El Monstruo de Vista Hermosa

Uno de los casos más trágicos que me tocó investigar durante mi labor social ocurrió en un departamento de Vista Hermosa. Se trataba de una viejita de setenta años que vivía con un hijo especial de unos... treinta o cuarenta años. No recuerdo bien. A veces creo que fue un sueño espantoso. Solo sé que ese caso perturbó a las autoridades del asilo de ancianos, y llamó a una crítica social por la forma de vida que llevan estas personas en entornos hostiles económicamente hablando. 
¿Algunas has sido voluntario en el asilo o... en Seguridad Pública? La universidad nos mandó como labor social atender a los viejitos que viven en el asilo, y te voy a ser sincero, Gerardo. Nunca había sentido tanta tristeza en la vida. Esos viejitos... muchos no tienen a nadie. Algunos están tan encerrados dentro de sí mismos que casi no hablan. Algunos te miran al entrar y le dicen a los viejitos que tienen al lado: «viste que mis nietos sí vinieron a verme». Discúlpame, es que me pongo triste cada vez que me acuerdo de todos esos ancianos. Siempre que regresaba de esas jornadas, abrazaba a mi abuelita y le prometía que nunca estaría en un sitio así. 
Doña Martha no vivía en el asilo, pero recibía los beneficios de los ancianos. Ay no, es que se parecía tanto a mi abuela que se me salen las lágrimas. Solo que estaba demasiado flaca, como si fuera a romperse si le agarraba la mano muy duro. Me tocaba a mí llevarle los kits sanitarios a su departamento, creo que vivía en los Bloques detrás del San Francisco, en un edificio amarillo... o azul. No me gustaba ir para allá, me daba cosa... Ella vivía sola con un enfermo mental. Bueno, osea... era un hijo suyo al que no se le desarrolló el cerebro. Pero igual, se me salen las lágrimas de la rabia porque él la maltrataba. Ella nunca me lo dijo porque no sé, parece que era la única familia que le quedaba. Pero vivía en unas condiciones pauperrimas, y los vecinos escuchaban los gritos del enfermo como si estuvieran matando a un cochino. Eran mugidos como de animal, y unos gemidos grotescos azotando las paredes y las puertas. Ay, yo veía a la doñita tan delicada y pequeña frente a ese monstruo panzón con la cabeza chiquita y la mirada asesina. 
Una vez que le llevé un kit de limpieza ella me invitó a tomarme un cafecito para hablar un rato. Me contó que él, Mauricio, no había nacido así, o algo... Que fue una brujería que su suegra le echó para que perdiera al bebé en el vientre, porque no quería que ella estuviera con su hijo. Y que el niño se vomitó en el vientre y se tragó el vómito, por lo que los doctores tuvieron que resucitarlo. Pero él no estaba loco, según ella. Yo le llevaba unos pañales para adultos porque no sabía ir al baño. Y comía, comía muchísimo... A cada momento tenía que tener un pan en la mano mientras veía televisión o recorría inquieto el cuartico con los ojos desorbitados mugiendo como una vaca. Era muy hiperactivo, pero con él no se podía entablar una conversación porque casi no pensaba. Solo sabía decir: «comida», con la ropa desajustada para su barriga hinchada y los brazos gordos pegándole a las paredes cuando la doña no se apuraba con el almuerzo. Ella casi no comía, porque lo hacía muy lento y ese animal se tragaba la suya en segundos, para arrebatarle la de ella. Siempre tenía hambre, y sus dientes picados le daban el aspecto de un Freddy Kruger gordo.
Martha me contó que tuvo una hija mayor. Me contó esto cuando le subí la bombona de gas porque no podía cargar peso y el retrasado nunca le hacía caso. Esta, Coral, se la mataron... Sí, Gerardo. Parece que estaba estudiando enfermería y durante las pasantías un loco se metió al hospital y le cayó a puñaladas. Era la única que estaba de guardia esa noche porque amaba su vocación. Fue un horrible accidente en el que muchos salieron heridos. Era una muchacha sana que la cuidaba y sabía cómo aplacar a Mauricio, pero dejó a Doña Martha sola, encerrada con el monstruo en un departamento que todo el mundo ignoraba. Ese departamento estaba lleno con fotos de ella: su nacimiento, su graduación, sus cumpleaños, sus... éxitos y fracasos. Y el recordatorio de su muerte en la primera plana de El Progreso junto con una oración de José Gregorio Hernández.
Una vez yo le llevé la bolsa de alimentos del asilo. Llegué escuchando los gritos desde el primer piso, era como si estuvieran bañando un cochino, los golpes en las paredes y los muebles no parecían preocupar a más nadie que a mí en todo el edificio. De hecho, una señora pasó al lado mío con una bolsa de compras, y lo único que hizo fue fruncir la nariz con asco.
Cuando la doña me abrió, la vi... golpeada. Tenía moretones y rasguños en los brazos, y... parecía que le pegaron una cachetada que le rompió el labio. Mauricio estaba inquieto porque no tenían qué comer, y estaba detrás de la viejita dándole manotazos y tirando al suelo las fotos de Coral en los cuadros de las paredes. Me entró un coraje que no cabía dentro mío. Entonces no me pude controlar, Gerardo. De verdad, perdí el control y me lancé contra ese monstruo barrigón. Lo agarré de los brazos y lo aparté de la viejita. Pero era muy pesado, creo que unos treinta kilos más que yo. Y chillaba tanto que me dolían los oídos. ¿Cómo podía esa viejita desnutrida contra ese enfermo de casi cien kilos? Lo senté en el sofá mientras este temblaba y se batía, y la doña lloraba pidiendo que me fuera, que lo iba a lastimar. Entonces la miré, apreté los dientes y me fui del departamento. ¿No era consciente de que podía matarla? 
Solo volví una vez más, al final de mi labor social. Cuando los vecinos empezaron a quejarse del olor del departamento y llamaron al asilo para que alguien fuera. Fuimos una compañera  y yo, y nos encontramos con el dueño del edificio que tenía una copia del departamento de Martha. Los vecinos dijeron que tenían una semana sin escuchar los gritos del enfermo mental. Solo silencio, y un hedor acentuado que empezaba a molestar. Abrimos la puerta, y lo que encontramos... Dios. Qué horrible. El departamento estaba hecho una ruina y olía tan mal que los vecinos del piso salieron del edificio. Olía como animal muerto, pero más espeso y rancio, como a café con hongos. Mauricio estaba en el sofá, ahogado tras una convulsión porque no recibió su medicamento, y lo que manchaba su camisa no era sucio... y sus manos, ay no, sus manos estaban cubiertas de porquería. Todos los cuadros de Coral estaban rotos, ensangrentados por los vidrios rotos, y los muebles volcados por los arrebatos del enfermo cuando no podía aplacar su hambre. Parece que Martha era la única que sabía cómo darle sus pastillas, y se tragó la lengua en un ataque y allí murió: gordo y sucio, con la boca manchada por los restos de... Y la doña, yo no la vi bien, menos mal... porque eso me hubiera destruido. Mi compañera la encontró en la cocina, y pegó un grito que me hizo querer salir del departamento. Fui corriendo donde ella y solo vi los pies tendidos de la viejita. ¡Se la comió, se la comió! Bajamos corriendo las escaleras, y ayudé a mi amiga mientras vomitaba. Entonces el dueño llamó al encargado del asilo y a la policía para levantar los cuerpos. No dejaron a nadie ver cómo quedó la doña. Yo tampoco quise. Con ver las manos y las ropas del desvanecido retrasado me imaginé lo que pasó. Mi compañera tampoco quiso decirme el estado en que encontró a Martha. Yo me fui a casa con un nudo en el estómago. Me acuerdo que estuve una semana sin poder comer carne y soñando que Mauricio me perseguía por las escaleras del departamento. No pude seguir atendiendo a los viejitos porque veía a mi abuela en ellos. No soy tan fuerte después de todo... No pude seguir afeitando sus cabezas y ayudándoles a ir al baño. Me firmaron los papeles y terminé la carrera como pude. Tampoco he querido visitar el asilo otra vez, pero te invito a hacerlo... y ver las historias detrás de estos viejitos. Muchos de ellos perdieron la esperanza. ¿Y tú, perdiste la esperanza?

Antología: Duendes y Espantos

Gerardo Steinfeld 2026

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