La Bruja de El Perú
—A mí de niña me hicieron brujería —me contó Alondra un mes antes de ser novios—. Yo tenía una mejor amiga cuando estaba pequeña allá en El Perú. Antes vivía más arriba y me la pasaba en su casa, y yo no sabía que su mamá hacía eso porque parecía una señora muy normal. Todo comenzó cuando ella mandó a su hija a buscar unas cosas en el sótano; sí, en el sótano. Bueno, mi amiga me dijo que la podía acompañar siempre y cuando tuviera los ojos cerrados.
La miré largo rato, habíamos estado hablando de la materialización del alma y literatura filosófica en el McDonald's frente al Museo Jesús Soto porque el Festival de Arte nos había aburrido.
—Entonces bajamos unas escaleras hasta un cuarto oscuro donde había un montón de cabezas secas y botellas con culebras y altares con Santos de yeso—me miró con sus ojos negros llenos de emoción—. Y yo me quedé sorprendida, y mi amiga me pidió que no se lo contara a nadie. Después no fui más a esa casa, y esa señora me lanzó algo malo que buscó acabar con mi vida. Tuvieron que llevarme donde un señor allá en Marhuanta que me dijo que era Materia, y con una Limpia me quitaron lo que tenía arrecostado. ¡Vieja el coño!
Alondra sonrió con descaro. Yo aún no trabajaba como pasante en el INSEP, pero había tenido investigaciones en el Barrio Las Moreas para perseguir a unos duendes que se aparecían bajo un platanar a cierta hora de la tarde. Mi amigo Carlos Túnez fue víctima de esta criatura cuando era niño, pues intentaba llevárselo o eso me contó... Estábamos hablando de los brujos que viven en estos barrios marginales, en una de nuestras rondas nocturnas de mensajes cuando éramos amigos. Él se fue a Portugal hace muchos años, ya casi no lo recuerdo. Éramos muy amigos en el colegio, a veces pienso en todos los que dejé atrás... de vez en cuando. Sobre estos temas, ni siquiera mojaba mis pies en la orilla de aquel océano desconocido, pero tenía mis suposiciones.
—Es cierto, señorita Silveira, de que vuelan, vuelan.
Yo era escéptico en cuestiones espirituales, pero un vecino mío trabajaba en el Instituto de Seguridad Pública de Ciudad Zamora como Secretario General y me recomendó para mis pasantías universitarios con el Comisario Margarito Hernández. Ya estaba de novio con Alondra y había conocido a sus papás, que al principio se mostraron reticentes por su única hija, pero después me aceptaron como uno más de la familia. En esa oficina ya sabía más o menos como iba la cosa por lo aprendido en mi carrera, y Johan Toledo, Jefe de Personal, colocó una silla junto a su escritorio para enseñarme los formatos de los memorándum y las tablas de presupuesto en Excel. Allí se movió bastante dinero del Estado para mantener la nómina de los Agentes, que aunque eran un par por municipio, cobraban sueldos astronómicos.
Alondra me dijo que tuviera cuidado porque había escuchado que el INSEP se comía a sus trabajadores. Porque a un vecino suyo le trituraron una pierna durante un procedimiento y a los pocos días se murió de una gangrena insalvable.
El Comisario Margarito me entrevistó en su oficina mientras se tomaba un cafecito negro.
—Joven —era un hombre flaco y amarillento con la cara cubierta por cicatrices de garras—. Isaías me habló muy bien de ti, pero debo preguntarte, ¿qué buscas exactamente en este lugar?
—¿Señor?
Margarito levantó el carnet del INSEP en su cuello. Vestía el overol gris con cremalleras que utilizaban todos los funcionarios. Solo que el suyo tenía franjas naranjas en las mangas.
—Mire, pue'... —se rascó las tres cicatrices horizontales que iban de oreja a oreja—. Se ve que eres un muchacho educado y trabajador. Y mira que estás estudiando dos carreras, y trabajas con tu familia, pero acá... mijo acá vas a ver mutilados en los pasillos. Esto antes era la antigua cárcel de Ciudad Zamora, y una de las cabezas de la Culebra del río está abajo; y tú tienes pinta de laico. Pero, muchacho... para trabajar en Seguridad Pública tienes que creer sí o sí. Porque siempre andamos faltos de voluntarios, y ya los bomberos no nos mandan chamos desde que a un coco pelao' le mocharon los de'os en un proceso que se complicó pa'llá en Hueco Lindo. Y como en este pueblo el chisme no descansa, también los nuevos de la policía nos agarraron miedo y estamos en un corre corre con los once municipios del Estado saturados de fenómenos.
—Entiendo, seño', pero quiero hacerlas acá.
El Comisario Margarito me miró con los ojos brillosos y asintió con las muelas apretadas. No mentía cuando decía que vería uniformados mutilados en aquella casona histórica del Paseo Orinoco, y Johan me ponía repasar asistencia, cumplimiento de protocolos y calcular las bonificaciones por desgaste físico en base a los Contratos de Sincretismo. En la Oficina Administrativa estaban Don Andrés, un viejo amanerado que era analista de Praxis Metafísica con un par de pasantes de Puerto Bello; Yulkis Nuñez como abogada; Brayan era contador; y Johan rendía ante Isaías Hurtado, que era el Secretario Estatal del Comisario. La oficina de Auditoría quedaba al lado y allí llevaban el control del personal táctico. Por la tarde, cuando no estaba cansado por pararme temprano para llegar al trabajo, salía con Alondra que empezaba a contarme con emoción su día a día y sus malestares universitarios en Medicina... y ya sentía las primeras grietas de nuestra relación porque mientras ella se esforzaba en hacerse un sitio al lado mío, yo solo pensaba en los bonos de mutilación y las camionetas lujusas que los Agentes manejaban hasta playas azules de arenas blancas. Allí se movió muchísimo dinero, pero cuando le preguntaba a Johan por qué aún seguía manejando un Spark con la pintura suelta y el parachoques abollado, él se encogía de hombros con una sonrisa sarcástica.
—La vaina está arrecha, mi hermanito.
—¿Y la camioneta del jefe?
—¿La Silverado del Secretario? —Frunció los labios—. Esa nunca tiene gasolina.
Y en eso llegaba una de las pasantes de auditoría con un memo para la indemnización de un Agente Agregado en El Callao al que un sapo amazónico le vomitó ácido en la cara. Me llevé las manos a la cabeza.
—¡Diez mil dólares!
—Eso no es na' —asintió el Jefe de Oficina—. Cuando al Comisario lo ascendieron le pagaron una millonada con ceremonia y todo. Para eso sí hay plata.
Yulkis saltó de su computadora prehistórica con una sonrisa teñida de amarillo por el café.
—Y cuando el Agente Salloum pactó con el Ánima de la Yaguara la gobernadora le regaló una casa.
—Coño, yo también quiero ser Agente cuando termine las pasantías.
Pero todos me miraron en silencio hasta que mi sonrisa se borró, y el Auditor Allan Rico entró en la oficina pidiendo café oscuro porque a ellos se les dañó la máquina. Johan volvió a golpear el teclado y salí temprano porque tenía ya dos semanas sin ver a Alondra. En mi vida han habido muchas decepciones amorosas: mi corazón se ha roto más de diez veces y no me he muerto. Ya sentía que el cansancio me pesaba con la acumulación de trabajo: redacción de documentos, impresión de Memorándum y reuniones innecesarias con el personal de mantenimiento. Me pesaba trabajar los fines de semana con mi familia para subsistir.
Con frecuencia Johan y Allan se subían a la camioneta del Comisario para visitar los arrabales tras un reporte insidioso. En Ciudad Zamora solo habían tres Agentes, y uno de ellos viajaba particular a Puerto Bello o tenían protocolos en las minas cuando se complicaba la cosa. Era allí cuando la oficina se sumergía en el silencio fúnebre de la espera.
Luego llegó la Temporada de Lluvias con deslaves y huracanes que estremecieron Oriente y Los Llanos, y los informes de Teúrgia Sistémica y Alteración Ontológica —como llamaban formalmente a la brujería rústica—, empezaron a agolpar las carpetas y el escaso personal del INSEP experimentaba una verdadera revolución. Me delegaron las solicitudes al Arzobispo Bernardo para bendecir al embravecido Orinoco que buscaba salirse al Malecón, y llevar un control de los avistamientos de encantos en el Puerto Blohn y el Playón al anochecer.
—Gerardo —Johan me había cedido la computadora para completar los registros sobre la Piedra del Medio—. Vamos que el Jefe va.
—¿Pa' dónde?
—Súbete, que el Comisario no está y los muchachos andan de comisión desde ayer con esa vaina de los vampiros en Puerto Bello.
—Verga, ¿qué pasó?
—Anda con Allan a busca' un maletín en el sótano y me imprimes un descargo de responsabilidad.
Así hice, y el esquelético auditor con cara de cóndor me puso a firmar el documento para retirar la valija. Afuera de la Antigua Cárcel me esperaba la IKCO blanca del Secretario Isaías, y adentro iban Johan y Yulkis.
—¿Trajiste la vaina?
Ya en camino nos dirigimos al Barrio El Perú, yo con el maletín en el regazo, todos callados mientras subíamos por el Casco Histórico hasta el Mercado Periférico, y subimos a esta parte de la ciudad: un barrio más dentro de la urbe.
Johan se dirigió a Isaías: un viejito pequeño de rostro moreno y pelo gris con camisa de cuadros.
—¿De verdad dijo que lo mordió un perro?
—Así mismo —se escogió de hombros al volante—. Con fractura y todo. Quiso meterse a averiguar el olor, y lo que estaba allí casi le arranca la pierna cuando los vecinos escucharon los gritos.
—¿No será un caimán?
—¿En el Perú? —Isaías negó con la cabeza, manso—. No creo...
Me hervía la sangre ya, pero no podía hablar porque habíamos llegado a la escena del crimen. Había una patrulla de la policía nacional afuera, esperando la comisión del CICPC para levantar el cuerpo adentro de la casa hundida en la calle ciega. El Secretario le dijo algo a uno de los policías, y estos se echaron para atrás frente al carnet del INSEP.
—Pásame el maletín, Gerardo —Johan levantó la caja metálica e ingresó una clave en la cerradura—. Te vas a quedar afuera con Isaías mientras hacemos Protocolo. Dentro hay una viejita descuartizada y a un tipo que entró por el fuerte olor le están pegando la pierna en el Rómulo Marcano.
Y sacó un machete con la punta partida y el hierro forrado en cinta adhesiva. Era un arma antigua con la cacha ennegrecida. Se lo colocó encima del hombro con el rostro moreno ensombrecido y entró en la casa color menta con el techo de terracota salpicado de monte. Yulkis lo secundó con un kilo de sal en la mano, y ambos desaparecieron tras la reja de pintura blanca escarapelada.
—Mijo póngase atrás—le pidió Isaías, y se colocó ante el paredón que daba a la calle con una postura de manos y una mueca de concentración, y con ensayado recitar anunció—: Con la bendición de Olofin, Olorun y Olodumare. Tú, Obatala, poderoso Rey de Ejigbo.
Y el Secretario comenzó su conjuración y yo me quedé mirándolo con fascinación e incredulidad, pues me sentía tan pequeño e ignorante frente a tanto suceso fantástico. Aquello fue como un sueño porque se sintió el cambio en el aire mientras el viejito entonaba aquella oración, y la casa se volvía hostil contra él mientras el silencio del mediodía pesaba sobre sus hombros menudos. Llegué a sentir temor cuando terminó con una pronunciación en una lengua que desconozco, pero que sonó como: «Ashé to iban eshu».
—Ya todo está listo —me dijo con una sonrisa amable y deshizo sus dedos entrelazados—. No te preocupes, Gerardo. Johan fue Agente Agregado. Esto no es nada para él.
De adentro se oyó un gruñido ronco y una mesa volcarse. Y sentí los nervios como calambres en las piernas. Una ventana se rompió con un forcejeo y se oyó un quejido animal seguido de un azote. Los policías corrieron a asomarse con las manos en las pistoleras, pero el Secretario los detuvo con un gesto.
Se escuchó un silbido de vapor y un llanto canino que resonó en mis tímpanos con un hormigueo. La reja saltó del marco y eché un rápido vistazo al interior: armarios volcados y una mesa rota, pero no ví más porque eso huyó galopando como una masa invisible hasta chocar ante Isaías con un gemido, desvaneciéndose en hedor ferroso. Todo pasó tan rápido que no tuve tiempo de reaccionar hasta que Johan y Yulkis salieron con los uniformes desaliñados y atravesaron lo que el viejito levantó alrededor del hogar.
—Era la Bruja del Perú, sí —asintió la mujer ante el Secretario—. Había un altar con unos sacrificios en el patio de atrás.
Isaías frunció el ceño con las manos en las caderas.
—¿Tenía licencia?
—No—negó Johan, balanceando el machete roto—. Irregular, como muchas por acá.
—¿Y qué era eso?
—Algo que invocó y no pudo someter.
—Tenemos que activarnos con el censo—nos miró a todos—. Esto ya no se puede permitir.
Y manejamos en silencio, de regreso al instituto, mientras el CICPC recogía los despojos de la vieja y cerraba la casa. Al llegar, Yulkis comenzó a redactar el reporte de protocolo y la identificación de la anomalía, y Allan interrogó a Johan sobre el uso de su Contrato, ofreciéndole el bono de reconocimiento. Pero el Jefe de Personal Administrativo rechazó la remuneración, a pesar de necesitar el dinero, y devolvió la herramienta al almacén.
Esa tarde Alondra terminó conmigo porque no le dedicaba suficiente atención. Intenté enmendar mis errores porque la quería, pero el amor es como el vidrio. Me dijo que siempre me iba a querer, pero que ya no podía estar detrás de mí. Y no he sabido de ella desde entonces...
Antología: Duendes y Espantos
Gerardo Steinfeld 2026
Sígueme en redes como:
Facebook: Gerardo Steinfeld
Instagram: @gerardosteinfeld10
Wattpad: @GerardoSteinfeld10



0 Comentarios