II.

—Mi tío Arturo contrató a un Chamán de Canaima y trajo a unos Brujos del Sorte que echaron un agua en la Cueva de las Serpientes y la taparon con una piedra —explicó Andrés Rosetti, Gobernador de Nueva Esparta. Era un mulato obeso con ojos saltones y verrugas en las mejillas; embutido en un traje añil con corbata de rayas rojas —. Pero se complicó de la vesícula, y su última voluntad fue que lo lanzaran al mar.

La Casona de los Rosetti se erguía sobre una colina en el centro de la isla, desde la que se podían avistar edificios empresariales y hoteles cinco estrellas distribuidos por la costa. Era una mansión imponente de blanca fachada y balaustrada de caoba, cuyo estacionamiento de adoquines era custodiado por una fuente de piedra con una escultura de Damballa. Próximo, las columnas jónicas del recibidor los condujeron hasta un solar central donde crecían plantas exóticas rodeadas de cuarzos brillantes.

—Hay mucho ruido —se quejó La Piraña frotando sus ojos irritados —. Por acá habían unos gigantes negros que mascan huesos.

—Es que mi hermano es Palero —sonrió Andrés, seguido de Ciempiés Rojo —. Todo el que se meta con él, se secará. Tiene una compañía internacional de brujos famosos.

—Mucha magia negra —la mujercita bajó la mirada —. Entorpece mi Visión. 

El Padre Jiménez se adelantó por el sendero del jardín.

—¿Qué pasó con la Cueva de las Serpientes?

Andrés le dedicó una mirada nerviosa.

—El tío Arturo construyó un Town House encima. Y los Guaiquerí le envenenaron la vesícula enterrando un pescado con su nombre en Playa Lola. 

—Pero rompimos esa maldición antes que siguiera rebotando —se enorgulleció Ciempiés Rojo con un gesto elegante —. Esos indios están en ruinas desde entonces y buscan venganza. Pero les tenemos velas prendidas para que se sigan ahogando, y todo lo malo se les regrese.

Samuel los seguía desde atrás mientras los hermanos Rosetti los guiaban con la Matrona María. Esposa del finado Octavio, y cabecilla de uno de los círculos místicos más importantes de la región.  La encontraron en un salón sin amoblar, prendidos altares con velones perfumados y un caldero de piedra volcánica bullente de huesos y palos. Era una vieja marchita como una pasa amarga.

—Desde que me casé con Octavio mi familia ha querido tumbarme. Son unas viejas putas las primas mías. Se la pasaban diciendo que Octavio quería destruir la isla, pero le hubieran abierto las patas si ese les hubiera parado bolas. Pero como eran más feas que unos cachicamos, se empeñaron en que le ofrecí un bebedizo que lo amansó, pero la verdad es que este cuerpecito antes llamaba la atención. Y él quería algo que solo yo podía darle, ya que mi papá, el Cacique Rochala de todos los Guaiquerí de Margarita, sabía cuando salía Orabata de la cueva, y uno podía entrar y llevarse el oro. Sí, según dicen que Orabata estaba allí desde antes de uno, porque Dios la lanzó del cielo y como le tiene miedo al agua salá', anda esperando que el mar se seque para huir a tierra. Bueno, como les venia contando, solo yo sabía por boca de mi papá cuando la cueva quedaba sola, porque un tío intentó ir para cogerse unos reales y mudarse de la isla... y lo encontraron loco, tomando el agua del mar y rompiendo botellas. Yo le hice el coro a Octavio, pero fui más viva, y lo hice jurar que se casaría conmigo. Y cuando bajó con un saco de oro de la Cueva de las Serpientes, me llevó consigo. Pero ojo, yo sabía que ese oro no podía cruzar el mar, y le dije que uno debía hacer negocios con esos reales o se nos irían como sal y agua.

—Espérate que te cuente cómo se hizo bruja con unos consejeros cubanos —le susurró La Piraña. Samuel sintió un escalofrío —. Esa los va a tener hablando unas tres horas, y no van a llegar a nada, ¿nos vamos?

—¿Dónde?

—Tú ven.

La Piraña lo agarró de la mano y lo sacó de aquella entrevista. Tenía los párpados irritados y los ojos rojos de tanto forzar su Visión, y mientras bajaban los escalones hasta un patio trasero con vista a un mar despejado, le fue contando su verdad. Se desdibujó una playa idílica de altas palmeras y espuma salada acariciando las dunas de arena blanca.

—No me gusta venirme por estos sitios —cuando hablaba con él se tapaba la boca con una mano —. La magia negra se me mete por los ojos.

—¿Desde cuándo tienes la Visión?

—Desde niña —se acercaron a la orilla del mar y se quitaron los zapatos —. Cuando mis papás se mataron en una lancha, yo vi a La Pelona detrás de ellos. También veo lanchas que nadie más ve en las comisiones, y muertos que se quedan anclados a los lugares.

—Tremendo. 

—Y también veo que tú no eres un ser humano, ¿qué eres? —Pateó un caparazón negro —. Al principio ví la Marca del Diablo en tus ojos rojos. Había un Yare escondido en Isla Coche, haciéndose pasar por bartender y bebiendo la sangre de las turistas ebrias. Leopoldo le arrancó la cabeza con su machete, pero le volvió a crecer y tuvo que usar su Contrato. ¿Tú tienes uno? No creo, no puedo sentirlo... Eso que sentí cuando te vi, es algo bastante raro. ¿Qué eres, Agente Especial Wesen?

Samuel se rascó la nuca.

—Mira, yo... soy el experimento de un hombre que decidió ir en contra de la naturaleza.

—¿Como los hijos de Michael Jackson? —Soltó una risita aguda con la mano en medio de la cara, pero de pronto cambió y señaló el horizonte—. Allí hay uno. Tiene los pies metidos en el agua, por lo que murió en el mar y no podrá salir hasta que encuentren sus huesos.

—¿Cuántos espíritus habrá de esa forma?

—Muchísimos —dijo con tristeza —. Pero todo regresa... Está haciendo señas.

—¿Qué dice?

—Señala el suelo bajo la Mansión Rosetti —metió los dedos en su melena dorada —. Debe ser algún familiar.

—¿Qué tal si vamos a ver? —La Piraña sonrió con malicia, y Samuel tragó saliva con un escalofrío —. Mejor no sonrías...

Volvieron sobre sus pasos, y ella le contó cómo quemaron y mutilaron al Yare hasta que amaneció. Contaba hasta anécdota con una morbosa fascinación, recalcando que ella sería quien acabaría con el Pez Nicolás cuando sea su momento. Abajo de la Mansión Rosetti debía esconderse un secreto increíble, y mientras iban forjando esta idea, regresaron al patio. Olía a incienso mezclado con tabaco. Las esculturas de dioses africanos se sucedían entre macetas de mármol con flores coloridas, y La Piraña se detuvo ante una escalera de caracol con los ojos saltones.

—Eso no es un espíritu.

Samuel sintió un cambio en el aire, y ante él se movió una masa sin forma intentando huir. Extendió la mano como lanzando una pelota, y una incandescencia verde se desprendió de sus dedos con un hormigueo. El hombre lanzó un grito cuando la quintaesencia lo fulminó, y cayó rodando por las escaleras con un saco desparramado, del que rodaron unos huevos metálicos cubiertos de escamas doradas. 

—¡¿Qué pasa aquí?! —Ciempies Rojo salió del salón con el rostro encendido.

—¡Samuel Magdaleno Wesen Gonzalez! —El Padre Jiménez exageró su enfado, seguido de un risueño Leopoldo Biaggi, divertido con la escena—. ¡Justamente cuando Doña María nos iba a decir el remedio de la impotencia!

Andrés Rosetti también salió, pero su rostro se desencajó al ver los huevos draconianos en el suelo.

—¿Quién es este hombre? —Proclamó Ciempiés Rojo, indignado.

El intruso era un guaiquerí tostado por el sol y corto de tamaño, vestido con un taparrabos y una camisa chamuscada. Los miraba a todos con los ojos de tigre como platos, y los dientes roñosos teñidos de negro por el Chimó. Intentó hablar, pero se le enredó la lengua.

El Agente Jefe se inclinó para mirarlo.

—Debe ser una Atadura que le impide revelar información.

Andrés apretó los puños.

—¿Cómo entró en nuestra casa si estamos bajo protección?

—No se pudo Materializar por las alarmas —comprobó Ciempiés Rojo con el Rolex detenido en su muñeca —. Usó un rudimentario hechizo de invisibilidad, reforzado con una Atadura de Visita. Venía de la habitación de Andrés, pero no se libró de la Visión de esta muchachita.

La Piraña se sonrojó, rompiendo todo encanto con una sonrisa.

—¿Qué son estas bolas? —El Padre Jiménez levantó uno y lo giró —. Parecen unos cocos.

El Gobernador dió un paso adelante, levantó dos esferas con sus manos hinchadas, y se irguió.

—Estos, señores... son los huevos de Orabata.

—¡Jesús! —El Padre sacó la lengua y se persignó —. ¡Santo señor alabado...!

—¿Los huevos de quién...? —Salió Doña María con unos lentes oscuros.

Pero todas las exclamaciones se ahogaron cuando el indígena intruso comenzó a botar espuma por la boca. Se destrozó la lengua durante los espasmos, y se descompensó tan rápidamente con las manos en la garganta que fue imposible salvarlo.

La Piraña se llevó las manos a la boca con los ojos asustados.

«Parte III»

Antología: Duendes y Espantos

Gerardo Steinfeld 2026

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