PRESENCIAS
—Comienzo estos vídeos porque el mundo se terminó. O eso parece... porque acá en Ciudad Bolívar ya no queda nadie. Estoy solo. No hay más personas. No hay animales. La ciudad se está volviendo peligrosa.. y voy a tener que irme.
El hombre aparece frente a una balaustrada blanca y un pavimento de laja con tonos grises y ocres, detrás suyo se fundía un río angosto y marrón con la silueta de una costa opuesta reclamada por la vegetación. Levanta la cámara con una sonrisa modesta y enfoca un Paseo Orinoco solitario bajo un sol templado.
—Ya perdí la cuenta de los días que llevo recorriendo todo. —Camina con la cámara enfocando los edificios pequeños sembrados a lo largo de la avenida. Recorre la baranda azul que separa un bulevar de la orilla arenosa del río —. Todos se han ido, pero no sabría decir qué pasó. Por eso comencé a grabar todo.
Voltea la cámara a su rostro y sonríe: el cielo está nublado. Se escucha el rumor del agua batiendo la arena de la angostura. Vuelve a dirigir la cámara a los locales comerciales aún abiertos: adentro brillan las luces y la quietud de los anaqueles rellenos de víveres.
—Es raro que estén activos durante el día —enfoca uno de los comercios al otro lado de la avenida. Algo parece vibrar entre los anaqueles —. Para eso tengo esto —muestra una linterna de gran potencia —, pero nunca la he probado en el día. Voy a intentar acercarme para verlo mejor —la cámara oscila mientras se acerca con cautela —. Supongo que se están acostumbrando al sol. ¿Ven por qué tengo que irme de aquí? Yo les digo la Gente Sombra, y no sé lo que hacen o de dónde vienen... pero son peligrosos.
Se detuvo porque la Sombra le devolvió la mirada: durante un segundo una silueta negra de brillantes ojos azules se asomó por los anaqueles; la estática satura el audio y el hombre corre, apagando la cámara.
—Vivo en este edificio —muestra un salón de paredes blancas con suelo de madera barnizada. Se aprecia un colchón sin armazón y unos enseres regados—. Me disculpan el desorden es que... no he tenido visitas desde hace mucho tiempo. Parece que era un edificio de la gobernación porque hay unas oficinas con computadoras que aún funcionan. No sé por qué aún hay electricidad. El internet no funciona. Abajo había una carcel pero está llena de Gente Sombra.
Baja por unos escalones y se asoma a un balcón. Se alcanza a ver el Mirador Angostura: un caney de arcilla sobre un montículo de lajas grises. El río languidece bajo la aureola del atardecer: se funde el astro en el horizonte, ensangrentando las aguas que reflejan destellos. Se escucha un suspiro y una taza de café aparece en pantalla con un pulgar levantado.
—Este es mi último día aquí —dice —, me van a hacer falta estos atardeceres.
Deja la cámara y graba como se sienta ante el balcón para apreciar el oscilar del puente moderno sobre el agua rosácea con hilos dorados. Atardece en Bolívar, y saluda a la pantalla como si fuera una fiesta de despedida. Bebe café con pan azucarado y se relaja. Se mira bien cuidado: el cabello afeitado y la ropas limpias. Parece que se preocupa por su aspecto, incluso después de tanto tiempo.
—Antes, cuando era pequeño, mi mamá me llevaba al Paseo. Después de la iglesia uno iba a comer a Traki o al Salón del Pollo, y en la tarde me traía a pasear en un carrito de batería —toma café sin mirar a la cámara. Teme que lo vean llorar —. Le gustaba mucho Carlos Vives y Silvestre Dangond —se rie con vergüenza —. Le pedía a Dios que le pusiera a ese hombre en su vida. A veces... sí me hace falta.
Se siente tranquilo, mientras la brisa del atardecer le acaricia los cabellos cortos.
—Anoche se metió una Persona Sombra —la cámara muestra el solar interior de una casa antigua —. Parece que pueden escalar los techos. Entró por allí y estuvo recorriendo los pasillos. Tuve que apagar las luces y esperar que se fuera. Trato de mantenerme lejos de ellos.
Graba cómo empaca sus recursos en un bolso de viaje y prepara unos sanduches con una cocina eléctrica. Baja al Paseo Orinoco donde echa un último vistazo al río y sube a una bicicleta. Graba un par de minutos paseando sobre ella e intentando piruetas, se detiene para comerse un pan ante la baranda y regresa por la cámara.
—Estas semanas recorrí todo el Paseo y no encontré a nadie —se detiene a mirar con tranquilidad la avenida —. ¿Saben? No me siento triste. Desde que no hay nadie... me siento libre de todas esas presiones. Llevo ochenta días tranquilo, sin tener que levantarme temprano para trabajar o acostarme tarde viendo el teléfono. Supongo que el estilo de vida frenético que llevábamos no nos dejaba respirar. Me siento... liberado de tanta rabia y frustración. Y mi papá, creo que al fin puedo perdonar lo que hizo —se levanta rápidamente y recoge la cámara. Enfoca los edificios —. Allí está uno. Metido en el local... Me está viendo y parece que está hablando. Yo mejor empiezo a agarrar camino.
—Este es uno de los sitios que quise visitar desde el principio —graba un edificio rectangular de tres plantas pintado de un rojo vibrante con un panel gris, con el logotipo TÍO en letras azules. Las hileras de luces LED en el lateral de cristal le dan al interior una dimensión desconocida. Está anocheciendo —. Antes era Traki, pero le cambiaron el nombre. Si queda alguien en la ciudad seguro estará aquí.
Entra al edificio por la rampa del estacionamiento y vislumbra las escaleras eléctricas, las hileras de facturación y la feria de comida resguardada por puertas de vidrio. Está vacío, pero el sonido de las plantas de consumo y los aires acondicionados ocupan el espacio. La ausencia de personas le da a los anaqueles de maquillaje y electrodomésticos un aspecto tétrico.
—Voy a pasar la noche arriba, en los vestidores —dice y sube los escalones a la primera planta. Los maniquíes de la sección masculina parecen vivos en la quietud de las lámparas blancas. Se graba a sí mismo ante los muñecos vestidos comparando alturas —. En este lugar no hay nadie. Ni siquiera la Gente Sombra los habita...
Se graba ante los espejos de los vestidores: lleva capucha negra y un bolso grande. Tiende una sábana sobre las losas y devora uno de los sanduches con un jugo de naranja. Se abraza las rodillas mirando al lente y aprieta la linterna en su puño. Va a dormir con los zapatos puestos.
—Dicen que rezar es malo en el fin del mundo porque Dios puede oírte —se muerde el labio con la mirada perdida —. Bueno, se me olvidó cómo rezar. Intentaré dormirme temprano. Lo bueno es que desde que se fue todo el mundo, ya no tengo pesadillas. Mañana por la mañana me iré lejos, quizás a un ranchito de Marhuanta, y desde allí voy a esperar que el tiempo pase.
—Algo está pasando por encima de la ciudad —se graba a sí mismo mientras un resplandor azul se filtra por las paredes de cristal. Se escucha el ronroneo de un avión pasando a baja altura —. No es la primera vez que ocurre. Hace unas semanas me desperté por lo mismo, y vi una mariposa azul en el cielo. Más allá de las nubes, por encima de todo. No sé qué podría ser, pero la Gente Sombra les tiene miedo.
La pared de cristal se estremeció y los maniquíes se mecieron. El resplandor azul pálido invadió los muebles y los colgadores por espacio de varios segundos. Todo vibró como en un pequeño sismo, pero ningún vidrio se rompió y los muñecos siguieron en pie. Después sucumbió el silencio, la oscuridad y las luces blancas volvieron a encenderse.
—Ya pasó todo... Se fue.
Coloca la cámara ante sí para sentarse con las piernas cruzadas. Se rasca la barbilla, despreocupado, y ríe en silencio, sin decir nada.
Se graba recorriendo los pasillos de lencería y ropa femenina. Es el último piso y no encuentra a nadie. Todo esta vacío de personas.
—Nadie, nadie —gira la cámara a su rostro —. Antes, esto era un sitio de paseo. Podías recorrer las tiendas y, y... Me gustaba venir aquí. Nunca le he contado esto a nadie, pero mi papá mató a mi mamá. Ella... estaba enferma de diabetes. Primero le cortaron una pierna, y después la otra —se rasca la barbilla con la mirada ausente —. Ella... se fue apagando poco a poco, y me mandó a comprar un matarratas; que era un pote de veneno muy fuerte. Mi papá me quitó el frasco cuando llegué porque conocía las intenciones. Dijo que lo iba a botar... Pero, yo lo ví cuando lo echó en la avena de mi mamá —se detiene y mira la cámara. Se rasca los labios —. Amaneció muerta, y el velorio estuvo lleno de personas que mi mamá odiaba. Mi papá no lloró frente a ellos, ni yo tampoco. Nunca le pregunté por qué lo hizo, y tampoco lo puedo perdonar. Ya todos desaparecieron y eso no importa.
Se graba sentado en las mesas metálicas de la feria de comida. Todo está cerrado. Parece que espera a alguien que no vendrá. Saca un sanduche del bolso y se lo come lentamente.
Enciende la cámara: está en una urbanización del centro. Deja la bicicleta apoyada en una pared mientras el sol de mediodía rebota por las techumbres, graba una avenida desolada y los comercios vacíos. Incluso el sonido de la brisa ha desaparecido.
—Yo estaba estudiando Derecho —se escucha mientras inspecciona las calles —. Quería ser juez —se interna en las calles del barrio grabando las casas de rejas blancas y jardines descuidados —. Mi abuelo era abogado, pero una vez lo persiguieron por la carretera cuando venía de cerrar un caso, y en la carrera chocó contra una mata. La policía le encontró dos pistolas en la guantera y en la gaceta se publicó como ajuste de cuentas. Pero él no era mala persona, solo cargaba las pistolas para cuidarse y cuidarnos de una gente mala que le tenía rencor.
Pasa por una gruta entre los muros de las casas. Guarda silencio porque se escuchan unos ruidos metálicos, se acerca con cuidado y una Persona Sombra se asoma del otro lado. La estática inunda el audio y los píxeles de la grabación se corrompen cuando captan la mirada azul de la entidad. El hombre regresa lentamente y corre hasta la avenida sin apagar la cámara. El ruido de fondo es como un crujido metálico y un ronroneo como de televisión vieja.
Se corta la grabación.
Aparece en pantalla el rostro congestionado del hombre en lo que parece ser un parque. Reposa sobre un tobogán metálico y graba unos columpios y un vecindario hundido de techumbres de zinc y rejas de herrería.
—Lo perdí —dice, chorreando sudor —. Como les dije: están saliendo de día. Antes solo salían de noche. No quiero acercarme mucho porque la batería se agota en su presencia. Y está anocheciendo, por lo que pasaré la noche en la casita que está por allá —enfocó una casita circular con un pequeño porche —. Acá venían los Scouts. Cuando existían... y aunque está cerrado, puedo guardarme de la lluvia y el sereno bajo su techo.
Deposita la cámara en el suelo mientras despliega una sábana gruesa y se come otro de sus sanduches con jugo de naranja. Un farol arroja luz blanca sobre el parque, pero en esa zona el alumbrado es pobre y está todo oscuro. Se abraza las rodillas con la capucha sobre la cabeza.
—No me da miedo dormir en la calle. Intenté migrar, ¿saben? Ir a otro país y comenzar desde cero porque la situación estaba complicada. Pero no lo logré —sonríe, enseñando los dientes —. No soy tan hombre como otros, supongo. No estaba listo para ser adulto. No soporto trabajar todos los días y levantarme temprano —se toca la cien con la punta de los dedos —. Tengo el cerebro fundido. Se me olvidan las cosas y a veces no sé dónde estoy parado. No era bueno en los trabajos porque me faltaban «pilas». Yo creía que me iba a hacer rico, pero todo se me fue en arriendo. Por eso me regresé con mi familia. Aunque acá la cosa también es difícil. La comida es más cara y pagan miserias por tenerte parado todo el día —se lleva las manos a la cabeza —. La verdad es que no sé que sabía qué hacer con mi vida. Por eso me alegré de que todos se fueran, pero eso también me hizo sentir mal, porque significa que me enfrenté al mundo y fracasé. De repente mi mamá pudo haber impedido que me fuera, porque... yo nunca pude aprender quién soy.
Sonríe y se despide agitando la mano. Recoge la cámara.
—Me están rodeando —susurra, capturando su rostro en la penumbra —. Son como seis Gente Sombra en el parque. La grabación se corta cuando están muy cerca. Saben que estoy aquí y... y... intenté grabarlos pero la cámara no los capta.
Se escucha la estática y los pasos en el fondo. Los músculos faciales del hombre tiemblan mientras el sudor cae. Mira a su alrededor conteniendo la respiración, escuchando los ruidos extraños que se aproximan y se alejan en el silencio de la noche.
—Aún falta pa el amanecer —traga saliva —... ¿Será que corro? Andar por la calle a esta hora es muy peligroso.
Se escuchan los pasos de una entidad cercana, y el hombre aprieta el rostro conteniendo la respiración. Las arterias del cuello se dilatan. Los píxeles de la grabación saltan y la estática impregna el audio cuando el lente cae al suelo. Un resplandor naranja alumbra la pared de la casita y se escucha un zumbido similar a diez helicópteros sobrevolando el cielo.
—¡Es grande, bendito Cristo! —Se escucha al hombre gritar mientras su sombra se funde en la luz de aquel fuego —. ¡Está bajando! ¡Son como veinte discos alrededor de una esfera plateada! ¡Dios... es como un...!
Una trompeta aguda satura la grabación y los píxeles saltan del cuadro. La reverberación acústica se prolonga en una nota altísima parecida a la vibración de un diapasón.
La silueta oscura del hombre arrodillado se alarga en la pared, conforme la intensidad del resplandor crece. Se escucha el chasquido de un espiral de acero en un eje... resonando en el audio como un mecanismo de relojería divina. Cae un relámpago y la silueta del hombre desaparece ante la cortina de luz cálida... El zumbido de aquel despliegue de discos metálicos se aleja, y el resplandor se difumina hasta que la grabación se oscurece.
Ese es el final.
Antología: Duendes y Espantos
Gerardo Steinfeld 2026
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