Horror en la Catedral
«Esa cosa no es Jesucristo... El Crucificado que se mueve en en altar no es Dios. Y el ángel que voló sobre la Catedral Santo Tomás no provino del Cielo...».
El Avistamiento del Ángel sobre la Catedral de Ciudad Bolívar en octubre del 2010, representa uno de los sucesos más extraños ocurridos sobre el cielo del país. Principio de un horror que dejaría huella en la otrora iglesia, convertida en monumento a la desesperación, mientras las estatuas de la Plaza Bolívar parecían ejercer una actividad desconocida durante el silencio de la noche. Un equivocacion llamada milagro eucarístico, un Jesucristo de madera que tiembla y gotea sangre en el altar mientras el Padre otorga la misa, y un prodigio que sobrevoló las alturas, y que podría corromper todo lo que sabemos sobre la religión y la naturaleza de Dios.
A primera vista, la fachada conserva la estructura de una majestuosa catedral colonial, pero bajo la luz agonizante del cielo revela sus paredones teñidos de un amarillo enfermizo, exhibiendo grietas que chorrean la mugre añeja de un más allá inalcanzable. El blanco de las cornisas y las columnas transmite una devoción enfermiza por la perpetuación de una cristiandad moribunda sobre un basamento de piedra. Las fotografías modernas no plasman la imponencia real del edificio: elevándose sobre la nave, la torre del campanario se recorta contra un cielo asfixiado por el calor, y las esferas del reloj permanecen detenidas en la eternidad muerta del abismo. ¿Por qué Dios permite que estas oscuras presencias influyen en el espejo transversal del mundo? Hay quienes dicen que el Mal es un reflejo del corazón del hombre, yo prefiero creer que estamos en un infierno invertido.
La mañana del domingo 14 de junio del 2010, el Padre Arturo Medina ofrecía un sermón sobre la comunión en familia cuando el retablo de caoba donde se describen los milagros de la resurrección presentó una actividad inusual. Su buenaventura encomendada a los santos poderes llenaba el amplio espacio de la catedral, una voz armoniosa que hacía enervar los pilares morales del hombre, ignorando los murmullos y las expresiones de asombro entre los congregados. Lastimosamente no hay evidencia fotográfica del hecho. El retablo donde aparecían conminados los patronos del cielo parecía cobrar la inusitada vitalidad de un teatro helénico, como un mar de cadáveres bullendo en las profundidades del infierno. Los creyentes se persignaron, echándose de rodillas ante la unción que ascendía del portento, los arcángeles pregonando la aquiescencia del firmamento, más allá del alma del hombre más allá de todas las proyecciones mundanas en los millares de templos.
El Padre Medina relató ante El Progreso, diario emblemático de la ciudad, haber presenciado como el
el cristo crucificado sufría espasmos, contorsiones en sus fibras de porcelana y hasta haber goteado una sangre acuosa sobre su sotana antes de interrumpir su sermón. Cuando miró arriba, contempló el rostro demacrado y los ojos vidriosos de un mártir reanimado, que le devolvió una mirada donde estaban enclavados todos los presagios del mundo. No sintió el regocijo de los profetas, confesó, solo un innombrable temor hacía las profundidades convexas del cuerpo vidrioso. Esto fue el principio de un terror que tomaría posesión de la Catedral Santo Tomás, y cuyo desenlace levantaría una ola especulativa capaz de perturbar nuestros conocimientos de otros tiempos y formas de vida.
Los habitantes del Casco Histórico avistarían figuras espectrales nadando bajo el cielo nocturno, extraños movimientos en las estatuas de la Plaza Bolívar que confundían a las autoridades, y una aprehensión psicológica como si un ejército de tarántulas invisibles se hubiera puesto de acuerdo para envenenar con aguijón las pasiones y las esperanzas de todo aquel. Más que despertar un palpito religioso, empezó a disminuir la cantidad de devotos en las misas, y el Arzobispo Bernardo recibió llamadas de Nueva Bolívar que jamás salieron del silencio mediático. Flotaba sobre Ciudad Bolívar un hálito extraño: una sombra perpetua que atenuaba la luz del sol, y hacía que las sombras se sintieran más pesadas.
Las visitas del Arzobispo Bernardo a las provincias de Bolívar no le permitían conocer la realidad en la que vivían el sacristán Salvador García y el Padre Medina, pero los manuscritos de estos sobrevivieron hasta nuestros días en el Museo Steinfeld, para todo aquel que quiera echar un vistazo al submundo desconocido donde flota la capital guayanesa.
«Eso no es un ángel —aparece borrado, mutilado, reescrito, tachado en el diario del Padre Medina —. La estatua del Arcángel [ILEGIBLE] que nos mira desde la entrada no es... Al anochecer, empezamos a recibir quejas de la familia Marcano, de que el mármol se mueve. No sé cómo explicarles que eos ojos que brillan no son guirnaldas, y que en la oscuridad la forma del ángel cambia, que se parece al [ILEGIBLE]».
Sus anotaciones son dispersas, como si nos estuviera advirtiendo de su desorientación religiosa, pidiéndole claridad a un Dios que le revolvía el estómago. Y los del sacristán Salvador son más confusos, al tratarse de un estudioso de la metafísica, porque subraya la existencia de otras sustancias que imitan las doctrinas del hombre. Habla muchísimo de «entidades de la quinta dimensión», «el inconsciente colectivo» y la verdadera naturaleza de Dios. De hecho, se cree que el sacristán de Montenegro practicó la brujería en secreto, y que las fórmulas que aparecen descritas detalladamente en sus manuscritos eran resultado de sus experimentos. Estudiaba una clase de espiritismo basado en los Manuscritos de Agrippa, Paracelso y Alberto El Grande para invocar fantasmas y diablos. Sus enunciados de metafísica aplicada son impresionantes:
«... al universo estar en constante expansión, las cuerdas de la materia están en vibración y por ende se estiran. Las matemáticas de Veneziano describen filamentos de energía similares a cuerdas, y puede que las manifestaciones ontologicas afecten las cuerdas para separar las dimensiones que la componen».
Estamos enterados por las evaluaciones del Doctor Enrique Sinforoso sobre el estado enloquecido que presentaba el Padre Arturo Medina cuando fue internado en el Hospital Psiquiátrico. Tras una prolongada paranoia e insomnio, fue ingresado al Pabellón Masculino para recibir tratamiento sedante y aliviar su perturbación. «El paciente declaró sentirse observado constantemente, sufrir pesadillas cada noche, taquicardia, sudoración excesiva, alucinaciones auditivas y disociación excesiva». El Sacristán Salvador contó que el padecimiento del Padre empezó cuando decidió, deliberadamente, ingerir la sustancia oscura que goteaba del Cristo en el altar por creer que era un remedio milagroso. Todos estos síntomas empeoraron conforme se acercaba, lo que sería el avistamiento más extraño jamás visto en los cielos de Ciudad Bolívar.
La noche del 31 de octubre del 2010, a las 10:34pm, un clamor cubrió el cielo del sector Catedral, vista desde diferentes puntos del Casco Histórico como una enorme masa blanca, desplazándose en el aire con unos apéndices laterales parecidos a aletas, sin cabeza ni cola visibles pero sí un único ojo brillante. Su movimiento ondulante, parecido al de una sábana, transmitía la inquietante sensación de que la criatura sufría.
Los testigos contaron que el extraño espécimen se elevó del techo de la Catedral Santo Tomás como un globo hinchado por el ventarrón nocturno, exhalando un aire caliente que palpó el cabello y los rostros de los reunidos en las calles empinadas para presenciar aquel vestigio innombrable. Y calle abajo, corriendo con la sotana hinchada, el Sacristán Salvador García intentando capturar la situación con una cámara digital y un fajo de papeles, murmurando, tropezando, visiblemente nervioso. También llevaba un paquete envuelto bajo el brazo que todos vieron arrojar al río Orinoco.
Aquel ángel descabellado, sin sustancia, cortina arrebatada por el viento que cabalga sobre las nubes, iluminando la noche con una estrella de sangre que descubre el mundo. La presencia se difuminó, revoloteando como una medusa desconocida sobre el Paseo Orinoco, acercándose al Jardín Botánico hasta esfumarse en las alturas abruptas. Después vieron al sacristán regresar bañado en sudor, apretando sus papeles grasientos y con una sonrisa pálida, como presintiendo el soliloquio de Lucifer ante el final de los tiempos.
Puede que el Instituto de Seguridad Pública haya abierto una investigación, pero la pronta partida de Salvador García a su natal Montenegro terminó por aislarlo del caso. Los avistamientos de criaturas atmosféricas abundan en las carpetas de organismos internacionales dedicados a la investigación de estos fenómenos, y puede que la desapareción de la sangre (que se preveía ser estudiada por la Universidad Oriental), y las capas de pintura descubiertas en el techo de la catedral hayan eliminado todo rastro de una puerta a un espacio desconocido por el que cruzan horrores. Un símbolo invertido sobre la cabeza de los congregados durante el sermón que «escuchó» lo que flota fuera de nuestras orejas cuando se nos evaporan los pensamientos.
Antología: Duendes y Espantos
Gerardo Steinfeld 2026
Sígueme en redes como:
Facebook: Gerardo Steinfeld
Instagram: @gerardosteinfeld10
Wattpad: @GerardoSteinfeld10



0 Comentarios