El Incidente de Ciudad Zamora
IV.
"Las criaturas que emergieron del río cometieron una matanza contra los trabajadores de las zapaterías y tiendas del Paseo Orinoco. Los pocos sobrevivientes están aterrorizados ante la existencia de tales abominaciones bajo la formación geológica Piedra del Medio. Se especulan que más de cien muertos fueron recuperados tras la primera oleada. La evacuación tardía ante la amenaza es una ofensa a la seguridad ciudadana a cargo de los organismos gubernamentales..."
—Fragmento de El Nacional, sobre el Incidente de Ciudad Zamora.
—Hey, Hannibal Lecter—Mostaza se acomodó los lentes al puente de la nariz—. ¿Por qué usas bozal y camisa de fuerza?
Carlos dudó, intentó sostener su mirada... pero sus ojos titubearon.
—Pasan cosas cuando... pierdo el control—sus iris verdes parecían estanques insondables enmarcados por ojeras—. ¿Dónde están mis pastillas? —Miró al Coronel Rodríguez con las cejas arqueadas—. Los viajes en carretera, los espacios pequeños y las personas muy juntas me dan ansiedad. Si me da un episodio en el camión, nosotros...
—Relájate, Comegente—Mostaza le sonrió—. No eres el único que suspendió su medicina. Es más, creo que Míster Cartelúo debería compartir su marihuana y...
—Nadie va a compartir nada—exigió el Coronel Gustavo con el rostro moreno tenso y el fusil bajo el brazo—. Si sigues hablando te dejaremos en la carretera, y descubrirás los efectos el veneno metabólico en menos de una semana, ¿entiendes?
—Sí, mi comandante—se reclinó contra la pared metálica del camión blindado—. Sargento Rojas, ¿podría poner música?
El oficial conductor pulsó un botón cerca de la palanca de cambios, y una armonía llenó el silencio de la cabina. Los caminos de la vida... No son como yo pensaba. Míster Cartelúo cerró los ojos para descansar después de su lectura bíblica, y Carlos a su lado parecía reprimir las náuseas con la apretada camisa de fuerza ceñida en su torso. Como los imaginaba... No son como yo creía. Petra se cruzó de brazos, aburrida tras las ocho horas de viaje en carretera con la pesada escolta. Los caminos de la vida... Son muy difícil de andarlos. Norisbel a su lado parecía dormirse por momentos. Parecía una niña con gruesos lentes y cabello corto. Difícil de caminarlos... Y no encuentro la salida.
Sintió el tacto de una dedo frío en su muñeca, y la cabina desapareció... junto con todos, dejando solo a Mostaza en las calles mugrosas del barrio de laberínticas favelas, y el frío implacable que soplaba sobre las techumbres de hojalata y se metía bajo su piel. Yo pensaba que la vida era distinta. «¿Por qué estoy recordando cuando escapé del Orfanato y pasé hambre en las calles de Nueva Bolívar?». Cuando estaba pequeñito yo creía... Que las cosas eran fácil como ayer.
En su favela improvisada solo tenía una cobija zarrapastrosa del Hombre Araña, con la que se protegía del frío y las hostilidades del mundo exterior. Solo uno de cada diez niños sobrevivía a las calles de Nueva Bolívar. Miró en retrospectiva, y todo empeoró desde allí... siendo perseguido por las sombras furtivas del destino en los callejones peligrosos del barrio, y secuestrado por el Cartel del Llano para ser explotado en las plantaciones de cocaína. Que mi viejecita buena se esmeraba... Por darme todo lo que necesitaba. Pero hubo esperanza, cuando descubrió sus poderes energéticos... sintió que podía ser alguien. Y hoy me doy cuenta que tan fácil no es...
Norisbel cortó el contacto, y lo miró brevemente con lágrimas en los ojos.
—Lo siento.
—No es nada—Mostaza se golpeó el pecho con el puño—. Siempre he sido antibalas.
Míster Cartelúo había despertado y observaba una Glock nueve milímetros chapada en oro con el sello «CARTELÚO» grabado en el cañón. Era un arma hermosa como una mujer de cabellos dorados y tetas operadas.
—Que bonita—dijo el rubio.
El moreno levantó su mirada.
—¿La quieres?
—¿Prestarías a tu mujer?
El hombre suspiró con aflicción.
—Ese ya no es mi nombre.
—¿Y cuál es pues?
—Yandel de Jesús.
El Señor Mostaza reprimió una carcajada burlona.
—¿No crees que un hombre pueda renacer? —Le reprochó Cartelúo, y un canino de plata relució en su dentadura—. Si alguno está en Cristo, es una nueva creación. Y quien no nazca de nuevo... no puede ver el reino de Dios.
—Me asusta pensar que... Dios pueda perdonar a hombres como nosotros.
El camión se detuvo después de una curva abrupta. Y el motor se apagó con un resoplido.
—¡Princesas! —Gritó el Sargento Rojas—. ¡Hemos llegado! ¡La Patrona Carolina nos mandó obedecer al Teniente Coronel Luis Flores en la Barricada suroeste.
Bajaron del camión militar todoterreno de seis ruedas tras una escolta compuesta por vehículos TIUNA armados con artillería y camiones multipropósito con cargamentos de municiones, vituallas y tropas de refresco. El Teniente Coronel Jaime Flores se presentó ante ellos junto a los Capitanes y Tenientes de las siete tropas que conformaban la barricada en la intersección de la Avenida 5 de Julio: un cruce de calles en una redoma coronada por una fuente marchita. Tres tropas fueron dadas de baja, y los restantes descargaron los suministros para rearmar la artillería antes del anochecer.
La anomalía era escalofriante: una muralla inescrutable del que no escapaba un solo rayo de luz, perdiéndose en la bóveda celeste del atardecer. Parecía sólida como el diamante oscuro pero su consistencia era inexistente. Podías atravesarla sin inconvenientes, salvo unos escalofríos por la diferencia de temperatura. Si no fuera por la curvatura visible a la distancia... uno pensaría que es un manto de tinieblas que se esparce por el mundo como los tentáculos de un Leviatán. Tenerla de frente era un golpe de realidad que no estaba preparado para procesar... Los refuerzos enviados de batallones aguerridos soltaron exclamaciones preocupadas.
Norisbel se dobló por la cintura al bajar del camión, y vomitó sobre una rueda. Estaba pálida como un hueso.
Petra le palmeó la espalda, consoladora.
—¿Quieres un calmante?
—Siento que mi cabeza va a explotar.
—Algunas personas son sensibles a la influencia del Velo—explicó el Teniente Coronel Flores. Era un hombre maduro, rojo y gordo con indumentaria de camuflaje y el chaleco táctico forrado de radios HF con largas puntas negras—. Los que envíamos de regreso están afectados por ese... mal. Supongo que ella es más delicada porque... Ella es...
—La Bruja del Guayabal es uno de los mutantes más poderosos de la nación, Teniente—aclaró Gustavo, imperativo—. Eso significa que el Velo ejerce una especie de dominio psíquico. ¿Ha notado desánimo en la moral de sus tropas?
—Con todo respeto, mi Coronel—los ojos grises del anciano lanzaron chispas. Por su graduación, no parecía acostumbrado al timbre autoritario de los supervisores—. Todos queremos irnos a la mierda. No soportamos este lugar, y en los otros puntos defensivos se han reportado deserciones y... suicidios—miró a los Capitanes: rostros morenos perturbados por los horrores que surgían al caer la noche sin descanso—. Estos muchachos sobrevivieron al fuego de la frontera amazónica, y... ¿Ahora tenemos que pelear con monstruos?
Una vena palpitó en la frente del Coronel Rodríguez, pero se relajó en menos de cinco segundos. Clavó sus ojos oscuros en los del veterano, y realizó un saludo militar.
—Desde la capital, estamos agradecidos por su esfuerzo—miró a los Capitanes y Tenientes con un asentimiento de la cabeza—. Después que esto termine, el Presidente Marcano reconocerá su esfuerzo. ¡Descansen!
Los soldados se despidieron con una venia y se retiraron a sus posiciones en la barrera.
Durante las horas más oscuras tras la primera oleada que surgió de la estrechez del Orinoco, se priorizó la evacuación del Casco Histórico mientras retrocedían impávidos ante la amenaza. Recibimos apoyo de la policía y los bomberos para extraer sobrevivientes en medio del caos. Fusiles AK-103 apostados en los balcones de los edificios coloniales sirvieron para frenar a las horribles criaturas mientras los vehículos blindados recogían civiles, pero eran demasiados... Las calles empedradas de la colina estaban saturadas de abominaciones. Algunos de ellos poseían corazas, y otros tenían membranas para planear y atacar naves de rescate a baja altura. Todo lo que pudimos hacer fue retroceder lentamente mientras nuestros vehículos de combate disparaban con sus lanzamisiles Ve-Nilangal en una tormenta de fuego y escombros que barrió con el grueso de aquel abigarrado ejército de monstruos.
El Velo Negro es una estructura en forma de óvalo que abarca un área de aproximadamente dos kilómetros de diámetro. La mitad del domo abarca la parte donde el río es más estrecho, y la otra mitad envuelve el Casco Histórico y el Jardín Botánico. El Capitán Ernesto Correia—un hombrecillo de ojos asiáticos y perilla negra—, en una maniobra desesperada, desmontó el Dillon Aero M134 Minigun de un helicóptero derribado y lo conectó a la batería de un autobús.
—¡Por Dios, Coronel! —Flores enseñó los dientes—. ¡Hubiera visto como las seis ametralladoras rotativas aniquilaron a la horda embotellada al final de esta avenida! ¡Tres mil balas por minuto formaron una pared de plomo!
Con los crustáceos blindados tuvieron que desempolvar los CAVIM Catatumbo: orgullo nacional con calibre veinte milímetros. Los francotiradores antitanque buscaron puntos débiles en aquellos exoesqueletos grises hasta que los abatieron en las uniones de las extremidades desde posiciones defensivas. Una vez despejado el panorama, y tras vaciado el arsenal de artillería. Retrocedieron hasta salir del velo, y utilizaron tres autobuses como corazón de la improvisada barricada, con las carabinas humeando y las balas escasas en una noche de terror indecisible... hasta que amaneció.
—¡Estamos en guerra! —Declaró el Vicepresidente Jorge Alvarez en rueda de prensa—. El ataque en Ciudad Zamora será aplacado con el grueso de nuestras fuerzas militares. ¡Están usando armas experimentales contra nuestro pueblo guayanés! ¡Solo un imperio perverso seguiría aprovechándose del pueblo latino! ¡Los responsables pagarán las consecuencias!
El Ejército Nacional estableció cuatro puntos estratégicos alrededor del Velo Negro: en la entrada este del barrio Perro Seco, protegido por una división de carros Tiuna armados con pesadas ametralladoras M2 Browning y lanzacohetes. Al sur en el cruce de la Avenida Cumana, comandados por el creativo Capitán Correia con cinco tanques AMX-30 y una tropa de infantería con lanzagranadas de múltiples disparos; en espera de la orden para un ataque relámpago al corazón del caos. Al oeste, en el Mercado La Carioca, una fila de blindados BTR-80 funcionaba como barricada móvil. Sus ametralladoras de quince milímetros podían atravesar paredes de ladrillo, protegiendo una gloriosa OTO Melara M-56: un obús ligero italiano de cien milímetros. El problema logístico de la munición estaba siendo resuelto con patrullas y sobrevuelos a la espera de una última oleada desesperada... ¿Cuánto podría resistir Ciudad Zamora antes que la cúpula vuelva a expandirse?
La zona norte del Velo estaba resguardada desde la otra orilla del Puente Angostura por el componente de mayor alcance y poder destructivo de la nación. La Artillería de Cohetes contenía diez
BM-30 Smerch en formación: un sistema ruso potente con un alcance de hasta noventa kilómetros; y ocho camiones cargados con el BM-21 Grad: un clásico soviético para fuego de saturación.
—Demolerán el puente de ser necesario—el Teniente Coronel consultó su reloj: 6:33pm—. No dejarán que uno de esos bichos pase a Ciudad Orinoco. Pero hasta ahora no han repelido ninguna horda. No han volado el Casco Histórico por falta de coordenadas, pero ganas no les faltan.
Míster Cartelúo se colocó la máscara en la cabeza mientras recorrían la ancha calle vuelta escombros.
—¿Cómo son los monstruos?
Luis Flores entornó los ojos. Ante sus ojos el xenohumano parecía un condón morado utilizado...
—Es como... si los angeles se hubieran contagiado de sífilis y rabia africana—su rostro rojo se llenó de dudas, y miró al Coronel—. ¿Quiénes son estos?
—Absténgase de preguntas innecesarias, Teniente.
Las arterias en el cuello de Flores se tensaron.
—¡Leí los expedientes, mi Coronel! —Los atacó con la mirada—. ¡Ya sé qué son! —Sus ojos grises lanzaron ascuas—. ¡No quiero inventos de su parte, fenómenos! Esta noche, cuando venga la oleada, deben limitarse a posiciones neutrales. ¡¿Entienden?! ¡Hemos mantenido a raya a esas criaturas por dos semanas! ¡Ni un solo muerto! ¡No queremos perder la racha!
El Coronel Rodríguez los miró de reojo con una sonrisita fingida.
Al suroeste, en el cruce de cinco calles de la ancha Avenida 5 de Julio, la Barricada estaba formada por tres autobuses en medio de una intersección de dos calles que se perdían dentro de la anomalía, a solo cien metros de la muralla negra. Este frente contenía sacos de tierra y escombros que rellenaban los huecos donde se abrían las aspilleras de tiro para la primera tropa de carabineros, armados con letales Kalashnikov PKM; seguidos de una segunda tropa de refuerzo que les permitiría fuego continuo. Detrás, en la fuente derruida que coronaba aquel redondel de avenidas encontradas, se alzaba una robusta M2 Browning sobre una camioneta Tiuna... junto con dos Morteros 2S12 Sani sobre carruchas de sendas ruedas.
—Las balas de esta pesada metralleta pueden atravesar varios monstruos y destruir escamas gruesas—Flores volvió a mostrar sus dientes amarillos mientras consultaba el reloj. «6:54pm»—. Mientras que las granadas de ciento veinte milímetros son devastadoras contra grandes grupos. ¡Como en la Amazonía contra los campamentos guerrilleros! —Se dirigió a uno de los soldados apostados sobre un Ford Toyota en el extremo de la barricada—. El Cabo Primero Aquiles Cedeño maneja una ametralladora FN MAG 58, una belleza belga sobre un trípode capaz de disparar ráfagas sostenidas para acabar a los monstruos antes de llegar al muro de contenedores—señaló la otra Ford Toyota en el extremo opuesto con un soldado con el pecho sobre el techo de la camioneta—. Una en cada punta para diezmar legiones con fuego cruzado. Además... —señaló los tejados en las calles opuestas—. Tenemos francotiradores con Catatumbos en caso de que aparezca uno de esos bichos voladores—se metió las manos en los bolsillos del chaleco con una sonrisa torcida—. Todo cubierto, mi Coronel.
Gustavo levantó la mirada al Velo Negro: sus ojos húmedos exhibieron preocupación.
—¿Solo atacan de noche?
—No toleran la luz del sol... —el llamado de una de sus radios lo interrumpió. Levantó una mano y respondió al comunicador—. Venezuela 1, por acá.
—Por acá Guacamaya Roja—dijo con la voz distorsionada. La emisión provenía de los francotiradores en los tejados traseros—. Algo ha salido del Velo. Repito, algo ha salido del Velo.
—¿Tan temprano?
El Teniente Coronel consultó nuevamente su reloj. «7:04pm».
—¡Mi coronel —Gritó el Cabo Aquiles Cedeño desde su posición sobre la camioneta—. ¡Es una mujer con un niño en brazos! ¡Espero confirmación!
—Afirmativo, mi Coronel—respondió el comunicador—. Es una civil con un infante en sus brazos.
Luis Flores apretó los dientes y las venas de su cuello saltaron con espasmos.
—¿Será una poseída? —Murmuró para sí mismo. Pensó, y un brillo malicioso destiló en sus ojos claros—. ¡Disparen!
—¡No! —Gritó Míster Cartelúo y apretó los puños—. ¡Tiene un niño en brazos!
El Teniente Coronel acercó la radio a sus labios finos.
—Que sea un tiro limpio a la cabeza—sentenció, despiadado—. No le den oportunidad a uno de ellos de...
Pero Cartelúo le apuntó a la cabeza con su pistola de oro.
—¡Coronel Rodríguez! —Luis Flores apretó los dientes—. ¡¿Qué mierda le pasa a sus payasos!?
—¡Baja el arma, Cartelúo!
—¡Rescaten a la mujer! —Exigió el hombre bajo el traje de neopreno violeta—. ¡Está sangrando y podría malograr al niño!
—¡¿Qué mierda te pasa?! —Gustavo desenfundó su Glock y la amartilló rápidamente—. ¡Estás amenazando a un oficial de alto rango!
Míster Cartelúo tembló, y se quitó la máscara de un tirón sin bajar la pistola dorada. Su rostro estaba congestionado, y miraba con odio al Teniente Coronel.
—¡Están matando civiles!
—¡Mate a la mujer, Cabo! —Levantó las manos sin despegar los ojos de Yandel—. No voy a poner en riesgo este punto defensivo por capricho de un subalterno vestido como Barney el Dinosaurio.
El Señor Mostaza reprimió una carcajada. No supo por qué se le hacía tan cómico el momento: Míster Cartelúo temblando mientras el Coronel Gustavo le ponía el cañón de su arma en la nuca.
¡Un disparo resonó en el calor del momento! Cerró los ojos por un momento, pero no escuchó ningún cuerpo caer: los tres seguían inmóviles como un cuadro paranoico. El Cabo Aquiles disparó, pero la bala se detuvo en el aire por un artificio inexplicable... a centímetros de la mujer herida y el niño asustado. Cayó con un tintineo metálico, y la multitud de soldados se congeló del espanto. Miraron la escena, y descubrieron atónitos la mano alzada de Norisbel Gómez:
—Ella es... ella—dijo con debilidad. Estaba sudada y un hilo de sangre brotó de su nariz—. Y... está asustada.
Luis Flores acercó la radio a sus labios.
—Capitán Pérez—llamó—. Abandone la Barricada y rescate a esos civiles.
El soldado levantó en sus brazos a la mujer y al niño.
—¡Fue él, lo juro! —Gritó la señora treintona de cabello sucio y ropas desgarradas—. ¡El Justiciero de la ciudad nos salvó! ¡A mí, y a mi hijo! ¡Se lo llevaron! —Rompió a llorar—. ¡Ellos se lo llevaron! ¡Tienen que ir a rescatarlo! ¡Él se quedó adentro para seguir buscando personas en los escombros! ¡Y no está solo! ¡Hay otros que...!
Pero la mujer cayó desmayada del cansancio, y sería trasladada a una patrulla lejos del centro de la ciudad. Míster Cartelúo dejó caer su pistola con las manos temblando de frustración.
—Lo siento, Coronel—se disculpó con los ojos enrojecidos y el semblante descompuesto—. Juré que no volvería a levantar un arma contra nadie más... Y fallé. Merezco ser castigado.
El Teniente Coronel levantó una palma con gentileza y su rostro se suavizó.
—Salvaste la vida de esa mujer y de ese niño.
Gustavo encaró al anciano barrigón.
—¿Por qué ordenó matarla? —Guardó la pistola en la funda—. ¿Y de quién hablaba esa mujer?
—Del Justiciero Nocturno, por supuesto—respondió—. Es uno de esos... Un Xenohumano. Antes del Incidente se la pasaba peleando con bandas criminales y policías corruptos. Desde que apareció el Velo Negro y se evacuó la zona... Él permaneció adentro rescatando a los que quedaron atrás. Los ciudadanos creen que es un héroe, pero nosotros sabemos cómo son—miró con desprecio al grupo de xenohumanos—: asesinos disfrazados de payasos.
—¡Mi Coronel! —Interrumpió el comunicador en su pechera—. ¡Están aquí! ¡Se aproximan en gran cantidad! ¡Repito: se aproxima una oleada como ninguna otra! ¡Todos a sus posiciones! ¡Repito...!
«Gerardo Steinfeld, 2025»
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