El Incidente de Ciudad Zamora

V.
"Otro sujeto estudiado en las instalaciones de ingeniería genética fue el Xenohumano G-101003: su nombre fue borrado de los documentos en la purga que borró su existencia. Nació con una mutación que modificó la estructura bioeléctrica de su cuerpo: en sus células existían orgánulos adicionales parecidos a mitocondrias, identificados como electrocitos capaces de generar diferencias de potencial eléctrico a través del bombeo de iones de sodio y potasio. Estas estructuras celulares se disponían en serie para sumar sus voltajes y generar descargas de alta intensidad, de manera similar a las fibras musculares... siendo también capaces de almacenar energía eléctrica, invirtiendo la posición de los iones como baterías de reacciones electroquímicas.
Este mutante podía soportar descargas de más de cien amperios, y almacenar este flujo de electrones para fortalecer su tejido mediante la ionización de los melanocitos en su epidermis; y reforzar la densidad ósea de sus huesos, formados por hidroxiapatita dispuesta en forma de laminas que se contraen para almacenar iones cargados con electrones."
—Informe del Instituto Militar de Nueva Andalucía sobre el Sujeto 101003.

La tropa de vanguardia a cargo del Capitán Pérez dispuso la línea de carabineros a la espera, con la tropa de refresco detrás de sendas cajas con municiones para un fuego inagotable.
—¡Cabo Cedeño y Cabo Ortiga! —Los llamó el Teniente Coronel por radio mientras retrocedían detrás de la fuente marchita—. ¡Atentos a sus ametralladores! ¡No disparen hasta que la orden sea dada!
—¡Sí, mi coronel!
—¡La tropa de artillería que prepare los morteros, y carguen la M2 para una ráfaga de barrido a mi señal! —Cambió la frecuencia del radio al momento que un soldado de uniforme oliva saltaba sobre la camioneta Tiuna para sentarse ante la pesada ametralladora y levantar el pulgar—. ¡Unidad Catatumbo alerta!
—¡Afirmativo, mi Coronel! —Gritaron los ocho francotiradores desde los tejados opuestos.
Luis Flores se metió las manos a los bolsillos tras consultar el reloj. «7:28pm». Y miró al Coronel Gustavo y al Sargento Rojas mientras anunciaba por radio en línea general:
—Capitán Pérez, quedan usted y su tropa delegados a disparar cuando sea conveniente.
—¡Recibido, mi coronel!
—¡Vayan con Dios, pero regresen...! —Estudió el Velo Negro en contraste con la bóveda púrpura del cielo oscuro. Una sombra cruzó sus ojos grises... «Está pensando en las abominaciones que surgirán de la anomalía está noche»—. ¡Por amor, pero por amor, vamos a hacer las cosas por amor a Venezuela!
—¡SÍ, MI CORONEL!
Cortó su comunicación, y suspiró... Y en ese momento Mostaza lo detalló como realmente era: un viejo cansado, con el rostro marchito después de sentir en carne propia los horrores de una posición con la que los jóvenes sueñan.
—Éramos felices y no lo sabíamos—dijo. Se dirigió al Escuadrón de Xenohumanos con el rostro rojo perlado de sudor—. Nosotros vamos al puesto de mando junto a los francotiradores.
Subieron por una escalinata a un edificio abandonado desde el que se podían avistar las dos calles disueltas en la niebla azabache. Norisbel seguía agitada, y se le suministró un potente analgésico intramuscular mientras tomaban posiciones junto a las troneras de los tiradores. Notó un generador a motor diésel que rugía en el centro de la azotea para suministrar energía a los aparatos electrónicos y las lámparas recargables de la barricada. Carlos se sentó en una esquina para «fingir que no existo mientras pasa lo peor»... y el Señor Mostaza se posicionó junto a los militares al mando para presenciar la oleada. Había comenzado la Operación Noche de los Mil Demonios...
—¿Qué carajos? —Petra se asomó con desconcierto.
El primer contacto fue verdaderamente espeluznante: un susurro lejano se precipitó desde el crepúsculo del Velo Negro, y una jauría de perros del infierno emergió en desbandada. Eran dos docenas de caninos negros con un espinazo jurásico sobresaliendo del lomo y los ojos inyectados de un brillo maligno. Se precipitaron a gran velocidad, arañando el asfalto con sus garras.
La Barricada abrió fuego con una descarga de metralla a la jauría demoníaca... que no dejaba de emerger en una estampida salvaje.
—¡Cabos! —Llamó el Teniente Coronel por su radio—. ¡Fuego cruzado!
—¡Afirmativo!
Las ametralladoras situadas sobre las camionetas de los extremos dispararon dos líneas de balas perforantes en ráfagas cruzadas que barrieron a los perros endemoniados. Las criaturas se desmoronaban con estallidos sangrientos... dejando un rastro de perros callejeros mutilados sobre el asfalto agrietado.
—Cuando los matas vuelven a su forma original—explicó Luis con una radio en cada mano. No despegaba un ojo de ambas calles—. Creemos que son poseídos por entidades malignas que los cambian por dentro y por fuera. ¡Una metamorfosis del infierno!
La jauría no parecía tener fin mientras los carabineros rotaban posiciones para recargar municiones. Había contado fugazmente unos cincuenta monstruos caninos cuando una impresión horripilante lo hizo perder foco: surgió un endriago gigante con torso de langosta, patas de araña cubiertas de pelaje blanco y cola de escorpión... como un pasaje apocalíptico. Estas siluetas altas se multiplicaron mientras los perros endemoniados corrían entre sus patas.
—Lo que viene de ese mundo inferior no tiene cuerpo físico... —declaró el Coronel Flores con su mentón chorreando sudor—. Usurpan a los animales callejeros y la fauna del Orinoco. ¡Hubieran visto a los caimanes poseídos durante el caos!
Una segunda ráfaga de fuego cruzada barrió la jauría de caninos y frenó al incesante bastión de plagas apocalípticas el tiempo suficiente para que el Teniente Coronel diera la orden de disparar los morteros 2S12 Sani. Las explosiones gemelas hicieron estragos en el centro de ambas calles... lanzando patas de insecto y escombros por los aires.
—¡Fuego a discreción hasta que aclare el humo! —Rugió Luis Flores a la línea defensiva—. ¡En cualquier momento llegará la segunda oleada!
No tardó mucho en llegar, pues un coro de batracios protegidos por crestas de silicio surgió de la penumbra junto a felinos mastodontes de fauces viperinas, y cucarachas pálidas del tamaño de niños con aguijones mortales. El Teniente Coronel ordenó que una tercera tropa de refresco se sume al fuego de la Barricada mientras el operador de la pesada metralleta M2 se preparaba para la aniquilación.
—¡SABROSO! —Gritó Luis, y el cañón de gran longitud vomitó una ráfaga destructora que abrió una zanja en medio de la horda—. ¡Fuego cruzado en esa barricada!
Los Cabos obedecieron con una tercera lluvia en forma de tijera que evaporó las filas demoníacas a pesar de la resistencia de las corazas. Se había levantado un montículo de restos que despedía un hedor azufrado. Aún seguían llegando batracios cascarudos y bichos de numerosas patas que explotaban como malvaviscos rellenos, pero la superioridad logística estaba clara.
—Muy eficiente, Teniente—lo felicitó el Coronel Gustavo.
—No cante victoria, Coronel—Flores no despegó sus ojos del panorama bélico—. Por allí viene uno grande. ¿No lo escucha?
Sí, por allí venía... Sus pisadas eran como los latidos de un corazón gigante. Descubrió que había dado tres pasos atrás, y miró a Cartelúo a su lado con una mano en el corazón. Carlos apretaba los ojos en su esquina con el bozal sofocando su agitada respiración... Y Norisbel seguía sedada en una catarsis de analgésicos.
—Acá tenemos uno tipo crustáceo muy grande—anunció por radio a la línea de  la Barricada Móvil en el Mercado La Carioca—. Calle arriba están recibiendo bastantes caimanes que parecen dinosaurios. Y en Perro Seco no dejan de llegar serpientes con cuernos y escamas de hierro.
Mostaza regresó a su sitio junto Petra, y la elefantina criatura de coraza picuda rebasó la montaña de cadáveres desmembrados en su pesado avance. Parecía una tortuga de coral marino con el caparazón tachonado de picos rosáceos y tres pares de patas de cangrejos que se hundían en el asfalto, reptando como una cucaracha. Era un ariete biológico que se movía por instinto... acercándose a gran velocidad con una cornamenta sobresaliente parecida a un punzón.
Estaba a cincuenta metros de la Barricada.
—¡Sargento González! —Llamó el Coronel Flores a través de la línea de comunicación—. ¡Máxima potencia!
El soldado que manejaba la pesada M2 dirigió la ráfaga al crustáceo. Las balas calibre doce se incrustaron en la armadura coralina con penetrantes estallidos mientras los carabineros peinaban a las criaturas menores... abriendo agujeros que despedían polvo cristalino. Ante la orden del comandante una granada fue disparada del mortero, trazando un arco en descenso hasta estallar contra la cornamenta del Crustáceo... que se vio envuelto por una nube de fuego, pero no se inmutó en su embestida.
—¡Teniente Coronel! —Gritó Gustavo con los ojos bien abiertos—. ¡Permita que el Escuadrón Xenohumano cargue en el frente! ¡El Señor Mostaza y Míster Cartelúo son antibalas! ¡El fuego amigo no será un problema!
—¡Denegado, Coronel! —Flores levantó su barbilla afeitada—. ¡No voy a arriesgarme a seis tropas bajo mi mando por un experimento del gobierno! ¡Demasiado daño hicieron los Xenohumanos en la Amazonía!
El Crustáceo rebasó los treinta metros como ningúna otra criatura tras once días de contingencia. La pesada M2 despidió vapor con el cañón enrojecido mientras la cadencia indetenible perforaba lentamente su caparazón... Era una motosierra contra una columna de mármol.
Mostaza tragó saliva, y miró atrás.
—¡Carlos! ¡Levántate, Hannibal Lecter!
El muchacho estaba llorando en su esquina. Temblaba de pies a cabeza con el rostro escondido entre sus rodillas mientras se debatía en la camisa de fuerza. Se acercó a él, y le palmeó la espalda.
—No puedes quedarte aquí—dijo—. ¿Puedes escupir fuego por la boca, verdad?
—No puedo—negó con los ojos rojos y el bozal torcido—. ¡No soy como ustedes! Tengo mucho miedo.
Mostaza apretó los labios.
Las patas izquierdas del Crustáceo se desprendieron tras la insistencia del Sargento González. El pesado caparazón viró a gran velocidad como un tren descarrilado... y se deslizó sobre el asfalto, perdiendo ímpetu, hasta que el cuerno afilado penetró en el autobús principal de la barricada, moviendo unos centímetros el pesado vehículo.
La recalentada M2 agotó su suministro, y el oficial González bajó de la camioneta con el rostro pálido y una sonrisa de alivio.
—¡Bien hecho, Sargento! —Lo felicitó Flores—. ¡Descanse! Lo vamos a necesitar en unas horas cuando la ametralladora sea manipulable.
Pero aquella victoria duró poco, porque una criatura nunca antes vista salió de la espesa cortina: un blindado alado. Los francotiradores no necesitaron la orden y comenzó el fuego contra la criatura vampírica de cuello alargado: un pangolín gigante con alas de murciélago. Sus escamas de quitina formaban una malla impenetrable que repelía las balas perforantes de los Catatumbo.
—¡Teniente! —Gustavo Rodríguez lo palmeó para que el anciano volviera en sí—. ¡Con un poco de marihuana, Míster Cartelúo puede volar y...!
—¡Está cayendo! —Señaló el hombre con el dedo. Las balas habían atravesado las alas correosas del demonio escamoso—. ¡Ha sido derribado!
El pangolín se hizo bola con la cola palmeada, y cayó como un erizo sobre el autobús horizontal de la barricada. Los soldados del frente pusieron su atención sobre el gigantesco animal mientras una oleada de arácnidos con rostros humanos saltaba sobre ellos con los aguijones cargados de veneno.
El Coronel Gustavo recibió un llamado inmediato del Helicoide, pero se dirigió al anciano barrigón.
—¡Teniente!
—¡Retrocedan! —Ordenó sin despegar sus ojos de la matanza—. ¡Repito: retroceden para reagruparnos calle arriba!
Mostaza tragó saliva cuando una de esas arañas de patas como zancos clavó su aguijón en la espalda del Capitán Pérez y sus subordinados fueron despedazados. El Cabo Aquiles Cedeño se irguió sobre la Ford Toyota con la ametralladora en brazos soltando un grito mientras las arañas humanoides lo rodeaban, pero fue el Demonio Pangolín quien le arrancó la cabeza y metió su larga lengua por el cogote con las arterias aún chorreando sangre al caos paleógenico de la noche.
—¡Retrocedan, maldita sea! —Luis Flores perdió los estribos con la espuma brotando de sus dientes amarillos—. ¡Aún podemos defender la subida!
—¡TENIENTE CORONEL LUIS FLORES! —Era la voz de Carolina Ascanio desde el teléfono de Gustavo—. ¡¿POR QUÉ MIS AMORES NO ESTÁN EN EL FRENTE?!
El anciano dudó ante la máxima autoridad, pero regresó su mirada al frente cuando uno de los morteros fue mal ejecutado y la granada explotó adentro, arrancándole los brazos a seis soldados de artillería. Los demonios se precipitaron en manada, y el Teniente Coronel se llevó las manos a la cabeza en señal de desesperación.
—¡Cartelúo! —Llamó Mostaza.
Pero el hombre envuelto en neopreno se cruzó de brazos con la mirada baja.
—¡Vete a la mierda, sí! —Se quitó la gabardina de los hombros y los lentes oscuros mientras se acercaba al generador.
—¿Qué vas a hacer? —Preguntó Carlos con los ojos verdes enrojecidos.
Le hizo la señal de paz con los dedos.
—Voy a curar el lesbianismo.
—¡DIJE RETIRADA! —Gritó Luis Flores, enloquecido.
El Señor Mostaza se agachó para recoger los cables de alimentación de la fuente, y los rompió para exponer el cobre mientras el motor a gasoil rugía haciendo girar el rotor. Exhaló hondo, y sostuvo firmemente las terminales opuestas para completar el circuito... Billones de electrones pasaron por su cuerpo, activando los trillones de electrocitos dentro de células como baterías microscópicas. Sintiendo las moléculas de sodio y potasio cambiando de posición para almacenar energía con el fluir de los amperios... y los músculos ardiendo debido a los robustos huesos de quitina destilando iones cargados. Era un transformador eléctrico de carne.
Me despedí, pero te mentí... No me quería alejar. Su piel relucía con un índigo incandescente y sus ojos despedían un fulgor ámbar. Disimulé, me aguanté... Pero es que ya no puedo más. La estática de su cuerpo se hacía visible con pequeñas descargas eléctricas. Quise borrarte, olvidarte... Pero te vuelvo a recordar.
Echó a correr con una carga de cien amperios en su cuerpo, y antes de saltar le mostró el dedo del medio en un gesto obsceno al Teniente Coronel Luis Flores. Todos los días salgo a caminar... Hago mil cosas pa' no pensar. Estalló en el campo de batalla como un relámpago, y en una estampida despedazó a todo aquel que entrase en contacto bruscamente con su cuerpo. Me lleno de adornos, sufro de trastornos... Siempre te quiero llamar.
Petra también saltó a la acción con los brazos convertidos en mazas de púas de alquitrán sólido, enfrentando una jauría de lagartos acorazados para que los soldados al mando del Sargento González pudieran retroceder.
No quiero nada, nada, nada... Y es que soy tan complicada. El Señor Mostaza saltó a la estampida como un bólido indetenible contra un muro de carne profana. ¡Ay, ay, ay de mí! ¡De este amor que se metió y que se dispara! ¡Se contagia y te reclama! Su camisa blanca se manchó de sangre oscura y jugos gástricos al partir arácnidos con sus puños, y saltar sobre grillos homínidos de corazas quebradizas como papel. ¡Ay, ay, ay de mí! ¡De este amor que se me incrusta como bala! ¡Que me ahorca y que me mata! Escupían ácido que se disolvía sobre la camisa y la piel reforzada por la ionización de los melanocitos en su epidermis. Los zarpazos en medio del pandemonium rebotaban contra la robustez de sus huesos... y con los puños reventaba cabezas en un baño de líquido tibio. ¡Todo sería diferente! ¡Si tú me quisieras!
Los francotiradores disparaban a las criaturas que intentaban escalar por la avenida y prestaban apoyo a los soldados que buscaban replegarse. Petra había abandonado su disfraz femenino y se convirtió en una pared de petróleo que resistía los escupitajos de ácido y las espinas proyectadas por los endriagos bizarros. Detrás de ella se alineaban soldados con las carabinas en ráfaga para bañar de plomo todo lo que se movía...
Debo frenar. Porque no puedo más... Me duele todo. Tres arañas humanoides saltaron sobre él, intentando atravesar su espalda con sus patas como lanzas... y lo pusieron boca abajo por pocos segundos. Así me dijo el psiquiatra...Yo sé que es mejor, que me olvide de tu cara. Se irguió bajo el peso de las patas, y liberó un fogonazo con la mitad de la carga eléctrica por los poros con un aullido. No quiero nada, nada, nada... Y es que soy tan obstinada. Las patas de araña saltaron mientras un líquido viscoso y hediondo lo bañaba. Estaba rodeado de criaturas bizarras que imitaban humanos deformes con pieles curtidas...
Se lanzó con un grito en los labios a la primera criatura: un Demonio Pangolín cubierto de escamas del mismo material que sus huesos. Si tú me quisieras yo dejaba todo. Golpeó primero con los músculos del brazo ardiendo, y recordó cuando lo secuestraron en los barrios de Nueva Bolívar. Ya no iré a terapia, sé que te perdono. Una embestida en su espalda le extrajo de cuajo el aire de los pulmones... y se vio a sí mismo entrenando como sicario en las plantaciones de cocaína del Italiano. Con tu pelo negro tejería un cuento. Gritó cuando el Pangolín le pegó un fiero zarpazo en la coronilla y el cerebro se le enfrió... como en ese incidente con el generador que despertó sus poderes: la usura de los mafiosos. Yo quiero vivir contigo este momento...
El Señor Mostaza apretó un puño recordando la cara roja y obesa de Barriga de Perra cuando lo obligó a matar y robar por todo el país. ¡Ay, ay, ay de mí! ¡De este amor que se metió y que se dispara! Reunió una gran cantidad de energía bioeléctrica en su brazo, y descargó un golpe en el vientre del Pangolín. ¡Se contagia y te reclama! Sintió que unas bolsas explotaron dentro de aquel saco de carne, y un chorro rojo le cubrió el rostro cuando el cuerpo se desplomó. «También me vendió al Ejército, ese desgraciado». ¡Ay, ay, ay de mí! ¡De este amor que se me incrusta como bala! Un zarpazo lo embistió de costado, y se balanceó sin aliento para no caer: el demonio hinchado de potentes brazos se lanzó a él como un boxeador sin rostro. ¡Que me ahorca y que me mata! El golpe le alcanzó el rostro como un cañonazo ardiente, y sintió aquellos nudillos romperse mientras las paredes interiores de su boca se llenaban de sangre. «Y mis compañeros me dejaron atrás como un perro cuando una bala me pegó en el cráneo». ¡Todo sería diferente si tú me...! Cayó al suelo, rodó sobre su propia inercia y estiró la mano al momento que un relámpago se desprendía de sus dedos para fulminar a la criatura. «Pero sobreviví, a pesar de que convirtieron la Amazonía en un infierno con los bombardeos». ¡Si tú me quisieras!
Ya no quedaban más monstruos. Amanecía sobre la Avenida 5 de Julio... y en medio de las montañas de cadáveres desmembrados se alzaba un único hombre bañado en líquidos fluorescentes.

«Gerardo Steinfeld, 2025»

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