La Ruta de los CanĂbales
MatĂas Freire huyĂ³ a los diez años de la violencia y miseria de un rancho en el Barrio Marhuanta buscando a un tĂo suyo en El Dorado, pero al pedir la cola al primer carro que se le atravesĂ³ en la Autopista SimĂ³n BolĂvar, presintiĂ³ que su vida corrĂa peligro.
SubiĂ³ a la camioneta destartalada de vidrios oscuros con el corazĂ³n encogido y los cachetes mugrosos humedecidos por las lĂ¡grimas, y mirĂ³ a los muchachos de ojos avispados y ropa andrajosa en el asiento trasero cubierto de polvo, bolsas plĂ¡sticas de chucherĂas y latas de cerveza. ¿Por quĂ© esas miradas oscuras hacĂan tanto ruido en su cabeza? Su mente infantil era incapaz de comprender totalmente lo que hacĂa.
—¿Para dĂ³nde vas, niño? —Le preguntĂ³ un hombre de piel oscura y greñas crecidas que debĂa ser el padre de las criaturas—. Nosotros vamos agarrando camino para San FĂ©lix.
—Voy —dijo, se subiĂ³ y cerrĂ³ la puerta del automĂ³vil—. Muchas gracias.
—Ay, es un niñito —la mujer de trenzas africanas que iba de copiloto le dedicĂ³ una sonrisa extraña—. ¿QuiĂ©n te hizo eso en la carita?
MatĂas se rascĂ³ las costras en el labio y la nariz, allĂ donde los correazos de Silvana le hincaron el rostro.
—Nada, me caĂ...
—Mentiroso —le reprochĂ³ uno de los muchachitos de cabeza pelada y crecimiento marchito—. Te dieron con un palo porque no hacĂas caso.
El otro, igual de pequeño y desahuciado, rompiĂ³ a reĂr sin incisivos.
—Es que mis hijos se enteran de to' —sonriĂ³ el conductor—. Uno no puede ni pensar sin que te anden escuchando.
La mujer dejĂ³ escapar una risita. TenĂa un bebĂ© en brazos que dormĂa tranquilamente.
El mĂ¡s pequeño chillĂ³ con una risa de duende que le erizĂ³ los pelos.
—¡Y tambiĂ©n le dieron palazos por las costillas!
Y los dos rieron con sus caras morenas pobladas de cicatrices oscuras, hasta que uno pelĂ³ los ojos y saltĂ³ del asiento. La mĂºsica sonaba extraña...
—¡MamĂ¡, papĂ¡! ¡Yonaiker estĂ¡ botando sangre!
El niño mĂ¡s cerca de la puerta miraba la ventanilla con los labios rojos mientras su nariz supuraba lĂquido. «TĂº que fuiste presa tan fĂ¡cil lloras... TĂº tan libre ahora vivo yo en tus horas». Cantaba la radio con distorsiĂ³n estĂ¡tica. La madre buscĂ³ un trapo teñido de marrĂ³n y le limpiĂ³ la boca al niñito, y despuĂ©s se metiĂ³ el estropajo en la boca con los ojos bien abiertos. MatĂas sacĂ³ la lengua al ver esto. «Hay algo en ti de mĂ que te azora... Que tus sueños controla y te descontrola».
AtardecĂa en la carretera y los reflejos dorados se filtraban por el parabrisas como agujas anaranjadas. MatĂas se apretĂ³ contra la puerta sin manilla. «¡El señor de la noche! Soy mitad hombre, mitad animal... Mejor escapa o te va a matar».
El papĂ¡ cambiĂ³ la emisora sin mudar su sonrisa.
—... temo que el armisticio se acaba de romper con la masacre acontecida en RĂo Bravo —anunciĂ³ un locutor con voz pausada—. Los soldados colombianos empezaron a atacar un puesto de la FANB donde habĂan civiles, y retomaron la ciudad de CĂºcuta matando a todos los venezolanos.
—Esos malditos... —despegĂ³ los ojos del camino—. PĂ¡same uno que ya veo borroso.
La mujer sacĂ³ una bolsita de la guantera, y el marido la abriĂ³ con ojos Ă¡vidos y oliĂ³ lo que contenĂa con un solo orificio. Un hilo rojo bajĂ³ por su nariz mientras este aceleraba por una carretera en la que solo se veĂan montañas verdes y un cielo pĂºrpura. Iban muy rĂ¡pido, y la parte inferior del carro viejo emitĂa crujidos y chasquidos metĂ¡licos. Lo miraron por el retrovisor, del que colgaba un rosario con un ciempiĂ©s negro en lugar de Jesucristo. No le gustĂ³ esa mirada.
—¿No quieres venir con nosotros? —Le preguntĂ³ uno de los niños.
—Me pueden dejar en Puerto Bello —dijo en voz baja—. De allĂ veo como...
—¡Ay! —Se volteĂ³ a su hermano—. ¡MamĂ¡, Winker me pellizcĂ³ duro!
Y el otro se reĂa con una risa horrible mientras el carro aceleraba y el papĂ¡ con la cara pegada al parabrisas pisaba a fondo los pedales como si el carro fuera a despegar del asfalto.
—... y lo picaron en veinte pedazos, y escondieron sus trozos por todo el paĂs—pero esa no era la voz del locutor: sonaba ahogado y ronco—. Los Adivinos de los Andes profetizaron su regreso, y Mamaita Taranana convertirĂ¡ el Orinoco en sangre y quemarĂ¡ GuarampĂn para vengar a sus hijos muertos.
MatĂas comenzĂ³ a morderse las uñas.
—¡MamĂ¡, Yonaiker volviĂ³ a botar por la nariz!
Y el bebĂ© comenzĂ³ a llorar, y el carro se balanceĂ³ esquivando baches en la carretera... y MatĂas se tapĂ³ los ojos mientras anochecĂa. SentĂa cosquillas en el cerebro, como si unas lombrices le estuvieran comiendo la materia gris. Cuando abriĂ³ los ojos, el mĂ¡s pequeño lo estaba señalando con la camisa empapada de marrĂ³n oscuro.
—Quiere saltar...
El llanto del niño se le metĂa detrĂ¡s de los ojos, y le ardĂan los oĂdos. La mamĂ¡ volteĂ³ a mirarlo con los labios rotos.
—¿No te gustarĂa ser uno de mis hijos?
—¡MamĂ¡, mamĂ¡!
MatĂas sintiĂ³ dolor al morderse las uñas.
—¿AĂºn falta mucho para Puerto Bello?
—No vamos para'lla —dijo el hombre sin despegar la mirada lasciva del vidrio—. Calla a esa vaina, Danyulis.
El bebé lloraba a gritos mientras la madre intentaba darle la leche materna.
—Tiene hambre, y no quiere teta.
—¡Mami, yo tambiĂ©n tengo hambre!
MatĂas se tapĂ³ los oĂdos, y se separĂ³ del mundo a travĂ©s de un cristal translĂºcido mientras los niños saltaban en los asientos y la mujer se revolvĂa en la parte de adelante. Pero regresĂ³ en sĂ cuando notĂ³ que ya no estaban en la carretera de asfalto: una calle de tierra se abrĂa a un monte en la oscuridad. Y el padre no despegaba sus ojos de Ă©l a travĂ©s del retrovisor, mientras el Ădolo ciempiĂ©s se retorcĂa en el rosario.
—¿Quieres? —Le ofreciĂ³ uno de los niños—. A ti no te daban comida por estorbo —se burlĂ³ con una risita infantil sin malicia—. Tu tĂa te daba arroz pelao' y mango pa' que aguantaras hasta la noche. ¿Verdad que te comiste la arepa que Chuito le tirĂ³ a los perros?
MatĂas no podĂa hablar. Le picaba detrĂ¡s de la frente y tenĂa ganas de toser. El niño flaquito le ofreciĂ³ un envase plĂ¡stico con una carne cruda bañada en salsa.
—¿No vas querer? —Le reprochĂ³ el otro niñito con la boca manchada de rojo—. Malagradecido que eres.
—¡Malagradecido!
—... el Diablo anda suelto con la Masacre en la CĂ¡rcel de Vista Hermosa—volvĂa la voz del locutor—. Las desapariciones en Puerto Bello siguen preocupando a las autoridades.
El hombre escupiĂ³ por la ventanilla, detuvo el carro en una colina con una favela de cinc alumbrada por una lĂ¡mpara antigua de queroseno. Del trasto de madera pintada de azul que servĂa como puerta pendĂan unas cabezas modificadas de pelambre oscura. HabĂa una cruz clavada en el patio junto a un sembradĂo de yuca.
MatĂas temblĂ³ ante el aullido nocturno de los perros.
—BĂ¡jense —ordenĂ³ el padre buscando algo en la guantera—. Danyulis, prende la leña y monta la olla.
—PapĂ¡, ten cuidado —el niño con la cara cubierta de coĂ¡gulos se tocĂ³ la cabeza—. Él puede cerrar la mente.
Los niños bajaron por la otra puerta dejando a su paso un hedor dulzĂ³n, pero MatĂas no pudo abrir su puerta porque no tenĂa manilla. Todo lo que podĂa ver era el rosario del ciempiĂ©s ante el retrovisor, y el hombre serio con un destornillador con filo en la mano. Solo estaban ellos dos...
El papĂ¡ tenĂa cara de cochino, con una nariz abombada y los dientes picados por el ChimĂ³.
—Odrareg... —apretĂ³ el destornillador contra su pecho con los ojos en blanco—. Never son, toson —le lanzĂ³ una mirada a MatĂas, que temblĂ³ como un cachorro—. ¡AchĂ©, achĂ©!
AntologĂa: Duendes y Espantos
Gerardo Steinfeld 2026
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