Las chicas goticas no valen la pena

—¿Qué es lo más raro que te ha pasado?

Jesús rompió en carcajadas y se apretó el puente de la nariz.

—No me vas a creer. Yo pensaba que esas cosas no pasaban acá.

—¿Qué?

—Esperate que te cuente.

—Vale.

—¿Te acuerdas de Josefina?

—¿La gótica?

—Esa —Jesús bebió un trago de sangría con hielo en su vaso y apoyó la espalda sobre la mecedora —. Yo te conté que la conocí en el Art Fest del Jesús Soto, y que nos fuimos a comer a PizzBo cuando nos aburrimos. Y resulta que me tomé unas cervezas y me la besé. Entonces ella se la pasó escribiéndome para irla a ver en su departamento detrás del San Francisco. 

—¿Y te la cogiste?

—Espera —meneó el licor diluido en el vaso metálico —. Nos estábamos besando en el sofá. Se me hizo raro que viva sola, pero no le presté atención y comenzamos a meternos manos. Entonces ella me dice para ir a su cuarto, y me pongo feliz. Y pasamos, entonces veo que tiene un espejo de cuerpo completo y una alfombra blanca, y aros de luz y empieza a bailar. A mí me gustaba ella porque se vestía gótica de verdad, y era blanquita con los labios pintados de negro y el delineado riquísimo. Tenía pósteres de One Piece y Bleach en las paredes y varios peluches. Entonces yo me siento en la cama, y ella me dice que quiere que me ponga lo que hay en el armario.

—Er diablo, loco.

—Espera... Resulta que abro el armario y veo un furrysuit completo de Sonic. Sí, Sonic el erizo azul.

—Sé quien es el fucking Sonic.

—Era un traje grande que tenía un cierre en la entrepierna para sacar el...

—¿Y te lo pusiste?

—Josefina estaba buena —bebió del vaso con la mirada ausente —. Y abajo de la faldita y el top llevaba lencería, y tenía unas medias de mallas que le quedaban uf.

—¿Pero se lo metiste?

—Espera, vale. Deja que te cuente.

—Vale.

—Yo sabía en lo que me estaba metiendo porque tenía peluches y chapas de Sonic en el morral de la universidad, y su fondo de pantalla era una imagen de Sonic pero musculoso saliendo de la ducha. Yo pensaba que era algo así como su héroe de la infancia. Como los fanáticos de Dragón Ball que suben estados de Goku y Vegeta al WhatsApp. 

—Brother...

—Entonces ella saca un vibrador morado de un cajón, y empieza a darse placer mientras me pongo el traje. Ellos tienen como una costura en la espalda, y la cabeza cosida al cuerpo. Entonces me lo pongo y ella me sube el cierre en la espalda. Eso sí, da calor, pero olía a limpio por lo menos. Entonces se arrodilla frente mío y baja con cuidado el cierre de la entrepierna y...

—¡Loco, a mí una vez me escribieron una carta de amor con sangre menstrual, pero tú me ganaste...! 

—¡Escucha, Gerardo! Yo sé que has escuchado de esto en tu trabajo.

—No hablemos de eso, ¿vale? 

—Bueno, esa mujer andaba muy excitada y me puse a darle gualla con el traje de Sonic. ¡Y acababa como loca! Llevábamos una hora cuando llegó una amiga de ella. Una tal Briseida que se creía vampira y tenía el pelo blanco y el cuerpo lleno de tatuajes. Entonces paramos, me mandó a quitar el traje y me pagó un mototaxi hasta mi casa porque ellas iban a grabar contenido webcam. Me sentí usado, ¿sabes? Esa chica quería chuparme la sangre porque así se «prendía», pero no quise. Quizás si hubiera acabado, me daría asco recordar. No le volví a responder los mensajes, de hecho hasta la bloqueé de todos lados. ¿Y tú por qué no tienes novia?

—Te diría que por las mismas razones que tú.


Antología: Duendes y Espantos

Gerardo Steinfeld 2026

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