III.

—Hoy hay rumba de coñazos —sonrió el catire Pico e' Loro con la lanza antigua al hombro —. ¿Cuánto apuestan a que yo le corto la cabeza?

Pipe' Gato dejó escapar una risa maliciosa agitando el asta sin bandera de un estandarte, decorada con plumas y dientes de fiera. Los brigadistas voluntarios los seguían con los seis chopos de sal, liderados por los agentes Maikol y Jesús, armados con machetes herrumbrosos.

—Por Dios, muchachos —se quejó Jesús Valderrama —. Saquense el rancho de la cabeza. No estamos compitiendo.

—Porque si competimos tú pierdes —se mofó Pico e' Loro agitando la lanza —. Mira que el Pez Nicolás te quitó un dedo por descuidado.

Jesús apretó un puño sin meñique y amenazó con el machete al catire. Era corpulento y de barbita oscura.

—¡Te corto una oreja!

—Acá mismo es... —declaró Andrés Rosetti tras el recorrido por el hotel —. Bajando por estas escaleras se llega al sótano de suministros. Este hotel fue construido sobre la hondonada de la cueva. Por supuesto que yo nunca entré, ni pienso hacerlo.

El Agente Jefe, Leopoldo Biaggi, se adelantó con el machete de la guerra en la mano y un trabuco inglés en el cinturón del overol. La Piraña y el Brujo Trinitario iban detrás suyo.

—¿Qué ven?

—Allí está sí —asintió la mujercita.

—Tiene una presencia fuerte —declaró el brujo: un negro con cara de pescado y túnica violeta ceñida con cordón. Usaba un rosario de caracolas marinas—. ¿Seremos suficientes para contener a este espíritu?

—Padre Jiménez —se refirió Leopoldo —. Usted será responsable de este protocolo.

Jonathan asintió con una cruz en la mano y un machete desgastado. Un empleado del hotel abrió la puerta y Samuel sintió un hedor salitre emanando de una fosa.

—Guaicaipuro —ordenó el Jefe —, levanta una barrera.

El mestizo Pipe' Gato se adelantó con el asta en alto y pronunció un discurso en su lengua guaiquerí. Un cosquilleo en la atmósfera le acarició el cabello como una brisa mentolada, y se abrieron las puertas de aquel cuarto clausurado.

—Vayan pue', yo me quedo fuera cuidando.

Maikol se adelantó con el machete en alto, los ojos brillando en la oscuridad de su cara morena.

—¿Quién vive?

El Padre Jiménez rompió el silencio.

—Pues... Cristo, ¿quién más?

La carcajada fue general, pero Samuel no pudo reír. Adentro encontraron un sumidero en una esquina donde se desmoronó el concreto, dando paso a una caverna que desprendía un desagradable olor a uñas molidas. Encendieron las luces y penetraron en una caverna húmeda que se abrió a las entrañas de la tierra cual túnel profano. Dentro cabían cuatro codo a codo, y podían saltar sin encontrarse con la piedra. 

Los brigadistas cerraban la formación con los chopos: escopetas artesanales; temblando en las manos.

—¿Hasta donde llegará este hueco? —El Brujo Trinitario iba en medio, acariciando su rosario de conchas —. Puede que el Pez Nicolás también utilice estas grutas para moverse entre las islas. Y esas manchas negras que aparecen en el agua...

—¡Allí viene! —Alertó La Piraña.

Pico e' Loro y Samuel avanzaron con las lanzas dispuestas mientras las paredes del túnel se estrechaban. Detrás esperaban Leopoldo, Maikol y Jesús con los machetes en alto. Los brigadistas costeros dispusieron los chopos en una formación improvisada. Ante ellos se desdibujó una serpiente inmensa con las escamas envejecidas como plumas y una mirada penetrante.

—No hablen, y traten de no mirarla a los ojos —dictó el Agente Jefe con el machete en alto —. Este Protocolo de Revisión cambió a Exterminio.

—Solicito permiso para usar mi Contrato de Sincretismo —pidió Maikol con los ojos clavados en la serpiente.

—Denegado, solo para momentos críticos.

La Serpiente Orabata se alzó, un cuarto de su cuerpo era tan alto como un hombre. Tenía cara humana: una boca simiesca atravesada por colmillos, ojos redondos en los que se veían reflejados y una nariz hundida. Su vientre escamoso relucía con un aceite brillante, y despedía un hedor penetrante compuesto por galletas de chocolate mojadas en salsa de ajo. Las escamas de su vientre se desprendían, asemejando plumas roñosas. 

Leopoldo se irguió ante la criatura, aparentemente inteligente.

—¿Hablas algún lenguaje?

Obarata abrió una boca circular sembrada de colmillos como agujas, tenía lengua humana y de su boca emanó una sensación espeluznante.

—Váyanse, váyanse —su voz era áspera y aporreada como un paciente con cáncer de laringe —. Puede leer sus mentes, conozco todos los secretos del universo. Vayanse, o haré caer sobre ustedes la piedra viva.

Samuel apretó la lanza ante aquella criatura desagradable. Sentía el sudor frío bajando por su espalda baja.

Leopoldo sonrió con malicia y desenfundó la pistola inglesa.

—No estás en posición de amenazar. Tenemos una manguera conectada al mar que inundara estos túneles en pocas horas.

—Sucio, desgraciado. Estos túneles son los pilares de la isla, ¿quieres que todos se hundan?

—Yo estudié geología en la Universidad Oriental de Ciudad Zamora, ¿o no puedes leer mi mente?

—Mentirosos todos los hombres.

—Todas las mujeres son culebras —dijo el Agente Jefe, y los muchachos soltaron una carcajada nerviosa —. Y he encontrado peores que tú.

Orabata soltó un siseo que le erizó la piel, mostrando sus colmillos en una mueca horripilante.

—¡Mentirosos, ladrones! ¡Sus armas no penetran mi coraza! ¡Su fuego no arde!

Leopoldo levantó la pistola.

—¿De verdad puedes leer la mente?

—¿Para qué habéis venido, invasores?

—Para hablar, merecemos saber la verdad.

La serpiente soltó una carcajada burlona que más bien parecía un berrido.

—Los humanos creen merecer todo. ¿Quieren descubrir los secretos del universo? ¿Vosotros no sabéis que el planeta es una esfera con un corazón de hierro ardiente?

—Sí, eso ya lo sabemos...

—¡¿De verdad?! —Los ojos de la criatura se dilataron —. Pues... sus cabezas se nublarán cuando escuchen que vuestro sol es solo una más de las incontables estrellas del cielo.

—Eso...

—Y los planetas no son dioses, sino esferas semejantes a nuestro hogar en el que habitan grandes bestias —miró los rostros con la boca abierta, exhalando aquel hedor primitivo —. Y no existe Dios, después de la muerte solo hay hielo.

Leopoldo presionó el gatillo, y el estruendo del disparo llenó la caverna. A Samuel le zumbaron los oídos.

—Para ti sí, porque te vamos a hacer ceviche. ¿Te asusté? Creí que podías leer la mente, culebra mentirosa. Este trabuco antiguo no funciona.

Orabata se estremeció, golpeando el suelo con su cola.

—¡Mentiroso, mentiroso! 

—Ahora vas a responder nuestras preguntas, que se me acaba la paciencia —Leopoldo guardó la pistola en su cinturón —. ¿Qué pasó con tus huevos?

—¡Ese hombre gordo los robó! ¡Me envenenó con un sueño dulce! ¡Es un ser asqueroso! ¡Come mierda!

—¡Ya! —Leopoldo miró al Brujo Trinitario —. ¿Tus huevos nacerán?

—Mis hijos nacerán cuando el último de ustedes se haya borrado de la existencia. 

—De todas formas serán destruidos —se rascó la cicatriz de quemadura en su mejilla —. ¿Qué son las manchas negras en el mar?

Orabata volvió a reír con carcajadas indescriptibles. Samuel sintió el overol pegado a la piel como una costra mugrosa. No podía dejar de ver aquellas escamas leprosas con la lanza rígida.

— Un ejército más grande que cualquiera. Fieras que ascienden del abismo para diezmar el mundo y...

—Tiburones de fuego y tarrayas que vuelan... —Leopoldo puso los ojos en blanco —. Se terminó el diálogo. Ni siquiera vales como Ánima para establecer contratos... Eres un animal acorralado. 

—¡¿Por qué no tienen miedo?!

—Baja la cabeza, culebra —declaró el Agente Jefe —. Déjanos terminar el procedimiento.

—¡No, sé cuales son sus intenciones!

—Bien —Leopoldo desenfundó la pistola inglesa y disparó...

Uno de sus ojos saltó con un estallido húmedo, y dejó escapar un chillido agudo. Samuel asestó un golpe con la lanza, y la punta se hundió en un costado de la culebra. Los seis chopos dispararon al unísono, y el aire se cubrió de salitre. El monstruo giró, empujando con la cola a Jesús hasta una pared rocosa.

—¡Orabata! —Rugió Leopoldo Biaggi.

Su Contrato se materializó como un estallido de presión, y la serpiente antigua se hundió en el suelo, como pisada por un gigante invisible. El Agente Jefe tosió y escupió un catarro de flema sanguínea. Los agentes se lanzaron con los machetes en alto y descargaron una furiosa de acero encantado sobre el monstruo. Acero bañado en sangre de guerra.

Cuando todo terminó, Orabata tenía la cabeza machacada, y Leopoldo se cubría la boca ensangrentada con un pañuelo para ir más adentro.

Samuel y Jonathan lo siguieron.

—¿Está bien?

—Sí —dijo con voz ronca —. Es por mi Contrato con Mandinga: daño pulmonar leve. Tendré que firmar unos papeles de auditoría más tarde pero me darán un bono.

Samuel se cruzó de brazos.

—Y el Gobernador quedará impune.

Leopoldo se encogió de hombros, y señaló la madriguera de la serpiente.

—Ustedes... se llevarán los huevos de dragón —escupió una flema sanguínea al suelo arenoso —. Y yo me llevaré unos mojones de esos.

Señaló una montaña de excrementos dorados. Era oro brillante que desprendía reflejos amarillos cuando alumbraron. Leopoldo se inclinó con el pañuelo en los labios y guardó un trozo en su uniforme.

—De este trabajo uno se retira enfermo y esto... —se guardó el oro bajo el overol —. Es mi fondo de jubilación. Una por una no es trampa, ¿verdad? 

—¡Samuel! —La Piraña venía corriendo, buscando sus brazos.

—Aprovecha, muchacho —sonrió Leopoldo con los labios rojos, y compartió una mirada enferma con el Padre Jiménez —. Le pones un tapabocas y es la mujer perfecta. Pero ten cuidado, a esa le gusta morder cuando chupa —tosió, y escupió una baba rosada—. Por algo le dicen La Piraña: se ha comido a casi todos en la isla.

La mujercita le echó los brazos al cuello y hundió el rostro en su pecho. El Padre Jiménez se encogió de hombros y levantó las palmas.

—Yo también agarraré algo antes que vengan los Rosetti —confesó, buscando un cigarrillo en su bolsillo —. Total, ricos ya son.

Leopoldo ladeó la cabeza y asintió, pero rompió a toser con el pecho apretado cuando La Piraña le metió la lengua en la boca a Samuel. 

Antología: Duendes y Espantos

Gerardo Steinfeld 2026

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