El Testimonio del Señor Guaipo

Mira ve, yo estaba cuidando un ranchito allá pa' lo último de Marhuanta donde había un viejo que criaba vacas y cochinos cuando el Matadero estaba activo. El alemán ese tenía un pocotón de perros que se la pasaban corriendo por todos esos montes, y ellos cometieron un crimen creyendo que nadie los veía, y allí aprendí que esos animalitos saben mucho pero se hacen los huevones para que uno les dé comida.

Todo eso pasó en el dos mil, antes que hubieran teléfonos y la única diversión de uno era tomar caña y jugar dominó con los campesinos que criaban ovejos y sembraban batata y yuca cuando venían las lluvias. Por allá por esos la'os todavía no hay calles, y uno llega en moto subiendo unos cerros de arena roja hasta lo último, donde el alemán contrataba a uno para cuidar las caballerizas y unos cochinos inmensos con las bolas como unos cocos mientras se iba pa'lla pa' Inglaterra a visitar a la familia. 

Yo me lancé a ese lío porque necesitaba los reales. Naguará, me habían botado por recorte en la Coca-Cola y la mujer me quitó el carro y lo vendió cuando se fue con la niña pa' Brasil. Yo se lo dí porque no iba a pelear con ella que me ayudó a comprarlo cuando quebró la agencia de lotería que teníamos en Vista Hermosa. Bueno, la cosa es que andaba pelando, hasta con la nevera daña', y un tío mío que se había tomado unas cervecitas con el alemán me recomendó como vigilante, contándole que serví en el ejército. Dije: coño, me van a dejar pendiente de los animales y los peones, con una bácula cargada por sí se querían meter de noche. Pero como el barrio era tranquilo, nunca pasaba nada.

O eso pensaba yo cuando el musiú Stauddhammer, un puré de cara roja y bigote blanco, me dejó las llaves y me mandó como patrón de los trabajadores en la hacienda «Los Alemanes», y me dejó la escopeta y el revólver pa' caerle a tiros a unos muchachos que querían robarse unas yeguas al final. Había un peón que era el más viejo, y me dijo el alemán que tuviera cuidado con él porque le gustaba robarse las vainas pero que no lo botaba porque él solo hacía el trabajo de diez. Este era un indiecito del Llano Negro llamado Simón Bolívar que sabía bastante del campo, y como era medio brujo tenía buen ojo para las catorce hectáreas de la finca, y sabía cuando las cochinas y las yeguas andaban preñadas, o cuando andaba un tigre cazando un becerro.

Por esos la'os los animales son distintos, sí seño'. Se la pasaban en caravana por los montes y persiguiendo los zorros y los chigüires por unos picos a los que le dicen las Tetas de María Guevara, donde Simón Bolívar y otros brujos del barrio iban a fumarse unos cachos y bajar espíritus de noche. Era pues un barrio chismoso y azaroso. Y los perros lo miraban a uno feo, hasta que el negrito les cocinaba unos pellejos con aliño en una olla de sopa y todos se ponían en fila esperando que se enfríe porque sabían que era pa' ellos. Y Simón mascando Chimó con los dientes negros los maldecía porque eran unos desesperados, y los corría con un palo pa' mandarlos a buscar los caballos.

—Manada de turullos —les gritaba agitando un bastón con anillos de hierro en el cabezal—. Ustedes no mastican, tragan. Por eso Dios se las tiene monta' y no los deja subir pa'lla arriba. 

Y los perros aullando como lobos corrían a los matorrales, y se perdían hasta el otro día, pero nunca se iban muy lejos porque estaban esperando al alemán para besarle las manos y echarse llorando a sus pies. Y musiú Stauddhammer los cargaba y los abrazaba, y jugaba con ellos dándoles croquetas que cargaba en los bolsillos. Pero esta vez se tardaría porque se le había muerto en familiar en Europa que le dejó una herencia.

—Se me portan bien, mariquitos —los regañaba la víspera de su partida—. Dejen de estarse comiendo las gallinas de Doña Dora, y póngase pilas con los malandros mientras yo no esté.

Y los perros llorando a moco suelto porque sabían que se iba el alemán, saltando alrededor de él mientras sacaba las maletas como pidiendo que no se fuera. Pero se abrían paso cuando el sabueso inmenso se acercaba al dueño, en silencio. Este perro era el más grande de Los Alemanes, parecía un becerro negro con las orejas como cachos y el hocico largo. Y se la pasaba matando tigres que se metían pa' los corrales, y peleando con los perros que se metían en su territorio.

—Ese perro es un Diablo —decía Simón Bolívar escupiendo alquitrán—. A ese el viejo Aguirre le pegó un tiro porque le mató los perros cuando andaba por ahí una hembra maluca. Y correteó a los hijos de Don Emiliano hasta que se rasparon las rodillas. A ese las viejas del barrio le tiran carne molida con matarratas y eso no le hace es na', compañero. Pero con todo y todo, ese es el preferido del Patrón. Solo se deja agarrar por él, y se le acuesta bajo la mecedora y hasta lo monta en la camioneta cuando va pa' la ciudad. Y como el Patrón no tiene hijos y la muje' se le murió de un paludismo, bueno él quiere a sus animales.

Pero ese perro era malo. Ese se comía a los gatos y peleaba con los otros perros para comerse su comida, y cuando andaba rabioso hasta los dejaba muerticos. Y todos los animales le tenían miedo, hasta que un día lo agarraron entre todos. Yo dormía arriba de un edificio, y ellos creían que no los veía cuando se ponían de acuerdo detrás de la caballeriza en la tardecita. Y un día los pillé, desde arriba viendo la vaina, rodeado al perro negro del patrón que parecía un Diablo. Lo tenían en círculo todos los perros de la hacienda, y como veinte del barrio que se pusieron de acuerdo para venir.

Y entonces le soltaron, y el negro los agarraba por el pescuezo y los levantaba. Y eso era tremendo: uno le mordía la cola, otro le mordía una oreja, y otro le pellizcaba el pelo. Y fue tanto que lo reventaron: lo dejaron tan aporreado, que no se podía mover. Y allí ví lo que más me asustó, porque comenzaron a cavar un hueco entre todos de un metro y pico, y lo jalaron de las patas y lo enterraron allí mismo. Después Simón les sirvió el caldito de pellejo, y todos comieron.

—¡Ve esa vaina! —Lo escuché gritar con la olla en la mano—. ¿Por qué es tan aporreados? ¡Ese debe ser un tigre que anda suelto!

Y cuando llegó Musiú Stauddhammer a los dos meses le preguntó por el perro al encargado, y este se encogió de hombros diciendo que se perdió pa'l monte y ni regresó más.

Y el alemán se puso triste y me pagó cien dólares mientras los perritos saltaban para lamerle las manos y se lanzaban a sus pies, llorando de felicidad porque llegó.


Antología: Duendes y Espantos

Gerardo Steinfeld 2026

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