrebato bíblico. Rocas proyectadas de las profundidades caían como bombas sobre la gente dejando despojos sanguíneos, y los árboles arrastrados río arriba se llevaron a todo aquel como si fueran monstruos de madera. Caraballeda sufrió una inundación que cubrió las playas como una inmensa mancha marrón en el que flotaban desgraciados nadadores. Los Corales quedó sepultada bajo metros de un lodo espeso en el que asomaban vehículos y casas enteras. Solo se oía el clamor iracundo de los truenos y la lluvia incesante en el jolgorio del fin del mundo: el archimandrita sobre el Pico Naguatá fue visto por un helicóptero que partió de una anegada Maiquetía. Era el Taita Boves con una máscara roja y un desgastado uniforme del Ejército Realista presenciando a Caruao y Catia La Mar convertidos en ríos, por los que corrían escombros como náufragos. Carmen de Uria y Cerro Grande fueron borrados del mapa en minutos con todos sus habitantes enterrados. Un emperador contemplando lo invocado por una danza de la lluvia satánica: los cerros se deslizaron sobre las comunidades y los ríos se unieron como dragones marinos.
Los funcionarios de Seguridad Pública que se encontraban en Macuto relataron como un todoterreno con sus ocupantes era arrastrado hasta el mar. La Agente Agregado Vanessa François escuchó los gritos, y junto a sus muchachos, metidos hasta el pecho en barro, auxiliaron a una mujer en la playa, pero al llegar vieron que le faltaban ambas piernas. No pudieron hacer nada y la dejaron allí. La creencia más común es que muchas almas quedaron atrapadas, sin entender que habían muerto: se reportaron voces pidiendo socorro en pueblos deshabitados, sobrevivientes y rescatistas escuchaban que los llamaban por sus nombres en calles arrasadas, oían gritos y llantos de niños provenientes de casas sepultadas. Los disparos escuchados durante los rescates fueron censurados de cualquier evidencia.
«Ocho mil viviendas y setecientos edificios destruidos» contabilizarán los medios de prensa y televisión días después de la tragedia. Pero nunca mencionaron a las criaturas que surgieron del desastre cuando los rescatistas y militares desenterraban vecindarios hundidos en busca de sobrevivientes. Vanessa François contó al CNN como su Jefe Domínico Becerra nunca la soltó mientras la inundación arrastraba todo a su paso por la Avenida Principal hasta el mar, y cómo nadó sobre el agua furiosa con un mecate amarrado a la cintura hasta un poste de alumbrado para que los arrebatos por la corriente pudieran agarrarse de algo y sobrevivir. Pero se guardó, según el protocolo, lo referente a esa criatura que surgió del barro y se lo llevó.
El Instituto de Seguridad Pública y la Guardia Nacional desmintieron la presencia de criaturas arrastradas por la corriente desde las profundidades de las montañas, pero la evidencia dice lo contrario. Así como el gobierno declaró las cifras entre mil y tres mil muertos o desaparecidos, pero la realidad es mucho más oscura. Las estimaciones varían entre diez mil y treinta mil, y algunas fuentes, como la Cruz Roja calculan unos cincuenta mil fallecidos. Y los testimonios militares sobre esos engendros que nadaban bajo el barro espeso como caimanes al acecho en las noches rojas son escalofriantes. Lo cierto es que muchos de los rescatados dijeron que «había algo en el agua que los arrastraba hasta el fondo», y fueron muchos los relatos de cadáveres desenterrados con grandes mordidas como de tiburón. Poblaciones enteras sucumbieron sin voz. Muchos de los huérfanos rescatados desaparecieron sin más, y el Taita Boves que gobierna sobre el Pico Naguatá presenció el desastre con lascivia frente a los damnificados, para luego esfumarse también junto con el mar tragado.
La montaña había devorado Vargas. Los funcionarios del INSEP increparon al profesor Lizardi, pero el Círculo Ocultista no quiso prestar sus declaraciones. El ídolo del Taita desapareció poco después del Museo Histórico de Nueva Bolívar.
Antología: Duendes y Espantos
Gerardo Steinfeld 2026
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