El Incidente de Ciudad Zamora

Capítulo 2: Enrique Rojas.

I.

"El Sargento Enrique Rojas es un activo de alta peligrosidad. Durante la Operación Selva En Llamas, ejecutó la neutralización de columnas guerrilleras con una eficiencia cercana a la crueldad, supervisando el bombardeo de saturación y eliminando a los sobrevivientes con su fusil de precisión Catatumbo. Se le considera un sujeto despojado de dilemas éticos, totalmente subordinado a las directrices del Estado. Sin embargo, tras su despliegue en la Amazonia, los informes psicológicos reportan una alteración inexplicable en su conducta..."

—Archivo del Ejército Nacional: Selva Amazónica.


El Coronel Gustavo Rodríguez iba al frente de la columna con el maletín blindado del artefacto capaz de destruir el Velo Negro en su espalda. El Sargento Enrique Rojas cerraba la fila con el fusil en las manos mientras se desdibujaba una avenida angosta repleta de cráteres de batalla y carros quemados.

Habían entrado al Velo Negro a las 12:28pm tras el receso de agrupamiento. Debían ser furtivos e implacables. Apretó el guardamanos y la culata contra su pecho mientras avanzaban en el silencio de la larga calle. Habían dado de baja al Teniente Coronel Luis Flores y se asignó una división de artillería para prevenir otra incursión.

El Señor Mostaza iba en medio con el sombrero de medio lado.

—¿Quieren que les cuente la vez que le chupé los pies a una monja?

—No—Gustavo miraba —. Deja de hablar tanto. Me pones nervioso.

Pasaron frente a una universidad derruida y un puente sobre un riachuelo de aguas negras. Pesadas telarañas cubrían los edificios de aquel complejo estudiantil como gruesas cortinas de algodón... de los que pendían capullos como piratas ahorcados que oscilaban con el soplar de un viento muerto.

—No me gustaría estudiar allí—dijo Mostaza, y se enderezó los lentes oscuros—. ¿Qué prefieren: salsa o merengue? Para mí, el mejor salsero es Frankie Ruiz, aunque el mutante en la celda de al lado me contagió las canciones de Willie González—soltó una carcajada con una mano en el sombrero—. Maldito loco, ¿verdad? Era un loquito mitad lagarto con poderes mentales que se la pasaba gritando. Creo que puso un huevo o algo así—Norisbel volteó a mirarlo con el ceño fruncido—. Bueno, también me gusta mucho la bachata, ¿no? —Chasqueó los dedos con una sonrisa—. Hoy que me pongo yo a pensar... En Alexandra y los momentos que han pasado—continuaron la pesada marcha por la avenida abollada por cráteres y casquillos que despedían un vapor tenue a pólvora—. Aquí he venido a cantar... Mis sentimientos y mi historia de quien amo—era una avenida larga que separaba un barrio de calles sinuosas del abandonado Jardín Botánico y sus pantanos de agua estancada—. Yo sé, varias veces te fallé... Pero olvida ya el pasado, es el presente. —la noche eterna era suavizada por un débil resplandor púrpura que parecía emanar de las grietas del pavimento—. Me arrepiento, aunque siempre yo te amé... Son aventuras, ignorancia de la gente—rodearon un par de camiones militares deshechos. No había ni un cadáver—. ¡Alexandra, nunca me dejes de amar!

—¡Cállate Mostaza, verga nojoda! —Gustavo abrió mucho los ojos como un gorila iracundo—. ¡¿No sabes estar quieto?! ¡¿Te estás metiendo la porquería de Míster Cartelúo?!

Mostaza suspiró, y se enderezó el sombrero.

—Lo siento, solo estoy feliz.

—¿Qué tiene esta Operación de feliz?

El rubio se rascó la nariz aguileña.

—Es que... nunca había tenido amigos de verdad. 

Gustavo frunció los labios y relajó sus párpados.

—No importa, Mostaza—continuó la marcha hasta el final de la avenida—. Este Escuadrón Xenohumano necesita saber a qué se está enfrentando—señaló las casas del barrio a la izquierda con el fusil en su brazo—. Las bestias poseídas que atacaron la Barricada de la Avenida 5 de Julio eran demonios menores. Los Metafísicos del Círculo Ocultista de Puerto Bello sostienen que los demonios tienen una Jerarquía Demoníaca equivalente a las Tres Jerarquías Celestiales—los miró atentamente mientras su mirada se desviaba al sector pantanoso de densos matorrales... y horrores desconocidos—. Es algo así como que... los ángeles comunes solo puedan poseer animales: son entidades retrasadas. Mientras que los Serafines, Querubines y Tronos son los Príncipes que están más cerca de Dios—se rascó la cabeza, pensativo—. Pero al revés...

—Como es arriba, es abajo—susurró la Bruja del Guayabal con la chaqueta negra de la División Xenohumana demasiado ancha para su cuerpo huesudo—. Un axioma hermético sobre la polaridad del universo.

—¿Qué es el Cielo y el Infierno más que planos superpuestos a la materia? —Mostaza se enderezó los lentes y se metió las manos en los bolsillos—. En la Finca de la Bruja había un hechicero pederasta que tenía un altar dedicado a los Arcángeles: los designados por el Altísimo para velar por la Humanidad. 

Enrique rompió su silencio sin querer...

—Y las Potestades son los Gobernantes del Cosmos.

Norisbel le lanzó una mirada escrutadora, y se concentró en cerrar por completo sus pensamientos como una puerta de hierro. Sintió un cosquilleo en la parte trasera del cerebro, pero la telepáta no descubrió nada... solo se limitó a levantar una ceja con rigidez.

Gustavo los miró como quien mira un montón de retrasados. 

—La Realeza del Infierno y los temas metafísicos no se me dan—dijo. Metió una mano en uno de los bolsillos del chaleco antibalas y extrajo un paquete de cigarrillos—. Yo sé de Xenohumanos. Estuve en Cucuta durante las comisiones de exterminio. La Guerrilla Colombiana tenía varios mercenarios como ustedes—los señaló con el cigarro entre los dedos antes de llevárselo a los labios morados—. Carolina me mandó a exterminarlos en caso de insubordinación. Soy su supervisor, no su amigo... y no me creo que alguien haya cambiado porque el horóscopo le recomendó dejar el narcotráfico—le lanzó una mirada hostil a Cartelúo—. Esos demonios menores eran bestias coordinadas. Los cadáveres fueron poseídos por duques y príncipes... por eso la locura del Teniente Coronel Flores. Puede que tengan un potencial destructivo equivalente a un Mutante de Cuarto Nivel en la Escala de Gilberto—mordió la colilla del cigarrillo apagado y la escupió—. Ojalá Dios sea benevolente y jamás nos encontremos con un Rey del Infierno. 

Enrique frunció los labios. «Este es uno de esos fanáticos militares—pensó,  haciendo un esfuerzo por cerrar los conductos de su mente—. Otro hombre sin corazón que le vendió su alma al Estado por unas monedas».

Mostaza frunció el ceño.

—¿Qué es esa porquería de Gilberto?

Petra sonrió con amargura.

—Una nueva forma de racismo.

—¿Aún hay racismo en este siglo? —Carlos parecía triste bajo el bozal—. Porque tengo un hermano negro.

—Creí que el porno había acabado con el racismo—Mostaza se adelantó con pasos felinos. Era un hombre muy guapo hasta que abría la boca.

Gustavo terminó de desmenuzar el cigarro con los dedos. 

—Los Cinco Niveles en la Escala de Gilberto es un concepto que la División Xenohumana del SEBIN maneja para clasificar a los mutantes—miró una enramada de árboles entrelazados formando un techo vegetal sobre aquel tramo de la avenida—. El primer nivel corresponde a una mutación inútil como un dedo adicional o un defecto congénito—pasaron bajo la sombra iridiscente con la sensación de atravesar una caverna primigenia—. En el segundo están las mutaciones funcionales y las amenazas menores. —Los miró largamente con una mano enguantada en la culata de madera del rifle, sostenida por una correa alrededor del chaleco—. En el tercer peldaño tenemos al Súper Hombre—soltó con desprecio en su tono—: personas con habilidades extraordinarias. Necesitaría un tanque para frenar su poder—sus ojos oscuros se posaron en el Señor Mostaza y en la Bruja del Guayabal—. Los de Cuarto Nivel son pocos, y se necesitaría un ejército entero con balística de alta potencia para matarlos—se dio golpecitos en el casco blindado—. En el último lugar están los verdaderos monstruos. Uno solo podría acabar con un país. 

Carlos parecía asustado.

—¿Existen? 

Gustavo tragó saliva sin despegar la vista del muchacho embutido en la camisa de fuerza. 

—Para eso el SEBIN fundó esta división—se apresuró a bajar por una caída abrupta en la calle hasta visualizar la intersección de avenidas principales que conducía al Paseo Orinoco—. Somos el escudo del país contra... los que usan sus poderes para perjudicar.

—¿Y si alguien usara sus dones para ayudar a las personas? —Las cejas de Carlos se unieron en un gesto solemne—. Como el Justiciero Nocturno de Ciudad Zamora y Candela, la Heroína de Maracay. 

—Estos no son dones—Míster Cartelúo rompió su silencio con el semblante descompuesto—. Son maldiciones... que nos convierten en criaturas solitarias. Dañamos a las personas que nos rodean como si estuviéramos condenados a las desgracias.

Norisbel bajó la mirada con lágrimas rodando por sus mejillas. Mostaza le puso una mano en el hombro a la pequeña mujer.

—Si vuelves a decir que estamos malditos, te voy a arrancar los dos pezones. 

Al final de la larga Avenida 5 de Julio, se encuentra un cruce de calles junto a la casona donde habitó el Libertador Simón Bolívar, y una estatua del mismo en una postura triunfante en una plaza descuidada con bancas rotas. Debían subir por la Avenida Cumana paralela al abandonado Jardín Botánico para llegar al Paseo Orinoco.

La Bruja del Guayabal se erizó en dirección al sector abandonado cercado por un alambrado erosionado, y un rumor de tormenta lejano llegó hasta ellos.

—Algo viene—sentenció...

Enrique sintió una brisa cálida y hedionda cayendo sobre él, y se giró para encontrarse con una caverna monstruosa de paredes viscosas y sartas de colmillos del tamaño de cabezas. Buscó la llave de titanio en su cuello antes de ser engullido de un bocado por aquella criatura que surgió de la avenida como un maremoto.

Mostaza gritó cuando aquella abominación cuadrúpeda de ocho metros con morro de cerdo se llevó al Sargento Rojas de un bocado, y se perdió en los matorrales del Jardín Botánico como un perro con una tripa de salchichas en el hocico. El Coronel Gustavo lo persiguió con una ráfaga de disparos, pero se vieron rodeados por una manada de arpías que descendió del cielo como palomas del infierno.

El estruendo ensordecer de estos seres alados con senos de mujer, plumaje cobrizo y garras demoníacas cayó como un oleaje de sirenas torturadas sobre sus cabezas. Sus rostros eran simiescos, deformados por un pico flácido inyectado de dientes como agujas.

Una de las arpías levantó a Carlos unos metros del suelo entre aullidos feericos. El joven se debatió agitando las piernas hasta que Norisbel levantó las manos y estrujó los dedos... ocasionando que la criatura se retorciera como un estropajo en remojo sanguíneo.

Gustavo puso al muchacho inmovilizado bajo cubierto con el fusil en ráfaga.

Caían sobre ellos como ángeles de la muerte travestidos en horrores de rapiña con las garras afiladas.  Dos de ellas cazaron a Petra, y la partieron a la mitad entre sus garras como un gusano dejando escapar un reguero de petróleo hediondo... y mientras la figura se reconstruía en el suelo, el Señor Mostaza lanzó un chispazo al aire con el amperio que le quedaba en el cuerpo. 

—¡Cartelúo! —Llamó, viéndose rodeado de esas abominaciones con las alas extendidas—. ¡Tienes que ayudarnos!

Pero el hombre de morado se limitó a retroceder con la cabeza baja mientras Gustavo y Carlos se ponían a cubierto bajo una arboleda junto a unos pedruscos. Norisbel no permitía que ningún monstruo alado se pudiera acercar a los soldados con ademanes de sus manos: las arpías sucumbían en pleno vuelo con las alas estrujadas y el pescuezo torcido. Pero seguían formando un cerco a su alrededor, cerrándose a medida que batían sus plumas en torno a los puntos ciegos de la brujita...

Petra buscó su parte inferior que parecía tener vida propia, volviendo a unir su interior de alquitrán negro en un instante. Su ropa y parte de su cabello se había disuelto como un manto oscuro sobre su piel...

Mostaza se encontró rodeado de estos pájaros homínidos de ojos negros como pelotas de béisbol, y estuvo a punto de lanzarse cuando un destello de ignición le abofeteó el rostro con un estallido de fuego. Las criaturas aullaron presas de las llamas con quejidos humanos... y un robusto Chevrolet Silverado apareció desde el fondo de la avenida opuesta con un pelotón de bandoleros armados con subfusiles F-Caribe y Orinoco II. El fuego ametrallador envolvió a las criaturas sobre la enramada derribando varias, mientras los delgados morenos vestidos con camisetas blancas cadenas de oro y vaqueros estrechos bajaban de la caja de carga.

—¡Mátalas, mamaguevo! —Gritaban en formación descuidada disparando al cielo—. ¡Suban, suban! ¡Allí vienen los Peludos y las Sirenas! ¡Suban, coño!

Petra se recompuso, temerosa de la Molotov que explotó a su diestra, y miró largamente a Mostaza mientras los malandros saltaban a la caja de carga junto al Coronel Rodríguez, Míster Cartelúo y la Bruja del Guayabal. 


«Gerardo Steinfeld, 2025»

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