El Lago Radioactivo de Perro Seco

—¿Ha dormido en la calle alguna vez? —El Borracho se me acercó con la mirada apagada—. Pues yo llevo seis días ya... Es más, todo lo que hago es beberme el dinero que me dieron por la casa. Es lo único que puedo hacer, ya después que se me acabe, me lanzaré del Puente Angostura para ser devorado por las bestias del río —sonrió, y se mojó los labios con la botella de aguardiente —. Sí, eso haré. Ya no me queda nada: todos mis hijos se me han muerto. 

El desgraciado tenía un aspecto miserable: iba descalzo, con la camisa desabotonada y los pantalones descosidos. Negro como un zamuro de tanto llevar sol. Con el cuero cabelludo grasiento, y la cabeza pelada. Tenía cara vieja, pero no aparentaba ser mayor de cuarenta años. La crisis estaba ruda, y ver aquel hombre decrépito sentado junto a mí en la licorería después de mi jornada, me hizo agradecer tener un trabajo al menos. Pedí otra cerveza, y el borracho se bebió otro cuarto de la botella con los labios babeantes.

—Mire que yo vivía allá en Perro Seco —contó, con los ojos rebosantes de lágrimas —. Tenía un ranchito con el techo de lámina que tocaba tambor cuando caía la lluvia, y unos cuartos donde mis hijos se dormían viendo la televisión. Tenía, sí. Ya nada de eso queda. Ay, mi María Laura, que mal te hice pasar en tus últimos días.

Apreté el pico de la botella contra mi boca y bebí la cerveza fría de un trago. Era noche cerrada ya, y las luces de la avenida iluminaban los comercios cerrados. ¿Cuántos habían clausurado ya? Gracias a Dios tenía trabajo, pero nadie ganaba lo suficiente para subsistir. Siempre había que darse un gusto para olvidarse de todo, de vez en cuando.

—A mí me botaron de la Pepsi cuando hubo recorte —dejó el aguardiente en el suelo —. Catorce años como despachador en ese trabajo, y me botaron como si nada. Había sacado a los niños adelante con ese trabajito, y sí señor, construí mi casita. Era tanto así que mi hermana se vino a vivir con uno cuando le mataron al marido en la mina. ¡Catorce años de lunes a lunes¡ Y yo aguantando por los niños, ¿quién me mandó a casarme tan joven? —Soltó una risita nerviosa —. Mi papá dijo que tenía que trabajar pa mantener a la mujer, y me mandó a sacar los papeles porque él no quería un vago en la casa. Y le eché pichón, sí señor, construí una casa y todo, y preñé tres veces a María Gabriela. La primera fue María Laura, esa era un niña hermosa; pero no le pude celebrar sus quince años —bajó la mirada con aflicción —, y los niños, y los niños...

Pedí otra cerveza escuchando a ese miserable despojo. Tenía las canillas adoloridas por estar todo el día de pie, pero finalmente habían pagado, y aunque era una miseria, me servía para algo. La comida estaba carísima, y lo que ganaba era una burla pero al menos tenía trabajo y podía quedarse donde su mamá, y con lo que su papá les mandaba del exterior solucionaban. 

—A la María Laura la metí a estudiar en un colegio privado. Eso de escuela pública era pa los niños de Beatriz, que vivía arrecostada de uno porque le mataron al marido en la mina y la corrieron del departamento. Esa no trabajaba, se la pasaba metida en defensa civil buscando denunciar a los que la habían corrido con los muchachos chiquitos, o en la iglesia orando, porque era bien doble cara. Y a esa la teníamos porque mi papá estaba enfermo en la casa, y ya habíamos vendido los terrenos para operarlo, pero el don seguía mal y, cuando me botaron de la PepsiCola dijo que ya no iba a comer más. —El borracho levantó la botella con las manos temblorosas. Las lágrimas mojaron sus ojos—. Ay mi papaito, que se jodió todos los días para que nunca nos faltara nada. Y eso que se cortó un dedo con una sierra cuando trabajaba en la bloquera de Marhuanta. Y mi hermana estaba gorda, gordísima como una mierda, y mi papá flaquito porque andaba sufriendo de la tensión.

Pasó un carrito destartalado con la insignia de taxi, las puertas desnudas, el chasis oxidado y la pintura caída. Pero rodaba, que era lo importante, y de ella bajaron una mujer raquítica con un niño envuelto en una sábana. Venían del hospital tras una descompensación, o eso intuyó por la cara enfermiza de la criatura. El carro sin ventanas luchó contra el motor por encender, y al tercer intento rugió con una nube amarga que dejó hedionda la avenida tras su marcha.

—Así era el carrito que me compré después —sonrió el borracho y meneó el líquido de la botella —. Un Yari destartalado, con los asientos rotos y el parabrisas manchado. A ese le saqué el jugo cuando le comida se puso escasa, y no teníamos más que maíz molido con lentejas. Los muchachos vivían con diarrea porque el maíz se les pegaba en el estómago, y parecían unos palillos. Creo que... fue en esa época que cayó una estrella en la laguna de Perro Seco.

—Sí, yo escuché de eso —me atreví a decir con una tercera cerveza en la mano, y ya mareado —. Los vecinos dijeron que cayó un OVNI en la lagunita, y que todos los pescados amanecieron muertos y el terreno quemado.

—No me acuerdo. Estaba taxeando y María Gabriela me llamó porque mi papá se había caído de la cama y nadie lo podía levantar. Cuando llegué, todos habían salido afuera, diciendo que cayó un cometa en la lagunita y que habían unos árboles quemados. 

—Sí, hasta salió en las noticias.

—Bueno, esa noche mi papá caminó hasta el baño para lavarse la cara y resbaló con la cerámica. Se pegó en la columna con el murito de la ducha y se abrió una zanja en la cabeza. Se supone que Beatriz debía estarlo cuidando, pero se puso a ver una novela cuando sus carajitos se durmieron, y el viejo se fue al suelo. Mi esposa terminó limpiando la sangre porque esa se desmayó de la impresión. Lo llevé corriendo al hospital, y allí lo cosieron y le sacaron unas radiografías. Y le mandaron unas terapias y unos medicamentos que no pude comprar. —El borracho se pegó en la cabeza y se maldijo —. ¡Por mi culpa mi papá no volvió a caminar! Ay, a mí me daba de todo cuando lo veía quejarse del dolor y no poder conseguirle las pastillas. Vivíamos apretaditos, y comíamos lo que podíamos. Me acuerdo que dejé de usar desodorante porque los que habían me mataban las axilas, y que María Laura empezó a cortar camisas viejas porque no se conseguía toallas sanitarias. Mi esposa se la pasaba llorando o peleando con Beatriz porque sus niños eran tremendos y rompían las cosas de la casa.

—Me acuerdo que en esa época yo comía yuca con mantequilla en el almuerzo.

—Y tenía a los niños enfermos. Yo creo que era el agua del chorro, y que había algo en la lagunita de la que uno sacaba agua para bañarse y cocinar. Hubo una vez que llegué de trabajar en la madrugada y el agua estaba como... brillando. Fue rarísimo, nunca había visto algo así en mi vida. Pero dejé de trabajar como antes porque la gasolina se puso escasa, y no la podía pagar revendida. Fue entonces que se me ocurrió empezar a vender el carro por piezas. Tenía que darle algo más a mis hijos que arepa de maíz y arroz con frijol. Y Beatriz tenía a los niños vomitando todas las noches, y ella misma se estaba quedando sin pelo de tanto estrés. María Laura estaba flaquita, y casi no salía de la casa porque se estaban robando a los niños y las muchachas. Recuerdo que a un vecino que tenía un abasto, un tal Claudio Fermín, le vendí los cuatro cauchos del Yari, y esa noche compré para hacer unas hamburguesas —sonrió con tristeza —. Hasta mi papá se comió una completa porque ya no quería pasar hambre. Sentía que todo iba a mejorar si conseguía otro trabajo y vendía las piezas del carrito. Lastima que al día siguiente amaneció muerto, y tuve que gastar lo que me pegó Claudio en el entierro.

»En esa casa era un infierno: los niños corriendo, la Beatriz viendo novelas todo el día y la María Gabriela y mi hija pasando roncha porque afuera estaba rudo conseguir trabajo. Todos los jóvenes se estaban yendo del país, ¿por qué usted no se fue? Pero yo no podía irme, ¿qué iban a hacer sin mí? Y mientras la necesidad crecía fuimos desmantelando el carrito hasta que solo quedó el hueso. Uno de los hijos de Beatriz se había enfermado, y nada lo paraba de la cama, ni los remedios de matas o las oraciones... Dijo que se había bañado en la lagunita y pescó un virus. Pero ya no teníamos real para comprar medicinas, y Beatriz me echó en cara que era un inútil, y la escuchaba callado mientras María Gabriela le echaba en cara que ella era un parásito. Y mientras las mujeres discutían y lloraban, María Laura había salida de la casa. Yo sé que había ido al abasto de Claudio Fermín, porque ese desgraciado le tenía un ojo puesto a mi niña desde hace tiempo. Pasaron unas horas y la situación se había calmado, entonces regresó María Laura con los ojos llenos de lágrimas y le lanzó un billete de veinte dólares a Beatriz. Esa noche se la pasó llorando sin que nadie la pudiera consolar, y mi hermana se gastó todo en medicamentos, pero su hijo se murió de todas formas. 

»No me había percatado de la gravedad de la situación. Desde que se murió mi papá, mi mente estaba como dispersa, lo veía todo sin interés y lo único que hacía era dormir para que los otros pudieran comer y existir. Algo en mi mente se había roto, y a duras penas le prestaba atención a mi entorno. Estaban todos flacos, sin pelo, enfermos y con los ojos hundidos como si quisieran llorar. Me estaba hundiendo, y todo se terminó para mí cuando una mañana mi hija, María Laura, se me sentó al lado y me dijo que su mamá había muerto.

El borracho reprimió un sollozo y dos lágrimas aflojaron de sus párpados marchitos. Apuró la botella hasta que solo quedaron dos dedos de líquido, y me miró desde abajo.

—Se marchitó por dentro, parece que estaba preñada y el bebé se le murió adentro. María Laura estaba fea, ya casi no tenía pelo en la cabeza y parecía un esqueleto con pellejo. Entonces recapacité, y fui corriendo hasta el abasto de Claudio Fermín para pedirle trabajo. Este hombre me ofreció un puesto como caletero, y me pagó un adelanto para llevarle comida a mis hijos. María Laura me lavó la ropa y me cocinó un almuerzo para la jornada, y ese día que me desperté temprano... metí la mano en el cajón donde estaba guardado el dinero, y me lo bebí todo. Cuando regresé, María Laura ni siquiera me regañó como lo hubiera hecho su mamá. Solo se fue a su cuarto y la escuché llorar. Mis dos hijos habían expirado tras pescar un catarro que nadie les trató. Y Beatriz, pobre hermanita mía, se hundió en la mecedora sin poder levantarse: ya no comió ni bebió más. Entonces volví corriendo ante Claudio, y le vendí la casa por dos mil dólares. Y desde entonces no volví más.

Se bebió los últimos tragos de la botella y la dejó a un lado. La canción de la licorería llegó a mi como un sueño confuso: «Anoche soñé yo contigo del amor que perdimos. Del amor que tanto he sufrido y ahora estoy perdido».

—Por allí escuché que María Laura saltó a la lagunita y no volvió a salir, y... a Beatriz la internaron en el Psiquiátrico. A mis hijos los encontraron muertos de hambre en la cama, y aunque intentaron pasarles suero en las venas, no aguantaron.

El borracho se levantó con esfuerzo. Yo había terminado la cerveza, y miraba los faros de un automóvil que se acercaban a toda velocidad por la avenida. «Tú me decías que me amabas. Pero, a mi espalda, tú me engañabas... Por eso es que nuestro amor ha fracasado». El miserable saltó a la carrera y se lanzó a la calle, el carro intentó frenar pero se lo llevó por el medio y lanzó unos seis metros. Cayó, dando vueltas, con la cabeza ensangrentada y los ojos en blanco.

«Tal vez no sabes cuánto te amé, pero siempre lloré. Aunque tú nunca, mi amor, lo hayas notado... Tus labios me decían te amo».

El dueño de la licorería salió corriendo fuera del local, y otros se asomaron.

—¡Les juro que ese hombre se lanzó a mí! —Gritó el conductor tras salir del vehículo —. ¡Es un loco que se quería morir!

—Sí, señor —dijo el dueño —. Está grabado en las cámaras.

Me acerqué, medio ebrio. El borracho había muerto de inmediato, de su cráneo destrozado surgió una materia roja como un huevo roto. Fruncí el ceño al notar un destello fluorescente.

—Miren —señalé —, ¿por qué le brilla el cerebro?

El dueño del local se cruzó de brazos.

—¿Tú también le crees eso de que se le murieron los hijos?

—¿Es mentira?

—Por Dios, joven —negó con la cabeza —. Ese borracho lleva más de diez años en la calle. Se me hizo raro que no lo conociera. 

—No, no lo conocía.

—Le cuenta lo mismo a todos cada vez que se escapa del manicomio.

—¿Y dónde era?

El dueño del local se encogió de hombros mientras llegaban las ambulancias.

—El dijo que de Perro Seco, pero allí no hay ninguna lagunita. Y por supuesto, esas aguas del río no se pueden beber. 

—¿Por qué son radioactivas?

El dueño puso los ojos en blanco.

—No, porque son aguas negras.

«Y tus ojos me rechazaban... Por eso es que hoy yo, mujer, ya no te creo».

Antología: Duendes y Espantos

Gerardo Steinfeld 2026

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