El Diablo de Guayana

Al atardecer en la Angostura del Orinoco, es muy probable que te encuentres con un señor de frac blanco y lentes oscuros ofreciendo riquezas con una sonrisa de oro, es importante que «NO» le aceptes nada y huyas de inmediato sin mirar atrás. Esta entidad perversa guarda el aspecto de un trinitario extravagante con un sombrero de gran tamaño que engatusa a cualquiera que se le cruza con unos doblones dorados que pertenecen a las mismísimas arcas del Averno. 

Durante esa operación, el Instituto de Seguridad Pública se mezcló entre los civiles de la Feria del Orinoco con tal de neutralizar esta presencia mefistófelica bajo el claustro del firmamento. Pero lo que jamás imaginaron, es que un hombrecito de indumentaria judía haría acto de presencia entre las guirnaldas del festival y los conciertos; como protegiendo al pueblo bolivarense de un Mal encarnado en busca de almas para cosechar. 

Después de la Cruz de Mayo, el Arzobispo bendice el río para apaciguar al dragón presionero de su lecho. Las lluvias repican sobre las techumbres metálicas y los edificios coloniales regados sobre la Angostura del Orinoco, que amenaza con crecer hasta romper el cerco y recuperar los antiguos dominios de su señorío tropical. El ribazón de las aguas es amedrentado por los pescadores, lanzando sus atarrayas para cazar a la sapoara y el bocachico que nadan contra la corriente. Los puestos de chucherías, perros calientes, artesanías, bingos y pescados fritos nacen como hongos después del aguacero a lo largo del malecón. La baranda azul que delimita las aguas se llena de música y jolgorio, día y noche, luces y estrellas. Es común que en esas festividades regadas por el alcohol y las sustancias, se aparezca este hombre misterioso de frac inmaculado con sonrisa de oro. Lo han visto en los conciertos bailando con las muchachas con vueltas atrevidas, y saltando al ritmo del Calipso, nadie sabe quién es... pero todos sospechan que «no es de aquí».

A lo lejos, desde los restaurantes de La Carioca se observa a un humilde hombre de tez aceitunada, el pelo corto y la barba recortada según la tradición abrahamica. La túnica inconsútil que lo viste describe un cuerpo fibroso y pequeño, cubriéndose usando un manto borgoña mientras sus sandalias repasan con calma el bulevar de cemento frente a la baranda que recorta al Orinoco, cuya orilla opuesta perece tragada por el agua. Sonríe con sinceridad, y aunque no guarda dinero su presencia inspira a los vendedores a regalarle un jojoto con mantequilla o una chicha de espagueti con leche condensada. Este gentil barbudo usa un turbante de lino teñido con añil, y se acerca al Mirador Angostura, como atravesando esos caminos de Galilea y Judea a través de los milenios.

Es el último día de la Feria de la Sapoara, y el ancho Mirador de laja gris retenía una tarima con bellos faroles donde se presentaron sucesivos artistas de música criolla y agrupaciones carnavalescas. Habíamos seguido y estudiado al «Diablo de Guayana» tras registros anómalos en los lectores entrópicos, pero jamás esperamos una resolución de esa magnitud. El hombre del frac se le acerca al pastorcito con una sonrisa dorada y un bastón fino de caoba con una calavera de titanio en el puño. Su andar es pretencioso, con las manos cubiertas de joyas. El humilde pastor se acomoda el turbante para sonreír a su entrevistador, cuya altura lo supera con creces, más no cae en el hechizo de su intimidación. Yo trabaja entonces en Seguridad Pública y habíamos fichado al hombre del frac como una amenaza, y esa tarde íbamos a detenerlo cuando aquel sencillo hombre apareció en el Paseo Orinoco.

Los reportes en conjunto con la Dirección de Inteligencia Policial documentaron apariciones, palabras y encuentros de este ser sobrenatural, que parecía emanar el aura de un chivo cubierto de hormigas, porque hasta los perros callejeros le huyen. Inclusive, el alcalde Sergio se interesó por la presencia de Mandinga en carne y hueso, durante las fiestas. Apreté el chopo artesanal contra mi pecho, observando a lo lejos.

Ambos parlaron en voz baja caminando por el malecón de losas de concreto mientras el diabólico dandy compraba cervezas heladas y se las ofrecía al abstemio hombrecito por pura burla. Los seguimos de cerca, supervisando sus paradas para probar los dulces típicos, jugar al bingo entre palabrotas y comprar fichas de dominó —con un doblón de oro incautado más tarde, que resultó ser un Pachano, acuñado en 1886 con el rostro de Simón Bolívar —. Se quedaron largo rato escuchando a un muchacho con sombrero de paja y liquilique tocando una guitarra de cuatro cuerdas y cantando; y le aplaudieron con expresiones distintas, uno pidiéndole una alabanza a Dios y el otro solicitando una de Vitico Castillo para «echarse un palito con ganas». 

El muchacho comenzó a cantar «Romance Quinceañero», y el hombre de blanco rompió en carcajadas y se bebió media botella de aguardiente de un trago, y después se acercó a un puesto de licores para comprar otra. Luego, regresó ante el pastor con los labios brillosos y la cajetilla de dominó en las manos.

Un agente que los seguía escuchó que el hombre de frac se inclinaba ante el pastorcito, y le decía:

—¿Nos jugamos su alma por una partida?

Ambos caminaron sobre el empedrado de laja gris hasta el Caney de columnas adosadas que resguarda el Mirador como un fuerte indígena, y allí se sentaron en una de las mesas redondas. Antiguos conocidos de un saber inconmensurable, pero aún así, nadie sabía de qué hablaban aquellos extraños. Salvo por una embarazada que pasaba por allí, y cuyo testimonio de terror dejó desconcertado al instituto, pues aquel hombre de blanco la miró como un sadico, y le dijo:

—Véndeme tu placenta para comérmela en una pasticho.

Los dos hombres siguieron hablando, el de frac gesticulaba con grandes impresiones mientras el pastor asentía y soltaba réplicas que desencajaban el semblante del adversario. El festival se llenaba conforme caía la noche. Batieron las fichas y comenzaron a armar una hilera de piedras, contando y calculando las jugadas. En un momento, aquel individuo aplaudió como pidiendo voluntades ajenas a los poderes del aire, y un mesero se materializó con la cabeza baja. Era un momento difícil de describir, pues ningún restaurante de esa categoría trabajaba cerca, y aquel hombrecito se presentó con una bandeja plateada en el que se movían unos jugos gástricos. 

El dandy agradeció al mesero de camisa negra con una palabra extraño, y este se inclinó con una reverencia, pálido como un espino quemado. Bajo el Caney otros bebían sobre las mesas redondas, empezando a cantar las odas que los carros equipados con cornetas lanzaban a la noche alumbrada. 

Uno de los muchachos intervino un teléfono cercano, y alcanzó una transmisión:

—¿Por qué no bajas del Cielo sobre un carrusel de diamantes para poner orden en la Tierra?

—¿Y tú por qué no egresas del Abismo y reinas entre los hombres? 

—¿Y crees que no soy dueño y señor de este mundo?

(En eso el hombre del frac cogió los cubiertos para atacar el plato que le servían. El pastor lo miró, y frunció los labios en un gesto de repugnancia. Las fichas resonaban contra la madera).

—Las Puertas del Infierno están abiertas, pero ningún alma ha salido por voluntad propia en dos mil años.

—¿Puede un Padre observar impune mientras sus hijos se sacan los ojos con navajas? 

(El pastor se rasca la barbita con expresión solemne. El hombre del frac se traga aquellos despojos rosáceos nadando en líquido amniótico).

—Se les ha concebido libre albedrío, criatura. Se les otorgó al nacer un recipiente para que descubrieran cómo llenarlo. Pero tú nunca lo entenderás, porque tu recipiente está roto, y nada en este mundo ni los otros será capaz de saciarte. 

Pero la grabación se interrumpe cuando el hombre del frac arroja el plato de un manotazo con visible disgusto. Las fichas tintinearon contra el suelo de cemento batido. Se levanta, y el francotirador lo persigue con la mira mientras camina alrededor de la mesa y vocifera con un dedo acusador. Las aguas grises del Orinoco arrastran estrellas muertas hasta el corazón de la Tierra, allá donde se transportan los huesos y sangran las perlas.

El hombre de blanco se sienta con la espalda erguida. El pastor mira cómo los pájaros se posan en la balaustrada. El mesero se había esfumado de la faz del continente, y la investigación posterior jamás lo encontró.

—Quizá ellos puedan encontrar paz en la bondad infinita del Altísimo, que no castigará a los inocentes más allá de la cuarta generación.

Los funcionarios de Seguridad Pública apostados en el parque, camuflados de civiles, aprietan las pistolas ocultas y los estiletes para validar sus pactos. ¿Estaban paralizados ante la inmensidad de los abismos que se abrían ante sus ojos? Yo estaba sentado en el otro extremo de la calle, contemplando todo junto al francotirador y escuchando como intervenían los teléfonos cercanos para escuchar. «Esperen —era la orden del Comisario —. Mejor, esperen...». 

La feria florecía con sus guirnaldas reflejadas sobre las aguas oscuras, la tarima proyectaba luces coloridas sobre la multitud fusionada sobre el empedrado como un ser vivo de quinientas cabezas. Yo contuve la respiración ante el silencio abrupto entre las dos figuras encarnadas desde el principio de la existencia en una dicotomía estirada por los suspiros del tiempo. Se oyó un silbido proveniente de un abismo de obsidiana, y sopló un viento mentolado junto a un estallido de vidrios y chispas saltando sobre el pavimento. El bullicio de la avenida se evaporó con un estallido invisible. Un motorizado perdió el control y se estrelló contra un vehículo estacionado frente al Mirador Angostura. El piloto salió volando como un muñeco de trapo, y quedó tendido en el asfalto mientras los chismosos corrían a su alrededor. Pero yo no perdí de vista a los individuos, pues el hombre del frac se levantó y soltó una carcajada estruendosa que se oyó en toda la ciudad. Y me miró, y sentí un escalofrío indescriptible subiendo por mi espalda como las cosquillas de un ciempiés asqueroso. Que feos ojos, injertos en un rostro tenso como un tambor viejo.

El moribundo vestía de mototaxi y la sangre de sus oídos manchaba la acera al intentar respirar. La turba de curiosos abría y cerraba la boca, algunos hasta lo grabaron con descaro.

¿Qué se hizo el hombrecito de turbante y manto? La moto cayó inerte al suelo junto a la parte trasera del carro impactado. Lo busqué con la mirada, inquieto ante la presencia del Diablo de Guayana como una aparición sobre el Caney. Entonces el pastor se acercó al moribundo, la multitud se apartó como por influjo de un no sé qué espiritual.

El mototaxi abrió la boca para agarrar aire, y su lengua afloró como un trapo grasiento. El gentío contuvo el aliento ante la imagen del pastorcito de ojos tristes.

—¿Aceptas a Dios como tu salvador? —Se agachó junto al moribundo y le pasó la mano por el pecho mientras de su boca salían espumarajos rojos —. ¿Deseas que el amor del Creador llene tu corazón?

El motorizado asintió débilmente, y cayó fulminado. El hombrecito cerró sus ojos, arrodillado.

—Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra —oró. El gentío retrocedió un paso con los ojos pasmados —. Jehová es tu guardador... El sol no te fatigará de día, ni la luna de noche. —Murmuraba bajito, como un ángel que tiene miedo de ser oído —. Te guardará de todo mal. Él guardará tu salida y tu entrada... Desde ahora y para siempre.

El pastor se levantó con las manos ensangrentadas, mientras la multitud lo miraba con desconcierto. No sé por qué, pero sentí ganas de llorar y un ardor en las válvulas del pecho. Nos sonrió a todos, con cariño, como un padre amoroso que ve a sus hijos equivocarse.

—Ustedes que me escuchan les digo —su voz era pacífica y sabia, como la de un Eremita moderno que rompe su aislamiento del mundo corrupto —. No respondan al mal con mal, ni devuelvan ofensas con rencor. Sean luz donde hay sombra, y sean consuelo donde hay dolor... El que ama sin esperar nada a cambio refleja el corazón del Padre, y quien permanece en la bondad, nunca camina solo.

Entonces la orden fue dada por el Comisario, y los funcionarios saltaron con las pistolas desenfundadas, corriendo como sombras tridimensionales bajo los faroles, hasta el hombre del frac en una confrontación cosmogónica. Dieron el alto, rodeando a Mandinga con los dedos en los gatillos y la certeza incierta de un enfrentamiento directo; pero en medio del disparate, se levantó una nube sulfurosa en el enajenado vacío del mundo. Se oyó un disparo, y una risa como de canino etéreo.

—Recen conmigo, mis hermanos —los incitó el hombre, y la multitud se tomó de las manos en oración alrededor del difunto —. Jehová es mi pastor y nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar, junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre. Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo. Tu vara y tu cayado me infundirán aliento. Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa de Jehová moraré por largos días.


Antología: Duendes y Espantos

Gerardo Steinfeld 2026

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