La Epidemia de Serpientes de Maracay
En verano, cuando se incendian los cerros del Parque Nacional Henri Pittier, los animales invaden la ciudad llena de humo. Pero esa noche, después que un temporal desenterró la cúspide de un mausoleo en la sierra, algo más antiguo y terrible que las serpientes bajó a las calles de Maracay.
Altos edificios amuñuñados surcados por calles estrechas como venas varicosas y una autopista transversal que palpita entre dos abismos. En el centro del núcleo urbano la Torre Sindoni resplandece como un prisma solitario que vigila galpones inmensos, muchos de ellos en desuso por el paro industrial: laberintos de metal oxidado, donde el silencio es interrumpido por el aleteo de helicópteros y aviones de combate sobrevolando a baja altura. Las bases aéreas injertas entre los barrios custodian zonas prohibidas con alambres de púas, allí donde Seguridad Pública resguarda los despojos que «regresan del lago».
Las construcciones del hombre moderno son disputadas por dos emperadores que reclaman sus dominios: una muralla de selva nublada observa la urbe desde arriba, devorando barrios y avenidas con zarzales espinosos y matorrales tupidos; y al sureste agoniza el Lago de Valencia: una cuenca estancada que ha sumergido urbanizaciones enteras como un cadáver hinchado. Cuando sopla el viento sobre las techumbres que asoman del agua verdosa, el hedor a uñas quemadas recuerda a los habitantes de ese choque de fuerzas primitivas en el que surgen monstruos...
El sol blanco del mediodía calienta los museos de aeronáutica y las fábricas de San Vicente que fueron, durante décadas, el motor manufacturero del centro del país, hasta que llegó la recesión y el colapso. Estos colosos de zinc, velados por portones de hierro y tuberías arteriales se destiñen en un naranja quemado, descascarado como piel muerta, proyectando sombras angulares y profundas que crujen con vida propia. De noche, los espejismos de agua entre las fábricas reflejan las luces del Piñonal, San Jacinto y la Torre Sindoni, pero de forma distorsionada, creando la ilusión de una ciudad invertida y corrupta bajo la superficie del pantano.
Al atardecer, la neblina septentrional desciende de la cumbre boscosa para tragarse los edificios de Las Delicias y El Castaño, con un manto blanco y húmedo en cuestión de minutos. Pero la montaña nunca calla: las chicharras, guacharacas y loros componen una sinfonía opresiva en la quietud de la noche calurosa; solo interrumpida por las tormentas eléctricas que arremeten contra la costa aragüeña. Durante estos temporales las garzas suspenden sus vuelos sobre las carreteras serpenteantes y los gavilanes se esconden entre las plantaciones de cacao. La Mapanare se esconde del rayo en el alcantarillado colapsado, y la falsa coral busca refugio en el hogar a través de la cloaca que se desborda cuando roza el huracán. Se escucha un grito ocasional en un patio del Barrio Camburito, cuando a mitad de la tormenta se escucha el aullido de los perros y las manchas cafés de una Tragavenados de seis metros triturando a su presa, ya tiesa por la asfixia.
Subiendo por la Avenida Las Delicias — interceptada por el río homónimo —, se alcanza El Castaño, devorado por tentáculos de niebla que reptan por las altas cumbres. Fue en un edificio de este urbanismo que Seguridad Pública realizó un protocolo de inspección para desmantelar un taller irregular de alquimia. El Agente en Jefe Arístides Guerrero atravesó el asfalto fracturado de la avenida para acercarse a esa «otra Maracay», de calles desnudas y asentamientos que crecieron fuera del control demográfico.
—Algo está pujando desde abajo... —comenta al Agente López que lo acompaña y a los aspirantes apretados en el asiento trasero de su 4x4, Toyota Hilux. Intenta espantarlos —. Por eso el asfalto del centro está todo roto. Pero, eso no tiene la suficiente fuerza para surgir —y agrega con amargura—... Como todo en este país.
Guerrero trabajó en la fundidora hace veinte años, cuando en San Vicente se producían cabillas y láminas con el hierro que se extraía en Guayana. Cobraba bien, pero la crisis cerró todas las siderúrgicas y quedó varado con cuatro hijos y la mujer enferma del corazón. La inflación se comió la indemnización y los retroactivos, y en un año quedó sin medio y le tocó ponerse el overol gris cuando comenzaron a «regresar los muertos del Paraparal». El hedor de esa catástrofe se le enterró bajo la piel: un almizcle de aceite industrial, óxido y el lago reclamando sus terrenos. Ahora tenía rayas naranjas en las mangas y a todos sus hijos en España. A su mujer la traicionó el corazón hace dos años; pero él no se quería ir. No, él quería morirse en su tierra: ser enterrado junto a su mujer y sus papás en el Cementerio Metropolitano.
Un relámpago cortó la cúpula negra del firmamento sobre la cumbre vegetal que respiraba sobre la ciudad dormida. La Toyota se detuvo ante los edificios de El Castaño, y Alexander López se acomodó los lentes cuadrados mirando la imponencia de la naturaleza: inmensas y perpetuas sobre la huella de cemento y hierro del hombre.
—El Henri Pittier anda molesto hoy que no echa brisa.
Cargaba la pistola en el cinturón del overol y los chorros de sudor trazaban sendas en las líneas de su cuello hasta empapar la cremallera. Los aspirantes también sudaban con los uniformes azules del cuerpo bomberos pegados al cuerpo y las gorras caladas. Alexander se adelantó mirando los edificios erosionados por las lluvias y el jolín del humo cuando los incendios consumen los cerros. Una sucesión de gigantes dormidos entre postes eléctricos de cables enredados.
—Nada como las residencias de Calicanto —dijo en voz alta mostrando los incisivos prominentes —. Allá no falta ni un bombillo y todas las casas están pintaditas. Tienen hasta cancha de pádel.
Arístides cerró las puertas de la 4x4 con un maletín de acero en la mano. Era su OTC: siempre lo llevaba consigo porque tenía un permiso especial cedido por la central. Alexander lo miró, se le borró la sonrisa de jactancia, y confió en el peso de la pistolera en su lado derecho. Aquel, el Agente Jefe Guerrero, era uno de los que estuvieron cuando los «regresaron los muertos del Paraparal». Él entró en el cuerpo mucho después, cuando el lago se recogió y los casos se redujeron. Pero había un aura de respeto institucional alrededor de los funcionarios que sobrevivieron a la tragedia.
Los aspirantes lo intuyeron cuando Guerrero se acercó con un manojo de llaves. No se veían luces en aquel edificio de cuatro plantas.
—Los aspirantes se quedan atrás —mandó, y le otorgó las llaves —. Miren que se mandó a desalojar el bloque por sí acaso.
Los aspirantes se alinearon en posición de firme: eran jóvenes, morenos, de cabeza afeitada, y últimas esperanzas puestas en la nómina del INSEP. Alexander frunció el ceño, preguntándose por qué querían lanzarse de cabeza en aquel hoyo. Cada año eran más los que optaban por un cargo bien remunerado, pero el instituto nunca perdía.
Pasaron por un corredor de cerámicos manchados en el que se veían portales velados por rejas herrumbrosas, siguiendo las señas del apoderado según la denuncia. Subieron los escalones hasta el tercer piso y penetraron en el departamento señalado: el bofetón químico los hizo retroceder. Prendieron las luces y una escena del crimen estalló en medio de un taller de herrería modificado para los arcanos.
— ¡Ave María Purísima! —Uno de los pasantes se llevó la mano al pecho: una muchacha pálida con apariencia de vieja.
—¡Quejesto vale...! —Otro, un moreno espigado y amanerado, se llevó las manos al cuello.
—Tranquilos, tranquilos —entró en escena Alexander con las manos en los bolsillos del overol —. Solo son unos muertos. Nada del otro mundo, ¿a ustedes nunca se les murió nadie?
El Agente Jefe Guerrero miró a su alrededor: mesas de acero deformadas por el trabajo, el suelo polvoriento manchado de ácidos y tinturas, microondas grasientos, herramientas sucias y frascos con polvos metálicos. En las paredes se veían tapices con mensajes bíblicos y ante una mesa con libros místicos se aprecia un dibujo reciente con el Cubo de Metatron. Los muertos se contaban por tres: un maestro anciano sobre una silla de escritorio con la lengua afuera y dos muchachos que debían ser sus alumnos, aún con los delantales de cuero y las viseras de soldadura.
—El taller está revuelto —observó Alexander y señaló el suelo lleno de escoria y virutas de metal —. Algo se querían robar.
El tercer aspirante se adentró en la escena: una flaca marimacho de rostro tranquilo con una gorra de béisbol y una cadena de falsa plata en el cuello.
—¿Cómo se murieron?
Los aprendices tendidos en el suelo aún sostenían las herramientas de trabajo, y el maestro hundido en la silla mostraba una lengua ennegrecida y los labios retraídos.
—Un veneno, por supuesto —apuntó Guerrero —. Pero ya se dispersó. O estuviéramos muertos.
Los aspirantes se incomodaron con reacciones distintas: la niña-doña puso cara de vómito, el amanerado exageró una mueca de terror y la marimacha de mordió el labio con inquietud. El Agente Jefe miró las herramientas de soldadura dispersas y las piezas metálicas sueltas; algo no cuadraba. Volvió a mirar el papel del Cubo de Metatron pegado a la pared mugrosa, y estudió los papeles esparcidos en el escritorio del maestro forjador. Habían descosidos libros de Metafísica en una repisa y Transmutación sobre una mesa salpicada con electrodos fundidos y muescas dentadas. El desorden y la pérdida.
—¿Y por qué los mataron? —Preguntó la marimacho.
—¡Gúa! —Chilló el amanerado presenciando unos papeles —. ¡Para robarles esto, segurito!
Alexander frunció, el ceño y se dijo: ¿qué iba a saber un aspirante maricón de asesinatos? Iba negando con la cabeza y pensando: «ese de chamo vió mucho La Ley y el Orden y El Mentalista, y como no lo aceptaron en la Petejota vino a...». Pero miró el papel y todo se desdibujó ante sus ágiles ojos con una destreza animal. Jamás olvidaría dónde vio aquellos grabados.
—¡Jefe! —Agarró el papel con un arrebato —. ¡Vea, mire...!
El CICPC identificó y levantó los cuerpos para determinar la causa de muerte. El Maestro era Jacinto Pirela, del Barrio 23 de Enero: un maestro herrero que le quiso meter a lo místico después de viejo, siendo rechazado por un culto teosófico del Barrio Guasimal y metiéndose de boca con el empirismo. Los dos alumnos eran practicantes del curso de soldadura que Jacinto ejercía para el INCES —un instituto de educación gratuita —, y no estaban tan involucrados en los estudios alquímicos del anciano. Estas víctimas habían sido envenenados por un gas indetectable que les restringió el oxígeno en la sangre. La investigación policial determinó que fue un accidente provocado por la mezcla de gases y la falta de ventilación en el taller, y cerró el caso; pero Seguridad Pública continuó la investigación basada en unos croquis encontrados sobre el escritorio del Profesor Jacinto: con lápiz retrató los petroglifos hallados en las cavernas del Parque Henri Pittier. Todos los maracayeros conocían de memoria esos símbolos antiguos grabados en piedra, de los que nadie, ni siquiera las tribus autóctonas, podían leer. Y este profesor de un asentamiento pobre que dedicó treinta años de su vida como herrero de puertas, ventas y jaulas... los estaba comparando con símbolos alquímicos y el Alfabeto Enoquiano. Listas de supuestas traducciones estaban reunidas en una carpeta: la lengua oculta, supuestamente angelical, documentada por el ocultista inglés John Dee.
En el Barrio Guasimal se entrevistó a Carolina Bustamante, presidenta de la Fraternidad Teosófica Helena Blavatsky. Este era un grupo de carácter sectario que hacía sus reuniones en una casa espiritista, discutiendo temas filosóficos sobre la naturaleza del ser y la transmutación de la energía interna para canalizar antiguos poderes. Algunos de sus miembros eran asesores de Seguridad Pública en materia de brujería y espantos, y se reconocían entre ellos prodigios de desmaterialización, transportación y telepatía.
—Todo esto nos lo enseñó El Catire —dijo en la entrevista al Agente Agregado Julio Campos —. Ese era un hombre mayor con el cabello y la cara brillante como el sol. Buen mozo que era ese musiú. Venía de Inglaterra o Francia, pero hablaba el castellano muy bien, con una voz muy bonita que hacía que uno se sintiera como flotando. Ese fue el profesor de Metafísica de uno cuando estaba chama, y me enseñó muchísimo sobre mis dones para impartir el mensaje de la Nueva Era. Ese era un místico que recorría el mundo enseñando la verdadera Palabra de Dios, y el conocimiento que se perdió cuando mataron a Jesucristo y quemaron la Gran Biblioteca de Alejandría, y que los alquimistas del Renacimiento intentaron desenterrar del olvido. Los masones, aunque no lo reconozcan, están metidos en este descubrimiento perpetuo del ser.
»Este es uno de los «Iluminados» que entendieron la esencia de las cosas, y trascendieron su humanidad; ya era un alma vieja cuando se fundó Venezuela, y alcanzó un grado alto de comprensión durante la consumación de las naciones americanas. Su último retiro fue en el Himalaya, y comenzó su gira por norteamérica y ahora recorre la Cordillera Andina enseñando a las personas el mundo interior que esconden. En mi aura vislumbró el don de la Levitación, pero solo una vez pude flotar y fue de su mano utilizando las corrientes de aire. Desde entonces he estado cerca, pero lo mío son pasitos comparado a su poder. Pero le voy a confesar un secreto: allá en la casa de Juan Pablo guardamos unos aparatos que nos «ayudan a captar las esencias».
Cuando el Agente Campos le preguntó sobre estos artefactos, ella se encogió de hombros y dijo que «Él» les enseñó como construirlos en sueños, y que la ciencia aún no estaba preparada para entender su funcionamiento.
Este individuo apodado «El Catire» era descrito múltiples veces en la diáspora venezolana, asociado con personajes benévolos como el Brujo Blanco y el maléfico Nicolás Curbano —hechicero irregular que tenía más de doscientos años recorriendo el Llano Negro y la Amazonia —; se creía que el Conde de San Germain: famoso alquimista y cortesano que desapareció de Europa hace dos siglos. La fraternidad rendía culto a esta figura cuasi mesiánica, que durante su estancia en Maracay se sirvió de gran elocuencia, humildad y generosidad; con una fuente de riqueza que para ayudar al prójimo parecía ilimitada. Una dádiva con una familia desfavorecida y la compra —con siete onzas de oro en monedas —, de una casa en San Vicente, llamó la atención de la Petejota, cuyas manías conspiratorias contra el prójimo eran advertidas por los maracayeros más beneficiados por la industria. Los policías maliciosos intentaron allanar un rancho arrendado por un extranjero llamado «Míster Moon» en La Pedrera, adentro el hombre mostró signos de preocupación, y los vecinos disgustados por el maltrato contra aquel doctor tan servicial presenciaron como el personal policial irrumpía la fuerza... incapaces de dar con el paradero del musiú.
Cuando se interrogó por el rechazo del profesor Jacinto, Carolina Bustamante nos refirió:
—Bien nos enseñó El Catire hace cuarenta y pico de años cuando venía a tomar el cafecito con los muchachos de la universidad. «Los que busquen hacerse millonarios por egoísmo y famosos en vida fracasarán. Dios creó todo lo que el hombre necesita: la tierra es abundante y el trabajo dignifica, si un hombre conoce esto nunca pasará hambre en la vida». Venían bastantes niños callejeros de Palo Negro y Camburito para que el Míster Luna les contara sus fábulas y les cuidase las dolencias que los papás despreocupados les dejaban infectar. Ese no era pichirre con nadie, y siempre sacaba un fajo de billetes de sus bolsillos para que les hiciéramos sancocho a los más afectados. Ay pero, cuánta falta nos hizo durante la crisis económica, allí sí no teníamos ni pa'l fertilizante. Pero ese nos hubiera guiado.
En la Fraternidad Teosófica Helena Blavatsky se discutían prácticas metafísicas y temas cabales utilizando unos aparatos metálicos construidos según «lineamientos de El Catire», que harían escandalizar a los evangelistas de las iglesias protestantes. Pero la opinión del Agente Agregado Julio Campos distaba mucho de la grandilocuencia con que se servía esta secta.
—Eso de energías interiores es pura marramucia —se atrevió. Ocho años de experiencia con irregulares del Registro Taumatúrgico le habían abierto los ojos —. Son igualitos a los Santeros que le prenden velitas a los Santos, y los espiritistas a los que se les meten fantasmas en el cuerpo, que hasta le cambian la voz y el color de los ojos. Y mira que también he estado batallando con unos indios que se la pasan maldiciendo en El Castaño a todo aquel, pero eso no es na'... —señala el parche que le tapa el ojo izquierdo —. Me lo sacó uno de los que... regresaron del Paraparal, tragado por el Lago de Valencia. Esas brujerías no son nada comparadas: no hay energía cósmica más fuerte que Dios, y un ritual más poderoso que la oración.
Pero la cuestión de los grabados rupestres seguía abultando el archivo de Seguridad Pública, pues el avistamiento de encantos en las cumbres del Henri Pittier mantenía alerta a la población de El Castaño. Sobre todo porque estas entidades solían descender a la ciudad cuando la bruma nocturna envolvía los vecindarios para secuestrar niños y embrujar cristianos. ¿Qué buscaba un herrero informal como Jacinto Pirela en los monolitos de los cerros? Quizás la verdad estaba detrás de los aparatos que la Fraternidad Teosófica escondía. Algo mucho más antiguo que Maracay estaba escarbando de su sepulcro, como un gusano gigante que se demora en emerger del hoyo, y se cobraría víctimas en la población. Como hace diez años, cuando al Paraparal lo invadió el lago... y lo que quedó en el agua aceitosa en el que se podrían los desperdicios químicos del desagüe, regresó.
Estos grabados de la ancestral Cultura Tacarigüense se consagraban en los alrededores de Maracay como hechizos olvidados, sometidos a estudios antropólogos con escasos recursos y trabas del gobierno. Se decía que estos dibujos representaban la cosmogonía de los pueblos originarios: serpientes gigantes, figuras antropomorfas, espirales y carácteres que describían las primeras manifestaciones de un alfabeto. Pero ningún estudio había sido publicado por la censura del Ministerio de Propaganda y la interrupción del Ministerio de Patrimonio, según designios del Presidente Rómulo Marcano; masón de profesión y brujo a puertas cerradas.
De hecho, según la declaración del Comisario Jefe Helena Gallegos, uno de los principales estatutos que rigen al INSEP en la jurisdicción del Estado Aragua era «imposibilitar el acceso a las Zonas de Interés Histórico y Cultural»; así como también en un parágrafo: «neutralizar cualquier figura zoomorfa u antropomorfa originada en estos». Estos no eran hechos aislados, pues en las carreteras de Choroní los ataques de Ánimas en forma de depredadores gigantes daban mucho qué hablar. Y las desapariciones anuales de guardaparques en el Piedra Pintada y la reserva San Esteban auguraban algo escondido que pedía tributo.
—Es que allá arriba, que es puro monte, siguen rondando los Caribes —decía Jesús Fuentes, un guardaparques anciano con vestimenta de miliciano —. Esos, hartos de comer lapas y huevos de pájaro, ven a uno y se lamben los labios del hambre. Cada año se pierden uno o dos, y encontrarlos en este berenjenal cuesta. Acá uno se rompe una pata y allí se queda porque los policías ni locos se lanzan pa'la sabanera.
Pero el envenenamiento del profesor Jacinto seguía incomodando al Agente Jefe Arístides Guerrero, y aprovechando la competencia entre los aspirantes los mandó a investigar los antecedentes de este, mientras él se revisaba el Registro Taumatúrgico. En Maracay, la visita de El Catire en los años ochenta dejó un rastro de sectas —algunas extintas ya —, que mezclaron el espiritismo africano con el
LSD para forjar una doctrina que concebía el despertar de poderes sobrenaturales mediante la reconfiguración química. La PTJ detuvo a bandoleros dopados con ayahuasca que en el Cementerio Metropolitano, y el Hospital Cipriano Castro recibió a intoxicados con sobredosis de metanfetaminas famosas por «abrir portales espirituales». Hubo una alerta sanitaria en Maracay, y Seguridad Pública depuró —pero sin explicar exactamente cómo —, una veintena de grupos adictos en las favelas de San Vicente. Se prohibieron estas prácticas y se lanzaron programas de rehabilitación que recuperaron un gran porcentaje de víctimas, y se detuvieron a supuestos cabecillas espirituales que al sentir la corriente en los pies no tardaron en delatar a sus proveedores. La detención fue masiva: se desmanteló un laboratorio clandestino en La Candelaria y a treinta vendedores que intentaron escapar en una carrera de ratas contra la ley.
El Agente Jefe Guerrero levantó una ceja canosa y se frotó la barbilla áspera.
—Pero sobrevivieron los cultos más cerrados, legalizando su conformación en el Registro Taumatúrgico del 2000; y regulando sus prácticas con miembros selectos. —Se frotó las manos callosas y se refrescó los ojos con lágrimas artificiales. Ya necesitaba lentes, por supuesto; pero no quería ir al optometrista porque le mandaría a operar las cataratas —. Por eso rechazaron a Jacinto Pirela: no tenía plata para la membresía y «tenía ideas fuera de lugar».
Smagly, la marimacho con cuerpo de rana, investigó a la ex mujer del profesor. Presentó un informe de veinte páginas, pero Guerrero le pidió que se lo resumiera.
—Estudió en Los Próceres hasta tercer año y después se salió porque...
—Eso no, muchacha, ¿qué me importa a mí la juventud?
—Bueno, ¿y qué quiere que le diga?
—¿Tuvo hijos?
—No, tenía una vena que se le hinchaba en los testículos.
—¿Tenía plata?
—Tampoco, solo hacía jaulas para aires acondicionados y ventanas. Con eso le alcanzaba para vivir, pero nunca pudo comprarse un carro bueno. Cuando la mujer le pidió el divorcio se quedó con el departamento y se metió a vivir con un chamo que...
—¡Ya, déjalo, chica! —Aporreó el volante con la mano —. Se ve que no sabes investigar.
—¡Yo sí descubrí algo bueno! —Dijo el amanerado levantando una carpeta —. Fui hasta el Cipriano Castro con un amiguito que es CICPC y solicité el historial médico del profesor.
Guerrero sonrió por el retrovisor.
—¿Y?
—Le estaba comenzando un cáncer.
—Qué interesante.
La aspirante con cara de vieja levantó una mano con timidez.
—Yo hablé con el hermano de Jacinto.
—¿Qué te dijo?
La muchacha bajó la mirada y se acomodó los lentes cuadrados.
—Que... un día se tomaron unas cervecitas y le contó, borracho, que iba a empezar a ganar plata con un negocio que estaba cuadrando.
—¿Cuál negocio?
La muchacha se encogió de hombros.
—No fue específico —se hundió en el asiento, como si fuera a saltar por la puerta de la camioneta —. Le preguntó sobre quién podía comprarle oro, y así...
Arístides se rascó la cabeza y soltó un «con que así es la cosa, caballero». Y después se hundió en sus pensamientos mientras dejaba a cada uno cerca de sus casas. Después se dijo:
—Si mataron a Jacinto Pirela es porque descubrió algo...
Y después volvió al asunto de los Petroglifos dibujados a mano. ¿Qué se habían robado del taller? Y su mente volvió a los aparatos metálicos guardados por la Fraternidad Teosófica, ¿Carolina Bustamante no dijo que los planos de construcción les llegaron desde las estrellas a través de sueños? Aceleró, tomando la Avenida Las Delicias para acercarse al Castaño porque tenía que rectificar algo sucio y escondido en la escena del crimen, pero al atravesar Camburito la llovizna gris del atardecer se convirtió en un clamor de aguas que inundó la calle agrietada e hizo repiquetear el parabrisas. En la cabina de su 4x4 se sintió flotando en un mar espumoso donde se veía reflejado el contraluz de la ciudad: detrás, la Torre Sindoni como un faro de cristal en la bruma; al frente, la muralla vegetal que resguardaba el horizonte como gigantescas tarántulas primigenias; y en medio de todo, la ciudad muriendo y renaciendo con cada invierno y verano. Fue entonces que le ardió el pecho, y miró a su diestra y vio una imagen blanca difuminada entre puntos negros que zumbaban, pisó el crochet para cambiar la marcha y el vidrio se fundió. El frío lo acarició desde atrás y su corazón protestó, golpeando la caja torácica en un arrebato. Un gusano morboso le taladró el costado y apretó el entrecejo con un nudo en la garganta. Solo quedó el cielo encapotado que lloraba sobre los edificios desconchados y galpones abandonados que se deshacían en meandros color ocre con sabor metálico. El humo de los cerros alargaba los edificios como torres altísimas que se fundían por las ventanas... La Hilux desaceleró bajo el temporal y se detuvo a un lado de la avenida, mientras los demás vehículos apuraban el paso para llegar a casa.
Llovería toda la noche.
Y mientras el aguacero aporreaba los cerros propensos al deslave, Alexander López apretaba el arco rojizo contra su cuerpo. Lloraban las inmensas colinas de La Candelaria, arrastrando piedras en un caudal arcilloso hasta las carreteras en sus faldas. El frío le traspasaba la gruesa tela del overol mientras las flechas de bambú temblaban en un pellejo de chigüire. Pero no podía detenerse, ascendía a contra viento mientras la lluvia le caía a bofetadas y el pedregal intentaba arrebatarle las botas. Solo Dios podía pararle los pies al Agente Alexander López, que reconoció de inmediato el sitio donde Jacinto copió los petroglifos por sus juveniles andanzas con los Scouts, pero se guardó el secreto con tal de cosechar un hallazgo propio capaz de catapultar su posición en el instituto. Harto de cobrar el ridículo Bono de Guerra y sin perspectivas de mejora, ansiaba uno de esos bonos de eficiencia que concedía el gobierno cuando se resolvía un caso o se exterminaba un Ánima. Estaba por cumplir los veintisiete años y aún no podía comprarse un carrito.
—¡Yo voy a comprarme una Merú! —Gritó al temporal que lo empujaba por el riachuelo que crecía a sus pies —. ¡Ya tengo reunidos mil dólares! ¡Solo me faltan cinco más! ¡Voy a comprarme una Merú y le pediré el número a la cajera de farmatodo!
Y se daba alientos para seguir escalando con el pellejo bajo la axila y el arco de palma teñido con pigmento como único compañero. No le tenía miedo al monte ni a las bestias cazadoras. Él siempre fue líder de tropa: sostenía el bastón rayado de los Tigres y cantaba a todo pulmón el coro de su manada cuando iban de excursión. Y cuando levantaba el arco, nadie pegaba flecha tan certero y tan lejos como él.
—¡Sí, señor! —Clavó bien los pies en el barro mientras las piedras cedían —. ¡Ya me veo montado en esa Merú! ¡Con unos cauchos grandísimos capaz de cruzar cualquier terreno! ¡Sí, señor!
Hasta en la universidad fue líder de grupo, y nadie exponía los temas mejor que él. Hasta sin estudiar, las palabras le salían por naturaleza. Todos esperaban que él, que tenía las mejores notas, montase una empresa propia y se volviera administrador de una compañía importante. Sí, señor... hasta sus padres, que siempre lo vieron como un joven abstemio y responsable, llegaría lejos. Pero allí estaba, trabajando como funcionario en Seguridad Pública porque no consiguió ningún puesto en la Petrolera y las industrias estaban de paro. ¡Sí, señor...! Un año después de graduarse con el promedio más alto, jamás lo llamaron de todos los sitios a los que metió currículum. Pero nunca pensó en irse del país, porque allá afuera los títulos universitarios no valen, ¿verdad? Es acá que están los reales y uno debe surgir. Sí, señor... Así sea barriendo las instituciones y limpiando los baños. Pero Alexander no, porque eso no es trabajo para él. Él se preparó desde muy joven para grandes cosas, ¿verdad? Ese liderazgo forjado por los Scouts lo llevaría lejos, y ese título en administración le abriría la muchas puertas. Pero mientras la industria estaba detenida y a los comercios no les importaban los títulos porque buscaban burros de carga, limpiadores y cajeros, ¿verdad? Y mientras esperaba que la economía volviera a activarse, su papá que era contador, le consiguió un cargo como Agente en Seguridad Pública. ¡Sí, señor! Allí donde pudiera crecer, así sea cazando espantos en los cerros y metiéndole flechas en las gusaneras que de vez en cuando siguen saliendo del Paraparal. Y él trabajaría bastante porque su mamá estaba vieja para el servicio y su papá trabajaba hasta tarde pa' mantenerlos. Pero Alexander debía salir adelante, porque irse del país era rendirse y quedarse y echar adelante es para los atrevidos.
—¡Siempre para adelante porque por detrás duele bastante!
Y cayó un rayo blanco que le dejó retumbando los oídos, y Alexander resbaló y se pegó en la rodilla con una piedra. Como estaba escalando casi verticalmente cayó de pecho, ya mojado hasta las medias, cubierto de barro y las manos despellejadas. Pero siempre para adelante, porque este trabajo era temporal... y si podía escalar unos puestos para empezar a comprarse sus cositas mejor. Cuando empezó estuvo seis meses como aspirante sin cobrar ni medio, pero la Comisario Helena lo metió en nómina. ¡Ya tenía cuatro años contra viento y marea! Él con sus flechas llegaría lejos, sin necesidad de firmar Contratos con entidades... como esa vez que el Agente Agregado Julio lo sugirió pactar con el Espanto de Fidel Camacho cuando tuvieron un altercado en el Piñonal. Una bala pasó rozándole el brazo, trazándole un surco de cinco centímetros en el deltoide que le costó casi diez puntos de sutura.
—Mijo, póngase pila con el Ánima del Manguito —el tuerto Julio Campos le dejaba una botella de anís cada vez que lo salvaba de una emergencia —. Ese no te pide mucho: tú le prendes una velita todos los viernes y te cuida. Eso sí, ruega a Dios que no le cumplas lo que le prometes porque te manda a picar con los diablos. Ese Fidel Camacho en vida fue un violador asesino, y menos mal que lo tenemos ligado porque no hubiera Maracay.
Pero Alexander rehusó cualquier Contrato de Sincretismo porque él no iba a durar mucho en el INSEP: aquel puestico solo era temporal mientras reunía plata y se hacía más hombre. Y con esos pensamientos llegó a la cumbre y miró un Maracay empequeñecido de edificios envueltos en tentáculos de algodón y barrios sepultados por la niebla. Caía la noche y unos nubarrones cargados descargaban relámpagos pálidos que hacían temblar las techumbres lejanas. No era su primera noche contra la furia de los elementos. El temblor en el cuerpo y la respiración congestionada, pero aquel boquete se abría ante suyo como la morada de un dragón antiguo. Adentro el repiqueteo de la lluvia se volvió música concreta, y las corrientes de agua se adentraban al interior de la caverna para perderse en las entrañas del mundo. Las paredes cubiertas de petroglifos: lunas, espirales, serpientes y homínidos con lanzas. Recordatorio de un pasado desconocido, así como las inscripciones en las cataratas de Guayana que nadie podría leer, salvo la tribu elegida, profetizando la caída del hombre blanco.
Leopoldo apretó el arco en su mano y colocó una flecha de bambú en tensión. Las plumas de loro se sintieron rugosas entre sus dedos.
—Jacinto dejaba ofrendas —señaló una cesta de mimbre a la que le faltaban las frutas —. Y eso escribía en la pared. Allí es, esos grabados no estaban cuando yo era Scout. Mira que donde lo vea le pongo cuatro flechas en el pico. ¿Qué no encontraron el Alfabeto Enoquiano en sus papeles? Claro, esa es la lengua con que hablan los angeles y los demonios. —Se adentró más a la caverna de amplia bóveda y paredes erosionadas —. ¡Bah, pa mí que eso no es ningún espanto! ¡Mira que el yerro de estas puntas penetran en lo sobrenatural!
Tembló ante un latigazo de frío, una de las paredes de tierra se desmoronó y él se giró con el corazón retumbando. Del fondo de la caverna surgió una abominación rastrera con cara humana y piel de dragón: de su boca negra pendían dos colmillos. Sus ojos grandes como perlas eran de un blanco enfermizo y dos cuernos de diablo lo hicieron retroceder.
Alexander disparó una flecha a la serpiente antigua, y esta se clavó en el camino frente a ellos. Tenía la Magnífica en los labios, se la sabía de memoria.
—¡Quieta allí, puta...!
Se alzó, alto como.un hombre y cargado con una joroba de la que sobresalía un espinazo jurásico. La edad de la criatura era indivisible, pues sus escamas de caliza parecían sondear varios periodos geológicos. Colocó rápidamente otra flecha en tensión y cerró un ojo para dar un disparo certero. Aquel era un olor antiguo: un almizcle de aceites añejos. ¿Hasta dónde llegaba el boquete? Es más, aquel ser pálido susurraba un sonido indescriptible. No era un siseo, era el cacareo de un cangrejo.
Recordó el protocolo durante un encuentro y evitó mirar los ojos encantadores del sabio. Pero al sentir los brazos y las piernas rígidas dejó escapar la flecha, que pasó entre las escamas del ser como si fuera un espejismo. Se lanzó a él con un crujido húmedo, y antes que pudiera reaccionar un latigazo de la cola le golpeó las costillas.
Alexander escuchó un relámpago caer sobre los cerros, y un crepitar como de palo quemado. Y mientras se hundía en la mirada de la serpiente antigua, escuchaba el rugir del fuego en un apoteósico nacimiento que llenó la caverna de humo.
La corona de árboles ennegreció sosteniendo un manantial amarillo que devoraba todo a su paso. Creció sobre la arboleda e hizo estallar los cerros mientras el vapor hacía estremecer la tormenta sobre Maracay. El emperador Henri Pittier se cubrió de un manto brillante que nubló de humo oscuro la ciudad, y los animales, huyendo de la devastación, bajaron de los cerros a los edificios. Cientos de monos treparon las enredaderas de los postes eléctricos, y los loros se arracimaron en los edificios buscando socorro. El horizonte se cubrió de amarillo, y naranja, y negro humo... tan espeso que hizo imposible el tráfico. La Mapanare y Cuaima Piña se metieron por los hogares a través de las cañerías, y las Corales bajaron las avenidas en tropel, y en tan vasta cantidad, que el suelo parecía hecho de serpientes rojas con anillos amarillos. Las boas saltaron a las piscinas públicas y las culebras corredoras aterrorizaron a todo aquel que no tuviera amoníaco en su hogar. Henri Pittier ardía como un mártir, y el Lago muerto se burlaba de esta aberración.
Y en medio del incendio y la tormenta, un apagón general terminó de saturar las líneas. Esa noche apocalíptica, el Agente Agregado Julio Campos fue el último en salir de la oficina tras recibir un llamado espeluznante de la Plaza de Toros de parte de la alcaldía. Los policías y bomberos corrían con toneles de amoníaco mientras los guardias del zoológico capturaban bichos de gran tamaño. Habían otros que bajo la lluvia, machete en mano, decapitaban sin piedad estas víboras que buscaban refugio del incendio en los hogares. Chigüires saltaban en medio de las calles llenas de humo y pájaros de todos los tipos nadaban en los charcos del alcantarillado colapsado.
La situación era crítica.
Julio manejó su Corsa blanco ya a la medianoche en medio del apagón mientras la lluvia remitía y el horizonte cubierto de humo era indistinguible de las nubes tormentosas. En la radio se escuchaba Caramelos de Cianuro: «Sé que solo he sido un vagabundo, un sinvergüenza, un perro inmundo...». Había asistido a un concierto de ellos en la capital, y evocaba aquellos felices recuerdos cuando lo llamó la Comisario Helena.
—Aló, jefa.
—Julio.
—No está, tiene sueño.
—¿Adónde vas?
—A mi casa, ya no aguanto más llamadas.
—Tengo un mal presentimiento.
Silencio, eso nunca era algo bueno. La jefa tenía ese don de predicción; lo sabía porque ella auguró la muerte de su propia mamá. La canción: «¡Cuento una a una las estrellas! ¡Sé que todas ellas! ¡Son flores que en el cielo crecen para ti! ¡Y así vas haciendo a las alturas! ¡Yo me quedo a oscuras, pero no siento miedo...! ¡Debe ser así!».
—¿Julio?
—¿Seño'?
—Algo malo le pasó a Guerrero. —El Agente guardó silencio, conteniendo el aliento mientras cambiaba de rumbo al centro —. Y no me responde las llamadas.
—Ya voy, ya voy.
—No, andate para la Plaza de Toros.
Miró el maletín de acero en el asiento trasero y se mordió el labio. ¿Por qué no lo había dejado en la oficina?
—¿Pa dónde?
—No te hagas el loco, Julio —le suplicó la mujer —. Mira que Maracay no sobrevive a esta noche.
—¿Yo solo?
—Alexander anda perdido —la jefa habló con aflicción —. Y Coromoto y Julián andan en la Victoria todavía. Yo no llego hasta mañana, pero te ví a ti mismito en el César Girón.
—Tu sabes que a mi abuelo lo mató el astazo de un toro y le tengo grima a ese sitio.
—Los miedos hay que enfrentarlos.
Un relámpago cayó sobre la cúspide de la Torre Sindoni y esquivó un choque por el fogonazo. Cortó la llamada con la boca seca y buscó un chocolate en la guantera, pensando en la carnicería del monstruo negro. Volvió por la avenida encharcada ante las patrullas que despedían luces azules y rojas que iluminaban los edificios sumergidos en la niebla oscura, y ante el parabrisas mojado se desdibujó la colosal Maestranza César Girón: un coliseo morisco español de ladrillo y cal, cincelado sobre el corazón febril de la Ciudad Jardín. Una arena sedienta que ha sorbido décadas de sangre y miedo bajo el pretexto del espectáculo.
—Pero el viejo era torero desde chamo —dijo, abriendo la puerta ante el aguacero. Estacionó ante las esculturas de bronce frente a la fachada amarilla ornamentada con arcos de herradura blancos —. A ese los toros nunca le rayaron el capote, decían.
El agua se le metía en el ojo que le quedaba, y rápidamente sacó la lanza con la punta envuelta en una tela y el maletín. Miró a su espalda la imponencia del edificio circular: las arquerías de herradura parecían las filas de dientes de una entidad hambrienta. El resplandor de los relámpagos tropicales proyectaba sombras en los pasillos con baldosas de terracota y el adoquín de la plaza exterior. Quitó los seguros del armazón metálico y... ¿adónde había ido el toro?
Volvió a mirar la escultura de bronce negro: el torero lidiando con el capote a un toro inmenso que había desaparecido. Julio maldijo para sus adentros y extrajo el florete de punta roma, cuyo filo parecía cortar las gotas de lluvia. Cerró el carro y se aproximó al ruedo con la lanza envuelta y el florete en el cinturón.
—Mi abuelo también llevó un florete en el cinturón, el día que lo mataron.
El metal estaba caliente.
Al fondo, el Henri Pittier ardía con columnas de humo en la retaguardia del templo, como extendiendo sus tentáculos para reclamar los sacrificios que se celebrarían esta noche. Pasó junto al torero oscuro y penetró, bajando los escalones rojos, al espacio vacío del Ruedo: una boca geométrica diseñada de arena pálida para el sacrificio; catalizador del sufrimiento y la aclamación. Julio contuvo el aliento, empapado como un pollo, desde ese nivel inferior donde la arquitectura musulmana se convertía en un anfiteatro de silencio y desolación: un espacio donde miles de ojos invisibles convergían en un solo punto.
—Mi papá le pegó un tiro entre los ojos al toro.
Bajó la lanza y desenredó el nudo. Un muro circular de madera carmesí separaba el caos del enfrentamiento al centenar de gradas, coronadas por una galería superior con vértebras recortadas contra el llanto del firmamento, observando el ruedo con una indiferencia milenaria. Un relámpago fulminó una torre de comunicaciones, rompiendo el hechizo anacrónico del fuerte de piedra.
El toro inmenso esperaba al otro lado de la arena: un mastodonte de bronce oscuro con los costados brillantes por el relumbrón del rayo. El mismo padrote alazán que le hundió el cacho en el pecho al abuelo cuando estaba. Jamás olvidaría la impresión de la embestida y la exclamación general del público. A su papá pegando gritos con el celular en la mano y a los paramédicos arrastrando el cuerpo muerto del abuelo, que dejaba un rastro oscuro sobre la arena blanca.
Levantó la punta de la lanza, con un lazo morado, y estrelló el asta contra el suelo.
—¡De esta no te salva nadie! —Lo retó, entrecerrando el ojo ante las gotas de agua que caían sin misericordia —. ¡Yo estoy más vivo que Dios!
El toro de una tonelada barrió el suelo con su pezuña, preparándose para acometer, y con un berrido se lanzó. Las cuatro patas se hundieron, levantando la arena mojada, convertido en una locomotora de bronce fundido. Julio plantó los pies en el charco y dispuso la lanza, preparado para el choque inminente. Contuvo el aliento mientras aquella masa etérea crecía en su único ojo y le picaba en la cavidad del rostro. Recordó el choque de cuerpos y los cuernos ensangrentados del toro. Se precipitó estirando la lanza con los brazos. Cayó un relámpago... Pegó un grito, y el animal resbaló, rompiéndose una pata y rodando por el arenal. Saltó atrás para esquivar el rabo, y el animal de bronce se retorció, dando mugidos y berridos rabiosos.
Julio Campos desenvainó el florete y descubrió una flecha de bambú hundida en el ojo del monstruo.
—¡¿Quién vive?! —Rugió Alexander López desde las gradas con el arco en las manos —. ¡Cristo, coño!
El Agente Agregado Julio Campos sintió un calambre en el corazón y cayó de rodillas, fatigado por el esfuerzo. El cielo empezó a amainar, y se dibujaron los primeros arreboles del amanecer. El muchacho saltó de las gradas a la carrera, cuando llegó a él, el toro estaba inmóvil. Volvía a ser una estatua de metal.
—Guerrero está hospitalizado —anunció con voz jadeante —. Un ataque al corazon en plena autopista, pero antes de entrar a quirófano le contó todo a un inspector —enterró una de las puntas del arco en la arena y se apoyó sobre ella. Tenía el overol mojado, embarrado y roto en las rodillas y los codos —. A Jacinto lo mataron los Teosóficos, y no es la primera vez que lo hacen. Ya Carolina Bustamante está siendo detenida para ser interrogada y la fraternidad anda huyendo de la ciudad, pero no llegaron muy lejos porque todo está cerrado —desenterró el arco y sacó una flecha de un pellejo de chigüire —. Me voy. Hay una epidemia de serpientes antiguas... parece que se rompió una caverna subterránea con un sismo y por fin son libres. Son medio inteligentes, pero no quieren negociar y dicen que ya convirtieron el agua del lago en sangre —se pasó la lengua por los labios mientras los helicópteros sobrevolaban la arena —. ¡Emergencia nacional! Ven, que esto es Guerra a Muerte y ya viene la Guardia Nacional.
Antología: Duendes y Espantos
Gerardo Steinfeld 2026
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