El Incidente de Ciudad Zamora
IV.
"La Caja Siciliana formó parte del Proyecto Florentino del General Marcos Pérez Jiménez para neutralizar una amenaza desconocida. Este secreto gubernamental nació en el círculo ocultista del caudillo, buscando imitar el modelo del Arca de la Alianza de la mitología judeocristiana para atrapar a un poderoso demonio del Llano Negro que causó estragos en los años cincuenta. Como el legendario coplero Florentino, quien venció al Diablo en un enfrentamiento de contrapunteo.
El artefacto es un cubo de madera oscura con armazón de plata y sigilos tallados en su relieve. En su interior, un revestimiento de oro contiene la esencia diabólica de un híbrido abortado en un turbio ritual: confeccionada por un brujo italiano que ofreció a su propia hija al Maligno.
En el 2018, fue robada del Museo Histórico de Nueva Bolívar junto a la Tabla Cromada, cuyos caracteres draconianos guardan secretos sobre el terrorífico Demonio del Meridiano."
—Informe sobre la Caja Siciliana del Presidente Pérez Jiménez.
La Catedral de Santo Tomás Apóstol es la sede de la arquidiócesis de Ciudad Zamora: un edificio de vibrante color amarillo ocre, que resalta muchísimo con el cielo azul y el blanco de sus molduras; aunque ahora lucía como bilis bajo el cielo púrpura.
Sebastián había visto aquel edificio católico innumerables veces en su vida, pero nunca había entrado. El recinto estaba organizado en tres naves de veintiséis metros de altura y filas de columnas robustas con capiteles sencillos que sostienen arcos de medio punto, bajo un techo de madera con vigas expuestas, dándole un toque cálido y auténtico de la época colonial. Pero le resultó espeluznante como un castillo vampírico.
Por dentro es amplio y solemne: destaca el Altar Mayor, con un retablo de madera tallada presidido por la imagen de Santo Tomás Apóstol, el patrono de la ciudad; y el campanario, que alberga una de las campanas más antiguas de la región. A lo largo de las naves laterales los vitrales que representan las estaciones del Vía Crucis destilan la luz mortecina de la Noche Eterna, bañando la entrada de una iridiscencia enfermiza. El púlpito de mármol para los sermones estaba intacto y en el suelo de granito brillaban placas rectangulares con los restos del primer arzobispo de Ciudad Zamora.
A pesar de las esculturas europeas inmaculadas y los retratos pulcros, los gruesos muros y columnas de piedra blanca fueron profanados con ensangrentadas salpicaduras abisales mientras las bancas de madera barnizada yacían hechas astillas sobre la alfombra roja del suelo. En el retablo de caoba adosado al robusto altar colgaba el cuerpo crucificado de un niño decapitado con un perro demonio desgarrando sus tobillos para sorber el tuétano de los huesos quebrados, resonando un masticar insoportable en el eco de la catedral.
Sebastián apretó los puños adoloridos ante la visión espeluznante del alemán Doctor Gottfried Knoche, con el rostro austero de rasgos finos enmarcado por una barbita entrecana; y la levita oscura destilando una elegancia germánica adornado con finas cadenas de plata. Junto a este médico de pesadilla conversaba un hombre bajo de marcados rasgos andinos, cabeza pelada coronada con un sombrero de copa y barbita de época; luciendo un distintivo uniforme militar de gala con charreteras y condecoraciones.
Sebastián reconoció a la figura con nerviosismo, y miró al Sargento Rojas con los ojos como platos.
—Es el Presidente Cipriano Castro de hace cien años.
—El mismo que viste y calza—se vanaglorió el pequeño hombre como un Napoleón chupasangre—. Harto de vivir en esta época de esclavitud.
El perro demonio gruñó con el espinazo del lomo erizado y los ojos ardiendo como estrellas de sangre. Dejó de roer los pies del niño mortificado, y pasó corriendo entre los pantalones de los vampiros para lanzarse a ellos con las fauces llenas de espuma. El soldado pegó un salto atrás con temor y el Justiciero apuntó a la bestia con un clavo escondido en su pantalón de mezclilla oscura: se concentró en incrementar su campo magnético hasta que el proyectil conductor se desprendió con un lanzamiento por transferencia de momento.
El clavo penetró de cuajo a la criatura en uno de sus ojos de fuego con un estallido húmedo y lo traspasó hasta el rabo erizado... desplomándose ante sus pies inmóvil como un dócil callejero mutilado.
Los vampiros ni se inmutaron.
—Las mutaciones del Cometa de Sangre son fascinantes—exclamó Knoche sin mudar su expresión fría—. Sus partículas pueden modificar la estructura celular de los neonatos: nuevos tipos de sangre y alteraciones cromosómicas. ¿Qué más? ¿Dioses y monstruos de la Antigüedad? Cada doscientos años pasa por la Tierra dejando una estela roja que profetiza calamidades, ¿verdad?
Sebastián extrajo los clavos que quedaban en sus pantalones y se subió el cuello de tortuga del suéter negro hasta cubrir sus fosas nasales. Pero no pudo incrementar su magnetismo porque el techo se resquebrajó con una lluvia de polvo y escombros... y una mano demencial de cuatro dedos membranosos se abrió paso hasta ellos.
—¡Allí viene una jauría de demonios menores! —Gritó Enrique Rojas ante la nube de polvo.
¡Los disparos se sumaron al escándalo junto con el rugido de una veintena de motocicletas subiendo por la avenida! Sebastián se giró al portón de la Catedral un segundo antes que cayera con una explosión de astillas. La garra del tamaño de un caballo barrió las columnas desmoronando la nave principal mientras las motos entraban en el recinto con matones armados con subfusiles que disparaban a los monstruos que saltaban de los vitrales.
—¡Vámonos, muchachos! —Ordenó el Coronel Gustavo Rodríguez sobre una moto mediana manejada por un matón de rostro tatuado—. ¡Tenemos que bajar al Paseo Orinoco antes que...!
Pero no pudo terminar la frase porque Cipriano Castro le arrancó la cabeza al conductor con un estallido sanguíneo. Gustavo saltó de la moto con el rostro cegado de sangre y Mostaza repelió al vampiro con un relámpago cerúleo que se desprendió de su mano como una telaraña...
—¡Arriba, arriba! —Aulló Gasoil con una ametralladora en sus manos para barrer al tropel de criaturas cuadrúpedas precipitadas—. ¡Suéltale, que la iglesia se viene abajo!
El techo se desmoronó ante el fatídico pronóstico ante el rugir de las motos, y corrieron a merced de los perros demoníacos y la gigantesca abominación de treinta metros: una tortuga homínida de corazón picudo como un bloque de obsidiana que abrió su pico salvaje con un temblor desconocido subiendo por su largo cuello... para expulsar una nube de fuego enfermizo por su pico salvaje.
La lluvia de azufre hirviendo cayó sobre ellos como la ira del incienso ardiente de Dios, pero Sebastián fue salvado por el Sargento Enrique Rojas: el soldado lo envolvió con su cuerpo cuando el chorro de fuego lo persiguió. El joven buscó a su alrededor mientras las balas sardónicas pasaban cerca suyo para abatir la legión del infierno que subía por las avenidas. A su lado, una muchacha raquítica surgió del desastre y empujó el vacío con ímpetu: provocando que el gigante cayera en su caparazón sobre la Catedral por un impulso telequinetico. La caída del Kaiju provocó que el pavimento se abriese en sendas grietas con un temblor indecible. El Coronel Gustavo le puso una mano en el hombro para levantarlo, pero Enrique se negó...
Las motos rugieron aplastadas por los escombros que saltaron y los disparos de los subfusiles los cercaron mientras retrocedían hasta la Plaza Bolívar con los árboles incinerados.
El Sargento Rojas se arrancó la cadena del cuello y se la tendió al Justiciero: era la llave de titanio que abría el artefacto secreto. El fuego había consumido la carne de su espalda con un chisporroteo insoportable, y no podía respirar sin asfixiarse.
—¡Llévatela! —Exigió con la vista desenfocada.
Lloraré cuando recuerde... Que te vi reverdecer. Sabía que no volvería a la Sombra Eterna. Solo era un error en el silencio que cobró consciencia. Buscaremos en los cielos... Los pétalos de esa flor. Vio a lo lejos como un matón de cadenas doradas sostenía una granada, pero un espinazo le arrancaba el brazo y este explotaba ante Míster Cartelúo. Con las alas del pañuelo... Te vengo a decir adiós.
—¡Se está derrumbando la colina! —Gritó Mostaza con un subfusil bajo el brazo y los lentes rotos—. ¡Y Míster Cartelúo recibió una explosión de frente! ¡Carajo, al Sargento Rojas se le ve el hueso pelado!
El Justiciero se llevó la llave mientras los chorros de fuego caían del cielo.
Kudurú vio las motos de los sobrevivientes maniobrando calle abajo en huida mientras las criaturas saltaban en una horda de endriagos indescriptibles.
Los vampiros formaron una cohorte detrás suyo.
—¿Qué se siente desaparecer para siempre? —Era Alexey Sokolov ante el escenario apocalíptico de su última visión—. ¿Será como dormir para siempre? —Se inclinó y lo agarró por las greñas—. ¡Qué destino tan bello!
Le arrancó la cabeza al cadáver, y lo último que Kudurú miró fue un agujero oscuro: el sueño muerto de un cantante que intentó iluminar el infierno. Era solo ruido espacial que soñó con la música de los humanos. Una lágrima de felicidad rodó por su mejilla al morir.
Me voy para no volver. Adiós, caminito verde...
«Gerardo Steinfeld, 2025»
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