El Incidente de Ciudad Zamora

II.

"Un fenómeno inexplicable cubre el Paseo Orinoco: A las 3:54 de la tarde, los ciudadanos del Paseo Orinoco reportaron un oscurecimiento repentino del cielo, que progresó hasta la oscuridad total con un apagón general de los sistemas eléctricos. El viento y las señales climáticas se detuvieron abruptamente en la zona. Aquella sombra se extendió a lo largo del Malecón, hasta el otro extremo del Puente Angostura y el sector Jardín Botánico. Los residentes incomunicados explicaron que antes del oscurecimiento, se originaron remolinos irregulares en las corrientes del río cercanas a la Piedra del Medio, desatando el temor colectivo ante el monstruo de las profundidades del Orinoco que, según las leyendas, cuyo despertar significa el hundimiento de la ciudad."
—Fragmento del Diario El Progreso, sobre el Incidente de Ciudad Zamora.

Petra, así le decían... o a lo que quedó de ella tras surgir de las aguas contaminadas del Lago de Maracaibo. Desde que la encerraron en el Helicoide de Nueva Bolívarj, había llevado una existencia rutinaria y desconectada de la realidad. Pero aún era ella, en el centro del centro de su cuerpo aberrante: aún guardaba recuerdos de una vida aniñada y estúpida con un desenlace fatal en el esquema olvidado del mundo, con olor a ritmo de congas y vino espumoso. Sabía que al poner su consciencia en suspensión, su forma femenina se volvía una masa gelatina del color del alquitrán... Un residuo radiactivo de lo que fue, y lo que sobró, esa noche en Maracaibo.
Escuchó la descompresión hermética de la compuerta de su celda, y adoptó rápidamente la figura esbelta de sus recuerdos como Valeria Perozo. A ella no le hubiera gustado que la vieran convertida en un monstruo aceitoso. Su masa burbujeante se calentó al comprimirse en una mujercita joven de pelo castaño y facciones refinadas. Incluso copió las blusas chillonas, los pantalones anchos de obrero y las sandalias con pompones que a ella tanto le gustó usar.
—Hola, perra—el rostro pálido de ojos cafés de Candela la escudriñaron con un chispazo de ironía. La alta mujer de cabello rubio platinado vestía el uniforme negro del SEBIN con las insignias de la bandera en los hombros y la gorra con el término XENO. En su chaleco antibalas se leía el nombre: «N. Alvarez»—. Flojita y cooperando, Puta del Lago. Que la última vez te me escapaste por los pelos.
Candela, la Heroína de Maracay, la amenazó con un yesquero color ciruela. Ella era su enemigo natural: un mutante pirokinético al servicio de las instituciones militares. Un solo chispazo podría encender el líquido aceitoso compuesto por hidrocarburos de su inflamable cuerpo.
A la celda entraron una multitud de efectivos con guerreras azul oscuro bajo los chalecos de protección y cascos balísticos, armados con carabinas y fusiles. ¿Volverían a hacerle pruebas de tejido y análisis de microscopio? ¿Estaría el gobierno interesado en su cuerpo bituminoso para sembrar pozos petroleros?

—Hey, Míster Cartelúo—lo llamó el oficial carcelero desde afuera de la celda—. ¿No vas a salir?
Esperaba sentado en una esquina con la sagrada escritura en el regazo. Lo habían interrumpido en su lectura meditativa... Querían que volviera a matar.
—Ya les dije que no soy ese hombre.
—Ajá, ¿y quién eres ahora?
Yandel apretó los dientes. Sintió la ira enervar en los folículos de sus mejillas, pero reprimió aquel temblor instintivo en sus entrañas. La cicatriz del labio le ardió.
—Ahora soy un hombre de Dios.
—¡JA, JA, JA, JA! —La carcajada fue general entre los guardias detrás de la puerta.
—Dios es misericordioso con todos. Él nunca nos abandonará...
—¿Quién le regaló una biblia a este?
La compuerta blindada se abrió con una descompresión de la celda hermética y una mano enguantada acompañada de un cartel verde fosforecente entró. «¿Quieres droga?» Leyó con el ceño fruncido, y comenzó a salivar...

El Señor Mostaza había terminado su rutina de flexiones y sentadillas cuando un paquete entró por la trampilla de acero que separaba su celda de polímero reforzado del exterior. Sentía los músculos hinchados y las venas latiendo al ritmo de la música cuando abrió el paquete: un sombrero de copa negro cual mago de eventos, y unos lentes redondos de cristal oscuro. Aquello le recordó fugazmente a Barriga de Perra, y sonrió con amargura al ver las ropas finas en el interior. En eso la melodía estalló con el rugir de unas guitarras y bajos, y el latir de una batería.
—¡Me encanta esta canción, joder! —Miró sus ojos amarillos en el reflejo del espejo con los músculos de los brazos surcados de venas. Sacó la lengua haciendo una mueca burlona—. ¡Viva el rock!
Un invierno en que dolía el frío... Mi cuerpo ya no era el mío. Primero se puso los pantalones de mezclilla oscuro y las botas militares. Iba en el ómnibus resfriado... Mirando por el vidrio empañado. Se abotonó la camisa blanca y la corbata de terciopelo azabache. Era linda, aunque con mal aliento... Pero le cedí la mitad de mi asiento. Se puso la gabardina negra sobre los hombros, y el sombrero de copa en el cabello dorado. "Lo lamento", me dijo con acento... "Al lado de un degenerado no me siento". Se acomodó los lentes redondos al puente de la nariz aguileña y estudió su imágen de profeta del apocalipsis con ironía.
Ah, rubia, ¿te hizo mal la lluvia? ¿O tenés la mente turbia? Entró un militar moreno que se presentó como el Sargento Enrique Rojas, y le dio indicaciones. Soñás que te sigue un paparazzi... Con lentes negros de noche parecés un nazi. Salió, escoltado por una docena de guardias militares con sendas ametralladoras y armaduras de protección. No te acompaño en sentimiento... Vas a morir de un ataque de pensamiento. Se sintió desfilando como un héroe condecorado, y no como un criminal nacional con una lista de delitos tan larga como el Metro de Nueva Bolívar. Y le grité en la cara congelada... "¡Otra rubia tarada!"
¡Uh-oh, uh-oh-oh-oh-oh!
Alguien que dé calor... Lo escoltaron hasta un salón de blancas paredes flanqueadas por dos filas de militares armados, ante un proyector frente a un pizarrón negro. Había otros como él en el centro... ¡Uh-oh, uh-oh-oh-oh-oh!
Le pido por favor. «Hay hasta francotiradores en las ventanas del alto techo».
¡Uh-oh, uh-oh-oh-oh-oh!
Maldito invierno del 92. Eran cuatro xenohumanos: una muchachita raquítica de vestimenta oscura, un hombre embutido en un estrafalario traje táctico de neopreno violeta, una morena joven que vestía como hippie pero olía a queroseno, y un joven en una carretilla de inmovilización sujeto por una camisa de fuerza y un bozal. Va a ser una larga espera... Hasta que llegue la primavera Reconoció el disfraz de Míster Cartelúo y colocó entre él y el paciente psiquiátrico. Y aunque de frío voy tiritando... Yo me sigo calentando. «¿Qué carajos está pasando?».
—¿Cartelúo? —Se inclinó a su izquierda.
—Mostaza—lo reconoció, pero no lo miró.
No llevaba la máscara facial con la calavera diabólica... Tenía un rostro moreno perfilado por una barbita descuidada, cortada por una cicatriz del labio inferior hasta la nuez. Sus ojos marrones estaban profundamente cansados y afligidos. «¿Lo habrán torturado?»
—Por cierto—sonrió, enderezando sus lentes—, me encanta tu disfraz. Pareces un súper proxeneta del apocalipsis.
El moreno lo miró de soslayo. El encierro lo había hecho engordar unos kilos, pero se veía más demacrado que nunca.
—Y tú pareces un viajero del tiempo con esa gabardina y esos lentes.
Barriga de Perra le contó que el traje de Míster Cartelúo era una declaración de guerra química contra el orden establecido. Es una armadura funcional nacida de las minas anarquistas y los laboratorios clandestinos: envuelto en un mono de neopreno reforzado y cuero sintético color berenjena, desgastado por el roce de la metralla y las peleas sangrientas. Remendado con parches, costuras visibles y grafitis fluorescentes que brillan con un tono cian radioactivo, mostrando fórmulas químicas abstractas y jeringas estilizadas que advierten de su inestabilidad mental. Calza botas de combate pesadas.
En el cinturón en su arnés táctico guarda una serie de contenedores con polvos narcóticos y jeringas automáticas con líquidos efervescentes. Cada vial es una dosis de poder: una promesa de superfuerza, rayos láser oculares o una resistencia física inhumana. Dependiendo de la droga que ingiera, adquiere un poder temporal... como descubrió cuando el Cartel del Llano lo envió para pararle los pies en su expansión. Lo único que faltaba era la máscara sintética en su cabeza, protegiendo sus ojos por gafas de aviador púrpura eléctrico y comisuras como venas inflamadas, dejando a la vista una sonrisa esquelética y maníaca.
—Hola, amigos—dijo el muchacho inmovilizado en la carretilla con voz neutra—. Mi nombre es Carlos Bolívar.
Mostaza le dedicó una sonrisa cómplice, haciendo el gesto de la paz.
—Hola, Hannibal.
—Te vi en televisión—los ojos grises del muchacho le recordaron la costra escamosa de un cocodrilo—.
¿No eres el superhéroe homofóbico?
—Hey, respeta, soy el Señor Mostaza—replicó con orgullo—. Soy famoso en Facebook.
—¿No eres al que buscan por varios asesinatos?
—La prensa aclaró que esa finca explotó por acumulación de gases subterráneos.
—Mentiroso—Cartelúo parecía disgustado—, solo eres otro súper asesino.
—¿Sabes quién sí es un superhéroe? —Los ojos de Carlos brillaron, parecía sonreir bajo el bozal—. Capitán Venezuela.
—¿Capitán Venezuela? ¡¿Ese huevón?! —Se mostró indignado—. ¡Ni siquiera es venezolano! ¡Su pasaporte manchado de cocaína dice República de Colombia!
—¿El Capitán es colombiano?
—Sí, y su mayor logró militar fue aspirar quinientos gramos de perico en el culo de una perra—sonrió ante el rostro perplejo del muchacho—. ¡Sí, él tiene ese fetiche!
La hippie de blusa amarilla se giró en su dirección, ofendida.
—¿Y cuál es tu poder? Aparte de ser insoportable.
El Señor Mostaza sonrió con algarabía.
—Mi superpoder es curar el lesbianismo.
—¡Silencio! —Exigió una mujer con tono autoritario. Era morena y de maquillaje cargado, con blazer rosa y pantalones chinos del mismo color sobre tacones altos—. Son niños muy desordenados—se dirigía a ellos como la maestra de un preescolar—. ¿Ya están todos?
Iba acompañada de un moreno chaparro de rostro huesudo, chaqueta policial y una tabla electrónica bajo el brazo; y una rubia alta aparentemente albina con el uniforme negro del SEBIN. Eran Piccolo, su Hacker personal, y Candela, su verdugo ejecutivo.
Un militar de alto rango se posó firme junto al pizarrón.
—Carolina Ascanio, Directora de Inteligencia Policial—dictó con voz de trueno y realizó una venia de saludo—. Hemos preparado todo para la Operación Noche de los Mil Demonios.
—Descanse, Coronel Gustavo Rodríguez—declaró la mujer, y los miró a todos—. A partir de ahora formarán parte del Proyecto Xenohumano: una unidad especial con habilidades extraordinarias, capacitada para enfrentar amenazas con las que nuestras Fuerzas Armadas no pueden lidiar.
—Osea, vamos a ser asesinos presidenciales—soltó Cartelúo con reproche...
Carolina le dedicó una sonrisa penetrante.
—El que esté libre de pecados que tire la primera piedra—se encogió de hombros—. ¿O no, señor Capo de las Minas?
Pero Míster Cartelúo no respondió...
—Como bien saben, muchachos. Nuestro país atraviesa una amenaza sin precedentes—continuó—. Recibirán instrucciones y serán enviados al frente bajo la dirección de su comandante: el Coronel Gustavo Rodríguez; y mi subcomandante: el Sargento Enrique Rojas. Dependiendo de su comportamiento y el éxito de la misión, su condena será reducida y recibirán trato especial—sonrió con alegría y sus mejillas enrojecieron—. Espero grandes cosas de ustedes.
—¿Y si nos negamos a colaborar? —La muchacha delgada de pelo negro cortado sobre sus hombros rompió su silencio con una vocecita añiñada—. No creo que un par de soldados puedan contener nuestros poderes.
—A eso iba, señorita Gómez—asintió con dulzura fingida—. A los cinco xenohumanos se les ha suministrado en sus alimentos un veneno metabólico que se activará después de doscientas horas. ¡Oh, Dios... que horribles síntomas padecerán los que huyan! El único que puede suministrar el antídoto es el SEBIN—entrelazó sus manos con ternura espantosa—. Les conviene colaborar, muchachos. ¡Máximo esfuerzo!
«Tremenda perra». El Señor Mostaza apretó un puño dentro del bolsillo de la gabardina.
—¡Piccolo! —Ordenó Carolina—. Enciende el proyector. Vamos a darle instrucciones a este grupo indisciplinado.

«Gerardo Steinfeld, 2025»

Sígueme en redes como:

Facebook: Gerardo Steinfeld

Instagram: @gerardosteinfeld10

Wattpad: @GerardoSteinfeld10

Sígueme en Tiktok