Los Tigres Palenque de Guayana

Los brujos perversos modernos ya no viven de ceremonias usureras y pócimas vomitivas que prometen milagros. La implementación del Registro Taumatúrgico en el Estado Bolívar desenterró un mito putrefacto que se negó a morir, y que mantuvo por décadas un pacto con el Diablo de Guayana. Los reportes de espantos sin cabeza y tigres con puños en vez de garras abultan el archivo de Seguridad Pública, pero una verdad detrás de estos espectros fue descubierta por el Comisario Margarito Hernández. 

Este hombre trabajó diligentemente en uno de los sectores más críticos del país. Decenas de accidentes en carreteras por luces fantasmales y jinetes nocturnos que persiguen los camiones; la seductora Sayona que pide la parada en la autopista Simón Bolívar de Ciudad Zamora y al llegar a Piar vuelca el carro con el conductor infartado por el susto. Los espíritus del bravo Río Orinoco que la temporada de huracanes desentierra cuando la bendición del Arzobispo en la Angostura no calma a la Hidra inmemorial que señorea sus tierras desde su sepultura. La Llorona que grita en las noches del Callao cuando el derroche del oro se cobra su saldo de víctimas en el barro mercurial. Los círculos herméticos que celebran evocaciones desde Puerto Bello hasta Santa Elena... autorizando a Mandinga y sus miles de formas para dañar al ciudadano agnóstico; divorciado de la iglesia o fanático de ella en una disyuntiva espiritual de millones de demonios y ángeles guerreando, invisibles, sobre el cielo revuelto. El Diablo de Guayana, oculto entre los montes: emperador cabizbajo que no respeta las leyes inventadas por los hombres y otorga poderes oscuros a sus seguidores de corazón podrido. 

Margarito ascendió como Comisario en Jefe de uno de los estados más grandes y problemáticos de la nación. Su Contrato de Sincretismo con el Palo de Agua era una espada de doble filo que hundiría las ciudades y ahogaría a los monstruos, y ese sable colgaba de un hilo efímero. Tres cicatrices horizontales le cruzaban el rostro de oreja a oreja, como la garra de un tigre. Abuelo de mi novia, el tiempo que compartí con este hombre me demostró que la institucionalización de lo sobrenatural era poner correas a una bestia indomable que pronto rompería todos los cercos y arrearía al ganado cimarrón en nuestra contra. 

Manejaba una Jeep Grand Cherokee y me contaba su vida en retrospectiva con lo que ahora tenía.

—Yo sí comencé de cero. —Viajabamos vía Maripa para atender unos asuntos con un Ánima hostil que resultó ser un dios local —. No conocí a mi papá y mi mamá no me quiso y me lanzó al río pa'lla pa la mina. Un tío mío me agarró y me trajo pa Zamora a criar cochinos y gallinas en un huequito por la Troncal. Ajo allá conocí a la abuela de Alondra, esa era hija de una vecina que se fue pa Nueva Bolívar y dejó el hato solo. Y mi tío que se quedó cuidando esa casa me mandaba a darle vueltas para echarle comida a los cochinos. Yo tenía malos vicios y andaba en malos pasos porque no sabía quiénes eran malas juntas, y me ponían a robar cable y fumar basura. Y en eso conocí a la abuela de Alondra, hicimos el amor y salió preña. Entonces mi tío, que no estaba de acuerdo, me botó del fundo, y como no tenía pa dónde coge, me metí a vivir con la chama. 

» Y con la vomitadera ella se puso mal, y como no tenía pa darle baby en la barriga me puse las tablas en la cabeza. ¿Cómo iba a hacer ahora? Tenía que trabajar, más nada. Y cuando las tías de la abuela de Alondra se enteraron, esas montaron un espectáculo y querían correrla del hato. Y que la mamá, y que esto... y se me puso ruda la vaina. No podía irme pa la mina y dejarla sola, tampoco podía ponerla a abortar porque así como fui hombre para meterlo, también debía hacerme responsable. Y esto te lo estoy diciendo de buena manera Gerardo, que aunque parezca bueno el cargo que te ganaste de pasante, mira que es una invitación a lo malo. No podía ponerme a robar porque en esa época ya estaba señalado como ladrón por los vecinos y la llamaban a la policía y te mataban allí mismo en la placita. Y yo, que ni partida de nacimiento tenía, me decía cómo iba a hacer...

» Entonces escuché por la radio que estaban reclutando frente al Paseo Orinoco para ser funcionario contra los duendes y encantos, y que no eran exigentes con los papeles ni la educación. Recién el presidente Caldera estaba mandando y le daban casas a los necesitados, y yo quería alguito pa sácame la pata del barro. Fui pa'lla y me presenté: Margarito Hernández, medio sabiendo leer y escribir porque nunca había ido a la escuela, y flaquito como un palito seco. Me acuerdo que el Auditor me preguntó número de cédula y le dije que no tenía, y entonces me preguntó qué hacía allí y yo le dije que buscando trabajo porque tenía la mujer embarazada. El hombre me miró, algo quería decirme con la mirada, me dijo pasa pa'lla en la «úrtima» puerta y pregunta por el Secretario Rodríguez de parte del abogado Freire. Así hice y un viejito con los ojos azules y el lomo cansado me preguntó mi nombre completo y dónde vivía.

»¿Para dónde? Y escribía en una máquina con teclas y había una caja de un fax viejisímo en esa oficina. En esa época no había computadora y todo era por archivo, y después de preguntarme los datos y la dirección me imprimió una carta de postulación y me dijo que mañana empezaba. Antes Ciudad Zamora se movía más que ahora por las minas y la Siderúrgica, y me dieron un mono gruesísimo de tela rústica. Ese me quedaba grandísimo y parecía una vaina rara, y como no tenía pa pagar a la costurera tuve que venirme así. No como tú, Gerardo. Qué vas a todos lados en flux y corbata y usas zapatos de gamuza. Con ustedes solo el carnet del INSEP y el overol cuando no pega el calor. No, antes eran unas botas de seguridad pesadas que te quedaban grandes. Y todos los días uno cargaba ese uniforme caluroso como si fuera a soldar. 

» Al principio me tenían como mensajero todo el día: subía y bajaba el Casco Histórico y cogía el bus al centro cuando había que visitar los institutos llevando memos. Me tenían de aquí para allá, pero yo aguantaba mi pela porque a la abuela de Alondra se le empezaba a notar la barriga y con el sueldito que me pagaban medio cubría las consultas al médico y uno comía. Allá me daban almuerzo, y yo siempre me iba sin desayunar oyó, porque no me daba chance con lo lejos que vivía. El transporte del personal de Marhuanta salía a las seis y nos repartía en la carretera, y yo llegaba a las ocho bañándome para acostarme temprano y salir otra vez. Solo libraba los domingos, sí acaso, porque teníamos la oficina saturada. Seguridad Pública apenas estaba empezando a nivel nacional y todas las sucursales no daban abasto con la cantidad de avistamientos y solicitudes de protocolo. Aún estamos en eso, pero antes uno se quedaba hasta las once llenando solicitudes y hablando por teléfono. Esas veces no llegaba. Vivía más metido en la sede que en la casa.

» La primera vez que me mandaron de comisión, y esto... hace casi cuarenta años. Me acuerdo que el Auditor me preguntó si quería un bono y aspirar a una casa de esas que iban a construir donde hoy están las Mil Doscientas. Yo le dije que sí, y entonces me mandó a subir a una perrera con siete carajos. Más o menos sabía a qué íbamos, y todos hablaban en voz de baja con un Petejota que estaba armado en la puertica con una escopeta. Nos llevaron pa un monte cerca del Puente Angostura y de allí se bajó el Comisario Donatello Palazzi. Ese catire de Nueva Bolívar tenía otra mentalidad. Ese había hecho cursos en España y Estados Unidos, de cuando existía el Convenio de Salem; y cargaba un machete envuelto en vendas y unos lentes de soldadura. De otro camión militar nos mandaron bajar unas cajas con equipo. Eso sí lo tengo clarito: pegaba brisa del río y se veía el puente sobre el agua. No hacía sol porque estaba nublado, y en el montarrascal se escuchaba una avenida. Entonces de las cajas sacaron unas lanzas de la época de Simón Bolívar y unas caretas de soldadura. Nos dijo que cuando juzgaramos prudente bajar la visera a tiempo y que no soltemos las lanzas. Del camión se bajó un cura viejo con cara de niño y nos echó una bendición con un agua.

» En ese entonces los Contratos solo se hacían en la capital y el Llano Negro, por lo que solo podíamos usar armas de contención. Entonces el Comisario bajó por un barranco quitándole las vendas al machete y desde arriba vimos como aquella salió. Mijo eso era como... algo así como un elefante, pero más bien parecía una persona encorvada. Era feo, feo... y tenía los ojos negros y cuando abría la boca te entraba un frío en el cuerpo. Donatella nos hacía señas para irnos acercando pero andábamos cagados del miedo. Ese Comisario sí era bien hombre, parecía que no me tenía miedo a nada, porque le lanzaba machetazos al hocico y saltaba atrás cuando la bestia buscaba meterle mano. Y no se echó para atrás cuando el animalote, si se puede llamar así, abrió la boca y botó un resplandor. Sí, como una luz, que a los que no se bajaron el cristal de la visera los dejó ciegos un rato. El Comisario le metió el machete en la boca negra al Ánima y nos gritó algo, y entonces nosotros, los que no estábamos encandilados, echamos a correr y matamos a lanzazos a la entidad. Y así la acabamos...

» Mira que el Comisario nos felicitó, nos compró una pizza y nos mandó en taxi a cada uno pa la casa. Y entonces a los que pudimos nos ascendió en nómina como Agentes. De allí en adelante comencé a hacer cursos y me mandaban a Puerto Bello y Caicara a protocolos de revisión y me asignaron un machete bicentenario y un rifle de aire con balines de sal. Me acuerdo que nació la mamá de Alondra y me regalaron una casa en El Perú, y nos mudamos del rancho, y también saqué a crédito un Cadillac Eldorado gracias al instituto. Mi vida había cambiado, pero igual debía seguir trabajando si quería lo mejor para todos. El momento en que me arrepentí de todo esto fue cuando me mandaron con un Agente Agregado de Tumeremo a una investigación aquí Ciudad Zamora, por el Caso Tigres de Palenque. Ya había trabajado con encantos y espantos de lomas que se deshacían si les echabas sal y pronunciabas la Magnífica, pero este sí era un caso fuerte.

» Mira que este señor, Ramón Fuentes, había sido profesor de química en la UCV pero hubo un escándalo y le cayeron unas denuncias que le quitaron todos los reales. Lo único que supo hacer para salir adelante fue meterse a Seguridad Pública y firmar un contrato con el Ánima del Ajirelito. Aunque yo siendo él prefiero no pagar nada y cada preso. ¿Por qué, Gerardo? Bueno ese señor se la pasaba con un máscara de gas todo el día porque tenía una halitosis crónica que le impedía hablar. Conmigo hacía señas o me escribía en un papel. Yo agarré el caso, no porque me sentía preparado, sino porque debía unas cuotas del carro y la mamá de Alondra pronto entraría en la escuela y le hacía falta un transporte, y tenía a la esposa preñada otra vez. Mira pue', entonces también debía andar con la Petejota, que era la policía de ese tiempo que manejaba esos casos. En el asunto había mucha droga de por medio, porque habían unos lancheros en Soledad que iban a Maturín llevando papeletas de cocaína y regresaban con las alcancías llenas de billete. Resulta que unos militares pescaron una lancha en Boca de Marhuanta que regresaba de El Dorado con cien kilos de oro sin curar, y mataron a los lancheros para quedarse con el material. Estos se metieron por las calles viejas del barrio a pie para llegar al Comando, cargando las cajas, cuando los atacó un tigre. Les enviaron una comisión de escolta, pero los encontraron con las tripas afuera. Y como sabes, acá no hay tigres de esos... Excepto, la familia Iriarte de Palenque. 

» Pero esos eran gente pesada y debíamos tener cuidado. Seguridad Pública quería meterle los ganchos desde hace tiempo por un supuesto contrato informal entre el Diablo de Guayana y esta sangre. Cuando empezamos el censo del Registro Taumatúrgico en Marhuanta, encontramos una familia que venía de San Antonio: zambos que sirvieron a Boves en la Legión Infernal con oscuras potencias del Llano. Fuerzas antiguas que se manifiestan en altares de fuego y devoran corazones latentes. Ya sabes que como institución no solo tenemos que exterminar Ánimas, sino también combatir la brujería ilegal.

» Los Iriarte tenían un fundo en Marhuanta de casi dos leguas donde criaban unas doscientas reses y chivos. Esos tenían una quesera, y siempre que íbamos a inspeccionar el hato veníamos full de queso blanco y mantequilla llanera. Bueno, el negocio que tenían con los lancheros era llevar meter las bolsas de droga en el cuajado para pasarlas por la carretera a Brasil. Y tenían un dineral con esas reses, porque también lavaban la plata de los pranes de la ciudad con su negocio del ganado y los jueces cada vez que veían el apellido Iriarte decían "pinga, con estos no se puede mete uno". Hasta el alcalde estaba amañado por todo el oro decomisado en las alcabalas, y esos tenían fundidora y caleta pa enterrar.

» Y le metían durísimo a la brujería. El Padrote era mestizo de una Yekuana que le encomendó los daños de la vista y las morocotas del tesoro de Boves; y ese se juntó con una cubana que tenía un caldero con huesos en un cuartico de la casona que nadie que no fuera de la familia podía ver. De esa se decía que mandaba a secar a la gente matándole un gallo y arrecostándole un Muerto del cementerio. Pero como esas hechicerías están prohibidas cuando uno venía a hacer cateo del censo salía era la hija, bonita la chamita, que nos daba un recorrido por el hato sobre unos caballos y nos endulzaba con toneles de queso blando con casabe y dulces de caña que los peones preparaban montando un sancocho. Y uno se iba de allí «jarto»: con el pico hinchado de tanto picar y llenando el formulario de regularización. En el Altar de la Casona estaba la Virgen María con una vela perpetua y unos Santos Africanos que cuidaban a la familia.

» Cuando salía el Padrote, Lorenzo Iriarte, ni veía a uno a los ojos porque ese tenía una mirada que te hacía espabilar. Indio de esos que te maldicen con el ojo dañero y atropella las palabras con su dialecto. También Pedro, que era el hijo mayor, a ese se le veía a legua que tenía un contrato con el Diablo de Guayana. Tipo pa mala espina que te desarma con verte la cara. Mira que majadero pa todo, menos pal negocio, que allí tú lo veías montado en pingue camionetas con los bichos duros del narcotráfico. Que antes en Zamora se veía bastante porque llegaban toditos aquí para hacer nexo con Santa Elena. Ese era el que llevaba la batuta del negoción con la corrupción, pero el que mandaba en el fundo era Lorenzo, más tigre que lince, y cerraba tratos hasta con los Petejota codiciosos buscándole la tajada al carato. Mire que malos ratos me hizo pasar el viejo ese, dejándome en ridículo con los inspectores y los jueces comprados. 

»Pero los Tigres de Palenque sí existían, Gerardo. La gente de los Báez escuchaba aullar al lince y la onza cazando baquiro y chigüire en los montes, pero tigre no caza ratón. Así como aguila no caza mosca. Y en ese tiempo no había tanto control como ahora, que se pierde un niño en el penúltimo rincón de la ciudad y la noticia corre como un chiripero. No, eso era aparición que rondaba los hatos y mató a más de un cazador sin santiguar. Esos inmensos tigres que botaban fuego tenían un pacto diabólico y el profe Ramón se consultaba con un brujo de Vista Hermosa para destapar la verdad en un espejo de agua: lo veía en su liquiliqui negro echándose betún en los cachos y limpiándose los colmillos de oro. Él lo veía clarito, y me hacía señas de que faltaba algo más. Fue entonces que nos reunimos con el Comisario Donatello y le hicimos la propuesta. Él le subió el comunicado al gobernador, que por no dejar a la prensa sacó las manos de la marramucia que se iba a destapar y mandó a la Guardia a pegar tiro con uno. Es más, pescamos a un lanchero que venía con unos quinientos kilos de queso «sucio», y a ese lo pusieron a cantar sabroso los policías dándole batazos por las costillas. Yo te voy a decir la verdad, Gerardo. El gobernador andaba cagado porque ese tenía convenio con el Padrote Lorenzo y al Presidente Caldera se le avisó a través del INSEP quienes eran los que estaban amañados con los carteles. Mira que en esa época Pablo Escobar estaba cayendo y Colombia era un berenjenal con tanto policía gringo y organizamos internacionales.

»Eso fue así: llegamos nosotros; el profe, Donatello y yo en la camioneta del comisario. Y como veinte camiones de la Guardia Nacional rodearon el fundo y se bajaron encañonando a todo el mundo. A toditos los hombres los pusieron en fila contra la reja y a las mujeres las encerraron en la casa mientras les quitabámos los papeles y las cédulas. Mira pue' entonces teníamos a todos los Iriarte con las manos en la cabeza menos a Lorenzo. A ese no lo conseguimos ni bajo las piedras. Mira que nadie supo decir en qué parte estaba enterrado el oro, lo que sí encontraron bajo tierra fue una piedra de centella bajo el caney de los cochinos. Ay en esa piedra estaba escrito el nombre del Diablo de Guayana y provocó que los peones invocaran a las Tres Potencias pidiendo perdón. El que se resistió fue el Padrote, a ese ni entre cuatro lo pudieron agarrar. Tuvo que quitarse Ramón la máscara y desmayarlo con el aliento. Un inspector de la Petejota despató un barril de cuajado full con empaques de droga y hasta conseguimos armamento en la casona. Y en cuartico secreto sacaron calderos llenos con huesos saqueados que olían a podrido por la sangre que le echaban. Mira que gran suministro de polvos y raices que la doña tenía guardado en ese cuartico. Con esa despensa los místicos de la ciudad se dieron abasto. También tenía fotografías de pranes enemigos en frascos de vidrio y sapos muertos con la boca cosida. Bueno, pa no hacerte el cuento largo te voy a contar lo que me pasó esa noche que volvía a mi casa en el carrito.

» Resulta que venía vía Marhuanta por la autopista al atardecer cuando paré porque un tronco caído detenía el paso. Yo iba normal, fui a bajarme pero sentí un mal presentimiento de esos que uno va desarrollando de tanto trabajar en esto, y le fui a dar de retro cuando sentí un vaporón en este lado de la cabeza. Eso fue como un choque que por poco volteó el carro. Los retrovisores se rompieron y el parabrisas se me llenó todito de grietas. Un animalón como de doscientos kilos embistió la puerta. Me voltee a ver y, ¡zas! El zarpazo me abre la cara y empiezo a ver rojo. Me lanzo al asiento del copiloto buscando la pistola en la guantera y siento que aquel tigre me muerde el zapato. Y estaba caliente, demasiado caliente. Comencé a darle patadas mientras me destrozaba la suela del zapato y me jalaba afuera por la ventanilla. De pana que pensé que me iba morir allí, con la boca llena de sangre y sin poder ver al tigre. Me ardía la cara, y buscando la guantera conseguí la pistola. Ya tenía la mitad del cuerpo afuera cuando le disparé. Entonces escucho un chillido cuando la bala se le metió, y el tigre me soltó y salió corriendo pal monte mientras le pegaba tiros al aire. Yo casi no veía por el sangrado, pero aún así le di de retro y me fui en flecha poco a poco hasta agarrar otro carril. 

» Cuando llegue pa la casa la abuela de Alondra pegó un grito y me llevó pal hospital a coserme las heridas. Así mismo fui: hediondo a tigre y azufre. Mira que tenía los zapatos y el pantalón quemados como si hubiera caminado por el infierno; y ese olor diabólico duré una semana para quitármelo. Al tigre nunca la consiguieron, al que sí fue a Lorenzo Iriarte: muerto y desnudo en una charca con una herida de bala en el cuello que nadie supo quién le disparó. Mira que en la espalda tenía un tatuaje con el nombre del Diablo de Guayana, misma inscripción que vieron en la piedra de centella bajo la cochinera. Lo primero que dijo el que lo encontró fue: Ave María Purísima. ¿Cómo hacía ese bicho para transformarse en tigre? Ni Dios sabe, pero tenía que ver saltar hacía atrás y caminar con la espalda dada vuelta o algo así. Lo que sí es que el diablo de acá siempre pide un sacrificio o todo se vuelve en tu contra. El caso se cerró y a mí me ascendieron a Agente Agregado y me dieron un bono de eficiencia con el que pagué el carrito e inscribí a la niña en una buena escuela. Mis dos hijas estudiaron en colegio privado y nunca les faltó nada. Pero este trabajo no es así, por lo menos a Ramón lo mataron en Cumaná durante un enfrentamiento con un Mago Negro, pero el cáncer ya lo estaba matando por dentro; y al Comisario Donatello lo picó por la mitad un espanto del Llano Negro. Tampoco estoy orgulloso de lo que he hecho, porque ha sido para que a ellas nunca les falte nada. Cantidad de jóvenes que creen que harán plata fácil y regresan en bolsas negras por una simple equivocacion mía. Yo no soy como Donatello, mira que ni fui al preescolar, y los tiempos no son como cuándo yo era chamo. Solo te digo que te cuides, y que pienses mejor las cosas si vas a trabajar en Seguridad Pública. Un muchacho como tú a lo mejor llega a alcalde o gobernador. Pero aquí, esto... es una fábrica de sueños rotos.

Entonces dejó de hablar, volvió a su silencio sepulcral y colocó un pendrive de Vicente Fernández en el sonido de la camioneta. Comenzó a cantar La Ley del Monte a todo pulmón mientras llegábamos a nuestro destino. Venía un Palo de Agua con el horizonte abarrotado, y miré las cicatrices en los antebrazos del hombre, las veces que tuvo que cortarse para invocar al Ánima de su pacto.


Antología: Duendes y Espantos

Gerardo Steinfeld 2026

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