Los Brujos de Margarita

I.

—Fue Octavio Rosetti el primer hombre blanco que descubrió la Cueva de las Serpientes tras oír la leyenda de un Chamán Guaiquerí. Sabía que en la isla se escondían secretos de otros tiempos, y cuando el Cacique vio los bloques de oro en sus maletas, le ofreció a su hija en sagrada unión para evitar la furia de la Entidad.

—¿En serio cree esa leyenda, Padre? —Samuel se hundió en el asiento mientras el mar brillaba con incontables perlas de sol reflejadas sobre las olas —. Negocios Rosetti siempre fue una lavadora de dinero grandísima. ¿Cómo va ser que Octavio se hizo rico como comediante y después montó una empresa hotelera cinco estrellas? Y esas chichas que producen son malísimas, ¿supo que comenzaron a montar farmacias en todo el país? —El muchacho se frotó los dedos índice y pulgar —. Puro billete sucio, Padrecito. Si cuando fue Gobernador de Margarita se robó todos los reales habidos y por haber.

El Padre Jonathan Jiménez frunció el ceño, despectivo.

—No te cuento una verga, entonces.

—Pero no se moleste —sonrió el muchacho —. Mire que en la capital andan dando vueltas por el Caso Rosetti —jugó con el carnet del INSEP en su overol gris. Se leía: «Agente Especial», como si fuera lepra en la institución —. Mire que Seguridad Pública anda loco por encubrir las cagadas del presidente Rómulo Marcano. Pero eso ya todo el mundo lo sabe.

—Hijo —Samuel miró la cruz pectoral en el rosario del presbítero. Olía a nicotina por los chicles que masticaba con nerviosismo—. Ya sabes que los Rosetti son revolucionarios. 

—Enchufado' es el que son.

Jonathan lo fulminó con la mirada. Sus antebrazos nervudos sobresalían del traje eclesiástico salpicado de cenizas.

—Juegala vivo, que te lanzo pa'l agua si te vas de bocón.

Samuel se mordió la lengua, y se rascó el cabello color óxido. 

—Tuve una premonición.

—¿Qué cosas? —El sacerdote lo miró con preocupación—. ¿Otra vez te hace falta una hembrita?

—Soñé que se metía unas pastillas vencidas, y se moría cagando en el baño.

Eso hizo reír al Padre Jiménez.

—¿Todavía estás bravo por el enema de heroína?

—¡Estuve una semana tirando pe'os con sangre! 

—¿Cuánto rencor hay en tu alma? —Sonrió, pero el muchacho no respondió. Levantó las palmas, indefenso —. Bueno, esta vez no me drogare mientras estemos en el caso.

Durante el desembarco, los esperó la Secretaria Jelkis Medina junto al Agente en Jefe Leopoldo Biaggi, de la dirección del Estado Nueva Esparta y todas sus dependencias insulares.

Jonathan les apretó las manos en el astillero.

—¿Y el resto de la institución?

—Repartidos, Padre Jiménez —le explicó Jelkis. Era una mujer madura de tez morena, cabello amarillo chillón y camisa blanca con falda larga y tacones—. Como sabe, a nivel nacional tenemos que cubrir todas las islas junto a la Guardia Costera. Eso incluye las manchas negras en el Pacífico que tantas alertas desatan. 

—Y somos catorce en total —sonrió Leopoldo con cinismo. Era rubio, de rasgos refinados como un ángel, pero con una cicatriz de quemadura en un cuarto de su rostro—. Y los brigadistas voluntarios. Pero la mayoría rehúsa montarse en la lancha cuando escuchan la palabra comisión. 

—¡Gúa, así estamos todos! —Samuel se pasó una mano por la nuca —. Mire en Bolívar anda colapsados con las Ánimas de las minas con la temporada de huracanes. Y han visto al Silbón en el Llano Negro, y también escuché de...

Pero Jonathan lo fulminó con la mirada, y calló.

—Acá solo siete agentes tienen Contratos —declaró la Secretaria cuando subieron a la camioneta 4Runner. Leopoldo era el chófer —. Los demás son hijos de pescadores que medio saben de rituales para la marejada, y manejan lancha como unos diablos.

—¿Y brujos? —El Padre Jiménez sacó un chicle de nicotina de su bolsillo y se lo metió en la boca —. Acá deben tener que jode.

—¡Padre! —Samuel puso sus ojos místicos en blanco.

Leopoldo sonrió, torcido por el chamuscón en su mejilla.

—Acá vuelan sobre tarrayas y cazones —miró el retrovisor con sus ojos de acero azul despidiendo destellos —. Y entierran Trabajos en las playas donde no va nadie. Cuatro de los nuestros son picudos que escuchan el canto del mar y te rezan la cruz cuando viene el huracán. Esos les sacan las tripas a los pescaos' para leerse el futuro.

—¿Y cuando se comen a la muje' del vecino?

Eso pareció avivar el ingenio del Agente Jefe, y el disgusto de Jelkis.

—Siembran la tarraya y esconden la mano.

—¿Y los Rosetti? —El Padre Jiménez se frotó las manos, y se desató unos botones de la camisa —. ¿Siguen sacando oro de la cueva?

La sonrisa de Leopoldo se borró, y aceleró por aquella carretera que bordeaba los muelles de pesca y las playas turísticas. Los faros lejanos parecían gigantes solitarios sobre filones de rocas dentadas, y los bancos de arena se sucedían conforme aparecían las paseos ornamentales y esculturas de dioses autóctonos. Al llegar al centro, la parte hotelera se abrió ante ellos como un abanico de edificios modernos rodeados por piscinas de lujo, bares, salones y discotecas. Las avenidas bordeadas de adoquines mostraban turistas europeos en trajes de baño exóticos. Mujeres operadas hasta la perfección sonreían como esculturas venusinas.

El Padre pegó la nariz de la ventanilla.

—Este es el fucking paraíso, ¿cómo hacen para esconder tanta droga?

—Tenemos buen olfato —Leopoldo se dio unos golpecitos en la nariz —. El plan turístico ha renovado nuestra perla del Caribe, pero... esas manchas negras que el satélite captura dan mucho qué pensar.

—¿Y qué dicen los brujos?

—Mala cosa, mi hermano —el Agente Jefe se rascó la cicatriz—. Hablan de gente en el mar que cabalga sobre tiburones que botan fuego. En la temporada de huracanes siempre se pierden barcos corrientes que navegan a ultramar, y en las playas olvidadas han visto formas caminando dentro y fuera del agua. 

—¿Y si queremos lanzar una contingencia?

—En la sede tenemos seis chopos que botan sal, el trabuco inglés de Presentación Campos y unos machetes de la Guerra Federal que aún huelen a sangre. Los pescadores no nos prestan sus embarcaciones porque los «del INSEP no flotan», y dependemos de la Guardia para desplazarnos de isla en isla.

Samuel no pudo quedarse callado.

—Mire hay un muchacho en Bolívar que inventó un arcabuz de cenizas.

—Está buena esa idea —asintió el chófer —. Por acá, por el barranco, una vez acorralamos un tritón.

El Padre Jiménez se mordió el labio.

—¿Sirenas?

—Ninguna de carne y hueso, me temo...

Callaron mientras pasaban por un puente sobre un manglar hasta un edificio costero cercano a un cuadrante de policías y unas oficinas de gobierno. El Faro del INSEP aventajó el terreno con franjas blancas y rojas, y una lámpara en la cima de la torre para guiar a los viajeros en la oscuridad. Estacionaron la camioneta blanca junto al torreón, y abajo los esperaban dos muchachos con los overoles grises de Seguridad Pública y unos sombreros de palma tejida. Estaban tostados por el sol y bebían cerveza, relajados, ante los escalones de madera al pie del faro. Uno era guaiquerí de pura cepa, y el otro catire narizón con ojos aguamarina.

—¡Pipe' Gato y Pico e' Loro! —Los reprendió Leopoldo —. ¿Bebiendo tan temprano?

—Es pa' la calor, patrón.

—Ya sabe que acá el agua no mata la sed.

Jelkis los señaló con un dedo de uñas decoradas.

—¿Ustedes no tienen más nada que hacer?

—Sí, pero andábamos montando guardia por si salía el Lobo del Demonio. 

—Sí, jefe, estábamos patrullando porque en esta época se aparece la Chinigua buscando marido.

Leopoldo los agarró del pescuezo.

—Sinvergüenzas, ¿ya regresó La Piraña?

—Anda con calentura porque la picó una tarraya.

—¡No, pisó fue un erizo!

El mestizo Pipe' Gato se llevó las manos a la cabeza.

—¡Ah, ¿ya le measte la pata?!

—¡Qué eso no funciona, loco!

—¡¿Cómo no?! Si cuando me mordió un perro el patrón dijo que me meara la mano.

—El patrón te estaba mamando gallo.

—¡Gúa, qué malo!

—¡Muchachos! —Los zarandeó Leopoldo —. ¿Cómo sigue La Piraña?

—Ah, se anda con malestar pero un bombero le trajo un chipi-chipi, y se anda componiendo.

—¿El bombero pasante?

—Ese —sonrió el catire —. Anda enamorado de La Piraña.

—Bueno, muchachos, tenemos asesores de la capital —los presentó Jelkis —. Para apoyarnos con el Caso Rosetti.

—Ah, mira —el mestizo abrió los ojos almendrados —. ¿Será que se quedan en la isla?

—El Pez Nicolás anda suelto, patrón —advirtió el catire Pico e' Loro —. Maikol y Jesús lo andan rastreando en Isla Coche. Se llevaron al Brujo Trinitario para cruzarle las huellas.

—Ya, pues —Leopoldo los despidió —. Mire que unos Chimichimitos andan robando a los turistas en el recorrido del Castillo San Carlos. Lleguense pa'lla y crucen palmas.

Los muchachos se despidieron, acelerados, y se montaron en unas motos Empire de alto cilindraje para desaparecer en la carretera. El Agente Jefe se llevó las manos a las caderas y suspiró.

—Son buenos muchachos, pero si no les pongo su estate quieto se sueltan.

Adentro del faro se respiraba la salmuera de la costa, y las paredes pintadas de cal lucían grietas y manchas de humedad. Todo estaba hecho de concreto sin pulir, algunas imperfecciones veladas por cuadros del presidente de la república y el gobernador, y un estandarte del Instituto de Seguridad Pública exhibía los principios de protección civil. La Piraña estaba acostada en un chinchorro tendido en medio de los escritorios. Era una jovencita bellísima, con los cabellos dorados como zarcillos sobre una piel blanca como la arena, y unos ojos verdes que destilaban el sol... coronando un rostro aniñado, casi soñador. Pero todo encanto en su imagen se rompía cuando abría la boca: sus dientes desordenados peleaban por el espacio en sus encías.

—Pero mira que tenemos visita —La Piraña los recibió con una sonrisa torcida, casi aterradora —. Pero si es un cura buen mozo y un cerro prendio'. —Samuel se rascó el pelo rojo. La muchachita saltó del chinchorro, iba descalza y con las piernas desnudas cubiertas de cicatrices rosadas —. Pero es que tiene hasta los ojos rojo sangre. ¿No será un Yare? ¿O mitad Yare? —Le agarró el carnet al pelirrojo —. ¿Y qué-se-so de Agente Especial?

No podía dejar de mirar la sonrisa de La Piraña, y el acento arrastrado de sus palabras le dejaban la cabeza zumbando. Solo llevaba la mitad del overol y unos pantalones cortitos.

—Compórtate, Estefanía —Jelkis puso los ojos en blanco —. Pareces una niña.

—Efectivamente, Samuel Wesen no es humano —aventuró el Padre Jonathan con una sonrisa —. Pero tampoco es un vulgar Yare.

—Mire Padrecito...

—Pero, este es un... —Piraña lo miró con aire extraño, entornando sus ojos de esmeralda, despidiendo motitas doradas. Saltó atrás, atolondrada—. ¿Qué es esto? ¡La Marca del Diablo! 

Y echó a correr para la playa. Jelkis frunció el ceño por un momento, y se serenó con un suspiro. En aquel torreón el primer piso funcionaba como recibidor y oficina administrativa, mientras que el segundo era un archivero con despacho de auditoría para el comisario ausente.

—En el tercero guardamos el armamento —les explicó Leopoldo —. Cerramos el sótano porque hubo una filtración y se llenó de agua de mar. A veces huele podrido cuando sube la marea.

El Padre Jiménez se sacó el alzacuellos de la camisa negra. Estaba sudando bastante.

—¿Y el Comisario? 

—Para el puerto, y no vuelve hasta que termine la comisión.

Samuel volvió a jugar con su carnet. Ya estaba comenzando a sudar bajo el overol.

—¿Qué comisión?

—El diablo anda suelto en Oriente, ¿no saben? —La cicatriz de quemadura se estremeció —. Boves ha regresado de entre los muertos, y viene arrecho, al frente de un ejército de ánimas. Seguridad Pública ordenó una asamblea con los comisarios de medio país para lidiar con la emergencia.

—Entonces tenemos que apurarnos con el Caso Rosetti.

—Cuando las cosas son ciertas —entró un mulato de traje rojo y camisa blanca. Sus mocasines italianos sobre el cemento del suelo desnudo —. Habla uno, y callan todos.

Jelkis volvió con una bandeja de café.

—Señor Ciempiés.

—El mismo que viste y calza —dijo con orgullo. Era un mulato alto, espigado, de cabeza pelada y cuadrada —. Acá se la pasan hablando, mientras la vida de mi familia corre peligro.

—Musiú, por acá el Presbítero Jonathan Jiménez —lo saludó, pero el moreno rechazó su mano.

—Ciempiés Rojo, empresario —se presentó con falsa modestia. Vestía saco escarlata, camisa con corbata y pantalón playero. En su pecho brillaba un ciempiés de oro con incrustaciones de granates como gotas de sangre. Su cara era una eterna mueca de disgusto con los labios morados apretados y la mirada indiferente —. Como bien sabéis, mi hermano es el gobernador Andrés Rosetti, y ha recibido una amenaza de muerte. 

«Parte II»

Antología: Duendes y Espantos

Gerardo Steinfeld 2026

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