Diez Mil Noches en el Caribe
Soy víctima de un horror sobrenatural en un islote del mar caribeño. Durante estos meses de naufragio creí haber estado solo, pero esa presencia desconocida se impone en el silencio del oleaje y el crepitar de la arena tostada por el sol. Creo que me estoy volviendo loco, creo que he visto una mujer del agua emerger de las profundidades... y pasearse por la playa al anochecer como una aparición escalofriante. ¡Ojalá pudiera saber qué fue lo que hundió el ferri! ¡Lo habíamos visto caer del cielo por la noche! ¡Y todo brillaba con un verde fosforescente! ¡Fue tan espectacular que no pude dejar de temblar hasta que el barco se partió a la mitad y caímos al agua! ¡Eran dos dioses enfrentados! ¡El naufragio ocurrió hace tanto tiempo! ¡Ojalá los hubiera grabado! ¿Han pasado muchos meses, cuántos serán ya?
Creo que el hambre me nubló el juicio, y que ninguna embarcación cruce por estas rutas, me deja la inusitada sensación de que el mundo terminó por una invasión del exterior. (¿Habrán bajado los dioses del cielo en sus carrozas de fuego y de anillos?). A veces tengo certezas aterradoras sobre el final de la civilización en una hecatombe nuclear, y yo, como último hombre en una isla abandonada... a merced de unos demonios del tamaño de calamares gigantes, y espíritus disfrazándose de mujeres voluptuosas para atormentarme.
Siento la muerte cercana, es una triste sensación que no puedo describir... y que se mete dentro de mí, en mi corazón, como una daga envenenada. Debo escribir, así sea en las hojas arrugadas de las maletas, vomitadas por la marea, que se amontonan en esta costa infinita... o en las arrugas de la arena cristalina, que se ahonda al mar como el suspiro al silencio. Maldita Maigualida, ojalá no hubiera puesto esa denuncia contra mí, por supuesta violencia doméstica. ¡Esa puta quería meterme preso y divorciarse, para después casarse con ese otro que le empujaba las tripas! ¡Malditas mujeres, son la perdición del hombre! ¡Pero yo no iré a la cárcel! Y menos por esa psicópata que me amenazó con cortarse con los cuchillos de la cocina, y lanzarme a los policías de la defensoría... ¿Por qué me enamoré de esa loca? ¿De verdad era la única que quiso estar conmigo? Nosotros los hombres estamos bien jodidos... Y el corazón es un cabrón, que se enamora de la más perra que conocemos, y nos arrastra a nuestra tumba. Maigualida era bien puta, y por eso me gustó, la condenada; bebía cerveza como agua, y cuando fumaba marihuana me pasaba el humo por la boca... y cojíamos por horas como animales. Me acuerdo que al principio echábamos un polvo diario, y por la noche repetimos... A veces hasta tres en un día, y yo me puse flaco de tanta leche que le inyectaba; pero verga, todo se acabó. Amor con hambre no dura. No conseguí trabajo en ningún lado tras graduarme de la universidad como administrador, y la economía estaba vuelta una mierda con la devaluación monetaria y los bloqueos mercantiles, resultado de la incesante guerra fronteriza. ¡Si yo hubiera sabido que me pegarías cacho con medio pueblo, no hubiera metido los papeles al ejército! ¡Te odio, Maigualida! ¡Ojalá te mate un camión como la perra que eres! ¡Y cómo te extraño, no jodas! ¡Ojalá no te hubiera cacheteado por puta! ¡Tuviste que irme a denunciar, y yo sabía lo que le hacían a los golpeadores en la cárcel...! ¡Tuve que huir, Maigualida! ¡Ojalá hubieras sido más paciente conmigo, pero eras puta hasta los huesos y yo bien pendejo por haberme enamorado de ti! Pero, por si no te vuelvo a ver... quiero que sepas que te extraño, y te necesito.
Me escondí en los depósitos del transbordador junto a una multitud que soñaba con llegar a las costas extranjeras; quizás España o Portugal, o Miami, o cualquier otro país lejos de la corrupción social y la distorsión económica que se vive en el nuestro. Lejos del trabajo forzado, el salario que se deshace como agua de mar, y las balaceras en las avenidas, y los noticieros mentirosos, y lejos de ti, Maigualida de mi corazón. Pienso que no vale la pena hablar de estas cosas, pues me traen escalofriantes recuerdos de los otros colados en la embarcación, que murmuraban en voz baja sobre misiles nucleares con trayectoria a una destrucción inminente, y relatos aterradores sobre una perforadora petrolera en el oceano... que dejó abierta una ventana a un submundo desconocido. O los quejidos de hambre y sed que debíamos sofocar mientras se mecía la nave. Recuerdo todo con una lucidez aterradora: la tormenta radiactiva, el hombre del cohete y la monstruosidad de amalgama resplandeciente que parecía emerger del caos de nubes—(como un engendro de las profundidades)—... partiendo el barco metálico con una explosión de engranajes y fotones verdes, que me arrastró en un abismo negro y salado de frías corrientes marinas.
Desperté en este islote de no más de tres kilómetros cuadrados, poblado de hirsutos zarzales y árboles silvestres que florecían alrededor de un estanque de agua dulce en el que se veía reflejado la luz del mundo. Hay cocoteros de insípido jugo y nutritiva pulpa, y cangrejos que enrojecen al hervir, y pescados que ceden ante los tridentes de palo afilado por fricción... y demás crustáceos que asados saben a arena y salmuera. Pero hay mucho silencio, demasiado, extraño los gritos repentinos de Maigualida... y sus curvas de indígena voluptuosa, y sus tetas punzantes, y sus besos de miel... y acabar dentro de ella después de haber aguantado las ganas por horas. Sí, te amé, y te llevo siempre conmigo: en los bordes afilados del cerebro, entre los dedos, y en el centro de lo que soy... y de lo que queda. Y te extraño aún más por las noches, bajo el manto aurífero de las estrellas tachonadas en el firmamento púrpura... y creo verte, aunque sé que no eres tú, deambular como un espejismo por la playa pedregosa con las piernas desnudas cubiertas con espuma de sal.
Durante un tiempo pensé que estaba solo, marginado en un holocausto del mundo... mientras las naciones desfallecían en el Armagedón de fuego y uranio profetizado por las potencias armamentistas en el día de la capitulación. Ver aquella aparición venusina vagar plácidamente a la medianoche por la curvatura del oleaje y las sombras de los árboles... me pareció una alucinación producida por la abstinencia y la soledad. No es bueno que el hombre esté solo, ¿verdad? Mi cerebro empezó a imaginar a esa mujercita de tetas erizadas y nalgas de malvavisco paseándose en mi periferia. No sé sí me he vuelto loco, o... ¿su piel es transparente? ¿Por qué cuando esa figura femenina me sigue, creo escuchar el chapoteo del agua? Tenía, y aún tengo muchas pesadillas con el naufragio... quizás eso que intento racionalizar me esté afectando, puede que cuando me rescaten—(¿quién va a rescatarme si el mundo ya no existe?)—, sea internado en un manicomio. No le puedo contar de la mujer de la isla a nadie...
Intentaré escribir lo que ví, porque nunca consigo hilar los hechos... así que iré poco a poco, desentrañando aquel horror cósmico que parecía emerger del inframundo submarino—(¿o descender del cielo en un cometa rojo?)—. Primero, huí de Nueva Andalucía colado en un ferri con destino a Panamá... pagando doscientos dólares a un oficial para esconderme entre las pilas de cocaína (Made in Apure), hasta el desembarcado en el Canal. Quería hacer una nueva vida, lejos de la falsa denuncia de Maigualida y la moledora de carne que era la guerra fronteriza. No podía y no debía regresar con esa maldita mujer, así que me tragué la dignidad y me subí al estrecho compartimiento cuando el oficial me indicó, junto a una docena de hombres avinagrados y mujeres con niños pequeños en brazos. La tripulación sabía de nosotros, pero fingían que no estábamos allí, como hacemos con los niños indigentes afuera de los restaurantes y en las plazas bolivarianas. Supusimos que nos vigilaban con ametralladoras por virtud del ilícito cargamento que traficaban por todo el Caribe... soltando paquetes flotantes para ser recuperados por lanchas de ultramar, por las costas ecuatorianas y colombianas. Iba con nosotros un importante militar al que todos conocían como Capitán Venezuela: un hombre musculoso, alto y moreno que parecía un minotauro con una boina roja en la cabeza pelada, y el uniforme militar bajo una pechera con los colores patrióticos, y un cinturón con el escudo nacional en forma de broche... del que colgaba un florete dorado como el del Libertador Simón Bolívar. No miento cuando escribo que parecía el Che Guevara con uniforme y adornos de la bandera venezolana... salvo por la barba afeitada y los ojos justicieros. Cuando le veíamos deambular sobre cubierta con un porte señorial, las ratas acurrucadas en los depósitos comenzaban a susurrar historias de experimentos científicos financiados por los cárteles en los campamentos anarquistas... y hubo quien juro haber visto a ese hombre siendo sometido a experimentos de mejoramiento físico en el Instituto Militar de Nueva Andalucía. Como soy de allí, no pude evitar relacionar los camiones militares que atravesaron las carreteras para financiar el Proyecto Páez en las entrañas de la montaña... y cuyas historias habían impregnado la ciudad con un hálito de incertidumbre sobre la violación de derechos humanos cometidos contra los disidentes políticos. No quiero desviarme del tema, pasaré la página para no explayarme enumerando las atrocidades que se dicen de ese sitio de investigación. Capitán Venezuela parecía albergar una fuerza inhumana en su porte, y una robustez invulnerable como si sus músculos fueran cables de acero y sus huesos como barras de carbono... dándole a su rostro un temple guerrillero capaz de intimidar a cualquier adversario. Las inyecciones que le habían suministrado incrementaron las capacidades físicas de su cuerpo, a tal punto que podía meterse raya tras raya de cocaína pura sin desplomarse por sobredosis... y se la pasaba fumando marihuana para «calmar los nervios». Los marinos decían que pronto sería enaltecido como Héroe Nacional al comenzar la Operación Selva En Llamas, en la cual peinarían los campamentos fronterizos para aniquilar las cuadrillas guerrilleras y recuperar puntos estratégicso en territorio enemigo. Pero, mientras tanto... debía permanecer en las sombras como el primer súper soldado artificial del país, dirigiendo la logística marítima en el Cartel del Llano para demostrar su compromiso patriótico en línea con el partido socialista.
Mi estadía en el Ferri era bastante deprimente, pues me sentía navegando en círculos como un peón más utilizado para movilizar los paquetes de droga, alimentado con migajas. Empezaba a sospechar que el desembarco a Panamá era mentira, y que todos habíamos sido engañados para ser explotados en ultramar hasta la muerte. Cuando uno de nosotros moría por las insoportables condiciones, simplemente era arrojado al mar por mandato de Capitán Venezuela... que no parecía tener una identidad anterior a esa proclamación ensayada, y cuya personalidad era semejante a una olla de presión con unas caraotas hirviendo a punto de explotar. Hasta que llegó la noche que lo cambió todo, y... que aún me cuesta extraer del baúl oxidado de los recuerdos: habíamos visto un cometa dibujar una estela esmeralda en el horizonte nacarado del atardecer... reflejado en el verdemar como espuma radioactiva. Los oficiales ordenaron que los lacayos—(así nos decían los hijos de puta)—, se metieran bajo cubierta por si veíamos patrullas costeras circundando aguas internacionales. Había enflaquecido demasiado, pues había consumido todos mis víveres y dependía de las migajas que esos militares de barrio nos daban por el acarreo de sus cargamentos... con la promesa de que pronto volveríamos a puerto, y nos dejarían atrás para trasladar otro grupo de viajeros al exterior—(pero todo era mentira, todos sabíamos que nos fusilarían y lanzarían al mar antes de fijar rumba a tierra)—. Yo estaba desconectado, a cada rato me pedía a mí mismo dejar de pensar hasta llegar a un lugar mejor. El momento que supe que estaba perdido, fue cuando uno de los niños pequeños se enfermó de neumonía, y estaba tan desnutrido que no podía mejorar... y el Capitán ordenó que lo echarán a los tiburones, y así hicieron los grumetes, y cuando la mamá comenzó a gritar, la desmayaron de un golpe, y la lanzaron por la borda. No puedo olvidar ambos cuerpos hundiéndose rápidamente en el agua, siendo reclamados por las nefastas criaturas de las profundidades.
Estábamos esperando en los depósitos nuestra ración del día, cuando escuchamos un estallido de vapor que inundó el aire con el aroma del metal derretido: esa podredumbre a soldadura eléctrica que enferma los pulmones. Fue tan fuerte, que creímos había explotado uno de los motores del ferri, y nos apresuramos a constatar una realidad que aún me cuesta, después de tantos meses pensando en ello, creer que presencié. Parece que los catedráticos especulativos de la Xenofauna no están tan equivocados sobre las formas de vida espacial. El cometa había caído al océano, de eso no había duda... pero, ¿había despertado a un gigante dormido bajo un volcán inactivo? ¿O había sido el cascarón de una criatura alienígena proyectada a nuestro sistema solar desde el confín galáctico? En redes sociales llegué a discutir mucho sobre las profecías de los Adivinos de los Andes: lluvias de cometas enriquecidos con enfermedades, engendros revenidos de las profundidades abisales, y la caída del Hombre durante el apoteósico Año Negro. Lo cierto es que el terror se manifestó en una excresencia fosforescente que parecía diluirse en el mar... y envolver el barco con su coraza espinosa. La tripulación caía por la borda, o se afianzaba a las torretas antiaéreas para disparar ráfagas de proyectiles contra el caparazón verdegrís del monstruo gigante; cuyas patas delanteras como pinzas abrían el metal de la cubierta... y estructura morfológica de crustáceo flotaba en las aguas embravecidas por una tormenta radioactiva, que hería la nave con relámpagos púrpuras y descargas ionizadas. Aquel híbrido titánico entre crustáceo decápodo, ciempiés acorazado y arácnido subacuático refulgía con un resplandor radiactivo proveniente de órganos cósmicos bajo un exoesqueleto endurecido... cuyas escamas saltaban en chorros de aceite bituminoso cuando los cohetes explotaban con estertores de metralla en el estruendo de las balas sardónicas. El suelo de la cubierta temblaba y se desgarraba bajo las pinzas frontales de la abominación... en cuya cabeza chata insertada en el caparazón esferoide, brillaban multitud de ojos encendidos como soles nucleares, y cuyo pico curvo destrozaba el casco de la embarcación, y lo sumergía a las fosas incognoscibles.
Y justo cuando la lata se resquebrajó, y me vi proyectado al agua desde una gran altura, creí ver—(sí, lo ví, jamás lo olvidaré)—... como Capitán Venezuela salía volando como un cohete hasta la cabeza incrustada del Kaiju, y disparaba con un lanzagranadas a esa boca luminosa... que no tardó en cuajar con la conflagración. El uniforme militar estaba adosado con granadas, y en la parte posterior de la pechera tricolor estaban encendidos dos turboventiladores injertos en una mochila propulsada con queroseno... y voló, en medio de aquel pandemonium, como un moscardón zumbando alrededor de un perro cangrejo. ¡Aquello era imposible, incluso para un superhéroe estipulado por el gobierno bolivariano! ¡Pero ese hombre se metía droga, como ustedes no tienen idea! ¡Con cien gramos de cocaína sin cortar en el cerebro, uno es capaz de cualquier cosa! Maniobrando a alta velocidad con las turbinas expulsando ráfagas de combustión, y el lanzagranadas a punto de descargar una sucesión de proyectiles incendiarios en el hocico del crustáceo.
Y el barco se partió a la mitad, cual Titanic novelesco convertido en dos iceberg de hierro y gritos; y se hundió rápidamente en el abismo de negra tinta... arrastrando consigo a los desesperados en su succión física. Antes de subirme a la balsa de hierro—(porque yo sí estudié la película)—; vi como el Leviatán prehistórico se sumergía de regreso a su fosa submarina de terrores desconocidos... y Capitán Venezuela se colocaba en posición horizontal para planear a la civilización más cercana. Sin mirar atrás, posiblemente afectado por la abstinencia a la cocaína.
Desde entonces estoy atrapado en esta isla, a la que llegan flotando los cadáveres de la tripulación... a veces a medio devorar por las criaturas del mar; o haciéndome recordar ese horror desconocido que hundió el barco sin razón, salvo quizá por un instinto ancestral de competición. Mi locura parece arreciar con las tormentas nocturnas, cuando escucho la voz del mar en una filigrana de ortiga, y mis ensoñaciones se vuelven oscuras... y recuerdo los muslos de Maigualida enroscados en mis piernas, y sus manos de araña acariciando con sus uñas la superficie de mi pecho. La extraño muchísimo, y lloro bajo la sombra de las palmeras... y pienso en los errores que cometí, y la razón de que esté solo en esta isla. ¿Podré volver algún día? ¿Qué será de mí? La he visto, te he visto a ti... deambulando desnuda en la playa de tornasol, con las piernas voluptuosas acariciadas por la brisa salada... y riéndote cuando te persigo a lo lejos. Sabes que quiero estar contigo, y te escondes desnuda ante mis ojos para torturarme con la tentación. Sabes que deseo tu cuerpo de algodón, y sus formas planetarias que dan origen a los sueños de los hombres... pues quiero beber del almíbar de tus ojos y besar tus mejillas aguerridas, y morder tus nalgas de mármol. Y por eso te apareciste en el estanque colorido donde recojo el agua como una musa recostada sobre la piedra... con la piel transparente describiendo las formas sinuosas de un cuerpo femenino de anchas caderas y pezones morbosos. Y me esperaste con las piernas abiertas color cristal, translúcida, como una figura de agua que jugaba con los pies junto al charco... y cuando te toqué, supe que eras mojada al tacto, pues estabas hecha completamente de agua. La forma femenina era una ilusión del espíritu, pero aún así dejaste que separara tus muslos y metiera mis dedos en tu intimidad sabor océano... y cuando te puse a cuatro patas y sacié mi apetito lujurioso hasta desfallecer dentro de tu cuerpo húmedo... no pudiste hacer más que entenderme con tus gemidos de ninfa, y dejar que eyaculara repetidas veces, hasta formar una bola blanquecina mezclada con el agua de tus extrañas. Y te embestía con un deseo insaciable, mientras tus nalgas cálidas mojaban mis caderas. Siendo engullido por aquel agujero que daba orígen a los mundos posibles, y que me recibía con placer. Y te sostuve entre mis brazos al anochecer...
(No estoy loco).
Y entonces supe que estaba condenado a ser tuyo, aunque muchas veces la alucinación se terminó fugazmente, y me descubrí metido hasta los testículos en un coco jugoso.
Las Formas del Deseo
«Gerardo Steinfeld, 2025»
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