El Burdel del Horror

Escúchame bien lo que te voy a contar, pues nos lo dijo un indio loco que llegó a la comisaría chorreando sangre de unas costuras que tenía en la espalda; sí, se trataba de uno de los asesinos perseguidos por el CICPC en esos días; le decían el Indio José, y fue responsable de unos descuartizamientos en el Cerro de los Báez, por allá por la carretera Perimetral del barrio Marhuanta. En esos tiempos, Ciudad Zamora aún era un nido de alacranes con la coronación del Señor Wilson en la Cárcel de Vista Hermosa, y los comisarios andaban patas pa' arriba con las guerras intestinas entre el Cartel del Llano y la creciente influencia del Barco de Nueva Andalucía... como para andar persiguiendo espectros en las lomas, jaguares que extirpaban el corazón de sus víctimas, pájaros chupasangre, y demás denuncias de esa gentuza que los inspectores debían archivar como solicitudes infundadas; diariamente estábamos demasiado ocupados con secuestros exprés, bandas de atracadores, tiroteos en avenidas públicas y redes de estupefacientes... como para prestar atención a los horrores supersticiosos de esas barriadas con calles de tierra y cerros poblados con no sé qué anterior a la fundación guayanesa de la ciudad.

Pasó por allá, donde se alzaba ese árbol de eucalipto que los campesinos llamaban tristemente el Palo del Ahorcado, por todos esos suicidas que se mataron allí antes que le cayera un rayo y los pobladores lo talaran. Sobre el Indio José no hay registros, solo que nació en el Amazonas y se metió a minero en el Manteco cuando era joven... y allí aprendió unas artes chamánicas de la Guardia Pemona; eso sí, se dice que mató empericado a seis mujeres de forma horrible, y huyó a Ciudad Zamora para evitar ser descuartizado por la guerrilla... trabajando como carnicero en el Matadero de Marhuanta, y frecuentando madrigueras de prostitución como La Culebra y el Chinchorro; más tarde interrogamos a las trabajadoras de estos lugares de corrupción, y nos enteramos de verdades tremendas que harán que se te caigan los pañales, oficial. Estábamos revisando los aljibes de la zona campestre al final de la carretera, buscando el cadáver desmembrado de un malandro al que los locales picaron por robarse unos cochinos y rematarlos en el matadero para comprar porquería, cuando el indio, que según los administradores llevaba días sin reportarse al trabajo, persiguió la patrulla completamente desnudo, y con la mitad del cuerpo bañado en sangre. Nos sorprendió, porque justamente estábamos nerviosos ante las amenazas de esos campesinos: que si la justicia la debe hacer uno, que este ladrón le había robado a todo el barrio, y que aún registrando todos los pozos jamás la encontraríamos... y el indio nos cayó de sorpresa, diciendo que se estaba muriendo, y señalando las heridas en su espalda baja. Yo me asusté, pensaba que venía a atacarnos... pero, no hizo más que caer ante nosotros pidiendo ayuda, y entonces llamamos a emergencias para trasladarlo al Rómulo Marcano; mientras esperamos la ambulancia, el indio convaleciente nos miró, a Roberto Polanco que lo ascendieron a comisario estos días, y a mí, el oficial Ramón Bellorín, conocido por las malandritas de Vista El Sol como «Sugar». Debo advertirte, nuevo, que lo que nos contó ese indio es fuerte... y no lo creímos posible, hasta que las putas del Chinchorro lo corroboraron, y dieron gracias a la Virgen que por fin lo mataron, ¿verdad? El indio le pidió un poquito de la cajita de Chimó a Robertico, y se embadurnó los dientes amarillos con esa pasta negra de tabaco con alquitrán... y lo apoyamos contra la pared de un corral mientras la sangre chorreaba las paredes pintadas con cal, y parecía desvanecerse en desmayos.

José Kusari («sol» en lengua Pemón), nació en la Gran Sabana, en una comunidad llamada El Paují—al sur del Estado Bolívar y a cien kilómetros de Santa Elena de Uairén—, que es un pueblo sin asfaltar en el convive la tribu Arekuna de los Pemones con los turistas que desean visitar el Roraima; según sus últimas palabras, su familia era pura sangre descendiente de los Caribes que gobernaron el Orínoco, y su padre era el Doctor Brujo del pueblo... que se encargaba de oficios rituales y dirigir la justicia por designio de los espíritus; y fue él quien le enseñó a encontrar el Cumí, y a sacarle el veneno para ir a cazar a los montes... revelándole los antiguos secretos del Cacique Guacaipuro. Su padre le enseñó a fumar el Cumí para convertirse en espíritu, los cánticos chamánicos del Tarén para restaurar el equilibrio armónico de los enfermos, y a utilizar las armas tribales... siempre advirtiéndole de los perversos espectros Kanaima que vivían en la cima de los tepuyes, y en lo profundo selva; pero José era rebelde y aventurero, y desobedeciendo las anticuadas reglas de la comunidad, conoció a un espíritu llamado Jechikrai... que le enseñó a convertirse en cunaguaro y le enseñó que la vida podía ser mejor si huía de su obligación chamánica a las minas auríferas y al derrame de los pozos petroleros; y no tendría que masajear los pies diabéticos de los viejos, ni extirpar las pústulas de los enfermos o recitar oraciones hasta quedarse ronco... pues él tendría una camioneta como esas que manejan los blancos, ¿verdad? Y entonces las mujeres se montarían, y podría beberse las mejores cañas, y fumar el adictivo Cumí siempre que quisiera, ¿no? Y el espíritu Jechikrai le mostró los rascacielos de la capital, y las mujeres semidesnudas que paseaban por las playas, y lo fue convenciendo de que su tarea vitalicia era una mierda, y que su familia quería obligarlo a ejercer un oficio que no era su destino... pero, su padre notó que estaba convirtiéndose en un Kanaima, a medida que consumía escondido el Cumí sagrado... y motivado por la perturbación de Jechikrai, esperó a que fuera al cerro a encontrarse con los guardianes, y saltó sobre él convertido en cunaguaro... arrancándole el corazón de cuajo con el hocico chorreando sangre... y deleitándose con el sabor ferroso y dulzón que aún latía en el órgano extirpado de su progenitor. Tuvo que huir, pues lo maldecirían los otros pemones, y Jechikrai lo sedujo con la tentativa de permanecer como felino o serpientes... y así convertirse en otro Kanaima de la Montaña... pero José tuvo miedo de las insinuaciones del espíritu perverso, y huyó al Manteco por la carretera como un descarriado, trabajando en las fincas ganaderas por limosnas y como paleador en las minas; en estas últimas se hizo adicto al perico cortado con bazuco, para poder aguantar las fatigosas horas de faena bajo el sol inclemente, y así derrochar las gramas de oro del resumen en las fiestas de El Dorado, bebiendo litros de anís dulce color azul hasta enloquecer, y montar prostitutas hasta que el oro se desvanecía en sus bolsillos; con las mujeres era especialmente perverso: era un sádico, que empericado las cogía por atrás como solía hacer su papá con su mamá, y también con su tía, y a veces con las vecinas que venían por los masajes armónicos con aceitico; una vez, lo descubrió ensartando a una vecina con los pantalones enredados en las piernas; y cuando notó que estaba allí lo molió a palos con un bejuco que le enrojeció la espalda; lo había escuchado rechinar los colchones con su madre en el cuarto contiguo, y jamás sospechó de qué se trataba hasta que su concepto del mundo cambió esa noche que durmió con una tía que estaba de visita cuando él tenía unos doce años, y lo pellizcaba de noche y lo masajeaba hasta que su pene se ponía durísimo... solo para dejarlo tranquilo por unas horas, y luego volverlo a molestar con sus masajes provocativos y sus pellizcos en la parte baja del abdomen; más tarde volvió a sentirse inflamado por dentro cuando la espió bañándose con un perol de mantequilla junto al tanque de agua detrás de la casa: sus pezones negros eran como dos pozos que caían en espiral, y la piel de su barriga acentuada por el parto se derramaba por las caderas curvas, y las piernas rollizas manchadas de moretones... en un paraíso de piel canela zurcada de rayas pálidas, como grietas finas, que daban estrechez a un ombligo hundido del que discurría una ruta de pelambre... como una tarántula peluda posada en su entrepierna. 

Cuando pagó por la primera puta, una morena con cabellos de zarcillos de noche, rostro de medialuna y ojos de botones... la observó desnudarse en la estrechez de aquella habitación por la que habían pasado unos cinco clientes anteriores, cuya cama aún albergaba sábanas calientes... y cuya puerta era una cortina floja atornillada a la pared. Las paredes manchadas parecían enervar en la penumbra de un paisaje inextricable, y unos pezones ferales color violeta se fueron desprendiendo de un vestido carmín... en cuyas piernas lisas pudo apreciar los mismos cráteres que los de su tía, pero cuya pelambre era reemplazada por un montículo de carne oscura y labios babeantes que se abrían como pétalos y sudaban un perfume nacarado. La mujercita ni siquiera lo miró a los ojos, solo se sentó en la cama desordenada, mostró las nalgas cuarteadas y abrió las piernas para revelar esa línea de pellejo morado que colgaba como rebanadas de jamón ahumado, y despertaba una inflamación en sus piernas que no podía controlar. Estaba borracho, y la lucidez paranoica de la cocaína lo hacía voltear a la entrada como si una multitud fuese a entrar repentinamente para gritar, o como si él mismo fuera a entrar para descubrir a su padre penetrando a la vecina de enfrente, esa mujer puta que le ofrecía dulces de guayaba, o... como si la tía fuera a regañarle por estar espiando su desnudez mientras se bañaba en el patio de la casa. Y se bajó los pantalones con la verga a reventar, y el tiempo se detuvo cuando estuvo ante aquellas nalgas frías y con estrías de mariposa que apuntaban al agujero estrecho del culo como un hoyo recién tapado, y a los pellejos negros de aquella morena con cabellos de zarcillos de noche... y entró sin respirar, y la sensación fue tan fuerte y atrapante que sintió que se derretía dentro de la puta; y agarró esa cintura cubierta de moretones y lo fue metiendo hasta el fondo... y escuchó como la mujer soltaba un suspiro, y entonces su tía ya no estaba observando desde las sombras, su tía estaba posada a cuatro patas, y azotaba sus nalgas de puta gorda; y se sentía montado en un maldito carrusel de fuego, porque estaba sudando la cocaína, y sentía que la punta de su pene ardía como si fuera a derramarse... pero jamás llegaba, no importa qué tan duro entrase a aquel agujero estrecho y viscoso... y la muchacha gritaba y lloraba, pero no podía parar, no podía acabar, y olor a pescado insípido comenzó a inundar su cerebro... y después recordó la sensación escalofriante del bejuco enrojeciendo su espalda cuando descubrió a su padre con la vecina, y golpeó las nalgas agrietadas de la puta hasta que ella saltó de la cama, interrumpiendo aquella sensación de intrusión que lo hacía temblar con espasmos eléctricos... y entonces tuvo que castigarla con azotes de sus manos callosas hasta que los muslos enrojecidos gritaron, y levantó una de sus piernas, y la arrastró a la orilla de la cama para seguirla penetrando de frente... mientras se agitaban sus tetas de mar, y sus lágrimas de puta se deslizaban por los senderos del maquillaje, y parecía atraparlo con fuerza en la aspereza de sus entrañas, mientras levantaba sus pies con fuerza... y apretaba sus tobillos como argollas, y era la puta de su tía finalmente sometida y atemorizada... pero no consiguió acabar, porque la matrona le dijo que ya habían pasado dos horas, y le cobró adicional el maltrato a la niña.

Siguió cometiendo aquel adulterio sin poder acabar dentro de las mujeres, pues su tía volvía a presentarse en la plenitud... y su único consuelo era el maltrato, pues era control y lo hacía sentir inflamado de un fuego salvaje que latía en sus venas, y fue desarrollando intereses particulares con morder las nalgas y las piernas de sus putas hasta sacarle sangre, y pegarle a la piel con la mano abierta hasta que se ponía caliente, y luego recorrer el ardor con la lengua... y lamer los pies de las mujeres mientras se adentraba profundamente en aquel sexo pegajoso y carnoso que lo atrapaba en un abismo de silencio y dolor. Probé las negritas con la cuca sabor a refresco, y que la tienen caliente como una olla hirviendo... y las blanquitas con pezones claritos que se ponen rojas cuando las asfixias, y que gritan como la gloria cuando las azotas el culo y le chupas las tetas... pero siempre me gustaron las morenitas flaquitas que aguantan bastante, y les gusta que les pases la lengua por los sitios prohibidos. Pero pronto sucedió una afrenta que lo cambió todo, había estado cagando en el monte cuando pasó por un riachuelo y descubrió a la cocinera de la compañía: una mujer madura de fisionomía conservada que se bañaba en la estrechez del agua con la piel enjabonada y el cabello espumoso desprendiendo el aroma cítrico del champú anticaspa; me acerqué como un niño escurridizo en medio de las lomas, y ví como el agua caía por su cintura de rollitos formados como paisajes marcianos y piernas abultadas por las varices se sumergían apenas en el charco; no lo sospeché, pero la inflamación me invadió como nunca al contemplar aquel mujerón de piel cetrina emerger del arroyo como una sirena ecuestre... quizás el espíritu de Jechikrai llegó a soplar un aliento de desesperación en mis pulmones; solo sabía que sentía ardor y deseo por esos pezones negros de medianoche y ese sexo carnoso y maloliente; entonces salté, convertido en un ocelote carnívoro, y le clavé los colmillos en la coronilla, arrancando el cuero cabelludo del cráneo entre alaridos sofocados por la infatuación de aquella sed animal... y el clamor de la sangre chorreando a borbotones; y el chorrear de esas tetas jugosas como fruta al ser trituradas con los colmillos, y le sabor ferroso y marino de la vulva carnosa, que se desprendía en jirones de malvavisco... Fue tanta la crápula, que la penetré allí mismo, sorbiendo el enervar de las arterias y la rigidez de los músculos, y arañando el contorno de su cuerpo a medida que la inflamación aumentaba, y en un último arrebato le arranqué la tráquea del cuello con un mordisco salvaje... y acabé en sus entrañas con un explosión fausta en ríos sanguíneos y prelado de semen ardiente. Creo que estuve más de una hora, embebido en aquella unión de carnes, con el cerebro frito de tantas drogas que me había metido y el pene flácido aún dentro de aquella muerta... y entonces estrangular a las putas hasta que se orinaban del susto se convirtió en mi sedante, intentando saciar ese maligno deseo que crecía en mis entrañas como un anatema.

Pero ocurrió un accidente que me obligó a huir de la mina, pues una matrona se dió cuenta que las mujercitas con las que me obsesionaba estaban desapareciendo; aquello ocurrió una noche después de un resumen en el que salí perdiendo por disputas con el jefe de la obra... y debía descargarme ajuro, por lo que convencí a una de las puticas en su descanso de acompañarme al monte a fumarnos un cachito de marihuana, y cuando estábamos metidos en el cerro, la puse a cuatro patas y se lo ensarté de una; al principio se debatían con rabia y con llanto, intentando desprenderse, pero sí la agarrabas con fuerza pronto dejaba de aguantar y te dejaba hacer lo suyo... por supuesto, como veían que no podía acabar rápido se desesperaban y comenzaban a patalear; pero esa noche era diferente, había apartado un frasco de ácido sulfúrico, y esperé estar duro como una piedra dentro de ella... para vaciar el recipiente en su espalda, y sentir los espasmos y contracciones vaginales al retorcerse de dolor entre gritos; eso me hizo acabar inmediatamente, y la estrangulé cuando estuve saciado... y entonces un pistolero de la Guardia Pemona me soltó un plomazo en la espalda. Salí corriendo, convertido en cunaguaro, para perderme en los montes nocturnos... chorreando sangre, y pensando cuánto debió haber visto ese indígena armado, y en los guardias descubriendo el cadáver ultrajado de la muchacha, y corriendo la voz de un asesino en el campamento. Huí, por supuesto, la bala me rozó el cuello, pero no me atravesó... y pidiendo colas, y escondiéndome en las alcabalas, pude llegar a Ciudad Zamora.

Acá viví en el Cerro de los Báez, más como un animal que como hombre... pero volví, conseguí trabajo en el Matadero Municipal como aprendiz de carnicero y después como carnicero; disfrutando del proceso de sacrificar reses y despiezar su carne; imaginando que las columnas que partía eran de mujeres sumisas, y que el olor grasiento de la sangre me llenaba por dentro... Las putas del Chinchorro son más delicadas que en las minas, y si le apagas un cigarro en la planta de los pies se pone a llorar. Me escondía a fumar el Cumí en el pico de los cerros, y si desaparecía una niñita en algún barrio, y después aparecía tirada en una zanja con la caja torácica abierta y el corazón arrancado... fui yo, que cedí a las malignas potestades que obedecen a Jechikrai—mientras contaba esto veíamos el líquido bituminoso del chimó manando de las aberturas en su espalda—; mi mayor encuentro con la ley ocurrió hace unos años, cuando se corrió la voz de un robo y los del Mercado Periférico nos echaron la culpa a los del camión del matadero; y corrimos al Paseo Orínoco, y nos escondimos en varios sitios mientras las patrullas nos perseguían, y Jechikrai me transformó en un grillo para evitar que los policías me agarraran—se rio, y nos miró largamente con los dientes manchados de rojo—; fue una de las putas de la Culebra, quien me puso algo en la bebida cuando entré al cuarto... Esa maldita sabía quien era yo, pues me había visto azotando las nalgas de sus empleadas, y negando esa porquería plástica que se ponen los niños en la verga. Fue ella quien me vendió a un cartel, porque enseguida empecé a cogermela me dio mucho sueño... y cerré los ojos, y desperté en un maletero muriéndome de dolor, hasta que unos malandros me dejaron botado en la carretera. Esa perra mandó a que me sacaran los riñones, y ahora me estoy muriendo, señores oficiales... Los espíritus me han abandonado, y esa vivaracha debe estar nadando en plata con lo que le pagaron los Pranes de la Cárcel. Y todo por darle una cachetada a la puta equivocada... 

Y se murió antes que llegara la ambulancia, nuevo, qué cosas, ¿no? No sé si creer lo que nos contó ese indio loco, pues la pastilla de Chimó que se tragó debió pararle el corazón con un infarto. A penas te graduaste como oficial, ¿cuál era tu nombre? Juan Ramírez. Bueno, Ramírez... siempre le cuento esta historia a los nuevos, y no las huevadas de instrucción; ten presente que Ciudad Zamora, y Venezuela en sí, es un injerto de muchas cosas... y algunas de ellas dan mucho miedo. Yo no creía en los espíritus Kanaimas, hasta que fuimos corriendo ante los paramédicos, y vimos a lo lejos como el muerto desangrado se elevaba; sí, era como si algo muy grande e indecisible se lo estuviera llevando cargado; lo vimos flotar con espasmos convulsos, aparentemente inerte, y desaparecer en el monte... que venía a reclamar lo suyo. Fue entonces que emprendimos una investigación personal intentando desvelar el misterio detrás de este individuo... y descubrimos que ningún José Kusari trabajó en el Matadero Municipal, y que el único rastro de su existencia eran residuos de fotografías quemadas que la prostituta apodada la Culebra tiró a la basura. Qué miedo, ¿no?

Las Formas del Deseo

«Gerardo Steinfeld, 2025»

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