La Novia de la Octava Estrella
«Te has ido Susana, a un lugar donde jamás podré hallar tus pensamientos. Te fuiste para siempre, pero en el murmullo de la espuma oigo el resuello de tu aliento de medianoche. En la brizna de la tarde percibo el almÃbar de tu piel y tus ojos de nácar fundidos en el rÃo. Te has ido Susana, allá arriba, a las alturas, donde no puedes oir mis suspiros».
—Ayer se murió el señor Ricardo Zaragoza. El viejito loco que se la pasaba recorriendo el Paseo...
—¿De qué?
—Se lanzó al rÃo desde el Puente Angostura.
—¿Y eso?
—Pos no sé, se la pasaba suspirando...
—¿Y recuperaron el cuerpo?
—Alguito vomitó el Orinoco, qué por cierto, está subiendo.
«Amo tu recuerdo, Susana. No el de las fotografÃas, ni los momentos que el tiempo borra: amo los pequeños instantes que nadie más vio. Recuerdo tus manos buscando las mÃas, como si el mundo pudiera esperar un momento más. Recuerdo tu forma de comer, cuadradito por cuadradito, mientras me burlaba y fingÃas molestarte. Qué extraño es el amor cuando se convierte en recuerdo. Ya no vive en la presencia, vive en los detalles. En una risa que aparece sin aviso, en una canción, en una tarde cotidiana. Y aunque el tiempo sigue avanzando, hay momentos que permanecen intactos, como hojas secas entre las páginas de un libro. Mi felicidad llevaba la insignia de tu nombre. Todo eso se fue contigo, Susana. Los recuerdos y los colores se murieron».
Anoche volvieron a ver al espectro de la novia en la Octava Estrella. Dicen que es el fantasma de una mujer que se la tragó el Playón en su vÃspera nupcial: iba de la mano de su prometido cuando la arena se hundió bajo sus pies. Cuando atardece en la Angostura, el rÃo se parte y sangra sobre la orilla con aquel vestido escarlata que deslumbra perlas y sedas a los que alcanzan a divisar su forma crepuscular. Pero solo aparece semanas antes de la temporada de huracanes, porque recuerda su boda y se viste de gala para esperar a un novio que nunca vendrá con un ramo de flores marchitas.
Los muchachos de Seguridad Pública han intentado purgar su existencia, pero siempre se desvanece en la bruma del crepúsculo como un espÃritu atormentado.
«Recuerdo tu cuerpo derritiéndose entre mis brazos como la espuma del mar, y el canto de las paraulatas en tu risa. La música de tus ojos cuando me veÃas embelesado, en las noches de caricias hasta el amanecer somnoliento. El hueco de mi cuello que se convirtió en el depósito de tus besos, y tus manos de enjambre que anticipaban los altercados de mi carácter, y ese fuego que...».
—¿Quién murmura tanto?
—No sé...
—Pela el ojo bien, Salvador. Pa que escuches. Que en estos playones están unos muertos que cuando les llega el agua se inquietan.
—Voy, Excelencia.
—¡Ja, ja! No tienes que ser tan parco con los apelativos.
—Como usted diga, señor Arzobispo.
—Ya vámonos a la Catedral, que tenemos que dar misa en homenaje al señor Ricardo.
«La noche que salimos a pasear, Susana, llevaste un vestido escarlata encendido con los faros cálidos de la noche excepcional. Ya el soplo del viento no me trae tu nombre, y el corazón me falla cuando me despierta el ronroneo del autobús a la medianoche. Te añoro, Susana, entre la piel tostada del oleaje y las esferas de vidrio que se amontonan en el lecho del estanque. Y ese rÃo de leche tibia con miel fluye en cauce por la arteria de mi corazón, hasta las arrugas de mi cerebro, intentando recordar tu aroma».
—Otro homenaje al que solo vienen tres pela gatos. ¿Es qué la gente ya no cree en Dios?
—No digas eso, Salvador. Todo el mundo creÃa que Ricardo Zaragoza era solo un loco con los pies resecos... y puede que no estén tan equivocados. Yo lo conocà antes que empezara a caminar por el bulevar, pero de eso hace muchÃsimo ya; de hecho, él fue uno de los ingenieros que ayudó a construir el Puente Angostura. Era amigo de Leopoldo Sucre Figarella, y se iba a casar aquà en la Catedral cuando...
«Te perdÃ, Susana. Tus ojos estivales que diluÃan los colores del verano se desvanecen en las gasas de mis recuerdos. Te amo como lo hace un hombre que no sabe que va a morir... Te detengo en el tiempo, en un solo momento, y te quiero; para siempre te quiero. Sin miedo».
Dicen que era una mujer muy bonita, pero cuando se funde sol en las aguas grises del Orinoco, solo se alcanza a ver un vestido medrando en los bancos amarillos, sosteniendo lo que parece ser un ramo de intestinos que a veces sangran. También dicen que con el tiempo los recuerdos se esfuman, se ahonda en el olvido lo que fue una pasión... ¡Mentira! Cuando mueras y bajes a mi tumba, verás que por mà aún arde la llama de tu amor.
AntologÃa: Duendes y Espantos
Gerardo Steinfeld 2026
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