La Desaparición de Elisa Vargas

—Elisa Vargas, veintidós aƱos, desapareció la madrugada del pasado martes en la intersección del abandonado castillito de la TĆ”chira.
Eduardo pasó la pÔgina del documento tras una verificación rÔpida de los permisos concebidos por la alcaldía.
—MaƱana me vas a dar para la gasolina —dictó JosuĆ©, al volante de un destartalado Aveo color chicle —. Mira que no pude echar en la bomba, y tendrĆ© que comprar revendida.
—Pero escucha... —el muchacho leyó la ficha del caso —. En ese castillito vivió el gobernador Arturo Palazzi.
—¿Un musiĆŗ?
—Italiano, de Itale. —Eduardo exageró el acento —. Masón, del CĆ­rculo de Magos Negros de Angostura.
—¿Los que fumaban crack?
—¿Fumaban Piedra?
El Agente Josué López se encogió de hombros.
—No sĆ©, alguna cosa por allĆ­... No soy tan viejo, pregĆŗntale eso al Secretario.
—Resulta que el gobernador tenĆ­a un tarotista personal.
—O un amante... —sonrió JosuĆ© atravesando las avenidas. Lo miró de soslayo —. AsĆ­ como hay agentes que se enamoran del ayudante.
—No conozco —Eduardo rechazó la pulla y volvió al caso —. Este brujo se residenció en el castillito, obra de franceses millonarios, y vivió encerrado en un cuarto hasta que Palazzi terminó su mandato. Dicen que tras perder la reelección, mandó a mortificar al tarotista por farsante. Los sicarios lo acabaron a palos, pero se les fue la mano y lo reventaron por dentro. AllĆ­ mismo lo enterraron, y no hubo denuncia por la muerte del gitano. Parece que abrieron la zanja, y le quebraron las piernas para meterlo... y tambiĆ©n le echaron dos sacos de cal para el mal olor.
—¿Y volvió?
—Nunca le dieron descanso eterno —se encogió de hombros —. Era un hombre muy espiritual, y sabe que por allĆ” pa' Montenegro y el Llano Negro dicen que todo regresa.
Josué pareció molesto. Detuvo el carro frente a una edificación en la acaudalada Avenida TÔchira, y lo miró con sus ojos marrones destilando malestar.
—Piensa con la cabeza, Eduardo.
—¡Yo pienso con la cabeza!
—¡Pues parece que piensas con el culo!
Salió del vehículo con el overol gris desabrochado hasta la cintura, abajo llevaba una camisa blanca con una corbata roja con rayas amarillas. El Agente Josué López llevaba el pelo largo arriba y rapado a los lados, con una cicatriz oscura sobre una ceja que le ensombrecía el rostro.
Buscó en el maletero un contenedor metÔlico con una nota de entrega, y al abrirlo sacó un sable antiguo.
—Mira que mandarme con un voluntario a un Procedimiento de Verificación es una gonorrea.
—¿Y ese acento colombiano?
—La mujer mĆ­a es de San Cristóbal. —JosuĆ© comprobó el filo del sable espaƱol con empuƱadura de plata. El arma parecĆ­a vibrar al hendir el aire como una pluma de acero —. Anda de viaje, seguro con el otro, tomando guarapo de caƱa con anĆ­s en una playita.
—SeƱor...
—Mira que esto no es un juego —se mostró severo, con las mangas del overol trenzadas a la cintura: mitad empresario de camisa blanca, mitad jornalero de overol grueso y botas de seguridad —. AcĆ” es cobrar o deber plata —cerró el maletero del carrito con dificultad —. Mira que este carrito, asĆ­ como lo ves, salió en tres mil dólares. Y ya se le estĆ” echando a perder la caja.
Eduardo Urbano se inclinó hacía atrÔs para enderezar las vértebras de su columna. El ardor lumbar estaba empeorando: se extendía a su rodilla izquierda como un calambre. El aire nocturno lo mareó. Era dos cabezas mÔs alto que el Agente Josué. Siempre le decían que parecía un cocotero con patas, que su altura era una bendición, pero la espalda tenía dos años matÔndolo.
—¿CuĆ”nto tiempo lleva en Seguridad PĆŗblica? —El muchacho levantó su linterna para iluminar los muros desconchados.
—Seis meses ya... —se adelantó con el sable en ristre al portón oxidado con un manojo de llaves —. ¿Y tĆŗ... quĆ© hacĆ­as antes de ser bombero?
Eduardo miró su overol marino con las letras rojas de la unidad municipal. Siempre le quedaba corto y ancho; y siempre olía a perro remojado en vinagre a pesar del lavado.
—Solo llevo dos meses en el voluntariado —se rascó la barba espesa, producto de su descontrol hormonal —. Pero nada que me meten en nómina, y me hace falta plata para la fisioterapia.
Josué abrió el candado de la pesada cadena.
—¿Tienes hernia lumbar?
—No, escoliosis. Es que soy muy alto.
—¿Y por eso quieres trabajar en Seguridad PĆŗblica? —Entraron en un jardĆ­n interior de monte tupido y descuidadas palmas —. ¿Buscas cobertura mĆ©dica?
—EstĆ” caro el tratamiento —confesó el muchacho, bajando la cabeza para pasar por el arco del portón —. En lo que salĆ­ del bachillerato me metĆ­ a trabajar de hornero y me jodĆ­ la espalda con las bandejas. DejĆ© tambiĆ©n la universidad porque no estaba aprendiendo, y como se estĆ” complicando lo que tengo, un amigo me dijo que fuera voluntario en los bomberos para cobrar Bono de Guerra Económica y ver si conseguĆ­a que me vieran la espalda.
—Bueno, Eduardo... EstĆ”s bien jodio', oyó.
Levantaron la mirada ante la imponencia del edificio, y al agente se le escapó un «naguarĆ”».
Bajo el resplandor crepuscular, el Castillito La Bagatelle se erguía como un monarca destronado que aún conserva su corona de tejas rojas. Las paredes teñidas de amarillo ocre revelaban capas de un pasado descascarado como piel reseca, dejando manchas grises que parecen hematomas. El moho y la humedad dibujaron mapas desconocidos sobre el estuco, dÔndole al edificio la apariencia de un enfermo agonizante, rodeado por muros bajos que delimitan senderos.
—Este sitio es viejisĆ­mo. Parece un sobreviviente de la guerra.
A la izquierda, vieron un torreón cuadrado con un techo de tejas rojas partido a cuatro aguas, y ventanas de medio punto orladas de un blanco que el tiempo volvió ceniciento. Tres ventanas superiores les devolvieron la mirada como ojos entrecerrados de un horizonte ajeno. Detallaron los ventanales protegidos por celosías del edificio central, y una base decorada con muros de piedra; en cuyo lateral derecho sobresale un balcón volado esperando la presencia de alguien que ya no vendrÔ, proyectando una sombra solitaria sobre la fachada ante la luna gibosa.
Eduardo miró la puerta pÔlida del torreón.
—¿Por quĆ© estĆ” tan acabado todo?
—El calor zamorano —JosuĆ© se encogió de hombros —. Todo lo acaba. Todo lo construido en el Viejo Mundo se pudre bajo nuestro sol.
Metió la llave en la reja, que crujió con pesadez, y un calor estancado los golpeó en el rostro. Penetraron en la oscuridad con linterna en mano, y un espejismo se multiplicó con un brillo morboso en la penumbra. El suelo de granito ajedrezado relucía con la frialdad de un espejo en una simetría implacable, reflejando la luz sobre baldosas blancas y negras. Los muros, vestidos con un rosa marchito, conservaban el rubor de una antigua gloria, descascarillada por el olvido junto a ventanas polvorientas. Las molduras blancas, que alguna vez enmarcaron retratos de linajes orgullosos, ahora encierraban un vacío avinagrado, como costillas expuestas de una arquitectura muerta. Al fondo, una pared de un rojo sanguíneo custodia la escalera.
—Esto parece un escenario de pelĆ­culas francesas —Eduardo iluminó una araƱa de cristal colgando del techo gris —. Como el Palacio de Versalles pero...
—Con mĆ”s ratas... —se quejó el Agente ante las cortinas blancas que se hinchaban como sudarios —. Y huele a comejĆ©n.
El aire frĆ­o le acarició los calambres en la espalda a Eduardo. Miró las puertas gastadas de las habitaciones y el piso multiplicado por infinito que se extendĆ­a como un espejo donde veĆ­a reflejado su dolor y tristeza. Blanco y negro, negro y blanco. Mezclado con el hedor terroso del polvo y la humedad de las grietas, percibió una brizna dulce de carne muerta... y se paralizó ante la escalera de barandilla pronunciada. ¿Dónde estarĆ­a el cuerpo de Elisa Vargas? ¿Cómo fueron sus momentos finales?
Eduardo contuvo la respiración ante las pesadas tinieblas que caían sobre sus ojos, y un acceso de tos lo desorientó. Imaginó a la muchacha caminando entre las calles oscuras como una figura de gamuza hasta que la brisa la arrastró...
—Eduardo, puedes esperar afuera mientras yo reviso.
—¡No! —Tembló de imprevisto con el corazón acelerado ante el destello del sable de acero —. Yo puedo, yo puedo. Esto no es nada... Es como ver un canal de exploración urbana en Youtube.
Josué frunció los labios con amargura y desató el nudo de su corbata roja de rayas amarillas para enrollarla en su mano mientras retenía el sable antiguo en su axila. Era la prenda de un muerto.
—Es solo un Protocolo de Revisión —dictó con el puƱo envuelto —. Puedes esperar en la entrada si quieres.
Eduardo sabía que lo estaban evaluando. Negó lentamente con la cabeza y guardó silencio. No podía quedarse sin trabajo, tampoco quería volver a trabajar frente a un horno de panadería por una miseria de salario. Apretó el puño y se concentró en el dolor que subía por su coxis y golpeaba sus caderas.
Se irguió con un calambre en la parte trasera del muslo y dijo con voz suave:
—Lo mejor es que hagamos un ritual para hacer salir lo oculto.
El Agente Josué levantó una ceja.
—¿TĆŗ sabes?
—EstudiĆ© el Reglamento —asintió, clavando sus ojos en los del hombre para desplazar una sensación inquietante —. Lo primero levantar una barrera y... ¡¿QuĆ© es eso?!
Las paredes crecieron con un suspiro de tierra y la telaraña de cristal cayó con un millón de tintineos agudos. Una sombra lo golpeó por detrÔs con un bofetón de descomposición que hizo crujir las vértebras de su cuello.
El Agente Josué López se volvió a atrÔs desenrollando la corbata como un lÔtigo y la linterna se apagó. Las sombras cayeron y el salón se difuminó mientras las cortinas se agitaban como faldas de bailarina. No podía ver nada, salvo una fuerza que lo empujó hasta una pared y algo lo amarró una correa al cuello y a las rodillas.
Entonces recordó de golpe una instrucción, y realizó el Signo del Ciempiés entrelazando los dedos.
El salón había cambiado, no podía percibir sus dimensiones exactas perdidas en la oscuridad. Solo un círculo de luz que descendía desde un agujero en un techo altísimo y desdibujaba al Agente López en el suelo frente a un gigante con delantal manchado. El hombre permanecía en una semiconsciencia sobre el suelo jaquelado: cuadros blancos y negros; negro y blanco hasta donde podía ver. Todo lo que estaba fuera de aquel círculo de luz había perdido su importancia en el mundo. Eduardo estaba fijado contra la pared con los ganchos de un paciente psiquiÔtrico, y veía aquel obeso grotesco de desnudes grasienta, únicamente vestido con un delantal de cocina que cubría su panza prominente y sus rodillas, contonearse con gula. Su cara abultada era un amasijo de cicatrices, sin nariz y con dos agujeros por orejas. El cuchillo de carnicero en su mano zurda delataba que se había desfigurado por mano propia.
—¡Mira lo que puedo hacer! —Gritó como un demonio y comenzó a patear a JosuĆ© —. ¡Mira como chilla!
El hombre se retorció en el piso mientras aquel pie gigantesco le aplastaba las costillas y le abría surcos rojos en el rostro.
Eduardo no rompió la postura de manos, ajeno a aquel círculo de luz blanca que parecía un juego de ajedrez sangriento. Estaba temblando ante aquella profanación de dos metros y delantal ensangrentado.
—¡Pero mira, mira...!
Levantó al malogrado funcionario y lo batió contra el suelo con un crujido húmedo de huesos. Josué boqueó en el suelo por aire con los ojos torcidos, incapaz de hablar. El gigante señaló a Eduardo con el cuchillo, dedicÔndole una mirada extraña que lo hizo estremecer.
—¡Te voy a hacer lo mismo que Ć©l!
No pudo hablar, no le salieron las palabras. Estaba temblando, incapaz de moverse... mientras el gigante se pasaba el cuchillo por los cachetes grasientos y los labios destrozados. En un momento, se inclinó para hundir la punta del cuchillo en el estómago de Josué, y ante un gemido de este, abrió una zanja de un tirón. Entonces Eduardo gritó, y el gigante le dedicó una sonrisa de dientes picados y encías podridas. Blanco y negro; negro y blanco. Era la sonrisa de un tiburón.
—¡Mira ve, mira ve! —Metió su mano gorda y sucia en las vĆ­sceras del moribundo —. ¡Mira que tenemos aquĆ­!
Josué gritó, retorciendo las manos, con las arterias del cuello a punto de explotar y la boca botando espuma oscura. El gigante se inclinó, revelando unas nalgas mustias cubiertas de vello, echando mano al interior para extraer lo que parecía una tira de salchichas.
—¡MIRA VE, MIRA VE! —Le mostró a Eduardo los intestinos rosados de JosuĆ©, aĆŗn palpitando —. ¡Negro y blanco! ¡Blanco y negro! ¡Negro...!
Eduardo tembló, cubierto de sudor, incapaz de moverse, con el sabor ferroso de la sangre en el paladar. Miró con un escalofrío como el gordo soltaba el cuchillo para agarrar los intestinos con dos manos y llevÔrselos a la boca sucia... Josué gritó con las manos como garfios, batiendo las piernas mientras lloraba.
El gigante se metió varias tiras a la boca y mascó.
—¡MĆ­as, mĆ­as, mĆ­as!
De su boca purulenta caían trozos mientras el moribundo convulsionaba. Eduardo rompió la postura de manos con un latigazo de calor en la espalda. El gigante escupió lo que estaba mascando, y se giró a él... tanteando con las manos la circunferencia de la luz sobre el suelo. Blanco y negro. Saltó, como un bebé gigante y deforme, con el delantal manchado de sangre fresca. Riendo, siempre riendo. Buscó el cuchillo sobre las baldosas, lo agarró por la hoja afilada y se cercenó los dedos. El rojo manchando el blanco. Negro y blanco infinito.
Eduardo rompió a gritar. Los ganchos se cerraron sobre su pecho y piernas... Y la correa sobre su trÔquea se cerró, ahogando su nuez.
—¡Mira esto, ve...!
El gigante levantó el cuchillo con una sonrisa roja de guasón... y se hundió la punta en un ojo blanco, que empezó a llorar lÔgrimas oscuras mientras se abría camino. Adentro, adentro. Blanco y negro. Se lo hundió hasta el mango, traspasando el cerebro que empezó a chorrear sesos por los agujeros de las orejas.
Eduardo rompió a gritar, enloquecido, desquiciado. Sus pulmones protestaron con la garganta cerrada.
El gigante extendió las manos gordas de dedos sucios y echó a correr a la oscuridad. Dejando a un Josué destripado tendido a lo largo, aún gimiendo, batiendo el aire con las manos convertidas en garras.
Entonces Eduardo Urbano despertó adolorido sobre el asfalto frío. Josué estaba de pie a su lado fumando un cigarro. Estaban afuera del Castillito...
—No te levantes —sugirió el hombre botando el humo —. Tienes las tripas afuera.
Eduardo soltó un gemido de pÔnico y con sus manos tanteó su cuerpo. Traía puesto el overol marino del cuerpo de bomberos... Sentía el frío del asfalto sobre la espalda adolorida.
Josué rompió en carcajadas como un maniÔtico y lanzó la colilla.
—¡Es mentira, muchacho!
—¿QuĆ© pasó?
—Te desmayaste —dijo el agente —. Llevo treinta minutos esperando la ambulancia, pero como no llega, supongo que no estĆ”n trabajando. ¿Te puedes levantar? Te pegaste duro en la cabeza cuando te caĆ­ste por las escaleras.
Miró al funcionario, y se sentó sobre el asfalto con dolor de cabeza y mareo. Lo que soñó, se sintió auténtico... Aún podía saborear el regusto de la sangre en la garganta. Hace un momento Josué estaba en el suelo, muriendo con las tripas afuera.
—Algo me empujó.
—SĆŗbete al carro —JosuĆ© guardó el sable en el maletĆ­n de seguridad —. Voy a llevarte a tu casa. Yo veo cómo encuentro gasolina despuĆ©s.
—¿Y el caso?
—Ya no queda nada de Elisa Vargas —abrió la puerta y entró —. AcĆ” no pasó nada.
—¿Seguro?
Josué encendió el carro y frunció los labios. Uno de sus pÔrpados estaba hinchado porque la cicatriz sobre la ceja se abrió dejando una costra parda. Notó que el agente no llevaba la corbata de difunto por ningún lado.
—QuĆ©date tranquilo chico, aquĆ­ no ha pasao' nada.

AntologĆ­a: Duendes y Espantos

Gerardo Steinfeld 2026

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