El Brujo del 88

Pocos relatos me han perturbado tanto como la historia de este viejo brujo que vivía en el Kilómetro 88, un sitio marcado por el pranato y los colectivos militares en constantes choques por el control de las minas. Los que presenciaron al viejo Ottavio Rivas en carne y hueso recuerdan una incómoda sensación producida por su aspecto, como el de un reptil espinoso embutido en el pellejo de un homínido. Caminando al atardecer por las calles de tierra donde se accidentan autobuses, más allá de las casitas, por donde se avistan unas sombras desproporcionadas que se inclinan como en un espejo de piedra volcánica donde se evaporan todos los venenos del monte.

Mi nombre es Gerardo Steinfeld, pertenezco al Instituto de Seguridad Pública del Estado Bolívar, y de este brujo, presencia maligna que abortaron las entrañas del Averno, se cuentan perversiones cometidas en su choza remota, allí donde mujeres, niños y malandros se perdían de noche y reaparecían con los pantalones ensangrentados en las fosas del Cementerio. Contando cómo una aparición los atacó en la oscuridad, mitad animal, mitad demonio invisible, para abusar de ellos hasta que perdían la noción de consciencia. El mismo Viejo Petrica lo mandó a matar por sus atrocidades, resultando en un encuentro con un dominio inexplicable que aterró a los perpetradores.

Flaco y ojeroso como un diabético, este diablo hecho natura aterró a los habitantes de Las Claritas, cuya carretera transversal la conecta con San Isidro, antes de llegar a El Dorado y demás pueblos mineros que hacen vida en el Oriente del país. Entre chozas metálicas sobre avenidas de tierra roja y gruesas arboledas que se abren en los barrios, oculta por las trampas del paisaje en su parte más septentrional, se yergue una choza antiquísima que sirvió de guarida para un chamán que vino del interior amazónico, que vivió y murió entre aullidos alcoholizados y ceremonias clandestinas que despedían un humo ocre, invadiendo las chozas de asbesto del barrio con un hedor lacrimoso. Después, el caney cayó en el abandono, utilizado como cuartico secretos por amantes y brujos cínicos que reventaban pentagramas de pólvora y fumaban tremendos tabacos con raspados de cocaína en la punta. 

Jamás se supo de dónde provino aquella presencia, salvo que su sombra perpendicular se avistó un día rondando la choza y efectuando reparaciones en sus paredes arcillosas y su techumbre de madera. Su nefasta fisionomía le impidió a cualquier vecino acercarse, pero se lo observó con curiosidad mientras, sentado en un tocón, estudiaba el humo de su tabaco mientras medía unas culebras muertas, alineadas a sus pies. Era un hombre aterrador y rarísimo. 

Durante esos años, a nadie le preocupó (o los doctores del Ambulatorio Las Claritas jamás tomaron en cuenta este dato) que muchas mujercitas empezarán a tener pesadillas recurrentes con criaturas, que las perseguían y las tumbaban para servirse de ellas. La frecuencia con que las jóvenes amanecían con hematomas en las nalgas y las piernas era desconcertante, y se achacaron estos males a espíritus invocados por brujos en la montaña. 

Como en todos los rincones de Venezuela, la influencia del cristianismo protestante permeó en cada aspecto de la vida cotidiana (o al menos lo fue antes del 2000), y estos altercados más que estudiados clínicamente fueron «reprendidos en cultos por alabanzas y la mano senadora de Dios». Tras una extensa investigación, encontré algunas evaluaciones y testimonios de jovencitas menores, y realicé reconstrucciones de estas inducciones oníricas. La frecuencia era de una a la semana o dos veces al mes, aunque en ocasiones este «usurpador del sueño» podía ensañarse con una y repetir el encuentro. Casi todas las muchachitas de Las Claritas (inclusive las que lo hayan bloqueado de sus recuerdos o aseguren su negatividad), tuvieron un encuentro en la inconsciencia con este engendro, que solía presentarse como un cerdo marrón de gran tamaño, un perro negro con la cabeza extraña, una cucaracha cuadrúpeda que emitía un chirrido perturbador, o un hombre lampiño, desnudo y pálido cuyas proporciones rozaban lo grotesco. El modus operandi de la entidad era similar en casi todos los expedientes: perseguía a la mujer por un patio oscuro, su propia casa, la calle o el monte hasta tropezar y someterla con su imponencia. Después le arrancaba la ropa a dentelladas o con zarpas, para proceder a profanar sus zonas íntimas. Las víctimas aseguraban sentirse asfixiadas, golpeadas y humilladas hasta despertar, con las lesiones antes mencionadas, cansadas y adoloridas. 

Pensé en los casos de Ceretones en el occidente del país, que corresponde a brujos que utilizan la magia negra para hacerse invisibles al ojo humano, y aunque previas al tormento proclamaron sentirse observadas, tuve que seguir indagando en las acciones que tomaron aquellas mujercitas para defenderse. Algunas cruzaron palmas bajo su almohada y otras rezaron antes de dormir, pero muchas veces esto fue inútil y solo provocó más a la terrible criatura. Ahondando más en este zanjón, descubrí que las mujeres jóvenes no fueron las únicas afectadas... también fueron atacados espiritualmente los hombres de la comunidad. 

Pero antes, debemos citar un caso perturbador que ocurrió durante aquellos primeros años en que la presencia se extendió por Las Claritas. Pido discreción a todos los que lleguen a esta parte de mi investigación, pues es vomitiva y aberrante. Se trataba de una niña, cuyo nombre estará censurado con el apodo «Eva», y cuyo desenlace remito es una de las atrocidades más grandes que un sadico pueda cometer. La culpa ha recaída sobre los animalitos callejeros que deambulan por el puente, pero uniendo todos los puntos tras una recopilación de archivos que abarcó dos decadas, he llegado a conclusiones escalofriantes. Eva estudiaba el primer año en el Sosimo Castro, y una tarde no llegó a su casa, a unas cuadras, junto a la Tasca Disco La Oficina. Su madre, que trabajaba en una farmacia hasta tarde no se enteró de la desaparición porque ambas vivían solas. La policía visitó el colegio, pero allí no dieron parte de lo ocurrido con la menor, salvo que sus compañeros la vieron partir a la hora de salida en dirección a la Lagunita. De inmediato, las autoridades fueron al sitio y recorrieron la orilla de este pequeño cuerpo de agua que flanquea el pueblito, encontrando a la niña en condiciones lamentables, unida de qué manera a un perro callejero de gran tamaño que lo arrastraba. La muchacha permanecía en una semiconsciencia psicotrópica, a cuatro patas y sin pantalones, el animal unido lloraba. Ante el espanto, el oficial [CENSURADO] mató al animal de un disparo, y tuvieron que trasladar a la muchacha al ambulatorio para poderlos separar. En su examen toxicológico encontraron escopolamina, un alcaloide conocido popularmente como «Burundanga», utilizado por sus efectos de sumisión química y amnesia anterógrada. No era la primera víctima en la región, pero lo perverso del caso llamó la atención. Aún a mí, me sigue pareciendo un hecho desagradable.

Eva no recordaba lo ocurrido, pero tras un interrogatorio competente ejercido por un psicólogo, se descubrió que la muchacha sí asistió voluntariamente a las zonas de la Lagunita porque había estado soñando con su padre muerto (víctima de accidente en Bulla Loca), que según el informe se había escapado del infierno y solo podía manifestarse cerca del agua. Del perro, aunque no se perciba como un dato esencial, no sé sabe más, salvo que lo dejaron allí mismo con la cabeza deshecha por el tiro. Aquello fue trágico, y Eva junto con su madrecita tuvieron que mudarse de Las Claritas por las burlas y la difamación siguientes. El mismo patrón de sueños inducidos que terminó en desgracia. 

Pero el asunto con las degeneraciones no terminó allí, meses después empeoraron con ataques de bestias salvajes, el más famoso ocurrió en vísperas de Año Nuevo, siguiendo la línea de acontecimientos de esa época. Sebastián Silva bajaba de una rumba en casa de su compadre para recibir el año con su familia, el hombre estaba tomado porque había ingerido abundante cantidad de Whisky y cerveza, dando tumbos entre las casas metálicas con calles sin asfaltar, alejándose de vecinos sobre mecedoras esperando el año con ropa nueva y las mejillas coloradas, cuando sintió que lo llamaban del monte, allí donde la Lagunita verdosa genera sus estanques de mosquitos. Iba por esos lados sin alumbrar, porque sentía una imperante necesidad de orinar y se estaba acercando al agua, en la parte norte del pueblito, allá donde se levanta la choza del Brujo Ottavio Rivas, que en noches festivas revolvía polvos en agujeros del suelo y prendía velas a las Ánimas. En esas noches se veían luces dentro de la cabaña indígena, pero nunca luces eléctricas, eran velas cuyas llamas caían suspendidas como estrellas de fuego mientras el viejo pasaba la noche conversando con espíritus que venían de las alturas, más allá del cielo, donde se precipitaban las almas muertas a los agujeros negros. 

Sebastián Silva pertenecía a la Banda del Descalzo, y robaba televisores y neveras en Ciudad Bolívar y las revendía en su pueblo baratas para poder seguir financiando su marihuana, que era el único vicio malo que tenía, ya que había dejado el Ejército y el colegio. Y si lo venían a buscar los polis, su mamá decía que se había ido pa la mina mientras echaba la carrera hasta la Troncal y se perdía un tiempo pa'l Dorado. Pero esa noche no corrió, cayó fulminado como un idiota ante los ojos espectrales que saltaron de la arboleda, sintiendo el reflujo del vómito como un éter por su garganta, y se perdió en un mundo de sueños y formas extrañas que surgían como garfios de charcos. Habían garrapatas y zancudos pegados a su piel en el sueño, y un dolor que lo traspasaba como una descarga eléctrica que iba del cerebro a las plantas de los pies. Lo encontraron en la mañanita con los pantalones enredados en las rodillas y las nalgas ensangrentadas. Se negó a asistir al ambulatorio, a pesar de que presentaba síntomas de haber sido perjudicado en su recto, jamás superó la vergüenza de una supuesta «inflamación de hemorroides», y se fue a vivir a El Dorado donde tuvo un hijo con una cubana y escapó de esa responsabilidad yéndose a Brasil antes de la crisis. Pobre diablo.

Su madre fue la que contó al hermano de Sebastián (el que me hizo llegar la información cuando visité Las Claritas), y este susodicho me relató el encuentro con el espanto disfrazado de animal. Tal parece que no fue el único, porque los abusos cometidos contra «malandros» son tabú, pero no dejaron de ser una realidad durante años. Fue el mismo hermano de Sebastián quien me condujo por la Lagunita, aquel cuerpo muerto que despide un olor a huevos podridos, hasta los cimientos sobrevivientes al incendio en la choza de Ottavio.

—Yo estuve frente a frente con el Brujo, y no es como la gente lo recuerda. —Me cuenta, mientras atravesamos la vegetación al encuentro con los extraños seres del inframundo. Llevaba el overol gris del instituto y sudaba muchísimo por el calor de agosto —. Verlo nada más te causaba una impresión fea. Una mala vibra. Como si no fuera una persona, ¿me entiendes? Quizás lo recuerde de esa forma porque tenía diez años y era medio enano, pero era altísimo... Nunca he conocido a una persona tan alta. Pero no era... ¿cómo decirlo? Tenía las piernas y los brazos larguísimas, y una cabeza como un globo. Pero como usaba un chaquetón andino no podía saberlo con certeza. Nunca se lo conté a nadie, pero esa impresión se me quedó, ¿sabes? Durante gran parte de mi niñez no dormía pensando y pensando en eso... No sé, yo andaba explorando la Lagunita, cazando pescaditos con pimpinas, y lo veo de lejitos caminando con sus piernas que parecían zancos. La cabeza gris, la cara morena de ojos chinos, (bueno, no sé si eran ojos rayados porque más bien parecían ser completamente negros), y la sonrisa como la de un tiburón. Los dientes picados y amarillos, ay, yo soñé varias veces que venía a morderme y me paraba todo asustado de la impresión. Y olía feisímo, aún estando lejos, me pegó esa peste como la de un perro que se está muriendo por dentro. Ese iba porallá... —señala el oeste, donde se levantan unas montañas tapizadas de vegetación —. Allí sí que uno no podía ir. Hasta los grandes tenían miedo de subir esas cumbres, porque desde la base se veían como unas gentes oscuras que nadie sabe qué son. Por supuesto que eché a correr, cagado de miedo, hasta mi casa y no le dije a nadie que vi al Brujo. 

Me precipité a investigar estas figuras vistas desde Las Claritas, y me encontré con una auténtica leyenda filtrada a la actualidad por numerosos avistamientos (ver Las Sombras de Kakaroto): unas fantasmagóricas y altas presencias que esperan en la cima de los montes y nadie sabe qué son. Se teoriza que podría ser una tribu aislada y temerosa del mundo, o una ilusión óptica producida por el descenso de las nubes y la proyección del atardecer, dando origen a siluetas desproporcionadas imitando la forma humana. Pero algunos relatos, de aventureros que decidieron escalar más allá del saber del hombre para perseguir estrellas fugaces, cuentan que estos seres intentaron comunicarse antes de reaccionar de forma hostil, en lo que los testigos aseguraron fueron desmayos repentinos, dolores de cabeza insoportables y aversión indescriptible a las alturas. Estas impresiones fueron tan fuertes que aquellos montes se volvieron terreno supersticioso y prohibido para los habitantes del municipio, salvo por uno de ellos, uno que escaló estas cumbres para entablecer un extraño puente entre los seres humanos de abajo y las proyecciones de otros mundos en las cimas: Ottavio Rivas. ¿Qué oscura naturaleza podía ocultar este ermitaño sadico? 

El suceso que desató la ira del Viejo Petrica, tras el padecimiento continuo de la comunidad bajo su azote, ocurrió durante una de las temporadas de lluvia más salvajes que azotó la región oriental. El soliloquio que hace enervar los principios del mundo se presentó con un chaparrón que hacía susurrar la arboleda con gritos de diablo, y entre los samanes torcidos y los magueyes carnosos cuyas raíces chupaban el veneno de la tierra, huía una prostituta de sus perseguidores. Marianela González corría bajo la lluvia con un bulto en sus brazos, una envoltura donde resguarda el fruto de su esperanza, lo concebido en su intercambio marital con el director de aquel reino. El mismo que al enterarse de su embarazo de hizo falsas ilusiones con una jaula de marfil en la que encerrar lo más preciado. Previniendo su destino postizo ante el trono del cartel, la sensual mujer huyó con su recaudo, escondida con unas primas de Las Claritas, cambiando de pelo, de ropa y de vida.

Pero la pantomima duró hasta el nacimiento del bebé, y la rabieta del Pranato: la encontraron en su trabajo, los motorizados sobre sus caballos de hierro, angustias materializadas que la perseguían como endriagos por los montes y los despeñaderos. La lluvia regia, cayendo como amoníaco, sobre la fachada del paraíso.

—¡Si la ven, la matan! —Ladran los perros del Viejo Petrica, escorpiones asesinos que sudan ponzoña —. ¡Pero al carajito me lo cuidan! ¡Si le pasa algo al niño yo mismo les exploto la cabeza!

Marianela salta sobre los charcos con cuidado de no tropezar mientras la ventisca la empuja, tirando de su cuerpo en varias direcciones como sacudida por dardos invisibles, guarda silencio mientras el ronroneo distante de las motos, escorpiones de guerra, eclipsa la tarde en los montes circundantes. Sueña con perder a los perros, y huir hasta la carretera; piensa también en abandonar al niño, desprenderse de esa bola de carne, soltar al vástago que le sembró el Viejo Petrica en sus acometidas salvajes, obligándola a ser su conyugue, fascinando con su belleza maldita. Pero no puede soltar, no quiere cortar la atadura, el lazo primitivo que la une: los dos corazones que laten y dan fuego, y llora ante la materialización que se desprende de las ramas como una pantera.

El cuadrúpedo aparentemente esfumado en la oscuridad se acerca a ella con un porte felino, audaz, como si midiera la distancia. Sus ojos resplandecen en el estruendo del agua, y el clamor del rayo le recorta forma y sustancia. Es un diablo de otro mundo que vino a hacer un trato, pero el precio es impensable. Marianela apreta los dientes, escucha el zumbido de las motos y el crujido de las ramas de los sanguinarios que se aproximan. 

Los malandros bajo amparo del Pranato ven la bestia erguida, el pecho hinchado y los ojos demenciales, en su boca cuelga el infante como un guiñapo rosado que suda rojo. Los arrastró al espanto mientras sueltan disparos de sus ametralladoras al cielo, como invocando los poderes del cielo, pero solo encuentran a la mujer enloquecida, cegada por la zarpa de la fiera y humillada por los elementos. No la mataron, solo la abandonaron en el ambulatorio donde fue trasladada un mes después al Psiquiátrico de Ciudad Bolívar, donde pasó más de cinco años sin hablar con nadie hasta que se quitó la vida trágicamente, metiéndose unos bolígrafos por la nariz y saltando de cara al suelo. 

Los malandros buscaron al animalón por los alrededores de Las Claritas, presumiendo que era una fiera nunca antes vista. Un jaguar amazónico o uno de los tigres exóticos que el Cartel del Llano importa para sus comercios, sirviéndose de abundantes motorizados para escalpar la superficie de los montes... encontrando, decenas de metros ante las cumbres inhóspitas donde deambulan las Sombras, un horror indecible. Se decía que eran gentes acostumbradas a ejercer y recibir torturas en retenes, hombres de gatillo fácil y cuero duro, pero aquello los dejó pendejos, más de uno salió de allí convencido de que el mundo estaba gobernado por tinieblas, y que solo Dios conoce la aterradora profundidad en el corazón del Hombre. Colgado, clavado a una cruz visible desde la lejanía, un madero ensangrentado con la sangre del niño. Sus manitas unidas con clavos, sus piecitos colgando y la cabecita sobre el pechito rosado, de piel acaramelada. Un cristo recién nacido obligado al milagro de la crucifixión. Unos vomitaron, otros cayeron de rodillas pidiendo perdón, y un malandro apodado Periquito dijo en voz alta:

—¿Por qué?

Hasta yo, que me han dicho que no tengo corazón, me sentí bastante asqueado al investigar este hecho. Pobre criatura. Fue entonces que el Viejo Petrica fue tajante: «traigánlo pa'cá». Y las motos se detuvieron ante la choza de Ottavio Rivas, y con pistola en la cabeza, cuentan que se dejó llevar en un primer viaje para El Dorado, riéndose, un espanto encarnado de ojos confusos y dientes podridos. Iban al mediodía bajo el sol ardiente, seis motos remontando la autopista rumbo a los pueblos perdidos por la fiebre del oro, hasta que se detuvieron abruptamente, con los oídos zumbando. 

El Negro que iba al frente dio media vuelta y regresó para encarar a sus malandros.

—¿Qué pasó?

—Se fue, Negro... —dijo Periquito con los ojos pasmados —. Saltó de la moto.

—¡No! —Se adelantó Bola de Chivo —. Si yo venía atrás, pillándolo, y cerré los ojos por un momento y ya no estaba.

Todos se miraron, confusos, nerviosos, exaltados. Entonces cogieron las motos y volvieron sobre el camino, desviándose por los senderos, buscando en el monte, hasta que se hizo de noche y el Negro tuvo que llamar al patrón. El Viejo Petrica dijo «ya no me lo traigan, donde lo encuentren, lo decapitan y me traen la prueba». Lo buscaron toda la noche, los ojos dilatados y la nariz ensangrentada por la cocaína para aguantar el trajín, fumando en todo momento, desesperados ante la reprimenda del Pranato. Se repetían el suceso insólito, ante la desapareción repentina del Brujo. Periquito relataba cómo lo venía apuntando, y su parrillero también estaba seguro de su parte. 

Volvieron hasta la cabaña de Ottavio, ya de madrugada, y allí encontraron cruces con animalitos sacrificados que desprendían un olor insoportable. La atmósfera estaba cargada de pequeños misterios. El Negro se asomó y vio un montón de velas ante unas figuras de barro, pero no pudieron seguir investigando porque estaba oscuro y en un descuido tumbaron un altar donde aguardaban, exhibidas, serpientes venenosas y ciempiés gigantes en frascos. El trino del vidrio zumbó acompañado del susurro de las culebras, que terminó por espantar a los malandros. No volvieron a entrar.

El Negro mandó prenderle fuego, y con sus encendedores encendieron la paja de la techumbre que no tardó en consumir los maderos de la estructura. Aquella fogata, contaron mucho después, no se parecía a nada que hallan visto antes: la candela rugía con rabia, los rastreros huían del incendio en desbandada, como si dentro se hubieran congregado para anidar por cientos, y el estallido de botellas asustó a más de uno. Sus impresiones siguieron alimentando el imaginario popular de la región, conversando sobre diablos invocados por las llamas y espantos que rompieron sus sellos esa madrugada.

ero mas nunca hubo noticias, Yo terminé las investigaciones porque no quería seguir desenterrando pesadillas, dejaré que el departamento de análisis siga indagando sobre la identidad de cierta presencia maligna que atrapa a las personas en un sitio maldito, cercano a Maracay, donde los viajantes se encuentran con un árbol derribado en medio de la carretera y al retornar quedan atrapados en un pueblo sin salida, acechado por monstruos nocturnos; o eso cuentan los funcionarios de esos lugares. Los informes de Seguridad Pública son un abismo sin fondo. Debo moverme con cuidado, porque el servicio de inteligencia americano y el gobierno venezolano están trabajando juntos para descubrir qué se esconde en las cumbres de estas montañas, donde las Sombras de Kakaroto se asoman para presenciar el mundo, y extrañas criaturas cruzan puertas desconocidas. No hubo más noticias de Ottavio, pero se dice que el Brujo «malogró» al Viejo, pero no puedo escribir al respecto sobre eso, es comprometedor con el cartel, lo que pasa en el 88 se queda allá. Dicen que allá no alumbran las mismas estrellas.


Antología: Duendes y Espantos

Gerardo Steinfeld 2026

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