El Incidente de Ciudad Zamora
III
"Debido a la reciente ola de desapariciones en el centro de Nueva Andalucía se ha señalado como culpable a un culto satánico denominado como Sol Negro por las autoridades encargadas del caso. Estos fanáticos extremistas se mueven en las sombras de los cerros y descuartizan víctimas en sangrientos rituales de devoción al Maligno. Los teólogos académicos conectan el resurgir de estas sectas con la cercana profecía del Año Negro legada por los Adivinos de los Andes en 1918."
—Recorte del periódico El Luchador sobre las desapariciones en Nueva Andalucía, a 800KM de Ciudad Zamora.
Detrás de la Puerta de Piedra se esconden todas las abominaciones que el universo rechazó. Aquella celda era similar a aquel submundo de fluidos negros en el que flotaban las consecuencias sin sustancia a merced de los espíritus penitentes.
«El infierno tiene las puertas abiertas, y todos los que yacen encerrados entraron por voluntad propia—pensó Enrique Rojas a merced del calor y el hambre de aquel cuerpo de carne tibia y piel lustrosa—. Y por alguna razón, ninguna consciencia humana ha intentado escapar de allí».
—Pero hubo un hombre que se atrevió a soñar con música en el infierno.
«El dolor que un día de mí se fue... hoy volvió, y yo no lo acepté».
Estaba acostumbrado a la sensación de inmovilidad y a la oscuridad perpetua porque el fenómeno de la percepción sensorial era nuevo para su consciencia. Había pasado una incontable cantidad de tiempo—o lo que haya sido la permutación de ese estado estático—, hasta que junto suyo sintió el enervar de una vibración. Era una melodía metafísica que perteneció a un mundo de energía suspendida ya extinto: un eco del vómito mutante de Dios.
Pero era lo más hermoso que había sentido en todo el silencio de su existencia.
—Dios vomitó al universo porque podía—sintió los brazos entumecidos—. Pero la música es la mayor creación del universo.
—¿En serio? —El joven encadenado junto suyo despedía un olor a óxido.
Enrique lo miró con expresión solemne.
—En el otro lado no existe algo tan maravilloso como la vibración armónica—se atrevió a decir con los grilletes alrededor de las extremidades—. Es un vacío en el que flotan pensamientos y recuerdos formando monstruos.
El muchacho castaño de ojos oscuros asintió.
—Ya veo—tenía la frente manchada de sangre seca y la vestimenta negra desgarrada—. ¿La mujer y el niño pudieron salir del Velo?
—Sí, están a salvo.
El muchacho se relajó.
—Gracias a Dios.
—¿Tú eres el Justiciero de Ciudad Zamora?
—Lo que queda—sonrió con tristeza—. ¿Ya vienen los militares?
—Han rodeado el área y... —frunció los labios—. Si nuestro plan falla utilizarán su última carta: una ojiva termonuclear. Lo vi en los recuerdos de este hombre: uno de los peores seres que pueda habitar este mundo.
—Pero el gobierno no quiere eso.
—No—asintió Enrique—. No quieren revelar al mundo su armamento nuclear. Por eso se ejecutó el Proyecto Xenohumano para sellar la fisura.
El Justiciero enarcó sus cejas finas.
—Qué barbaridad.
—Viene alguien—aguzó el oído con un rumor de pasos lejanos.
Una figura altiva apareció en el umbral con una chaqueta militar color añil con botones de oro. En su mirada intensa se mezclaba la ira, el orgullo y la tristeza como un charco gris... y el cabello cobrizo caía en rizos sobre sus hombros. Era el porte de un Lucifer hecho verbo con pantalones de un blanco inmaculado y botas de cuero negro. Lo reconoció como un súbdito alaba a un Rey del Infierno sobre un trono de huesos carbonizados sobre un lago de azufre hirviendo... o esa fue la imágen que el antiguo Enrique Rojas guardaba del Diablo Hebreo.
—Alexey Sokolov—dijo el soldado—. El último de los upiros del Viejo Imperio.
—¿Cuál es tu nombre en la región plutónica, engendro? —Su voz era prepotente y neutra como una saeta entre los ojos—. Has usurpado un cuerpo humano siendo un remedo de consciencia: menos que una proyección ciega y estúpida. ¿Cómo escapaste del Infierno? Si podemos llamar esa dimensión de tal forma.
—Nadando—sonrió—. Mi nombre antes de ser Enrique Rojas era Kudurú, y fui el Dios de unos nativos africanos que murieron de inanición tras una sequía. ¿O... era el tirano de una estrella negra? ¿O fui concebido como un ídolo de la fertilidad por una raza de lagartos en un planeta muerto? No recuerdo, allá en el Vacío solo importa el silencio.
—¿Cómo cruzaste a este mundo quebrantando las Leyes de Adonaí?
Enrique se encogió de hombros, y abrió su boca para cantar:
—Pensando y viendo las estrellas, pregunté... Si en algún lugar esto se estaría repitiendo. —La voz del soldado era rasposa y desafinada—. Si es que en otro mundo, tal vez, nos ganó el deseo... O si solo fuimos un error del universo—clavó sus ojos en el vampiro—. Solo por escuchar eso, valió la pena escapar del infierno.
—Una legión del otro lado ha migrado a este mundo por la abertura como hace millones de ciclos—dijo Sokolov sin parpadear—. Se cumplirá la Profecía del Año Negro, y este mundo volverá a su orden natural—apretó las muelas—. Y los traidores serán masticados por satanás—se dirigió al Justiciero—. Y usted seguirá nutriendo a los heraldos con el fruto de sus venas. Cuando el Reino de la Noche se vuelva a levantar bajo el estandarte de Pazuzu, se le asignará un sitio como semental para la cría de neonatos mutantes.
El vampiro se marchó con paso señorial, y el Justiciero se removió en su sitio cargado de grilletes. La idea de un hombre convertido en semental de cría le resultó repulsiva y le hizo preguntarse qué clase de sociedad querían construir los vampiros con las cenizas del Reino Humano. ¿Y quién era Pazuzu y su legión demoníaca? «En el infierno había un hombre cantando, y todos los demonios dejaron de sufrir para poner atención a sus versos».
—Oye, soldado—lo llamó el Justiciero—. Vamos a escapar juntos.
—¿Cómo?
—¿Ves estos grilletes en mis manos y pies? —Sonrió, su rostro era una máscara habituada a la tristeza—. Mi mutación me permite controlar el campo magnético de mi cuerpo. Lo que ellos no saben, es que convertirte en un imán tan poderoso... que el metal se deforma lentamente.
Enrique recordó al humano cantando en aquel rincón oscuro de los bajíos del inframundo mientras las abominaciones se retorcían en charcos de podredumbre.
—¿Cuál es tu nombre, humano?
—Sebastián Landaeta—apretó los dientes y se concentró: el aire a su alrededor vibró con la ionización del magnetismo—. ¿Por qué viniste a este mundo, Kudurú?
—Para ayudar a la humanidad.
«Si Dios cancela primaveras. Y nieve en mi Quisqueya... Cuando se funda una estrella, y el diablo entre a una iglesia. Si es que llega ese momento... Que tú ya no me quieras. Revísate, eso no es normal».
El Justiciero apretó los dientes mientras enrojecía por la congestión: los grilletes temblaron y la vigas metálicas dentro de las paredes crujieron como un rumor de terremoto. Un hilo de sangre bajo por su labio superior con las arterias del cuello tensas...
«Las nubes no se caen del cielo. Por fuerte que es el viento... En nuestro amor hay turbulencia, pero huele a sereno. Y si acaso me equivoco... Y muere en el intento. Revísate, eso no es normal».
Los clavos del techo saltaron.
«Gerardo Steinfeld, 2025»
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