El Extraño Caso de los Túneles del Guacharo

Cuando uno busca un coyote que le permita cruzar a Nueva York nunca se imagina a una mujer como Anaibel Rodríguez. Mucho menos que bajando por los túneles subterráneos del Casco Histórico de Ciudad Zamora se accede a un submundo que rompe con todo esquema tetradimensional concebido por la ciencia moderna. Haciendo posible que al descender por la ribera del Orinoco se pueda llegar a los niveles inferiores de la Brooklyn Metropolitan Station, o los paleotúneles de Rio Grand do Sul, excavados por perezosos gigantes hace millones de años. 

La Alcaldía de Angostura del Orinoco mandó sellar todos los conductos del alcantarillado y prohibió el acceso a estas grutas con graves multas, en un intento de frenar la migración durante la crisis económica que asoló la región. Pero los coyotes encontraron la forma de abrir el camino para los dispuestos a empeñar hasta el alma con la esperanza de llegar a la Tierra de los Gringos. Mi último recurso era llegar donde unos primos del Bronx que se habían ido como profetas del desastre. Pura arepa con mantequilla pelá, autobuses sobrecargados, tuberías sin agua y recortes eléctricos que asfixiaban mis días. Una vecina anciana se había muerto infartada por el sofoco nocturno, y ella era una de las pocas en el barrio que tenía aire acondicionado.

No aguantaba más...

Mi abuelita se había muerto porque la plata no alcanzaba para pagar la consulta y los medicamentos para su tensión descontrolada desaparecieron de las farmacias. Mi mamaita se veía cada día más viejita y cansada, y eso que trabajaba como ama de llaves y cocinera para una familia adinerada que a veces le hacía bolsas de comida como regalo. Pero yo no podía seguir así, mamaita. Y menos viendo a mi hermanito todo flaquito, y a mí, despojo de hombre joven atormentado por pensar demasiado. Yo sé que tú querías lo mejor para mí aquí: querías que estudiara mientras la cosa se acomodaba. Esto lo haré para mandarte plata y que él, mi hermanito, tenga un sitio donde llegar. Mira que tuve que vender la piecita de oro que me dejó mi papay antes de morirse, y por este broche que era mi más preciado recuerdo me estafaron con trescientos dólares, que valía mucho más pero fue lo máximo que me ofrecieron los revendedores. 

Anaibel cobraba cien dólares para llevarte por los túneles a Nueva York, y de allí yo veía como hacía para llegar con el primo Darwin, ese que en Facebook dijo que me recibía con gusto. El día se pautó un miércoles a las cinco en la Plaza Centurión para pasarle por debajo a la gobernación, que ya se estaba poniendo ruda con el control. Yo empaqué lo que pude en el bolso que me dieron del colegio: las mudas, el cepillo y unos panes dulces con un pedazo de queso por si me atacaba el hambre. El agua me la llevé en un pote plástico de dos litros por sí acaso. Y me fui ligerito por sí hacía falta correr, con unos zapaticos cosidos y pegados y los dólares embolsados en los pantalones donde nadie que no fuera yo supiera. El gentío se reunió, medio disperso por si pasaba una patrulla, como a las cinco... y Anaibel llegó a las seis y media. Y eso sí me sorprendió, porque era una mujercita pequeña y gordita con unos lentes negros y un chaleco naranja. Esa nos agarró los datos con cédula en mano y nos fue cobrando los cien dólares en efectivo uno a uno, sin excepciones. Entonces se hizo de noche y estábamos a oscuras, todos callados para que no nos agarrara la guardia mientras bajamos la avenida sin bombillos. Uy por allí no pasaba ni un carrito a esa hora. Uno iba en fila como comiéndose los pensamientos mientras nos decían que abajo solo los que estaban al frente de la fila podían llevar linterna, y más advertencias de cómo pisar el suelo resbaloso, no gritar, no agarrarse de las paredes y no hacerlo caso a las voces que uno podía escuchar abajo. Me daba cosa esa cola porque habían viejitos agarrados de la mano, mujeres embarazadas y gente que cargaba con sus corotos encima y sus carajitos pequeños en los brazos. 

Bajamos por una calle hasta Perro Seco, que es un barrio de allá, y salimos en todo el Paseo Orinoco. Negro, porque ni un faro en el Puente Angostura se veía sobre el agua. Trataba de no pensar para no arrepentirme, tenía ya un pie afuera de Venezuela según yo. Una patrulla estaba en el Puerto Blohn, y yo sentía que se me aceleraba el corazón... Pero Anaibel habló con el guardia uniformado en la escalera al Playón de Lanchitas, y entonces nos hizo señas para bajar. A mí casi me dejaron de último, y abajo habían más policías en la arena que le pedían a uno la cédula para anotar en un papelito frente a una mesa alumbrada con los teléfonos. También nos quitaron diez dólares a cada uno. Estaban armados con fusiles ante un boquete bajo el bulevar que antes era un desagüe. Allí nos pusieron en fila y Anaibel se colocó en la entrada con una linterna. Yo vi que tenía una pistola peine pa fuera en el cinturón.

—Una vez que yo cruzo no me detengo, ¿oyeron? —dijo, y se bajó los lentes negros, que eran como lentes de soldadura —. Como les dije a todos: caminen y no se paren por nada. Tampoco vamos corriendo. Los que tengan linternas o luces deben abstenerse de usarlas, eviten un mal rato. Prohibido comer adentro, guardenlo para cuando lleguemos al otro lado. Si los llaman sus familiares muertos, no les hagan caso. Si alguien que no soy yo le ofrece algo, no lo acepten. Prohibido rotundamente hacer ruido allá abajo, ¿okey? Y esto también va para los que tengan niños chiquitos. Por último y más importante, traten de no agarrar nada. Lo que sale de allá, regresa allá. 

Todos guardaron silencio y pasaron lentamente al ancho boquete custodiado por los guardias armados. Esa era una fila de casi treinta personas, como un ciempiés humano entrando en la cueva. Mira que justamente cuando entré sentí cómo cambió el aire. Hacía frío, y todo estaba oscuro que uno no podía verse los pies. Todo lo que veíamos era la linterna de la mujercita al final. Y todo estaba callado que uno pensaba y se le salían lágrimas. El eco del cielo había desaparecido, y solo se oían los pasos sobre la tierra y nuestra respiración pesada, mezclándose con los gases subterráneos. Empecé a acordarme de mi viejita y todo lo que estaba dejando en esa gusanera. Y mira que en esa oscurena el tiempo pasa lento. Un minuto allí parecen díez. Y solo escucha los pasos del gentío sobre un barro que se hunde apenas, que parece una alfombra de bolsas plásticas. 

Los que estaban al frente mío hablaban en voz baja sobre uno de un túnel que llegaba a Manaos, pero que los últimos coyotes que realizaron ese viaje nunca llegaron al destino. Estuvieron como una hora contándose sus vidas hasta que se quedaron sin temas, y volvieron a disertar sobre los túneles y sí en verdad era posible llegar a Brooklyn bajo tierra. ¿Cómo era posible? Me decía, ya con los pies cansados. Pero no pude seguir escuchando porque llegamos un punto de control en la cueva. Esos policías llevaban uniforme oscuro y cargaban unos fusiles treinta y ocho sobre una mesa. Nos revisaron en busca de armamento o drogas, y a un chamo que tenía una laptop en una maleta le pidieron veinte dólares, y como no pudo pagar se la decomisaron. Uno de los guardias con una escopeta y un casco se llevó a Anaibel aparté para decirle algo. Estuvieron como quince minutos hablando, entonces volvieron. Se veía preocupada. 

—El oficial me contó que más adelante atacaron una caravana —dijo a todos —. Pero ellos nos van a escoltar hasta nuestro destino si les reunimos una colaboración cada uno.

Hubo quien se quejó, pero casi todos se bajaron de la mula para pagar la custodia. Los policías sí podían llevar linternas y se nos unieron cinco con fusiles para defendernos de los bandoleros del Brasil que se metían con la gente que viajaba sin resguardo. Lo de las voces era verdad, te lo juro por mi mamaita. Yo la escuché que me decía «regresate», varias veces... pero no le hacía caso. También a mi papá, que me repetía al oído que debía cuidar a mi mamá. Pensar en ellos, mi familia, me daba fuerzas para seguir cuando las piernas me dolían. Hacía frío, pero después pegaba el calor... y una vez nos cayó una llovizna de cueva. El bolso me pesaba en la espalda, y sentía por momentos como si me estuvieran jalando. De hecho, un par de veces sentí el tirón y me volteó y no veo a nadie. No sé cómo eran las paredes de las cuevas, porque a veces tenía la sensación de estar en un espacio amplio... y otras que el túnel era tan bajo que uno tenía que agachar la cabeza. Y las pocas veces que las luces de los guardias apuntaban a las paredes, uno veía que eran como de vidrio derretido, y los túneles eran rectos y largos. Las sombras caían como pesadas cortinas. Miraba arriba y el techo se abría como un abismo sin retorno del que caían gotas ácidas. Mira que la Cueva del Guacharo tiene cavidades que se conectan con todas las cavernas del país, y más allá. Yo andaba cerca de unos policías que venían hablando de un hombre que se cortó las venas por una gruta, porque unos bandidos peruanos le violaron a la mujer y a la hija y las mataron. Resulta que el hombre se cortó las venas, y cuando fueron los policías a recogerlo no lo encontraron. También hablaron de una compañía petrolera que fue a excavar los túneles en Monagas cuando hubo un derrumbe y uno de los operadores quedó sepultado en una burbuja. 

—Y quedó loco... —los oí decir con las pesadas botas crujiendo bajo el barro —. Empezó a dibujar ángeles en las paredes. Pero no angelitos con alas, más bien, unos bichos feos que parecían unas ruedas.

Fue entonces que me di cuenta que el suelo crujía cuando pisaba como si estuviera pisando huevos. Una luz alumbró un pocotón de ciempiés diminutos que el gentío venía pisando y nadie sabía de dónde venía. Los millones de animalitos salían del barro como gusanos y sus caparazones cedían bajo nuestras suelas. Es una de las cosas más espeluznantes que he visto en vida: una alfombra de ciempiés de todos los colores en una cueva oscura. Seguimos adelante sin mirar atrás, pero más de uno entrelazó las manos para orar en silencio. Los policías que cerraban la fila hablaron en voz baja de unos aullidos que escuchaban de las paredes, pero uno del frente regresó sobre sus pasos y los mandó a callar. Oí una exhalación, y sentí el pesado aliento en la cabeza como una espiración subterránea. Eso me dejó desconectado... Miré la oscuridad inmensa, más inmensa en los intestinos del mundo, como si un Leviatán fosilizado abriera sus fauces para inhalar un suspiro milenario.

Llegamos a un río subterráneo que no nos llegaba más arriba de los tobillos pero que tenía una corriente fuerte, y entonces pisé lo que... y esto es una de las cosas que más me cuestan contar. Estaba fría. Yo pisé unos huesitos, creo que eran los que están en la parte de atrás de la nuca, y eso a mí me dejó en shock. Un policía me pegó en la espalda y me hizo entrar en razón. Seguí caminando, pero esta vez no era. Caminaba detrás de todos y solo pensaba en mi mamá y en qué quizás no la vuelva a ver más. 

Finalmente llegamos a un portón que nos conducía a una escalera de caracol que parecía tallada en la piedra. Subimos uno a uno, ascendiendo por una trampilla hasta una estación de metro cerrada. Anaibel se despidió de nosotros con una frialdad profesional, ni siquiera pasó revista de los que habían pagado el viaje en la oscuridad hasta América. Nos dijo que más adelante estaría un portón que daba a una tranvía moderna, que subieramos con cuidado al metro porque el tren era muy rápido al pasar por los rieles. Que ya estábamos en Nueva York, y felicidades por cumplir el sueño americano. A lo lejos se sentía un frío agradable y un aire puro... Llovía sobre el asfalto sin grietas y sentía la imponencia de los rascacielos mientras los trenes hacían retemblar las superficies metálicas que desprendían un hedor recalcitrante. Luces distantes iluminaban cada centímetro, pero los que se alcanzaban a ver caminaban entre sombras con la mirada perdida. 

Entonces se volvió a meter en la trampilla sin contarnos, y no la volvimos a ver. 

Miré a mi alrededor y no vi ninguna mujer embarazada, y éramos unas cabezas menos. Pero como a nadie le importó, me encogí de hombros y seguí caminando...

Recordé que tenía una botella de agua, pero no la conseguí. Debí haberla perdido en el trajín subterráneo. Se escuchaba una escalera mecánica y un anuncio en inglés de una voz femenina y robótica. Tenía hambre, pero al revisar mi bolso no encontré los panes ni el queso. Extraño, miré a mi alrededor incapaz de creer lo que pasó. ¿En qué momento alguien me abrió el bolso? Suspiré, escuchando los vehículos sobre mi cabeza en lo que parecía un embotellamiento de tránsito.

Al menos yo sí me salvé de los Túneles del Guacharo. Me palpé los bolsillos en busca de la caleta de dólares y sentí un calor agradable en las tripas cuando lo encontré...

Antología: Duendes y Espantos

Gerardo Steinfeld 2026

Sígueme en redes como:

Facebook: Gerardo Steinfeld

Instagram: @gerardosteinfeld10

Wattpad: @GerardoSteinfeld10

Sígueme en Tiktok