Horror en la Universidad Oriental
"Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué hacen de extraordinario? Hasta los pecadores se portan así. Y si ustedes ayudan solamente a quienes los ayudan, ¿qué hacen de extraordinario? Hasta los pecadores se portan. Ustedes... amen a sus enemigos, hagánles el bien. Presten sin esperar nada a cambio, y será grande su recompensa. Así serán hijos del Dios Altísimo, que es también bueno con los malos y los ingratos. Sean compasivos, como también su Padre lo es".
Del gran sueño
No me quiero despertar
Y me falla
Un poco más mi realidad
Aún los llevo
Pasando por la yugular
Y el recuerdo
Se convierte temporal
En esta casa no existen fantasmas
Son puros recuerdos
De tiempos ajenos
De buenos momentos
En el cielo volaban los buitres
Que auguran deceso
El fin de los tiempos
Nos hacemos eternos
—Le dicen la casa de estudios más grande porque te quieres lanzar de arriba.
Miguel sonrió con los labios húmedos y las mejillas encendidas.
—Tardénse lo que se tengan que tardar —reflexionó Rafael Hidalgo —. Así nos dijo el profe Grenobil: repitan las materias que tengan que repetir. No se estresen. Que ustedes no son unas máquinas. Si Juan Hilario se graduó de Medicina, ustedes también pueden.
—¡Después de veinte años! —Miguel soltó una carcajada. Se volvió a Simón —. ¿Y tú no bebes?
—No me gusta —sonrió con modestia —. Me da pesadillas.
—Raro —el muchacho se encogió de hombros —. Yo creo que no quieres gastar tus dos lochas.
—Sí —asintió Simón —. Ando limpio. Pagué el alquiler y quedé arruinado. Y si me vuelve a quedar Química, me tendré que devolver a Maturín.
—Es que tú también, Simón —se quejó Miguel —. Solo a ti se te ocurre corregir a un profesor. ¿Cómo la vas a interrumpir así?
—Mi papá era profesor de química —se encogió de hombros —. Esa desgraciada estaba copiando el ejercicio malo a propósito. Y mira que pone todo difícil para que uno le pague los cursos, pero el bolsillo no me dio, y me raspó.
—Hasta número de cédula te quitó para tacharte.
—¿Qué es? —Rafael frunció el ceño —. ¿Tan mala es Aracelys? Si el marido es un pan de Dios.
—Bueno bueno, no es... porque cuando entró hoy nos miró a todos y nos dijo que no íbamos a pasar su materia. Después miró a nuestro amigo y le preguntó si él era Simón Yánez.
—Vermo... —Rafael meneó su cerveza aguada en hielo —. Hay gente que lo dejó todo para venir a la UDO.
—Y los profesores no colaboran —sonrió Simón y miró el atardecer ribereño—. Me voy a volver loco.
—Loco ya estás por venir a Ciudad Zamora.
—Sí... —se levantó del banco de piedra —. Ya me voy a mi casa.
—¿Tan temprano?
—No me gusta caminar de noche por esta ciudad.
El atardecer se fundía sobre el Orinoco como una moneda de fuego que se derrete en un manantial de acero. A lo lejos el puente industrial se mecía sobre las aguas, y los remolinos se perdían en el interior. Imaginaba cientos de cadáveres rumiando en las profundidades, con sus dedos morbosos tiznados de podredumbre. O eso le parecía... ¿Cuántos piratas ingleses se habían ahogado en aquellas aguas oscuras? Esa parte antigua de la ciudad estaba plagada de espíritus de la cólera. Los oía mumurar y recorrer las casas coloniales que se caían a pedazos desde adentro.
Había arrendado un cuarto en el Casco Histórico cuando el sistema estudiantil le asignó un cupo para estudiar Medicina en la prestigiosa Universidad Oriental. Su papá antes de morir había desenterrado un cofre con unas monedas de oro, y las empeñó para pagar los estudios. Pero ya iba por su segundo año y apenas había aprobado diez materias.
Llegó hasta su cuartito en un edificio de arrendamiento cercano al abandonado Jardín Botánico, y metió la llave en una puerta de madera vieja. Adentro lo esperaba el espíritu de su padre: un mulato descamisado y descalzo con pantalón blanco y un turbante morado. En su pecho brillaban las piedras negras del rosario. O esa era la imagen que nunca le hubiera gustado perder: su padre digno, sabio, inmortal. Y no un recuerdo grabado para siempre en el silencio del mundo.
El mismo hombre de rancia levita que vivía en una casa de arena roja endurecida con piedras escalonadas y techumbre de moriche, que le contaba los misterios del mundo y la retórica griega pescando con hilo mientras se mecía la curiara en las aguas frías del Yaracuy. Un hombre de molde silvestre, de sangre espesa y conocimientos del monte que se habían perdido en las lagunas de cemento y los altos postes eléctricos.
El que le heredó su Visión, y que recibía espíritus en su carne que lo hacían coser menjunjes en ollas de arcilla y vaticinar los malos tiempos para los campesinos de la sierra.
—Pora'llá en Valle del Tuy salen unas bolas de fuego de cueva en cueva —le contaba mientras enredaba el hilo de nailon que le quemaba los dedos —. De pelao me la pasaba por esos montes, persiguiendo duendes y cazando encantos. Mire que pa'lla se aparece una muje' con cara e' caballo, desnuda completica, cuando bajan los rancheros hediondos a anís. En esos años me despedí del Pure porque en la tribu ya no había muje', y me fui detrás de unas cuaimas por un caminito hasta el valle donde salía el espanto. Bueno, esa es tu mamá. ¡Ja, ja, ja!
Y se reía con el sombrero de paja echado hasta la nuca mientras llenaban los barriles con pescados colorados. Su padre era pescador, también sabía de sastrería, y cuando bajaban por la loma le contaba los conocimientos de las plantas y los malestares de los animales como un albeitar. Pero también sabía cuándo alguien se iba a morir quemando el tabaco, y deshacía los nudos del destino con un Tarot Angelical que le ganó a un gitano del Llano Negro en una partida de Dominó.
—El Rey Salomón empeñaría su templo de oro para tener uno solo de estos ojos —se urgaba el párpado con una uña sucia —. Odiseo hubiese navegado setenta y siete veces los mares solo por un minuto de nuestro tiempo.
Era su bien más preciado: la Visión; herencia de sus antepasados caribes y africanos en una mezcolanza zamba. Y él también había heredado esta facultad con ese más allá inalcanzable, que el hombre común intuye y los sabios temen.
Pero su papá se ahogó en el Yaracuy, una mañana que desenterró una cajita de madera con unas morocotas de oro. Le había dejado esa última herencia para su porvenir como ciudadano en el nuevo esquema del mundo. El cofrecito estaba escondido en ese departamento.
El fantasma hizo aparición, usando su indumentaria de Rey Materia.
—¿Estás molesto, papá?
No respondió, lo miró con gravedad. Sus ojos espesos como pozos de alquitrán parecían mirarlo sin ver nada.
—¿Es por la alhaja? —Continuó, intranquilo —. ¿Lo desenterraste sin querer, verdad?
El muerto estaba lívido, ligeramente azulado y con la garganta hinchada. Negó con la cabeza sin mirarlo, y realizó la postura del Ciempiés con las manos: entrelazando los dedos con los índices extendidos. Simón sintió una corriente de aire frío acariciando su espalda baja, y alguien tocó la puerta.
Su papá ya había desaparecido.
—Buenas —lo llamó una voz desganada. Simón sintió una extraña repulsión detrás del portal —. Buenas...
La perilla estaba fría, y una sombra se proyectó sobre él como un espanto. Una opresión sobre el corazón lo atacó al abrir la puerta. La sangre se le coaguló en el pecho, y su temperatura descendió unos diez grados al presenciar aquello: altísimo, humanoide, sin rostro, encorvado, envuelto en una sábana de plumas oscuras.
—Buenas —delante había un catire de cabello y ojos dorados, y piel ambarina —. ¿Tú eres Simón Yánez?
—¿Quién pregunta? —Le picaron los dedos.
—Gerardo, de Seguridad Pública —le mostró su carnet del INSEP. Iba casual con camisa blanca, corbata negra, pantalón oscuro y mocasines de gamuza —. El hombre detrás del sol, y... ¿Tú sí puedes verlo, verdad?
Se refería a la criatura oscura detrás suyo. Iba encorvado, y erguido debía medir el doble que el muchacho. Se acercó, como estudiando un fenómeno, con los ojos dorados en una mueca severa. Su mirada estaba cansada.
—¿Cómo puedo ayudarle?
—Estamos llevando un registro —sonrió, y sacó su teléfono para anotar datos —. Es como un censo a nivel municipal de parte del Secretario Regional. ¿Vino de Montenegro, verdad? Sí, este tipo de dones no son comunes en Oriente, ¿le gustaría trabajar para Seguridad Pública? ¿No? Bueno, es una lastima porque sería bien remunerado. Yo estoy ahorrando para comprarme un Spark, ya sabe que los carros en Zamora son bien caros. ¿No tiene conocimientos de índole supersticiosa? Así que estudia medicina en la UDO. Que bueno. No se preocupe por el Ánima que me persigue: es un Contrato de Sincretismo. Mejor siga estudiando. Desde que me metieron en nómina casi no he podido ver a mis amigos y me dejó mi novia. ¡Ja, ja, ja! Una pregunta, Simón... ¿Cuándo fue la última vez que se desparasitó?
—No recuerdo.
—Ya veo.
—¿Cuál es su religión?
—Mi papá era espiritista.
—¿Y tú?
—¿Yo? No lo sé...
—Uy —guardó el teléfono en su bolsillo y se acomodó la corbata azabache —. ¿Ha notado alguna actividad extraña en los profesores de la UDO? Hábleme con confianza. Al espíritu que me custodia que no le gustan las mentiras. ¿Un profesor te ha ofrecido dulces o algo para comer en los últimos días?
—N-no recuerdo...
Gerardo frunció los labios.
—Estaremos en contacto. Cualquier cosa, el Instituto queda al frente del Mirador Angostura. Donde era la Antigua Cárcel. Le recomiendo que se desparasite, y si ve algo extraño en sus eses, no dude en ir con nosotros.
El muchacho se despidió, y el espíritu oscuro lo siguió calle abajo. Al día siguiente tuvo clases con el profesor Víctor Fuentes, que les dijo que ninguno iba a pasar el exámen de biología. Rafael frunció los labios y se encogió de hombros con una mueca reflexiva. Profecía cumplida: ninguno había entendido lo que explicó porque no «prestaron atención a clases». Después tuvieron una clase con la amargada profesora Aracelys, que ahora les daba la segunda unidad de química, y fueron invitados a una conferencia de Parasitología.
—¡Eso sí va a estar bueno! —Miguel se frotó las manos —. El profesor Servando siempre reparte meriendas en sus ponencias. ¿Te acuerdas cuando dio un conversatorio de ponqués?
—El conversatorio era de parásitos amazónicos —lo corrigió Rafael —. Más bien, dieron ponqués rellenos de arequipe.
—¡Joder tío! —Se llevó las manos a la cabeza —. ¡Las lombrices en mi barriga se alborotan!
Rafael soltó una risita.
—Lambucio, abusas porque no hay quien te pare.
—Lo acepto —se puso una mano en el pecho —. Soy un muerto de hambre. Nací por mi madre, y moriré de diabetes tipo tres.
El muchacho frunció el ceño.
—Pero solo hay dos tipos: la hereditaria y la provocada por lambucio.
—¡Yo seré el primer doctor en descubrir el tipo tres!
Rompieron en carcajadas, excepto Simón. Los muchachos lo miraron.
—¿Qué tienes?
—¿Pasa algo?
—Nada —dijo en voz baja —. Es solo que... no quiero repetir materias por siempre. Ya llevo dos años perdidos. No tengo plata infinita como ustedes.
—Bueno —Miguel levantó las palmas —. Es verdad que no me hace falta nada. Mi papá podría ofrecerte trabajo en la mina. Es dueño de máquinas.
—Claro —asintió Rafael —. Y el mío es General, y siempre andan reclutando médicos militares. Yo sé que te da miedo ir a la guerra, pero eres bueno en las materias prácticas. Tú eres el único del curso que sabe suturar bien, y también inyectas suavecito que ni se siente el pinchazo. Podrías ser paramédico rural mientras, porque no le tienes pavor a irte solo por ahí; y te enlistas, y aprendes a manejar helicóptero también.
—No sé, muchachos...
—Cuando estábamos en prácticas tú fuiste el único que no lo atacó el berí-berí con la autopsia. Y tienes unas manos que hacen magia. Si no te pusieran tantas trabas, ya te hubieras graduado de médico.
—Te echaron a perder el promedio —soltó Rafael —. Te pisotearon porque agarraste a Aracelys desprevenida. Todo el mundo sabe que sus clases están chiguiriadas. Esa lo que quiere es seguirnos sacando plata con el marido.
—¡Claro, no es como el profesor Servando que sí es pana de uno!
Simón sonrió, ya se sentía más animado.
—¿Cuándo es el Conversatorio?
—¡Sí vas a venir! —Se emocionó Miguel —. Este viernes a las nueve en el auditorio.
—Claro —Rafael le puso una mano en la espalda —. Vamos, y agarramos todos los refrigerios que den. Mira que el profe anda cultivando parásitos con los pasantes, y también los pone a comprar mini pizzas y donas.
—¡Donas!
Afuera del edificio de Estudios Básicos estaba el espíritu de La Pelona: una parca que olía a jugo de hormigas con mayonesa agria. El vestido de plumas se tostaba bajo el sol como una estatua bañada de alquitrán. Gerardo esperaba afuera, al otro lado de la calle, bajo una sombrilla negra con lentes oscuros, solo observando la universidad.
El día del conversatorio se animó gran parte de la población y estudiantil, haciendo fila para llenar el auditorio. Solo habían cuatro pasantes bajo la tutela del Profesor Ernesto Servando, y un centenar de estudiosos se sentó en las butacas frente al atrio de la ponencia. Un policía de rostro ojeroso custodiaba la puerta, y los pasantes escribían listas con los dedos manchados de tinta.
Simón se sentó junto a Rafael y Miguel en una esquina del frente.
—¡Mi amigo Simón Bolívar! —Lo saludó el muchacho del INSEP con el carnet en la corbata. Detrás suyo iba la desagradable criatura como una mancha oscura —. Perdón, pero no puedo apretar su mano. De hecho, tengo que estar parado sin que otras personas me estén tocando. Es por su bien. Le presento a mi amigo —señaló a un hombre corpulento con tapabocas y lentes culo de botella sobre unos ojos diminutos. Este usaba el overol gris y las botas de Seguridad Pública —. Me temo que perdió la voz trabajando, es Héctor Lavoe.
El corpulento de cabello corto se disgustó, buscó pegarle con los dedos al catire, pero se arrepintió en el último segundo.
—Perdón, perdón —sonrió Gerardo ante su compañero —. Su verdadero nombre es Héctor Escalona. Allí lo ven en su carnet.
Ambos se quedaron parados junto a los muchachos mientras las luces se apagaban y el policía de la entrada dejaba pasar a los últimos invitados. El profesor Ernesto Servando se presentó a la audiencia en su bata de investigador, con el cabello canoso arreglado y la barbita crecida. Era un hombre delgado de apariencia refinada y mirada inteligente.
—Los parásitos pueden parecer enemigos silenciosos que nadan en nuestras tripas —la multitud dejó escapar risas contenidas —. Pero son organismos fascinantes que pueden ejercer una simbiosis favorable con el huésped. Digna de las primeras. células eucariotas en los cimientos del proceso evolutivo. —El auditorio se iluminó por la imagen del proyector: un esquema del proceso celular era comparado a un proceso digestivo porcino con parásitos que descomponían la materia inorgánica en proteínas —. Imaginen un mundo en el que puedan comer tierra y plástico. Esta es la bioquímica del futuro: parásitos modificados para transformar alimentos dañinos en vitaminas y proteínas.
La ponencia continuó por una hora completa de explicaciones químicas complicadas y simulaciones digitales con seres humanos en busca de organismos simples capaces de equilibrar el azúcar en la sangre, y llevar a cabo ajustes hormonales. Un pasante subió al podio con un recipiente de larvas violetas, y el Profesor Servando reprodujo el proceso de cría en el proyector.
—Se multiplican con rapidez en los intestinos para llevar a cabo un procedimiento de limpieza —explicó. Simón sintió repulsión ante la proliferación efusiva de larvas en muestras de eses —. Identifican células cancerígenas y las digieren, excretando antígenos.
Cuando la ponencia terminó, recibió ovación de pie y una multitud se precipitó a estrechar su mano y conversar las aplicaciones futuras de estos organismos. Hubo periodistas excepticos entrevistando a preparados pasantes de limpia bata, y excelsos profesores de Puerto Bello que brindaron opiniones contrarias. El auditorio se fue vaciando, pero Miguel siguió tragando donas azucaradas y brownies con frutos secos.
—Profesor Servando —Gerardo se acercó junto con Héctor. La entidad permaneció distante —. ¿Qué pasaría si yo le digo que es un maldito negro?
Eso tomó de sorpresa al profesor.
—¿Cómo?
—¿Hablo chino, papá? —El catire sacó una subametralladora Caribe nueve milímetros —. Queda detenido por el Instituto de Seguridad Pública.
Los doctores que rodeaban al profesor levantaron las manos y retrocedieron.
—Esto es un malentendido, señor funcionario.
—¿Me está amenazando?
Las personas comenzaron a salir del auditorio. El policía cansado se acercó a ellos con una mano en la funda del arma.
—¿Qué pasa?
—¡¿Qué pasa?! —Gerardo apuntó con la ametralladora al profesor —. ¡Este negro de mierda me está amenazando con una pistola!
—Yo no veo...
—¡Mírela, la tiene allí! —Señaló el catire —. ¡Le voy a volar la cabeza si no baja el arma!
—¡Yo no estoy armado! —Se quejó el profesor.
—¡Suelte el armae le estoy diciendo!
El oficial sacó su zamorana y apuntó con duda.
—Pero yo no veo...
—¡Me está amenazando! —Se volvió al policía —. ¡¿Acaso apoya a este terrorista norteamericano?!
—¿Yo...?
—No tiene ningúna pistola —dijo Simón —. Gerardo solo está alterado.
—¡¿Estás de parte de este negro maldito, Simón Bolívar?! —El catire sacó otra pistola y lo apuntó. Héctor también sacó dos pistolas y apuntó al profesor y al policía —. ¡¿O estás de parte de tu patria amada, Venezuela?!
—Ya creo que veo la pistola... —murmuró el policía agarrando la suya con ambas manos.
—¡Bien, el policía testificó! —Gerardo bajó la pistola pequeña y se afianzó a la subametralladora —. ¡Si suelta el arma voy a disparar en tres!
El profesor Servando levantó las manos con nerviosismo.
—¡Qué no estoy armado, coño!
—¡Cuento uno y llevo dos!
—¡Está desarmado! —Rugió Simón con los brazos cruzados.
Héctor dirigió las pistolas al profesor de pelo gris. Los demás estaban abandonando el área. Salvo los pasantes ante las bandejas de comida con los rostros pálidos.
—¡Dos! ¡Suelte la maldita arma de mierda!
Simón se tiró del cabello. Sus amigos lo miraron con preocupación.
—¡QUE NO TIENE PISTOLA!
—¡La ausencia de la evidencia no es la evidencia de ausencia! —Gritó Gerardo con el rostro rojo —. ¡Uno! ¡Váyanse todos a la mierda!
—¡No!
Jaló el gatillo y la subametralladora Caribe expulsó una ráfaga de disparos que fulminó al profesor. Los pasantes saltaron con ametralladoras detrás de las mesas y el auditorio se llenó de disparos. Simón bajó la cabeza y sus amigos lo arrastraron entre las butacas mientras las balas silbaban sobre sus cabezas y sus oídos zumbaban. Los pasantes corrían en medio del griterío con grandísimas ametralladoras, mientras Gerardo iba de aquí para allá con el Caribe echando humo y vomitando plomo. Héctor se lanzó entre las filas de asientos con ambas pistolas botando fuego.
El policía de rostro cansado fue abatido rápidamente y yacía en un charco oscuro.
—¡Carajo! —Gerardo rodó con un arañazo en el hombro cerca de ellos. Lo vio y dijo —. ¡¿Qué mierda pasa aquí?!
Los pasantes dispararon hasta vaciar los cartuchos, y un silbido espeluznante le heló la sangre. Vio a Héctor salir de su escondite sin el tapabocas, sus labios eran un amasijo de ampollas, y silbar como si su garganta fuera de piedra. Se sintió un cambio de presión, como una succión del aire, y uno de los pasantes cayó con un estallido de sus pulmones.
El Profesor Ernesto Servando volvió a levantarse con el pecho lleno de agujeros negros que se volvían rojos. Sacó un revólver y apuntó a Gerardo.
—¡Ese maldito negro! —Apretó los dientes y bajó la cabeza.
Héctor volvió a silbar y uno de los brazos del profesor se retorció en espiral como una esponja, tirando la pistola. El catire se pasó una mano por el rasguño del hombro, y saltó del asiento mostrando la palma ensangrentada.
El profesor se congeló de inmediato como por un encanto. Héctor silbó con un escalofrío que hizo estremecer la edificación, como si sus cuerdas vocales fueran hebras de hueso, y el cuerpo de Ernesto Servando se deshizo como un trompo: quedó una pila de carne sanguínea y bata blanca.
Gerardo terminó de abatir a los pasantes con la zamorana, y suspiró.
Miró con amargura como los estudiantes escondidos corrían fuera, aún con las manos en la cabeza. Los cadáveres se ahogaban en charcos rojos ante la penumbra del salon.
—Muchachos —dijo, mirándolos en su escondite —. Ya todo terminó. Lo primero que van a hacer es tomarse un desparasitante para sacarse lo que tienen en la barriga.
—¿Qué...? —Miguel sintió ganas de vomitar.
Simón estaba estupefacto.
—¿Qué le pasó al profe?
—Fue el silbido de Héctor —explicó. El hombre venía del otro lado del auditorio con la garganta adolorida, pasando por encima de lo que quedó del profesor—. Servando... no sobrevivirá a eso.
—¡Vermo, señor funcionario! —Rafael corrió hasta Gerardo para estrechar su mano —. ¡Gracias por salvarnos!
Simón notó como la figura negra abrazaba al catire por detrás con largos brazos. Parecía complacida. Este rechazó la mano amablemente...
—Perdón, muchacho. Si me tocas se te van años de vida —se encogió de hombros, y guardó la pistola—. Así es este trabajo —su rostro se iluminó de inmediato, como al recordar algo feliz —. ¡Ahora sí me podré comprar el carrito!
Héctor intentó decir algo con la boca convertida en una cueva endurecida, pero se limitó a hacer el gesto de la paz.
Tantas fotos llenando los marcos
Mi propio museo
No hay muchos trofeos
Con ustedes, tengo
Y aunque te lleve en la sangre
Me duele sentirte tan lejos
Destellas el cielo
Y ahora te celebro
Lo sigo intentando
Tan cerca el impacto
Hay que ser bien fuertes
Pa' ver a la muerte
Derecho y honrado
Cansa'o de pensarlo, oh
No puedo evitarlo
Quiero estar juntitos
Tomarme contigo un último trago
Ya viví lo que pude vivir
Perdón que me tenga que ir
En la noche, conquisto el silencio
Y la ausencia del ruido genera un vacío
Perdón que me tenga que ir
En esta casa no existen fantasmas
Son puros recuerdos
Son mil sentimientos
De lo que vivimos
Cuando tú estabas aquí
Antología: Duendes y Espantos
Gerardo Steinfeld 2026
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