La Epidemia de Suicidios en el Barrio Marhuanta

La ola de suicidios del Barrio Marhuanta de Ciudad Zamora en el año 20XX, es uno de los paradigmas sociales más debatidos del país... por la supuesta experimentación genética sobre esporas del Instituto Tecnológico de Puerto Bello que afectó a los habitantes del sector. El reporte fundacional de exterminio finalmente fue publicado, por lo que la reconstrucción de los hechos revelará la verdad sobre las víctimas de tan nefasto proyecto científico, que buscaba salvar al mundo... y terminó destruyendo decenas de familias, amenazando a una ciudad entera con la proliferación de un agente biológico desconocido. 
Se cree que Mirvida Flores, de 26 años, fue la primera víctima registrada de esta epidemia mortal: la joven presentó una depresión crónica—según redacción del psiquiatra que la trató en el Manicomio Bolivariano—, que le impidió continuar con sus actividades cotidianas, y relacionarse con sus familiares... provocando un aislamiento y descuido físico que se prolongó durante meses. Sus padres achacaron este desánimo al despido de la muchacha de su cargo en el SENIAT por errores durante una fiscalización, ocupación que ejerció por dos años tras graduarse de la universidad, despertando murmuraciones entre los vecinos, por supuestamente haberse ganado el puesto como amante de uno de los auditores del instituto; misma razón de su despido.
Mirvida sufría muchísimo por la incapacidad para conseguir empleo ante la crisis económica, sintiéndose insuficiente para aportar a los gastos del hogar... y dejando de alimentarse por «no merecer la comida». Hasta que la mañana del 14 de Abril de 20XX, fue encontrada muerta por su anciana madre, envuelta en las cobijas ensangrentadas con las que se acurrucó de niña... tras abrirse las muñecas con una hojilla de afeitar y desangrarse en la madrugada durante una crisis. 
El caso de Rocío Guerrero, de 14 años, fue mucho más trágico... ya que se trataba de una niña que salió embarazada, y perdió al bebé en un aborto espontáneo, producido por una profunda depresión debido al rechazo de sus padres y el repudio de la comunidad. La adolescente jamás se recuperó de esta tragedia, y decidió acabar con su vida disparándose en la cabeza con la Zamorana nueve milímetros de su papá, que era oficial de policía... un día que dejó la pistola sobre la mesa tras llegar borracho. El barrio lloraba lágrimas oscuras con la temporada de lluvias erosionando la arena de las calles pedregosas y las grietas del pavimento rancio... y la tristeza se hacía próxima con el advenimiento crepuscular de los derroteros.
Doña Calvario fue encontrada muerta en su ranchito de paredes metálicas. Nunca se supo exactamente cuándo murió, pues los vecinos se enteraron que falleció por el mal olor que desprendía su casa destartalada... que fue rompiéndose en pedazos desde que Don Andrés se descompensó por el virus, y los doctores lo terminaron de matar en el hospital.
Los dos hijos del anciano matrimonio se habían ido a la mina en busca de dinero, y jamás regresaron al barrio. Los vecinos supusieron que a ambos se los tragaron los derrumbes en el inestable terreno de explotación, o no resistieron las mortales enfermedades del agua contaminada, o fueron víctimas del sistema anarquista de bandas criminales que gobierna aquellas tierras sin ley.
Los ancianos nunca les hablaron de su tristeza a los vecinos, solo continuaron con sus vidas como podían: Don Andrés intentaba trabajar la tierra árida en su cuarto de hectárea, a pesar de sus achaques respiratorios y la debilidad en sus manos que le impidió seguir reparando zapatos; y Doña Calvario continuó con sus trabajos como costurera, recortando el ruedo de los pantalones y achicando camisas con su máquina de coser por módicos precios, «porque la economía estaba fea para todos, y no podemos tirarle a los vecinos». Si llegaron a necesitar medicamentos para sus malestares de la presión o gripes estacionales, jamás se lo hicieron saber a nadie... Siempre se habían tenido el uno al otro, porque huyeron juntos, y se comprometieron en la floreciente Ciudad Zamora.
En sus últimos días, Doña Calvario llegó a contarles a las vecinas que le regalaban el café matutino, que sus papás se mataron en un accidente de tránsito cuando ella tenía solo cinco años, porque su mamá fue a hacerse un aborto en Puerto Bello. Se crió como sirvienta en casa de una tía abusiva que no quiso que ella estudiara, hasta que conoció a Don Andrés, que era maltratado y explotado por su padre alcohólico desde que se lo robó a su mamá en la Isla de Margarita, donde creía que tenía un hermano mayor que lo estaba buscando.
Ambos huyeron bajo la promesa de salir adelante juntos, y construyeron un ranchito con humildes paredes de zinc que crujía cuando el viento soplaba desde la Colina de los Báez, y se filtraba el agua cuando la temporada de tormentas azotaba el barrio. Y vivieron su idilio en los cañaverales, a pesar de las postulaciones rechazadas de la Corporación Metalúrgica de Guayana, y la precariedad alimentaria que se aliviaba por momentos con los sembradíos de yuka, ñame y plátano. El nido vio florecer los retoños gracias a los trabajitos de obrero y zapatero, y los remiendos de Doña Calvario. Los niños jugaron en los matorrales, y recorrieron el Paseo Orínoco al atardecer mientras se fundía el sol con destellos auríferos sobre el río. Y ellos sentían que se querían, y ni siquiera el abandono de los muchachos, o los años de soledad viendo telenovelas juntos, o el hambre recurrente por la escasez, o la vejez repentina que llegó como el mar, o los martirios del trabajo y el desvanecimiento de los ahorros por la inflación... pudieron quebrantar el juramento que Don Andrés le hizo a su amada.
Hasta que llegó el virus, y el mundo se detuvo...
La madrugada del 21 de Febrero de 20XX, Doña Calvario llamó a gritos a Leonel, dueño del Fundo El Progreso, el único que tenía camioneta del barrio en ese momento de crisis económica... pidiéndole que por favor llevará a Don Andrés al Hospital Rómulo Marcano porque había contraído el virus y no podía respirar. Partieron enseguida al complejo hospitalario, donde el anciano muy debilitado por la diabetes y la desnutrición... no resistió el procedimiento de entubación, y falleció de un paro respiratorio. A Doña Calvario no le permitieron entrar a despedirse por ser de la tercera edad y posiblemente estar contaminada. No se ofició ceremonia funeraria, ni entierro... Ni siquiera le dijeron que Don Andrés la estuvo llamando en sus últimos momentos, pidiendo que tomara su mano mientras la máscara de oxígeno deformaba su cara huesuda. La pandemia no permitía velar a los muertos, y ella no contaba con los medios para pagar un entierro digno... por lo que el anciano fue incinerado junto a decenas de muertos en una fosa común por decreto gubernamental. 
Doña Calvario regresó a su casa destartalada, pero ya no era un hogar... y poco a poco esta construcción se fue cayendo a pedazos, porque ya no estaba Don Andrés para reparar como podía las goteras de la techumbre, quitar la herrumbre de las paredes y rellenar los agujeros del suelo de cemento pulido. Los platanares fueron invadidos por el crecimiento desmesurado de los matorrales, y las herramientas del difunto comenzaron a desaparecer a medida que el terreno era abandonado. La anciana parecía un espanto raquítico, con los cabellos blancos tostados por el sol y las piernas varicosas apenas cubiertas por las batas descosidas que sus agotados ojos eran incapaces de remendar. Unos dijeron que estaba ciega de un ojo, y apenas veía por el otro; y que no dormía, porque se pasaba la noche toda repitiendo las novelas de cable libre que en otros tiempos disfrutó con Don Andrés y los niños.
Cuando dejó de salir de su cabaña de láminas podridas, nadie se tomó la molestia de ver si seguía viva... simplemente la calle de tránsito del barrio comenzó a apestar, y los vecinos llamaron a las autoridades para entrar.
La impresión de aquella morada inhabitable conmovió al oficial Alonzo Zaragoza, que dictó el deceso por inanición de la anciana Doña María Calvario como un caso de negligencia social. El sistema había fallado... ¿Cuándo nos equivocamos? En sus últimos meses de vida, la pobre mujer apenas comió los tubérculos que su finado esposo desenterró, incapaz de siquiera caminar por las dolorosas úlceras en sus pies... y muriendo lentamente en una cama amarillenta, demasiado débil como para levantarse a pedir ayuda, o hacer sus necesidades fisiológicas en el baño. La humedad había carcomido las tablas de la cama, por lo que estaba a ras del suelo... y las goteras estaban pudriendo el colchón, que despedía un olor acre. La estufa a leña no fue cargada nunca más... y en la despensa solo encontraron aceite podrido y cajas vacías de poliuretano extrañamente desmenuzado, y recubiertas de unas esporas como pequeñas flores de lavanda.
El cuerpo apenas pesaba unos veintisiete kilos, y estaba tan desnutrida y deshidratada que la piel comenzó a cuartearse... semejante a un esqueleto cubierto de pellejo verdoso y pelambre pálida. Los indicios eran claros, y la autopsia lo confirmó: suicidio asistido por deshidratación; repitiendo los patrones de aislamiento y depresión crónica que se repetirían por años en el Barrio Marhuanta.
Cuando sacaron el cadáver, la pequeña casa no tardó en desmoronarse: solo quedó un deshuesadero devorado por el monte. Allí donde una vez vivió un matrimonio... permanece un cañaveral en el que sopla el viento, con un lamento que anticipa un nombre. El viento sopló desde el cerro trayendo un hedor a gasolina estancada desde un lugar profano...
Los hombres que se mataron en los meses siguientes presentaron síntomas de apatía, aislamiento y desinterés. Algunos de ellos intentaron tratarse en el Psiquiátrico Bolivariano, pero ni la terapia—prestada en labor social por los pasantes—, o el subsidio de medicamentos... pudieron contrarrestar este malestar crónico que afligía sus mentes. Uno de ellos declaró: «Es que yo no sé por qué no puedo ser una persona feliz». Quizás la cultura predominantemente machista del venezolano lo haya forzado más allá de las exigencias materialistas del mundo moderno, y el socialismo mal ejecutado haya destruido la igualdad de oportunidades... ocasionando que los hombres que no dieran la talla en el ejercicio socioeconómico, se sintieran insuficientes como seres humanos. La crisis económica multiplicó una pobreza reverberante, y los jóvenes vislumbraban un futuro irrisorio a merced de la explotación laboral, la precariedad alimentaria y la desilusión de las mujeres... ¿qué podría insuflar vida al corazón de un varón? Los sueños despedazados en un abismo de necesidades mudas. «El hombre es fuerte. Y sí no lo es, tiene que aparentar ser fuerte. Porque ser delicado y esperar flores es para aquellos a quienes los hombres debemos proteger. Eso no implica que seamos invencibles».
Se creía que solo las mujeres eran propensas a esta maldición que causó revuelo entre el gentío supersticioso del barrio, hasta que el suicidio de Álvaro García ocasionó una conmoción sin precedentes. Era un muchacho trabajador y alegre que solía compartir con los otros jóvenes del sector en el vertedero de matorrales, pero que una mañana fue encontrado ahorcado en la cocina de su casa. Y como un torrente de espuma volcánica, los jóvenes comenzaron a quitarse la vida, aislados y tristes, sofocados por el mundo y la presión de los medios que les imponían voluntades ajenas, en una máquina trituradora de esperanzas. Quizás las notas de suicidio puedan arrojar luz mortecina a sus penurias existenciales: «Yo te amo, mamá, pero me estoy desmoronando». Los hongos azules relucían al anochecer como un destello nítido en la distancia... «Yo estaba bien, a veces se pone todo cuesta arriba, pero intento hacer lo mejor que puedo». «Desde ayer que te fuiste, hay humedad y frío en la música, hace frío sin ti, pero trato de vivir...». «Solo quiero salvarme a mí mismo de esta tristeza». «Sé que no he sido un buen amigo con ustedes... Soy un psicótico que se aleja de los demás a propósito, y tengo mis razones para estar solo. Pero los quiero, a mí manera, los quiero». «No sé por qué sale mal cuando estoy más ilusionado».
El colectivo pensó que los brujos de los Báez—Santeros de la religión Yoruba—, habían soltado una maldición sobre el barrio vecino... y comenzaron una campaña de discriminación y abuso verbal que degeneró en conflictos y amenazas. Las denuncias inundaron la fiscalía cuando los vecinos intentaron montar un altar cristiano en el vertedero de basura de los matorrales: una montaña de plástico y vidrio en el corazón de una extensión baldía... donde los muchachos se reunieron en el pasado para fingir ser adultos, bebiendo alcohol y fumando cigarros, sin saber que ninguno de ellos cumpliría la mayoría de edad. La comunidad denunció por radio y redes que las montañas de desperdicios estaban cubiertas de unas excrecencias fungosas, en la cual florecían unos hongos fosforescentes de un indigo espantoso sobre los desechos plásticos, un supuesto imposible para la biología conocida. La brisa hedionda acariciaba con tentáculos morbosos aquella montaña de fosforecencia celeste. Estas denuncias de posibles contaminantes que afectaban a nivel cognitivo y psicológico hicieron eco en la alcaldía del municipio y la gobernación... tanto, que el encubrimiento durante el exterminio no permitió conocer la totalidad de los hechos hasta muchos años después.
Durante las semanas subsiguientes a la alerta sanitaria, camiones militares con logos desconocidos y escuadrones con escafandras amarillas y lanzallamas acordonaron el área con cintas y barreras de riesgo biológico. Las calles sin pavimentar se llenaron de un bullicio impropio con el paso de camionetas blindadas y tractores con barriles pesticidas. El barrio se contagió con gases de fumigación intolerables, y un gran incendio terminó por devorar los restos de lo que desenterraron del subsuelo, y transportaron en contenedores metálicos a un sitio secreto más allá de la Carretera Perimetral.
Los suicidios se detuvieron, y los habitantes fueron examinados periódicamente en ciclos de tres meses por doctores especializados; hasta que dos años después, simplemente dejaron de aparecer y el caso cayó en el olvido mediático. Hoy en día, los habitantes del Barrio Marhuanta desconocen el horror que vivió bajo sus pies, como un aborto palpitante, que se introdujo profundamente en sus mentes para corroer microplásticos, ocasionando desequilibrios hormonales fatales. La inconsciencia ciudadana jamás aceptará el veredicto del reporte de exterminio fundacional, y seguirán denunciando que una maldición profana fue invocada en los matorrales.
«Unas luces que parpadean en la noche, allá donde las brujas hacen sus nidos». Bajando del Pináculo de los Báez para pasearse entre los habitantes y arrebatar su felicidad. Ellos son gente inculta y supersticiosa, incapaz de comprender el ciclo de las esporas y los experimentos genéticos que buscaron revolucionar nuestra Edad del Plástico. Es preferible que crean en duendes y espantos, es más fácil de asimilar. 
Según el reporte de exterminio publicado en 20XX en el servidor de archivos fundacionales disponible al público, un grupo científico del Instituto Tecnológico de Puerto Bello modificó una muestra de un hongo amazónico capaz de degradar poliuretano y descomponer polímeros plásticos sin necesidad de oxígeno, con genes del Hongo Gigante de Oregón, para engendrar un súper organismo subterráneo de gran biomasa. Este experimento genético buscaba una alternativa ecológica para combatir la contaminación del mundo, acelerando los ciclos biogeoquímicos.
Los científicos encabezados por el Dr. [CENSURADO] querían estudiar al híbrido en un ambiente urbano para observar las variables del ecosistema en vertederos municipales... plantando una espora del hongo en las montañas de plástico y desperdicios sólidos del Barrio Marhuanta. El espécimen se desarrolló rápidamente en los residuos, descomponiendo las capas de poliuretano y cloruro de polivinilo; rompiendo los enlaces del polímero en forma de flores cerúleas... y excretando un hedor a gasolina que la comunidad pasó por alto como la acumulación de gases en las gasolinerías abandonadas de la Carretera Perimetral. La constante acumulación de desechos de parte de los habitantes continuó nutriendo los sedimentos de esta quimera, hasta que una particularidad del reino desató la calamidad en el barrio.
Los hongos producen grandes cantidades de esporas microscópicas, transportadas por las corrientes de viento que soplan desde la Colina de los Báez hasta la población del Barrio Marhuanta; que al ser inhaladas, quedan almacenadas en el organismo. Este hongo se aferró a los microplásticos dentro del cuerpo, rompiendo enlaces químicos y ocasionando desequilibrios hormonales; traducidos en repentinos cambios de humor, apatía, y deterioro del pensamiento cognitivo. 
Los científicos del Instituto Tecnológico de Puerto Bello decretaron que estas esporas eran nocivas para la salud, y en convenio con la Fundación Trinidad... acordonaron el área para erradicar el espécimen, cuyo crecimiento anómalo sobrepasó cualquier estimación: en solo dos años, el organismo alcanzó un peso aproximado de dos toneladas. Se excavó un perímetro de unos cuatro kilómetros, a una profundidad de tres metros, para extirpar las membranas del subsuelo.
Cualquier residuo contaminado fue incinerado, y a los habitantes del sector se les suministró un fungicida para eliminar el rastro del hongo experimental en su sangre. Hoy día, el espécimen permanece resguardado en el Laboratorio Universitario de Puerto Bello. Se han descartado posibles brotes del hongo en los barrios circundantes del sector marginal de Ciudad Zamora. (El gobierno ha censurado las investigaciones posteriores a su implementación bélica).

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