La Masacre de Tumeremo

El secretismo del cual se sirvió el Estado Venezolano para ocultar todo hecho relacionado con la Masacre de Tumeremo merece ser un caso aparte de estudio civil. En esa tierra indomable de arcilla contaminada se libró una contienda que estremeció las techumbres metálicas de todo el municipio, elevando un eco profano que se escuchó en todo Oriente como la exhalación de un dios dormido.

Desde la tormenta que barrió los cerros arrastrando consigo todo a su paso hasta los dieciséis descuartizados que una brigada del Ejército Nacional sepultó bajo un pedrusco consagrado, todos los documentos alusivos al enfrentamiento desaparecieron en la evanescencia del Ministerio de Seguridad Pública, y el esoterismo de su clausura. El Tumeremo de calles estrechas, edificios desmenuzados y casas de cinc a merced de la epidemia aurifera y el calor tropical, jamás se enteró de la revuelta germinada en sus montañas de arcilla palúdica y ríos pedregosos: una cábala cuyas raíces nacieron en el místico Montenegro al pie de la Montaña Sorte.

Tumeremo atravesado por la Troncal-10 por la que circulan grandes camiones abasteciendo víveres de cata brasilera al interior del país, y por caravanas de motos con jornaleros de la mina que bajan en vísperas con los bolsillos llenos para el derroche en efluvios de aguardiente y cerveza, hastiados de mascar el Chimó hasta que se les pudren los dientes en los agujeros húmedos y de las putas enfermas que riegan el monte con el pus de su virulencia.

El pecado del oro que aún alimentaba el pueblo y a la parásita Ciudad Zamora, con las almas de los que sucumben en las orillas de los ríos con las bateas purgadas del precioso metal y las manos ensangrentadas. El Tumeremo visto como un carnaval de ladrillos desnudos y mestizos degenerados que bajan a El Dorado y Guasipati con los ojos grasientos rastreando los filones de vetas y raspan a escardilla el terreno suplicando aplacar la brava hambre que arrecia la tierra guayanesa, escondiéndose los cochanos en el barro juguetón hasta que alumbra con burla... y sacando cuentas durante el reparto salen perdiendo, endeudados con los vicios del monte; y bajan empantanados, hediondos a azogue y con la batea por la cabeza.

Y la mujercita toda risas con una mano extendida pregunta:

—¿Y qué trajiste de la mina?

Y el varón responde con los ojos rojos de la fiebre:

—Un rolo e' paludismo, Maigualida.

—¡Qué maldición, José Luis!

—Pero pa' la próxima me voy pa' El Dorado, ¡allá sí hay plata pa' to el que quiera echa pico y pala parejo!

Y Maigualida suspira porque se siente estancada con José Luis, que aún vivía arrimado con los papás porque todos sus hermanos se habían ido al Brasil; todos excepto él, que era el más huevón y tenía que cuidar a la mamá: esa vieja loca que nunca se terminaba de morir y que le amargaba la vida a Maigualida porque «todo le salía mal» y era ella la que tenía estancado al pobrecito de José Luis que tenía que mantenerla porque lo que ella ganaba no alcanzaba para nada... ¿Y por qué no se iba de una vez la Maigualida?

—Porque en Tumeremo el sueño de los hombres termina en un barranco, y el de las mujeres vendiendo el toto a una grama de oro.

O eso decía la mamá de Maigualida antes de morirse de un infarto la noche que el cielo alumbró: clareó la ventana con los relámpagos que fulminaron las calles y un aguacero levantó las laminas de cinc adheridas con clavos oxidados al armazón del techo y batiendo los bloques arenosos que desprendían un olor terroso. Y la doña gritó que el mundo se estaba acabando y Maigualida, con el corazón en la boca, la vio correr en la semiconsciencia del apagón entre relumbrones con la mano en el pecho y la bata descosida. Clamando a Dios —y otros nombres que no podía recordar pero que le inspiraron un temor desconocido—, por piedad mientras las cortinas saltaban con el retumbar de las ventanas y los militares subían por las avenidas inundadas en camiones alumbrados por sombras blancas que descendían del cielo. Y la casa se estremecía, mientras Maigualida corría sobre el charco que invadía el recinto y su vieja madre se desplomaba rezando al altar de Santa Bárbara y la miraba con ojos marchitos. Pero jamás se asomó por las ventanas mientras los cerros cedían al aguacero y los truenos se confundían con el clamor de la gran noche. Después el agua le llegó por las rodillas mientras la vieja daba sus últimos suspiros y se hundía en un mar aciago, y cedían las paredes colmadas y la techumbre se levantaba del brisotón proveniente se un sepulcro abierto.

Y se mudó con José Luis: un noviecito que se consiguió durante el carnaval, que le brindó abundante sangría y la sacó a bailar batiendo los tambores; y cuando ella le bajó la mano de su pantalón, él no insistió.

—Es que los militares quemaron Cerro Negro y eso alborotó el Palo de Agua—declaró Juan Pablo, camionero que traía mercancía al Baratón: bodegón donde trabajaba. Así lo escuchó mientras despachaba y este se entrevistaba con el chino Félix Won—. Así mismo compai, los coroneles sabían de una bulla loca en el precipicio de la montaña y mataron a los malandros que se creían los dueños. Eso no es nada nuevo acá, yo le di la cola a un brujo de esos que suben la montaña unos días antes de la masacre; y lo dejé por acá mismo en plena avenida, y cogió pal monte porque no sé qué pitonisa de Yaracuy había rastreado un yacimiento en Cerro Negro y todos estaban enterados. ¡Verdad, paisano! Tú porque no crees en eso, Félix. Pero esa gente es capaz de darte una puñalada si le mentas la madre a su Dios, que son los Santos esos. 

A su mamaita nunca le hubiera gustado que se mudé con José Luis, pero en esa inundación lo perdió todo: el televisor, la nevera, la cama, y todas esas pequeñas cosas que su viejita reunió saliendo adelante después que a su papá se lo tragó un derrumbe. Viendo como estaba se volvería a morir del coraje, porque José Luis no era hombre para su Maigualida, que siempre había sido bien bonita. No, se hubiera empatado con un árabe con bodegones de esos que viajan para Nueva Bolívar a hacer negocios o cuando menos, un camionero cristiano que le sacara la patica del barro para que siguiera estudiando y poder realizarse. Y no un minero pobre que se bebía lo que sacaba, y la ponía de sol a sol acomodando anaqueles y despachando enseres hasta que le ardían las plantas de los pies. Remontando el Orinoco hasta la piadosa Ciudad Zamora o el industrial Puerto Bello, y tomando aventón con el camionero Juan Pablo con un bolso lleno de ropa vieja y documentos como maleta soñó con irse muy lejos... de repente hasta el inmenso Brasil, donde hasta una mujercita sin estudios como ella podía comenzar de cero sin mucha dificultad.

Y mientras pensaba todo esto descubrió un collar de piedras negras metido entre los cojines de la cabina, cuya fetiche pectoral exhibía un ciempiés horroroso tallado en una piedra aceitosa y negra. El cara roja de Juan Pablo mudó su expresión bonachona, más viejo que nunca con las canas contrastando su bigote teñido de rosado a la moda de El Dorado. De un manotazo le arrancó el collar de piedras y lo lanzó por la ventanilla abierta a la avenida. Porque solo él sabía la terrible sensación que aquel brujo calvo de tez aceituna le provocó con su cháchara de encantos y dioses antiguos que renacían de una tierra violada. Juan Pablo tenía veinte años como camionero para una empresa de fletes y se sabía todo el país de memoria —y algunas rutas de Colombia, Brasil y Ecuador—, y los espantos de la carretera pocas veces lo habían asustado, pues las luces que lo perseguían por el retrovisor jamás podían alcanzar la velocidad de sus pistones. Aquel hombre raquítico de ojos almendrados le pidió paro allá en la sierra de Maracay para llegar a Oriente tras un suntuoso almuerzo en una gasolinera con posada y todo. Allí el brujo, que por tal lo tomó por sus ropas gitanas fuera de época y el delineado oscuro que remarcaba la raya del ojo místico, se le presentó como una aparición de mediodía desprendiendo el hedor del sudor fermentado y regando la acera con chorros de sudor grasiento que daban a su cabeza pelada el aspecto de una piedra de amolar. Le ofreció plata: diez dólares por dejarlo, por favor, cerca del pueblito de Tumeremo; pero Juan Pablo no los aceptó porque no lo creyó conveniente, y porque aunque estaba cubierto con la sangre de Cristo pues su señora era cristiana acérrima de Ciudad Zamora congregada en la Iglesia Luz del Mundo, también guardaba temores a ese mundo invisible dominado por las fuerzas que hacían descarrilar los camiones que subían por los cerros y fallos imprevistos del motor en carreteras peligrosas. Y como últimamente se aburría de los discos de Vicente Fernández, y las crecidas de los ríos estaban derrumbando puentes, decidió por voluntad que un aventón no se le negaba a nadie. Así como cuando comenzó que su viejo lo tuvo como chalán, y le daba la cola a todo aquel varado a su suerte, lo montó como copiloto para no mascarse la lengua en el silencio de la vigilia alucinante, que se noche lo hacía ver bolas de fuego persiguiendo el reflejo de su retrovisor, y que de noche se precipitaba como una lluvia ruidosa, pero sin gotas ni frío, y que zumbaba como asfixiando los gases del motor, y...

—¿A cuál ele fuido consagrado este carro?

—¿Cómo? 

La voz del brujo lo embruteció: era un suspiro de brisa en los arreboles del cielo. Lo miró con su rostro de loro moreno socavando en las profundidades de sus ojos, y se rascó la frente al sentir un inusitado cosquilleo en la corteza cerebral.

—A nadie, pues, a quién más que Dios, nuestro Señor Jesucristo.

—Oh... —acarició lo que parecía un rosario de piedras negras en su cogote—. Dios grande, amén. Bendito, Jechikrai. 

Juan Pablo se aferró al cuero del volante con el corazón hundido en el pecho mientras la carretera desdibujaba un paisaje horizontal de altas cumbres y exaltada vegetación. Atardecía, pero se rehusó a no llegar a su destino junto aquel engendro. 

—¿Y a qué va a Tumeremo, míster...?

—Don Culebra dicen los Santos—se atrevió, con un acento que arrastraba las vocales como un ronroneo de grillos—. Voy onde' ele Cerro Negro, allá los vicheros de todo fue el país van donde Don Nicolás Fedor. Él fueye según Gran Madre Lilith, a un Satanás, a un los espíritus que del cerro aullan la gran noche. Y el más grande de todos pondrá pie pa'la tierra de uno, más fuera grande que ele el Viejo Curbano lo picó en veinte pedazo, y lo colocó fuera oculto por to' Venezuela. Perro, malparido el Brujo Blanco quién fuese comido pues gusanos las tripas y los huesos... —y el rostro se le ensombrecía al farfullar con los dedos amarillos dando mortaja al rosario negro con el Ciempiés alumbrando—. Don Fedor, el Grandísisimo del Maístro, lo hubo reunido tras su despiece, y leyendo las letras fuese antigua raza de Selva Guarampín en las cataratas... Fuese Tararana viva, pue el Hombre Blanco fuese removido de Tierra. Y Gran Tribu gobernar todo otra vez...

Pero lejos de reírse de las locuras que pregonaba el Brujo Don Culebra sobre una insurrección indígena, alguna veracidad del lunático se fugaba en las costuras de su habla estropeada y lo llenaba de temor. Había oído relatos de indígenas caníbales en las estepas del Amazonas, y de seres rastreros que tumbaban a las embarazadas para comerse al bebé en sus vientres y nacer entre los hombres; y de templos abominables avistados por helicópteros en la frontera que desaparecían la víspera del descubrimiento. Pues son muchos los testimonios que corren en las carreteras, avivados por el fuego de la inmortal superstición que fluye de las tierras encantadas del Sorte a los pueblos de Oriente. Y mientras pensaba esto, le veía las piernas tiernitas a la Maigualida que no hacía más que temblar por el frío de la ventana, y se refería a la noche del alumbrón como una tragedia apoteósica donde dos constelaciones enfrentadas en la cúpula hicieron granizar las nubes hasta que el pavimento se abrió y los montes lloraron en un derrumbe que arrastró en su absolución dieciséis cuerpos desmembrados en Cerro Negro. 

—¡Uyy! Fuese Tararana ver toito esto' guerrillero descampaos—se refería a los militares formados en alcabalas que el camionero fue viendo como inusual en aquella parte del país—. Grandísisimos carros de guerra que guarda el Coronel Bustamante pa'la picanos—se rió de esto él solo, restregando las piedras del rosario contra su pescuezo—. Ese se creé que Don Fedor no es chivo de duro mecate. Uy, déjese que amodorre y se secará.

—¿Conoce al Coronel Bustamante? 

—Uy, míster Pablo —chascó la lengua contra los incisivos color marfil—. Ese fuese el que mata a Don Culebra, pero primero, se secará.

—¿Pero qué hay en Cerro Negro?

Pero el Brujo Don Culebra sonrió con el collar de piedras rasguñando el pellejo de su cuello, incapaz de relatar el éxtasis que esa noche traería para el renacido pueblo de la India Taranana, de la que se contaba traduciría la lengua grabada en las cataratas. Esta fantasía mantuvo a Juan Pablo expectante la noche que se alejó de un Tumeremo caótico, horas después de haber vaciado la cabina y perfumado el acre hedor del brujo tabaquero. Los camiones militares se dirigían a los cerros mientras se cernía una noche viciado de aguaceros silbantes que harían de los espantos un cruce de huestes descargando aluviones sobre los montes y ablandarían la tierra incapaz de seguir chupando la inmundicia del oro sucio y la usura del vicioso. Y al anochecer durante el arreciar de la lluvia, creyó ver dos formas enfrentadas en el retrovisor: desdibujando el cielo con el ímpetu de unos relámpagos verdes que herían la tierra y ascendiendo en forma de nube negro con resplandor rojizo.

—Mierda, se está quemando el cerro... —y pisó el acelerador para escapar de aquel abismo.

Pero Maigualida suspiraba extrañando la tierra, y a su novio incrédulo que debía estar delirando mientras los parásitos del mosquito le comían el hígado: soltando escalofríos con los pies cochinos mientras la vieja azarosa le preparaba agua de matas para bajarle la fiebre mientras maldecía a la Maigualida por haberlos abandonado; fugada con un camionero que, según las malas lenguas del barrio, hacía tiempo se la estaba cogiendo cuando salía del trabajo.

—¿Y pa' dónde va, mi niña?

—¿Pa' dónde va uste?

En esto, se sonreía el vivaracho del Juan Pablo y le acariciaba la pierna a la mujercita, que se congeló del susto ante el toqueteo indecente del viejo.

—Pa' donde tú quieras.

—Si quiere me deja...

—Déjeme llevarla —ensanchó su sonrisa envejecida con los cachetes rojos—. Total, de alguna forma me va a paga el viajecito.

Y aún desenterraba el Coronel Bustamante a los muertos de aquella fatídica noche, pues el brujo con cara de loro que sacaron del barro murió con una expresión agónica y las manos convertidas en garras; la túnica gitana se le pegó a la piel con el calor del incendio que consumió Cerro Negro horas previas a la proclamación del aguacero que terminó arrastrando camiones y tanquetas. Siempre había sido un hombre pragmatico, entregado a su labor más por deber familiar que por devoción, pero nunca estaría preparado para lo que aquel sujeto del Ministerio de Seguridad Pública lo llevaría a encontrar en la cima de una loma coronada por la superstición. 

—Mire, Coronelito —Margarito Hernández le mostró su carnet del INSEP: Comisario Jefe, uno de los rangos de dirección más altos en el sistema—. Vaya echándole cremita negra a las botas y mande busca una brigada que nos vamo pa' Tumeremo.

—¿Señor?

—Mire pue... —el Comisario era un hombre severo de cabello amarillo pajizo y cicatrices de tigre en el rostro. Vestía el overol gris con cremalleras del Instituto de Seguridad Pública—. Yo soy el Patroncito del Estado Bolívar, y si yo lo mando que queme to' el pueblo, usted me lo quema, ¿okey? 

—Necesito saber qué comisión nos toca.

—Mire, pue... —Margarito se rascó las feas cicatrices que el tigre feral le dibujó en la cara—. Preguntón el Coronelito. Vaya ormando el terreno, que lo' vamo tempranito po'qué el desgraciado de Nicolás Fedor nos monta la pata encima.

Aún montado en el camión con un destacamento de soldados guayanesas traídos de Ciudad Zamora, el Comisario Margarito Hernández se cerró a revelar la información al Coronel Arturo Bustamante. No le gustaba ir de comisión porque eso era matar gente, y por muy sádicos que fueran sus subordinados, jamás había hecho estómago para la barbarie. Incluso después de haber desmantelado campamentos guerrilleros tras graduarse como oficial de infantería en la milicia, eso de matar no lo llevaba en la sangre; y si algún protocolo le permitía lavarse las manos, lo tomaba sin dudar.

—Bien bueno, Coronelito—Margarito usaba lentes negros para curarse del resplandor del cielo encapotado—. Usted sabe que en Seguridad Pública trabajamo' con Contratos, ¿no? Bueno, figurese que esta vaina cuesta, eh. Dicte un Contrato con mi superior, ese perro mamaguevo, y no podré revela' un comino de la comitiva hasta que lleguemo' a Cerro Negro. Allá arriba, donde ante se reían los diablo' echando humo por la boca.

Ministerio de Seguridad Pública: una delegación judicial nueva en el país que trataba casos complejos. Sus funcionarios no eran policías de tránsito o detectives: eran agentes impredecibles de mala reputación que se cruzaban con Santos de la Corte Malandra y se inducían drogas para cometer sicariato. Era como decía su papá, que también fue militar: perros malparidos que el Presidente tiene en un pedestal solo porque le rinden culto a la brujería con licencia. El Coronel Arturo Bustamante sabía que los Agentes del INSEP eran muy escasos, si acaso uno o dos por provincia porque sus Contratos de Sincretismo tenían un costo muy elevado, pero que bien vivían los desgraciados sobre tremendas camionetas y comiendo en restaurantes de lujo en capitales, antes de consumirse completamente en su propia miseria física.

Miró a Margarito Hernández: alto, flaco, catire pero de rostro cansado y mutilado por la zarpa del tigre; bajo el overol gris debía esconder una marca del Contrato de Sincretismo. A medida que se acercaban a las cumbres de Tumeremo y el aire se templaba, su expresión se iba endureciendo y los cerros lo atormentaban.

—Bueh, Coronelito Bustamante —se dirigió a él mientras mascaba unas pastillas para su malestar—. Subamo' la loma directico al cerro, pue' no espera el Nicolás Fedor—se acarició el carnet ante la cuadrilla de carabineros de uniforme oliva—. Ahorita digo pio' y me los matan a todito', ¿okey?

Y en eso el Comisario Margarito Hernández se abre la cremallera del overol para sacar de su pechera una zamorana nueve milímetros y un cuchillo de hueso africano. Arturo Bustamante apretó las muelas y asintió con la cabeza, mirando con detención el tatuaje en el pecho desnudo del funcionario. Nunca había visto nada parecido, y apretó fuertemente el Fusil Catatumbo en sus manos con la gorra calada. 

—¿Lo' vamo? —Siguió Margarito—. Son como tres kilómetro' de acá pa'lla. Vamo' que cae la noche y seguimos parao'. 

Cerro arriba se veían unos fulgores rojos adulterando las nubes púrpuras del cielo, y un rumor lejano de tambores que hacía batir las ramas de las coníferas aferradas a la arcilla de los barrancos. 

—Comisario.

—Ah, pue', llave.

Bustamante encabezó a los soldados intranquilos.

—Necesitamos saber qué vamos a hacer allá arriba.

—Ah, bueno, Coronelito —Margarito apretó los dientes y se rascó las cicatrices que el tigre le abrió en los cachetes—. Mire, pue'...

Y escalaron hasta la primera entrada de un infierno prematuro sobre el barrizal de Cerro Negro mientras las figuras encapuchadas describrían una salmodía convocando Potencias extrañas, sembradas hace muchos años en una tumba irreconocible. Y el Coronel Arturo Bustamante jamás olvidaría la causa del aguacero, ni aún muchos años después cuando, tras un servicio continuo y agotador en la frontera durante el apogeo de la guerra, sería internado en un manicomio y relataría decenas de veces a las enfermeras como el hombre no es uno, sino un sinfín de cosas que se escapan a la comprensión de hombres corrientes como él. Y que en Tumeremo descendió un rayo, que desmenuzó el cerro e hizo del  Palo de Agua la manifestación de una potestad que revolcó todos los pecados de esa tierra maldita que representa la perdición de los hombres viciosos. Porque una tormenta está cerca, y en ella se remueve aquello que ocurre que nadie se entera si no es por mitos... pero esa noche lo que vivió el Coronel Bustamante no tenía nombre, y descendió del cielo —o donde permanezcan estas fuerzas—, con un sacrificio para cumplir su cláusula del Contrato de Margarito Hernández. 

Y mientras José Luis deliraba, llamando a gritos a Maigualida mientras esta cedía a las manipulaciones del camionero Juan Pablo en un motel a un lado de la carretera como un animalito asustado, se revelaba una tormenta en los pensamientos del primero: había estaba meneando la batea en una orilla con el barro hasta las canillas para intentar llenar una botella de vidrio de material.

—Coño, con esto voy a poder comprarme una moto para taxear y poner a estudiar a la Maigualida —se dijo con los primeros síntomas del malestar asomando a su templanza—. Nada chico, necesito unos buenos reales y acá hay una mina que nadie sabe.

Pero él sabía que era mentira, porque allí todos se habían cansado de lavar la arcilla negra cuando el río se puso avaro con el oro. Pero él, José Luis Fuentes, seguía empeñado en sacar cualquier puntito dorado con tal de salir de pobres. Y beberse una botellita, por supuesto, ya que se lo estaba ganando como nunca... Su mamita lo vería llegar con la botella llena, y Maigualida, y ella por fin aceptaría ser su noviecita...

—Ay, Maigualida—gritaba el enfermo vomitando todos los menjures que su mamaita le hervía—. Te necesito, Maigualida. Sin ti no soy un hombre, no soy nada. Me estoy muriendo, te necesito. Yo no sé por qué...

Pero se le hizo muy de noche aquella jornada, y no podía regresar de tan tarde sin caerse en un hueco como le había pasado a tantos de sus amigos. Y fracturarse una pata era un lujo que no podía darse, ¿verdad? Pobre, pero honrado. Y como buen pobre no podía enfermarse, y menos cuando la Maigualida por fin le estaba haciendo caso después de tanta insistencia. Y se decidió a dormirse allá en los cerros, buscando un sitio para campar por si llovía, y en esa búsqueda se halló testigo de un acontecimiento que jamás creyó posible en un Tumeremo cristiano.

—¡Negromante, Señor de la Brujería! —Escuchó desde los altos montes circundantes al indeseable Cerro Negro, por donde ni los pájaros quieren pasar—. ¡Hemos reunido los veinte pedazos de tu cuerpo!

—Cristo...

José Luis se asomó al descubierto Cerro Negro donde una veintena de hombres y mujeres rendían culto a una abominación excavada del suelo. El estéril suelo de arcilla maloliente desprendía vapores mientras el asustado minero permanecía callado y escondido, y el repite de los tambores y la incandescencia de las velas convertían la ceremonia en una proclama a los males ocultos en la tierra. Gritaban alrededor de un sacerdote de túnica morada ceñida con fajín verde, empuñando un bastón con la cabeza de un tigre en su puño. 

—¡Fuerza, fuerza! 

—¡Salve Lilith, salve Satanás! 

—Ave María...

La luna clareó en el ceremonial y las presencias descendieron de los astros como formas pálidas en la noche brumosa. Su madrecita lo escuchó delirar sobre un hombre picado en veinte pedazos y unas voces de ultratumba que lo arrastraban a un más allá desconocido mientras el augurio de la devastadora tormenta se cernía sobre un Tumeremo decrépito. Y cuando gritó, azogado por la fiebre, su madrecita se persignó y relató a sus vecinas:

—Estaba malo, mi muchacho. Vio al hombre sin cabeza, esa noche que durmió en Cerro Negro, y lo dejó enfermo. Cogió un catarro con el aguacero que nada se lo cura. Me dijo que los militares salieron del monte disparando a todo aquel, y no solo eso, sino que les prendieron fuego al Cerro Negro. Aunque él dijo que él fuego bajó, y es que ya estaba teniendo los primeros síntomas del paludismo. 

Lo que nunca contó José Luis, fue cómo ese hombre de overol gris se presentó en medio del tiroteo y se cortó las venas con un cuchillo blanco. Y el cielo se puso bravo, rugiendo, hasta que un relámpago cayó en el claro, fulminando a los brujos masacrados y no vio más... porque corría como loco cerro abajo mientras las gotas se lluvia se le metían a los ojos y le mojaban la ropa. Y los ríos se precipitaron sobre la tierra con un derroche de relámpagos y granizo, y resbaló, siendo arrastrado por una corriente de aguas negras a un desfiladero, mezclando con los cuerpos despedazados que tanto temor infundieron al Coronel Arturo Bustamante, que aún muertos parecían moverse, como intentando agarrarse a un tronco o saliente para no ser arrastrados hasta el abismo de fango conjurado sobre Tumeremo. Los aluviones caían sobre las calles, mientras la brava corriente arrastraba a José Luis por los cerros colapsados, y cubrían las calles y se metían por las casas mientras la viejita de Maigualida rezaba para aplacar la furia de los elementos con el corazón desbocado. Y el camionero Juan Pablo veía por el retrovisor como las nubes negras descendían sobre los cerros de Tumeremo para descargar un torrente divino capaz de limpiar la tierra de toda codicia. 

Y el Coronel Arturo Bustamante prefería ignorar la profunda hemorragia del Comisario General Margarita Hernández mientras el Palo de Agua, deidad conjurada de los bajíos infernales, arrastraba todo a su paso para purgar el sortilegio. Así como los archivos alusivos a la Masacre de Tumeremo serían silenciados por el Ministerio de Seguridad Pública, y los habitantes del municipio callarían ante cualquier mención al desastre que conmocionó al país arrastrando a José Luis por el fango como un ser rastrero, mezclado con los dieciséis despedazados y la sangre cobrada del funcionario.


Antología: Duendes y Espantos

Gerardo Steinfeld 2026

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