El Incidente de Ciudad Zamora

II
"Bajo el Casco Histórico de nuestra ciudad existe un laberinto subterráneo de túneles y cámaras que resguardan los secretos antiguos de la masonería bolivariana y los numerosos círculos ocultistas que se asentaron a lo largo del río durante el auge de las vaporeras. Este entramado se conecta a mausoleos apócrifos, pasadizos de alquimistas indios, proyectos inconclusos de alcantarillado y entradas a casas históricas que se pierden en el silencio del tiempo..."
—Sobre las Catacumbas de Ciudad Zamora, del Catedrático Emmanuel Urbina.

La camioneta se detuvo en un callejón estrecho subiendo por la colina del Casco Histórico y todos bajaron rápidamente liderados por un malandro delgado con gorro de lana negra y rostro tatuado al que todos llamaban Capriles. Aquel pelotón del hampa se movilizó hasta el fondo del callejón para meterse entre los muros por un espacio reducido entre las casonas oblongas.
—Gasoil mandó a buscarlos—dijo el maleante de camiseta blanca y tatuajes criminales con el rostro lambiscón en una mueca expectante—. Son los últimos que quedan.
El Coronel Gustavo lo miró con severidad.
—Se nos ordenó llevar esta carga hasta el Rio Orinoco para detener la expansión del Velo Negro.
Capriles sonrió, y un diente de oro brilló en su rostro.
—Sí, Gasoil lo sabe—se acomodó el revólver en el pesado vaquero que se le caía hasta las rodillas—. Él lo sabe todo: los muertos le hablan con más claridad que los vivos.
Gustavo le ordenó al Escuadrón Xenohumano entrar en aquellos pasajes estrechos en la cima, siguiendo indicaciones de la banda de delincuentes hasta llegar a un callejón oculto con una trampilla de acero que daba a unos escalones de adobe. Mostaza arrugó la nariz ante el repulsivo almizcle de la humedad mezclada con el excremento ácido de los roedores, y bajaron a un submundo de tinieblas impenetrables con distantes luces eléctricas que le hicieron enervar los vellos de los brazos. Tienen un generador, pensó con una sonrisa. Le tocó el hombro al joven robusto que descendía frente él con el subfusil en los brazos.
—¿Sí? —No tenía pinta de mala vida como los otros malhechores de la banda.
—¿Cuál es tu nombre?
—Los muchachos me dicen Pollo Blanco.
—¿Qué música escuchan en Ciudad Zamora?
—Caramelos de Cianuro, por supuesto.
—Viva el Rock, muchachos.
Recuerdo que en las noches te solía silbar... Desde la calle a la ventana. Se abrió un túnel tapizado con huesos marchitos de animales, por el que se marcharon como una procesión del Valle de Jericó. Tú te escapabas bordeando el oscuro jardín. ¿Quién sabe cuantas lunas contemplamos pasar... echados en la terraza? Capriles se adelantó para decirle algo a Gustavo mientras Mostaza veía con asombro las lámparas LED alimentadas con cables como venas de un corazón energético que rugía en alguna parte de aquel submundo. Desde mi casa el cielo se sigue viendo casi igual.
Un muchacho espigado de ojos verdes y dientes chuecos al que todos le decían Cogegorda los guío por una bifurcación a la izquierda. Yo era tu mala influencia, tú fuiste mi princesa. El ambiente opresivo de las paredes húmedas conducía el rumor lejano del Río Padre. Siempre son frágiles las horas más perfectas. Bajaron lentamente por una rampa a un corredor conectado por varias celdas con cajas de armamentos ilegales... y encallaron en un laboratorio clandestino de apretadas mesas con alambiques. Quizá me invada la nostalgia... Por un encuentro imposible, de las memorias sólo atesoramos lo sublime.
Solo Capriles, Pollo Blanco y Cogegorda los escoltaron hasta un recinto estrecho en el que los altares de Santos peleaban por el espacio ante el fulgor de las velas, los demás pandilleros se habían desgajado en quehaceres diversos a lo largo de los túneles. Un hombre joven de rostro rosado y ojos azules esperaba sentado en una mecedora frente al panteón de figuras de yeso venerado con inciensos ante las llamas débiles como estrellas suspendidas.
—Él es el Patrón Gasoil—señaló Capriles con una sonrisa elocuente—. Debe estar bajando un espíritu o viendo el futuro. Los muertos le dicen lo que va a pasar... Fue así como supimos de ustedes y su misión. Gasoil lo ve todo—se tocó la frente e hizo gestos de lunático—. Su mente viaja a otras dimensiones y descubre secretos que ni tú ni yo entendemos.
—Puedes retirarte, Capriles—dijo el oráculo. No parecía un malandro curtido en los barrios marginales, más bien, era un joven de tez rosada y barbita pulida que vestía con modestia—. Estuve preguntando por su amigo, el que utiliza el nombre de Enrique Rojas... pero no es tal.
—Él... —Norisbel dudó—. Intenté leer su mente, y descubrí que no era un ser humano—la miraron con desconcierto—. Es como un cascarón de carne relleno de escorpiones. No sé lo qué es... Pero sentí mucho miedo e incomodidad.
El Coronel frunció el ceño.
—¿Es un traidor?
—No... no había malas intenciones en su actuar
Gasoil estudió las imágenes católicas ante las velas perfumadas.
—Su auténtica esencia está causando revueltas en el abismo—dijo—. Desde que el Velo Negro cubrió el cielo y las Puertas del Infierno se abrieron, hemos decidido permanecer acá y rescatar a los que quedaron atrás. El dolor y las bajas vibraciones los fortalecen. El Justiciero de la Ciudad nos prestó su apoyo para enfrentar a las criaturas que surgían del río y los líderes chupasangre que las dominan.
—Carolina nos advirtió de un culto de vampiros—admitió Gustavo—. Los analistas llenaron un departamento con archivos tras la pista de estas figuras responsables del robo de la Caja Siciliana.
—El culto secuestra vivos a los civiles para usarlos en rituales demoníacos allá arriba en la Catedral—El líder de aquel tugurio sonrió con delicadeza—. Y los espíritus me han mostrado una horda innumerable esperando al otro lado de la anomalía—enarcó las cejas y se dirigió a los Santos con un gesto armonioso—. Aún el poder de estas tierras se resiente a dejar fluir esa negra oscuridad. Es lo que protege al mañana de esa rasgadura en el tejido de la materia por el que se escapan los demonios.
—Tenemos que ir allá inmediatamente.
—Si los espíritus no se desvían de sus designios, allí estará nuestro compañero mutante y su amigo con la llave para detener esta calamidad... antes que las profecías se cumplan.
Gustavo se tocó los labios. Estaba sudando frío... Aquel adivino lo estudió con indiferencia y cruzó las piernas.
—El Culto del Sol Negro ha hecho de la Catedral del Casco Histórico su Castillo del Horror—continuó Gasoil—. Son una secta antiquísima encabezada por Alexey Sokolov, el último sobreviviente de una edad oscura en el que la Humanidad solo fue un eslabón más en una cadena indefinida. La Muerte Fría cambió las reglas del mundo y este vampiro quiere que la sociedad vuelva a su estado original mediante la Profecía del Año Negro.
—En los archivos clasificados del SEBIN hay crónicas que podrían destruir lo que sabemos de nuestros antepasados—el Coronel se sintió enfermo—. Lo que desenterraron los militares en el Parque Canaima y...
Gasoil levantó una mano para hacerle callar.
—Está bien, papito—se llevó las manos al regazo—. Sokolov no va solo. Su séquito es dirigido por el siniestro Doctor Knoche y el desaparecido prócer Ezequiel Zamora. Los espíritus temen nombrar a los otros fanáticos de este círculo milenario al mando de las legiones del infierno. Lo que reside en el cuerpo de Enrique Rojas es la clave para entender qué horror se gesta en nuestra Ciudad Zamora.

«Gerardo Steinfeld, 2025»

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