El Caimán Gigante del Orinoco

«Caimán mata niño en la Lorena». Se lee en el titular de El Progreso, ese viernes de agosto del 2026. «Un trágico ataque conmociona La Lorena, en Ciudad Bolívar. El viernes 14 de julio de 2026, un niño de 12 años, identificado como Gabriel Requena, perdió la vida tras ser arrastrado por un caimán gigante a orillas de la Laguna de los Francos. El menor se encontraba en el taller mecánico de su tío, Miguel Requena. Al terminar las labores del día, el niño se acercó al agua para lavarse las manos y los pies, momento en el que el reptil emergió de imprevisto y lo capturó ferozmente».

La noticia corrió por los barrios como un escalofrío: es el Orinoco reclamando lo suyo. La temporada de huracanes se posterga porque el fenómeno del Súper Niño azota el país con tentáculos de calor que brotan del interior del mundo. El río creció con las lluvias tardías, pero cuajó como una viscosidad hirviente bajo la inmensidad del cielo, en cuyo lecho despiertan prehistóricas criaturas presintiendo un cambio en los tiempos del Hombre. La Alcaldía ofreció una recompensa por la captura de la bestia, y armados con escopetas artesanales sobre curiaras remendadas, los bolivarenses se lanzan al agua, sin saber que el río ya los espera. 

El señor Miguel Requena remonta las aguas oscuras sobre una lancha con orificios, fondeando el lecho arenoso con un cayado de bambú, que alborota a los pescados bajo la corriente. El cuerpo fibroso y quemado por el sol de las jornadas, y los ojos inyectados en sangre cada vez que los remolinos asoman espinazos jurásicos. Mira el cardumen de Caribes pardos que pululan bajo la embarcación, sabe que ansían despellejar su cuerpo, como a pasado con muchos otros desafortunados que se bañan en el río con cortadas en los talones. Sabe que desnudan a un hombre en instantes, como ese borracho que se metió hasta las rodillas para mear en el Playón, y los pececillos olieron las llagas en sus plantas, dejándole el hueso pelado para cuando salió. 

Levanta la mirada fatigada por el resplandor, el rostro tenso y los dientes amarillos. Sacó de su pantalón reseco una cajetilla de Chimó, y arranca un pedazo de alquitrán para mascarlo. Escupe la saliva amarga al agua, y continúa fondeando, desplazando la barcaza de un extremo de otro. Desde el Playón del Puerto Blohm donde se aglomeran los pescadores desenredando sus tarrayas y esmerilando las escamas de sus presas con tenedores. Pero él no es pescador, es mecánico, heredó el taller de su papá, solo que un propósito más esencial impulsa sus tendones bajo el sol. Su hermano intentó hablar con él, pidiéndole que lo acompañe al Psiquiátrico para ser atendido, pero él no vio a Gabriel, su hijo, su sobrino; ser arrastrado por el pie, ser izado y zarandeado, revolcado como un trapo por un abismo cretácico. Sus gritos al ser azotado, su piernita atrapada entre las mandíbulas de sierra, las placas óseas levantando la espuma lodosa. Su sobrino, el único que tenía, el que lo acompañaba cuando quería darse un gustico comiendo helado, y que jugaba fútbol en la liga juvenil de la ciudad. Que se sabía las herramientas, y lo ayudaba a desarmar los motores. Pero su papá, su hermano, decía que había que seguir adelante, que no podía obsesionarse, que no fue su culpa.

Miguel hundió la caña, tanteando la viscosidad arenosa, y se impulsó asistido por la corriente mientras el malecón se alejaba como una franja de concreto que delimitaba su mundo. 

«Pero él, que era su verdadero papá, no lo quería tanto como yo».

Escupió el exceso de amargor, con el paladar relajado, y se precipitó por la Angostura del Orinoco, rebasando la Piedra del Medio, como un coloso petrificado entre las aguas grises desde la fundación del tiempo. Sintiendo la turbulencia de los remolinos golpear la lancha como una extensión de sus piernas, como una quintaesencia de su carácter transmutado a madera vieja cuyos agujeros colmaban de agua y debía vaciar con un perolito de refresco. Navegó, hasta que el sol se coronó en la cima del firmamento, sintiendo los calambres del hambre descender por sus costillas, percibiendo el almizcle del Orinoco como un olor primitivo encapsulado en el interior de sus células. Bravo el calor que chorreaba por su camisa y las costuras del sombrero pelo de guama, y el palo de escoba afilado e hinchado entre los compartimentos. Le juró a Cristo y todos los santos poderes que le hundiría aquella estaca en su ojo abisal al monstruo, que purgaría al Orinoco de aquel nefasto saurio.

Al atardecer bajó a La Carioca, entre Caneyes de tejas con columnas de acero y manteles plásticos. Amarró la lancha a la orilla del mercado, y los otros cazadores bajaron de sus curiaras, morenos por el sol y cargando machetes y chopos artesanales. Se abrían los puestos de empanadas, cerveceras y fritangas. 

—¡Miguelito, muchacho! —Doña Gertrudis lo llamó, el cabello bajo un pañuelo y un delantal grasiento envolviendo su barriga densa —. ¡Venga pue', que Alberto se trajo una cava completa de Bocachico! ¡No me vaya a despreciar un plato!

Gertrudis le sirvió un par de pescados fritos con limones cortados y arepas asadas. Sus mesas estaban colmadas, su sazón de mantequilla de ajo con perejil era un «boom» en la ciudad. Y sus sopas de mondongo picante estaban arrasando con la competencia tras el cierre de la feria. En sus ojos vio dulzura, ya que ella fue maestra suya en primaria, pero también vio lastima, porque ella conoció a Gabriel. Sabía que Miguel no podía pasar página igual que su hermano, que él iba a arrastrar al Caimán hasta la superficie. 

—Mira que el alcalde Sergio ofreció mil dólares por matar al caimán, que es un burro de más de diez metros y pesa más que una camioneta, ay Miguelito, ¿tú crees que es bueno que andes todo el día metido en el agua? Mira que a ese le gusta comer gente, porque al hijo mayor de Carmelita le llevó un brazo, y eso que solo andaba pescado por Boca Marhuanta. Ay, Miguelito yo no quiero que te pase nada, ¿te acuerdas de mi ahijado Rigoberto? Bueno, volvió de España en estos días y le compró un carro y un freezer a Alberto para que venda pescado en el Periférico. Que anda pescando muchísimo. Bueno, resulta que el carrito al principio estaba chévere y nos sacaba a todos lados, pero agarró una falla con el arranque y ahora no quiere prender, ¿y si vas mañana a verlo nada más? Ay, hijo, yo sé que andas todos los días en esa lancha, pero tienes que darle oportunidad a otros más expertos. Resulta que lo del Caimán Gigante salió en las redes y viene un cazador famoso de Yaracuy, yo sé que tú lo viste y no es ningún juego, mira que tu familia sigue mal por lo de Gabrielito, pero tienes que dejarlo ir. Pero no te vayas a molestar, Miguelito, te lo digo porque te puedes enfermar, ¿quién te va a cuidarte si caes en cama? ¿Y si te agarra ese bicho? ¿Cómo lo vas a matar con ese palito? ¿Quieres sopita? ¿No? Me quedó sabrosa. Pero no te molestes, Miguelito. Yo sé que es duro y cada quien tiene una manera diferente de pasar el duelo. ¿Ya te vas? ¿Pero vas a pasar mañana por la casa? Te voy a guardar un plato de caraotas, Miguelito. ¿Miguel?

Mil dólares por un caimán asesino. No lo podía creer, y todo porque habían fotografías del animal nadando ante el Mirador Angostura como un tronco espinoso arrancado de un bosque ancestral. Él sabía que no era el único detrás del monstruo, pues otros pescadores fascinados por la criatura milenaria zarparon sobre curiaras ostentando lanzas de guayacán y trabucos improvisados con tubos galvanizados y perdigones atascados con nitrato de potasio y azufre. La mitad de sus encuentros con el reptil milenario eran delirios exaltados por el ron, pues narraban haberlo hecho saltar un ojo de su cuenca utilizando una canica de vidrio con una honda. Que tenía las escamas tan duras que no le entraba bala, o que era más antiguo que la ciudad, y le faltaba una pata. Pero la mayoría eran puros cuentos, que Miguel digería con escepticismo, pues había visto los rituales a los que se sometían los pescadores como si fueran sucesores de una tribu africana: nombraban a sus patrones, vertían anís al agua y quemaban tabacos para estudiar las cenizas de sus hojas. Eran bárbaros diminutos, de pelo indio, ojos grasientos y dientes podridos; pero se arrojaban al agua como transfigurando sus cuerpos a bestias acuáticas cuando se encendía la cacería.

El famoso Cristofer Ramírez, Cazador de Monstruos de la Sierra de Nueva Andalucía, llegó a finales de agosto junto a un equipo de producción de calibre televisivo. Era un llanero con guayabera de lino, pantalones duros, botas y sombrero de cuero vacuno; y detrás suyo iba un perpetuo grupo de camarógrafos con iPhone Pro Max, grabando sus encuentros con los pescadores y cazadores de caimanes. Sonreía, con un colmillo de plata injerto en la dentadura, y un machete con el que describía hazañas en las montañas embrujadas de Yaracuy y las bestias desconocidas que corren por la infinita llanura de Apure. Incluso hizo una demostración de puntería con un mosquete ribeteado de oro, haciendo que sus ayudantes liberasen unas palomas negras para derribarlas a disparos. De seis liberadas solo mató dos.

—Este Caimán Gigante es un centenario del Río Padre —ensayó el Cazador de Monstruos con teatral, caminando por la baranda azul ante las cámaras de su equipo —. Un animal antiguo que provino de las aguas de la Amazonia. Allá donde las bestias no dejan de crecer —se llevó el mosquete con adornos dorados al hombro y sonrió, el colmillo de plata destelló en su dentadura magnífica —. Es seguro que haya probado la carne humana desde antes, pues los indios que relatan sus encuentros con estas criaturas no son más que sobrevivientes. Y antes que siga devorando a los habitantes de este humilde pueblo... —desenfundó un machete corto que tenía en una vaina de cuero —. Lo sacaremos del río, y lo llevaremos ante la justicia. ¡Supremo!

Miguel Requena lo observó deambular como un pavo real por la laja gris del Mirador Angostura, tomándose fotos con fanáticos y relatando sus fábulas a los periodistas sudorosos. Se embadurnó los incisivos con una penca de Chimó, y esparció el amargor con la lengua por las muelas hasta anestesiar las grietas y remiendos. Escupió sobre el asfalto, y desamarró su canoa del Puerto Blohm junto a una flota pintoresca de mestizos enrojecidos y pescadores bobalicones sobre lanchas a motor. 

El sol descendía por la corona del Puente Angostura, y encendía las aguas con efluvios de fuego y sangre. Las embarcaciones zarpaban, impulsados por motores de gasolina o veleros que atrapaban el aire como poltergeist furiosos. Formaban una flota que remontaba el Orinoco como en las épocas de las vaporeras provenientes de Nueva York y las barcazas que fluían del Guarampín trayendo goma y guacamayas exóticas. Aquella masa de madera se convertía en una fuerza de la naturaleza, como los dientes de un reptil legendario que rompen la tensión del agua, o una bestia plasmada en la cartografía del paisaje que intenta explicar un fenómeno desconocido. Los destellos del firmamento se fundían a sus espaldas mientras partían a un puerto lejano, rebasando el Paseo Orinoco ante los ciudadanos curiosos que veían aflorar aquella persecución helénica, inmemorial, levantando espuma dulce. 

—¡¿Qué fue, Miguelito?!

Lo saludó Ceballos, un pescador del Cambao que subía a Boca Marhuanta con sus hijos. El mayor de los muchachos le lanzó un mecate, y Miguel lo amarró a la proa de la curiara. Entonces, su embarcación alargada como una vaina de cacao fue impulsada por aquel Motor Yamaha. Las cinco mil revoluciones levantaron una cortina de espuma en la popa, y la punta delantera se levantó, adelantando a los veleros sobre balsas artesanales. Se pusieron al frente de la procesión, mientras Ceballos levanta su machete en alto como un rey pirata renacido en las aguas dulces del Caribe.

Rebasaron la Laguna de los Francos y el río volvió a ensancharse, dejando atrás La Octava Estrella y La Lorena, donde aquel saurio centenario arrastró a Gabriel como un muñeco de trapo entre gritos horripilantes y flores rojas que crecían en el agua azur. Miguel apretó los dientes y escupió, con el viento galopando a su alrededor como una manifestación del aura: la evaporación de su alma en catarsis mientras la Boca de Marhuanta se abría gris como un espejo de piedra. 

—¡Estamos cerca, Miguelito! —Le gritó Ceballos con una potencia que parecía retumbar de las profundidades del cielo —. ¡Lo vieron, lo vieron! ¡Pa'lla vamos!

Los bancos de arena ascendían sobre las aguas ante la armada invencible que surcaba los remolinos, y remontando río arriba hasta que la Isla Panadero se hizo visible como una extensión de arena pálida y árboles endémicos enraizados a la sequía. La flota se unió como el cuerno de un titán metafísico, juntándose las lanchas muy cerquita hasta que el aire se alborotó con una tempestad de espuma, para pasar por un canal estrecho entre la isla arenosa y un islote rocoso del que sobresalían picachos oscuros como el esqueleto fosilizado de un primitivo dragón.

Miguel apretó la lanza contra su costado mientras sostenía el mecate tenso que lo unía a la embarcación de Ceballos y sus hijos, y a todo el mundo material, porque tenía la singular impresión de que la madera se desprendería del líquido, y volaría a las proximidades del cielo, allí donde se resguarda y ríe Dios, detrás del telón morado donde se desvanecen las estrellas.

Fue entonces que apareció aquel esqueleto deshuesado: un gigante metálico que se erguía solitario en una costa arenosa salpicada de macizos, cual lava vomitada por los ángeles tras la indigestión del mundo, y enfriada después por sus orines gamberros sobre los hormigueros del Hombre. La plataforma de carga exhibía escalones herrumbrosos y pasamanos sueltos, que pendían oscilantes como un recordatorio fúnebre del fin de la civilización: una torre oxidada y pérdida más allá del conocimiento, en un paisaje hostil que consume sus silos de acero y muelles colgantes hasta que asemeja la torre de un artífice muerto. 

«La Plataforma de Carga SISOR —abre y cierra los ojos ante la imponencia de aquella construcción petrolera —. El almacén de combustible más grande de Bolívar».

Bajo el cadáver de aquel mundo moderno que le fue negado al país, el reptil milenario se dora bajo los fulminantes destellos del atardecer. En su boca abierta cabe una curiara completa, y el color de sus escamas lo hacen parecer una forma más del macizo erosionado, en cuyo lomo sobresalen protuberancias del tamaño de cabezas humanas.

Las lanchas van apagando sus motores mientras los indios bobalicones intercambian miradas ante aquel espectro del Mioceno, transportado a nuestro tiempo por ese submundo desconocido y pasajero. Preparan las escopetas artesanales, las tarrayas con anzuelos y las lanzas. ¿Por qué sentía el corazón tan pesado en ese momento? Volver a tener aquel saurio elefantino lo llenó de un sentimiento extraño, extrasensorial, como si pudiera ver a través de los ojos vidriosos de aquel ser, y saborear el hedor ferroso de su estómago cuajado de vértebras.

—¡Mira, papá! —Chilló uno de los hijos de Ceballo —. ¡Sí le falta una pata como dijeron!

El movimiento fue simultáneo, una conjura del inconsciente colectivo que hace precipitar a los hombres como un solo ser: se dispusieron los trabucos de tubo galvanizado y se encendió el nitrato en una combustión hedionda. Y uno de los ojos del monstruo explotó como una granada, y aquellas fauces de colmillos osificados se cerraron con un estruendo, y se precipitaron al agua con un desplazamiento tectónico. El griterío ascendió como una tempestad, sofocado por el remolino de aquella masa prehistórica, y la lancha de Ceballos se alzó, izada entre las mandíbulas amazónicas, y reventada con una explosión de astillas. Los trabucos volvieron a rugir sobre al agua gris cubierta de porqueria. Aquella montaña de carne se debatía con el lomo erizado de flechas, y lanzan que se hundían entre las placas de su cogete, orificios de los que nacían chorros oscuros como sangre primordial. 

Era un remolino maldito, exhalado del pasado incognoscible de la Tierra, cola y mandíbula girando entre lanchas volcadas y nadadores que se sumergían en la inmundicia del mundo. Esperó, congelado el mundo en una fotografía polarizada, hasta que aquel látigo de roble barrió el agua marrón, y Miguel Requena se vio proyectado al agua lodosa con un entumecimiento en las piernas. La piel incrustada de astillas, sorbido por aquel remolino que parecía engullir todo a su paso como un agujero negro. Entonces, unido a la lanza por un hilo prismático, enloquecido por el calor y la sangre hirviente que llegaba en torrente por su cerebro, se lanzó, dando brazadas como una locomotora, batiendo las piernas. Y clavando, como un matadragrones heróico en una fábula germana, la lanza profundamente en el cogote del monstruo, que junto suyo lo absorbía por el peso de su abismo. La madera se deshizo en astillas con crujido ante la dureza del caimán que, cegado, percibió su sangre salitrosa y giró la cabeza abriendo las fauces.

Los colmillos se cerraron atravesando la carne fibrosa y la membrana de sus costillas. Miguel se vio izado ante las lanchas circundantes, las astillas flotando entre ahogados que teñían el agua de un rosa nacarado, y miró la criatura inmensa, como un camión con patas, hundida en la orilla. Con la mitad del cuerpo inmovilizado, percibió el hedor primigenio del ser, ese almizcle rancio de manglares inhóspitos. Y los colmillos del grueso de cuchillos lo partieron en dos, arrancándole un brazo de cuajo. Contuvo la respiración cuando su espina se partió.  Primero se vio caer, girando, sus piernas aún pataleando tras ser separadas del torso, después miró la torre metálica como un emperador inmortal y desgraciado, entonces se hundió en el plomo líquido y su nariz se llenó de agua. 

Agitó una mano, mientras se hundía, con los caribes metiéndose entre sus intestinos, y deseó que Gabriel lo estuviese esperando al otro lado. Pero cuando volvió a abrir los ojos, no había nada.

Una zarabanda de disparos resonó en el holocausto de lanchas destrozadas. El Caimán gimió, con las aberturas del rostro llorando alquitrán, y el cuerpo todo tachonado de lanzas rotas, perdigones, flechas y machetes. Se aproximó a la orilla, cojeando por la pata faltante, ¿qué horror podría herir a semejante criatura? Otra ráfaga de proyectiles abrió cavidades en la tapa de sus sesos, y sucumbió bajo su peso... incapaz de tolerar la depravacion del mundo. Los mercenarios armados con rifles descendieron de la plataforma para comprobar que estuviera muerta, pero en eso llegó el Cazador en una Pickup junto a su equipo de producción por la carretera.

Los mercenarios retrocedieron con los fusiles en descanso. Un indígena con la cabeza ensangrentada de les acercó pidiendo que lo lleven al hospital, y le respondieron con un culatazo en la sien. 

—¡La criatura está muerta! —Celebró Cristofer Ramírez, gesticulando con machete y mosquete en mano ante el inmenso animal, tan largo como dos vehículos. Lo habían maquillado y pulido los dientes blancos en contraste con el colmillo de plata —. ¡He cazado exitosamente a este ejemplar único de Caimán Gigante! Después de una gran disputa, grabada toda por mi equipo, nos hemos alzado con ls victoria. Otra vez, el Cazador lo ha vuelto a hacer. ¡Supremo! Este trofeo será exhibido adecuadamente en el Museo Histórico de Nueva Bolívar. —Se puso la mano con el machete en el pecho. Su guayabera no tenía ni una sola mancha —. Capturado y sacrificado por su servidor, el mejor Cazador de Monstruos de América Latina. ¡Supremo!


Antología: Duendes y Espantos

Gerardo Steinfeld 2026

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