Los Duendes de las Moreas

Jaime Ortega y Luis Angel subían vídeos sobre encuentros paranormales en Ciudad Zamora, pero en su último directo sufrieron un encuentro con una fuerza desconocida que se viralizó en redes tras la noticia de su paradero desconocido. Su canal fue cerrado de YouTube a los días, pero las millones de vistas ya habían inundado internet con miles de comentarios y reacciones que no tardaron en empujar averiguaciones por parte de las autoridades en uno de los casos de desaparición forzada más extraños del país caribeño.

Mi nombre es Carlos Orsetti, soy investigador de lo oculto y en este episodio de Nación Inexplicable vamos a analizar este escalofriante metraje, grabado por ellos mismos en un barrio marginal de la antigua Ciudad Zamora, sin saber... que estaban cruzando una puerta desconocida de la que nadie regresa. Acompáñame a ver la primera toma de estos dos muchachos, aspirantes a influencer, horas antes de su oscuro destino.


—¡Hola a todos! —Jaime Ortega apareció en pantalla en una toma frontal de su rostro con lentes oscuros y un sombrero de paja—. ¡Gracias por su apoyo durante la expedición al Psiquiátrico Bolivariano de Ciudad Zamora durante la noche! Con su apoyo seguiremos investigando estos lugares y documentado lo que... —retiró los lentes con sus dedos mostrando unos ojos azules que desprendían destellos auríferos—. Esta noche recorreremos Las Moreas. Un barrio de nuestra Ciudad Zamora donde los vecinos cuentan que unos duendes buscan llevarse a los niños. 

La toma cambió a un viaje en automóvil, conducido por Luis Ángel: un amarillento joven de cabello oscuro y largo a la moda «dark» juvenil. Enfocaban por la ventanilla las casas estrechas de colores pastel en calles desprovistas de acera. En patios cercados se alzaban platanares cargados de racimos verdes, matas altas de lechoza, maizales apretados y frijol mezclado con maleza. Y altares, por supuesto, porque en Las Moreas convivía una Comunidad de Santería Yoruba en eterna guerra espiritual contra la Congregación de la Pastora Esther Martínez. 

Los muchachos entrevistaron a esta última en un segmento corto que nos mostraba el interior de su humilde vivienda con un patio arenoso para criar gallinas y un techo de óxido colmado de goteras y fotografías de sus hijos.

—Ay mis muchachos—contó en su entrevista después de haberse pintado los labios y sonreír con unas encías desdentadas—. Mis hijos mayores se me fueron los dos pa'lla pa'l Dorado. Uno de ellos es médico y se rebusca y me manda bien porque con lo que me dan los diezmos de la iglesia poco se hace. Es tremendo. Y mi hija, esa del cuadro de'lla, es bien bonito, ¿verdad? Esa se casó con un brasilero y ya está esperándole un hijo pa'lla pa' Manaos. 

»Pero yo no me quiero ir, pue' esta casa humilde y todo es lo que me quedó después que se me murió Ismael. Veinte años de casados y se me lo llevó el virus en la pandemia. A ese cómo le gustaba la predica y tenía un poder de convencimiento que Dios se lo dió para tener su ministerio. Bueno, después que se murió el Pastor se fueron yendo las ovejas y ahora somos la Hermana Carmona, Carmencita, el Hermano César que ese también se puso malo con el virus, y la Hermana Claudia que es la que canta las alabanzas. 

»Y allí vamos guerreando ya, porque ya la gente no quiere creer en Dios. La juventud lo que quiere es irse pa' la mina y regresan desatado alzando caballito en las motos y matándose. ¡Ay Dios mío, no! Esos muchachos no velan por sus vidas, vale. Y nosotros orando para que ya no se estén matando en esas motos. La semana pasada se mataron dos en ese cruce de allá atrás. Chocaron de frente las dos motos y quedaron allí mismo los muchachos. Y qué uno iba borracho y se llevó al otro de frente. Al hijo mío yo no lo dejaba andar en moto porque eso era un peligro y...

»Ah verdad, le estaba hablando de que sí, ya la gente no quiere creer en Dios. Están todos como endemoniados, y eso es porque la vecina de pa'lla por la farmacia se la pasa haciendo brujería de noche. Esa y que la han visto volando de noche convertida en un pájaro horrible. Esa quiere que la gente se aleje de Dios para que vayan a ella y que les monte Trabajos. Así mismo e', mi mamaita era bruja raja'. Sí, mis niños... A esa yo le hacía Banco y se le metía un Demonio que la hacía camina' por las paredes con los ojos blancos. ¡Mira, que te lo cuento y me empeluco toda! Esa le picaba torta al Negro Felipe y hacía magia roja cuando vivíamos en San Félix. Teníamos a todas las viejas brujas metia' en la casa echándose las cartas y reventando polvo' en un cuartico.

»Pero yo me dejé de'so cuando me junte con Ismael y me entregué al Señor. Mi hermana es la que siguió en eso y hasta dónde sé también se metió a viví con una mujer y ay Dios, esa le va a llega' su castigo por andar en los Caminos del Mundo. Yo siempre que puedo la meto en mis oraciones para que Dios le dé entendimiento, a ella y a mis hijos que están trabajando en lo peligroso. Y estamos guerreando para llevar la Palabra a las casas todos los sábados en la mañana, porque hay que meterle la mano a la Juventud y a los que están haciendo lo malo.


¿Hasta dónde son capaces de llegar las creencias? En este canal hemos visto hombres que han renunciado a sus vidas por una fé ciega que los inspira a llegar más allá. En el Barrio Las Moreas se mezcla la superstición africana con el cristianismo fanático en una lucha que muchas veces llega a las últimas consecuencias. Los que investigan estos sucesos muchas veces se encuentran con cosas... que no pueden explicar. Si en el primer segmento, los protagonistas tocaron a la puerta, en el siguiente descienden sus primeros escalones a un sitio prohibido. 


—Raúl Sabines es un Santero de treinta y cinco años que se mudó a Ciudad Zamora cuando se casó con Fátima—contó Jaime Ortega mientras Luis sostenía la cámara frente a la fachada verde manzana del ladrillo que tenían por casa—. Siguiendo la herencia de su familia en Maracay, le enseñó a su esposa los distintos rituales con la esperanza de seguir transmitiendo la tradición a sus hijos en el Crecimiento Espiritual.

Raúl tenía un altar en un mangal junto a los platanares de su patio. Luis lo grabó en primer plano como un vistazo a un mundo oculto detrás de un cristal alumbrado por velas. El Patrono de la familia Sabines era Don Nicanor, secundado por el Dios Chango y Obatalá; a los que se servían ofrendas para aplacar los males que los perseguían. El hijo mayor de Raúl: Luis, de doce años, le hacía Banco a su papá mientras este bajaba en su cuerpo uno de los espíritus para darle consejo a la mujer que tenía una peluquería medio famosa en el sector. También, Raúl se reunía con otros Santeros buscando asesoría y guía en las dificultades.

—La gente piensa que todo lo que no es de la Iglesia fue del Diablo—explica después de una sesión en el patio, comenzando a anochecer—. Nosotros nunca hemos buscao' hacer lo malo, porque todo se regresa. El Guía de uno lo ayuda a progresa en la vida, siempre y cuando nunca busquemos hacer lo malo a los demás y sea uno trabajador. 

»Pero pa'lla, por el barranco detrás de las casitas, es que sí se reúnen a hacer lo malo. De eso ya está protegida mi familia y los vecinos, y mis muchachos no se van pa'lla porque se les puede arrecostar un Muerto. En esas casas se murió mucha gente. Yo no los veo, pero mi hijo menor sí es Materia, y tiene la Visión para comunicarse con el otro reino. Ese ni en carro le gusta pasar cerca del Barranco, porque todavía están todos los abortos enterrados de cuando el prostíbulo de Doña Dora, que de último se metió a cristiana cuando se le murió la hija con el bebé adentro. Esa se hubiera salvado si se trataba con uno, pero nada, el Pastor Ismael la mandó ayunar y dejó el tratamiento y se complicó.

»Pa'lla pa'l Barranco es que entierran a las personas, no en cuerpo sino espíritu. Eso sí no hace uno como Santero, pues uno busca sanar y avanzar, y esos que dicen ser brujos y te entierran a la gente tienen arrecostado un pocotón de Muertos y Demonios que los mandan a dar tormento y terminan locos. Había una viejita que hacía Trabajos de magia negra por el platanar, tonces' los duendes se la pasaban persiguiendo niños entre los plátanos y robándole los desechos a las mujeres. Y todo eso se quedó abajo. Yo sé que van pa'l Barranco de noche, y vermo... tengan cuidado oyó. De to'as maneras—y con un atomizador en su altar les roció el cabello con esencia de perfumes—. Maferefún la Osha, y vayan con cuidado que pa'lla se congrega el Maligno.


Jaime y Luis fueron advertidos por Raúl Sabines sobre lo que acechaba en el Barranco. Esta era una depresión del terreno que utilizaban los habitantes de Las Moreas como vertedero, así como santuario para enterrar maleficios y así acabar con sus víctimas desde adentro. Y en transmisión directa fueron captando un panorama desolado, encontrado... lo que no se les había perdido.


La cámara enfocaba una enramada tupida sobre montañas de plástico, cartones podridos y botellas de vidrio medio llenas por el agua de lluvia. Jaime descendía por el terreno desigual con un aro de luz en el pecho para iluminar las favelas de lámina derruidas y los desperdicios enterrados, mientras Luis se cuidaba de grabar y no hundirse en la arenisca gris. 

—Veo algo, brother—se refirió el camarógrafo al llegar al fondo del barranco poblado de árboles centinelas—. Mire ve, allá entre las matas.

Jaime saltó por los charcos de agua estancada y las raíces sobresalientes del limo grasiento.

—Hace frío en esta vaina.

—¿Qué es eso, macho? —Luis enfocó la cámara en una tabla clavada a un tronco.

—Parecen unas culebras metidas en frascos de ron —explicó el otro mirando a la cámara, y acercando los dedos al frasco de licor amarillento—. Pero son raras, porque parecen como unos gusanos de tierra y...

—¡¿Qué es eso?!

Y Jaime saltó con un alarido cuando lo que estaba acuchillado ante sus zapatillas pegó una carrera. Y los dos corrieron en pos del ser que se desvaneció en los matorrales, los fotogramas se sucedían en un claroscuro de gritos y transpiración, hasta que giró con un aullido y permaneció congelado en un cuadro bañado por el argénteo ulular de un plenilunio. 

—Mira, huevón. Dejaste caer la cámara.

—Coño, disculpa mano.

Y la grabación se dirigió a un Jaime desaliñado y sudoroso.

—Vimos uno. Corrió al fondo del Barranco y se perdió... Era como un niño desnutrido.

—¿No sería un indiecito?

—Nah, qué va... —sonrió con Malicia, brillante el rostro por la luz pectoral—. Era uno de esos que viven cerca de los portales.

—No me digas eso—dijo Luis con la voz quebrada.

—En Las Moreas viven puro' brujo—asintió Jaime—. Y los abortos tirados al barranco, y...

Pero siguieron avanzando ante los ruidos de la noche. Pues se movían las alimañas entre las botellas quebradas y las montañas plásticas que ocultaban favelas de herrumbre que no guardaban más que miseria. Y la enramada que crecía sobre la estéril tierra era raquítica y quebradiza, y del limo asomaban botellas desenterradas con fotografías viejas rellenas de agujas y huevos podridos. Pero no había canto de grillos o ronroneo de batracios, solo el plañidero silencio y el ocasional crujido húmedo de los ciempiés bajo las suelas de sus zapatos.

—¡Qué puto asco! —Se quejó Luis apuntando la cámara al suelo arcilloso—. ¿Por qué hay tantos ciempiés?

Y se retorcían en cardumen bajo su pies: escarlatas y negros, sacudiendo sus viscosas patas mientras las reacciones cubrían la pantalla y los comentarios en vivo dejaban entrever un repelús general hacía los artrópodos rastreros que iban por cientos. Y los crujidos de sus caparazones al ceder provocaron náuseas a más de un espectador.

La noche cerrada caía sobre ellos con un vendaval de hojas marchitas, y pronto se hallaron ante una favela de cinc y madera vieja, desprendiendo un débil resplandor rojo como de una lámpara de queroseno.

—Mira eso, Jaime—se dirigió el camarógrafo—. ¿No es ese el mismo altar que vimos hace rato?

—Sí, loco... —el muchacho palideció—. Pero no está la morrona en el frasco.

—Carajo...

—Esto no es montaje—señaló a la invisible audiencia—. Cuando bajamos al Barranco no había ninguna casa iluminada.

—Y este altar estaba más sucio—apuntó Luis—. ¿Quiénes son esos Santos?

—Esto sí no son Santos —Jaime le mostró una sonrisa pálida—. Estos sí son del Palo Mayombe, ¿te acuerdas?

—¿Y la choza de lámina?

—Vamos a ver.

—¿Y si él que vive allí se molesta?

—Solo vamos a ver.

Y enfocaron la casita de metal herrumbroso que se alzaban en medio del barranco. La incandescencia rojiza los bañó y un gruñido deformó los píxeles de la toma momentos antes que se viera interrumpida.


El live de YouTube que estos muchachos transmitían pronto comenzó a inflar sus números, conforme la alarma de sus seguidores incrementaba su preocupación. Todos los habitantes del sector saben que en el Barranco no vive nadie desde hace muchísimos años. Las epidemias de Chikungunya terminaron de diezmar la población indígena que migró a los barrios de Ciudad Zamora por la creciente violencia en el Arco Minero del Orinoco. Entonces, ¿quién vivía al fondo del Barranco de Las Moreas y por qué los vecinos jamás se percataron de las luces que alumbran ese agujero? Los grupos de internet han discutido la posibilidad de un... arrebato. 


La cámara volvió a transmitir tras dos horas de oscuridad y estática mientras el plan de datos móviles agotaba sus últimos suministros de saldo en la intermitencia de la señal. Un gruñido y un ladrido cavernoso despertó a un macilento Jaime Ortega sobre una plancha de piedra mientras el fulgor rojizo de la lámpara de queroseno daba a su aspecto pálido un tono grasiento. En las paredes oscuras se alzaban estanterías mohosas con pájaros extraños en jaulas de plomo, y frascos en conserva de... seres indescriptibles, agitando en un morboso reposo. 

Luis comenzó a gritar detrás de cámara mientras el joven sobre la plancha volvía a la vida.

—¡¿Luis?! —Sus ojos azules, negros en la penumbra, se abrieron como pozos—. ¡¿Qué mierda, Luis?! ¡¿Dónde estás?!

—¡MALDITA SEA, JAIME! —sollozó el muchacho con la voz quebrada y respirando entrecortado—. ¡ESTÁN AFUERA! ¡ESTÁ TODO AFUERA!

Jaime se incorporó con una mueca, asustado.

—¡¿Qué...?!

—¡Mis tripas! ¡Las tengo afuera!

Y rompió a llorar, ahogándose por momentos. Jaime saltó de la plancha, pero al momento de tocar el suelo sus piernas se hundieron, incapaces de sostener su peso.

—¡Ahhhhh! —Aulló, retorciéndose de dolor en el suelo—. ¡Los tobillos, Dios! ¡Me destrozaron los tendones!

—No me quiero morir...

Pero ambos guardaron silencio cuando apareció una figura de negra cortina en la penumbra de la choza. Los pájaros soltaron parloteos roncos, y una mano esquelética como una araña blanca levantó un ciempiés rojo de patas amarillas al muchacho en el suelo.

—¡No, no! —Gritó Jaime arrastrándose por el suelo con las manos en frente—. ¡Eso no, eso no! ¡Por Dios, yo...!

Pero la figura se movió con un chasquido de piedritas, y un canino desconocido empujó la mesa donde reposaba la cámara. Esta cayó al suelo de tablas podridas y el animal se precipitó con una rabieta.

—¡No, deja...! —Aulló Luis Ángel contra los gruñidos del perro—. ¡No, eso es mío...! 

Pero los alaridos de Jaime opacaron el escándalo mientras se cuerpo convulsionaba contra la madera y las guacamayas coloridas gritaban en coro diabólico. 

La transmisión terminó.


En este mundo existen misterios que nunca comprenderemos. Fuerzas que se deleitan con el sufrimiento del Hombre, intruso y asesino en una tierra recién descubierta, y puede que algunas veces estas ventanas se abran para devorar al incauto. Cientos de discusiones en foros jamás podrán discernir el horror que ambos jóvenes vivieron, y la policía fue incapaz de encontrar algún indicio sobre su paradero, o rastro alguno de la choza que se los tragó. Se desvanecieron en la oscuridad de internet. Aún lloran sus perdidas en Ciudad Zamora, y Las Moreas se murmura en voz baja lo que ocurre cuando alguien decide bajar al Barranco. En este canal investigaremos esos misterios al otro lado del terror. Mi nombre es Carlos Orsetti, y no olviden seguirnos, somos... Nación Inexplicable.

—El Extraño Caso de Las Moreas, 6 millones de vistas en Youtube.


Antología: Duendes y Espantos

Gerardo Steinfeld 2026

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