El Extraño Caso del Dr. Francisco Alvárez
En este mundo hay padecimientos que superan el malestar sobrenatural, y el Dr. Francisco Alvárez fue autor de un experimento ilícito que el Instituto de Seguridad Pública se negó a publicar tras su desmantelamiento.
La temporada decembrina del año 2021 en Puerto Bello estuvo plagada de desapariciones forzadas y sangrientos hallazgos en canales de riego que la policía investigativa tachó de «especialmente perversos». La revocación de sus licencias en el Instituto Tecnológico provocó la reclusión del Dr. Alvárez, y una posterior alienación que lo llevó al secuestro de mujeres para ejecutar experimentos genéticos ilegales. Achacaron esta crueldad al deterioro mental del hombre, mientras que los resultados de la investigación fueron clasificados por el INSEP como secretos altamente peligrosos.
Francisco Lexepelín Alvárez Marcano obtuvo la licencia médica tras graduarse de la Universidad Oriental de Ciudad Zamora y realizar su postgrado en el Instituto Tecnológico de Puerto Bello. Era un hombre carismático y modesto que sobresalía por su desempeño académico e interés en círculos sociales no convencionales.
Quemaban cuadernos en el Playón cuando bajaba el río.
—Las ciencias naturales jamás podrán desentrañar la Piedra Angular del Mundo.
En Ciudad Zamora pululan las sociedades místicas, y el joven Francisco se sintió abrumado por aquel más allá inalcanzable que sus compañeros debatían a la orilla del Río Orinoco como un ritual. Se reunían en el Mirador Angostura sobre los bancos de piedra para discutir tratados filosóficos y tomar cerveza hasta que les daba calor y se lanzaban al agua. Uno de los temas que más obsesionó al muchacho, fue la «Creación Divina»; discutido a desazón con el fallecido Ariel Betancourt, que se suicidó en el Psiquiátrico Bolivariano tras un peculiar caso de alienación.
—Dios creó al Hombre a su imagen y semejanza —se sentaban sobre los escalones de piedra a contemplar el agua marrón —. Entonces, ¿por qué muere sin alcanzar la perfección del Padre y en un estado de degradación tan miserable? Es necesario estudiar la razón divina detrás de la génesis mitocondrial para que el Hombre pueda evolucionar. Todo es un conjunto: lo biológico y lo espiritual; ¿no fue Platón quien concibió que el cuerpo debe ser un templo sagrado? ¿No es el martirio el mayor placer que regocija el corazón de los buenos hijos?
Con estas ideas, el joven Francisco Alvárez se forjó en las ciencias biológicas con inclinaciones al terreno prohibido. Durante el allanamiento a su departamento en la zona Altamira de Puerto Bello, se encontraron volúmenes de Ocultismo que le fueron enviados desde sectas en el Llano Negro y círculos difamados en Nueva Andalucía. Sus opúsculos personales resultaron tan o más perturbadores que estos tratados, y sus teorías sobre la disertación biológica espantaron a las autoridades encargadas del análisis.
Era hijo único de una familia de maestros escolares que creció en el Barrio El Perú, profundamente influenciado desde niño por la doctrina católica y la enemistad —y oculta fascinación—, contra una rama espiritista de la familia. Su padre murió de un accidente cardiovascular cuando terminó el bachillerato, y su madre sufrió una rápida degradación neurológica, obligando al muchacho a descuidar sus estudios durante sus últimos meses de vida. Tras quedarse solo, conmovido por la pérdida y trastornado por la incapacidad para aliviar el tormento de su progenitora... se dedicó al estudio fanático y la experimentación clandestina con animales domésticos.
«El perro 1 nació prematuro y con seis patas, y murió a los ochenta y ocho minutos por un desarrollo pulmonar insuficiente —redactó en sus ensayos clínicos —... El perro 4 nació con el torso adherido a los perros 5 y 6. Fracaso. Nota: la perra solo genera ejemplares defectuosos. Eutanasia».
Y con este tono cínico llevó a cabo decenas de experimentos, investigando en los oscuros anales de las ciencias prohibidas y sembrando sus cuadernos con anotaciones espeluznantes alusivas a un cuerpo original — el cuerpo incorruptible de Adán —, y su simiente pérdida. Una de las prácticas ilícitas que el INSEP condena es el alumbramiento de Homúnculos, y hay motivos para suponer que Francisco Alvárez engendró algunos utilizando huevos de gallina, y posiblemente, implantando vástagos en animales vivíparos de su vecindario. (Para los que no conozcan el término: es un experimento ruso que buscó crear una criatura utilizando ADN humano a través de la alquimia).
—Lo que nos enseñan en la escuela de medicina es mentira —dijo, ya borracho, a sus compañeros ocultistas —. ¿Qué monstruosidades habrán creado los alquimistas del pasado?
En su departamento de Puerto Bello se encontraron especímenes sin identificar, nadando en el formol de frascos de mayonesa, y notas dispersas que declaraban un apoteósico experimento que haría evolucionar al Homo Divinus como una entidad corporal inmune a los patógenos y la degeneración celular. Bosquejos de humanoides llenaban las paredes del cuarto, algunos bastante inverosímiles, rodeados de ecuaciones químicas y símbolos cabalísticos.
En sus últimos seis meses de servicio trabajó en la sala de parto como auxiliar del cirujano obstetra durante las cesáreas, y se unió al Programa de Investigación Celular para obtener su Postgrado. Su investigación universitaria se centró en el uso de tijeras moleculares y enzimas de restricción para eliminar la Diabetes Tipo I en embriones descartables, y se lo relacionó con proyectos inmorales de hibridación utilizando células desconocidas y óvulos humanos. Durante largas jornadas le vieron manejar cultivos de plásmidos, y utilizando el programa de simulación para verificar la compatibilidad de cadenas genéticas.
Sus compañeros comenzaron a temer las ideas descabelladas que Francisco iba forjando, a medida que planteaba cuestiones sobre embriones modificados para ser compatibles con la receptora, y sus diferentes hipótesis sobre vientres artificiales compuestos de sucedáneo hormonal. La desconfianza creció, y el Jefe de Investigación lo interrogó, descubriendo una investigación secreta que desató polémica en la Comunidad Médica y lo desacreditó, al punto que se le revocaron las licencias.
Su caída en la locura pudo haberse evitado, pero como era un hombre solitario que intercambió su carisma por el aislamiento tras la degeneración de su madre, no hubo quien le sirviera de apoyo. Francisco Alvárez solo tuvo una novia, que decidió romper la relación por su desinterés y obsesión con el trabajo; y sus pocos amigos no tardaron en repudiar sus intereses científicos y mundanos, por sobre lo metafísico y sagrado. En la oscuridad cayó solo, y allí transmutó a un ser irreconocible. Sus antecedentes psicológicos apuntaban a un estallido de creencias.
La PTJ y el CICPC jamás relacionaron las desapariciones forzadas de Elisa Rangel y Magnolia Uzcategui al enloquecido Doctor Alvárez, que se presumía retirado de la vida científica en algún escondite de Ciudad Zamora, o buscando el sustento como paramédico o enfermero en las minas auríferas. Con la temporada de huracanes arreciando en agosto, la actividad anómala se disparó y los «Casos Supra» saturaron el INSEP, cuyo personal siempre escaso no dejaba de trabajar y tachar defunciones en su nómina. Los cuerpos mutilados que aparecían flotando en la represa y los canales de riego mantenían a los detectives de inteligencia policial enfrascados en un misterio sin pies ni cabeza; mientras que los agentes no podían malgastar su tiempo en persecución de espectros sin identificar.
Fue el testimonio de una mujer que lo cambió todo: Crismar Cedeño (23 años), llegó con principios de aborto al Complejo Hospitalario Samuel Robinson de Puerto Bello, solicitando con desesperación la atención médica y denunciando a su secuestrador. La mujer llevaba un mes desaparecida, vista por última vez en la parroquia Altamira, y rastreada infructuosamente por la policía. Presentaba un avanzado estado de embarazo pero, tras hacerle el ultrasonido, descubrieron que el bebé... no estaba bien. Se le extrajo por cesárea una criatura deforme que parecía un retroceso en la escala evolutiva: nació envuelto en alas atrofiadas mientras que su sistema locomotor no avanzó del estado fetal. El horror sobrevino cuando lo colocaron sobre una bandeja metálica, y el engendro batió con debilidad el aire usando sus garritas, como inspirando el hedor del mundo a través de sonidos guturales. Pero cuando el doctor lo revisó, ya no tenía signos vitales.
El Secretario del INSEP, Isaías Hurtado, visitó a la mujer una semana después para la declaración, puesto que el deterioro de su salud era fulminante. El pasante de Isaías transcribió lo relatado en su teléfono, y mientras escuchaba, su rostro se convertía en una máscara de repugnancia. Las enfermeras observaron al Secretario salir con el rostro ensombrecido y las orejas puntiagudas como antenas. Por último, el pasante, un rubio joven de piel ambarina, despidió a la afectada con lo que parecían unos rezos en voz baja utilizando un rosario de piedras, y ambos se fueron a Ciudad Zamora. Crismar no tardó en morir de complicaciones: el útero se había adherido a demasiados órganos vitales durante la intervención. Se quedó profundamente dormida y sus funciones se fueron apagando hasta que murió. Pero el frío habitual de la muerte no invadió aquella camilla, al contrario, se sintió una paz cálida que conmovió a las enfermeras de guardia.
Al día siguiente una comisión del INSEP, sumando esfuerzos con la Unidad de Inteligencia Policial de Puerto Bello, desmanteló un almacén en la Zona Industrial. El hecho no se publicó en las noticias por la crudeza del hallazgo, y la prensa sensacionalista se afianzó fuera de las instalaciones mientras el Comisario General del Estado Bolívar, Margarito Hernández, salía del sitio seguido de rescatistas que conducían a mujeres embarazadas hasta ambulancias.
Un periodista local saltó el cerco de la policía y encaró a Margarito, seguido del Secretario Isaías Hurtado y su pasante Gerardo Steinfeld. Le preguntó rápidamente sobre la naturaleza de la detención, y el Comisario se limitó a decir que «el Dr. Alvárez ya estaba muerto cuando entramos». Los policías devolvieron al periodista a su sitio mientras intentaban sonsacar alguna cuestión a los rescatistas con las embarazadas, y hubo uno que otro que se atrevió a meterse en aquel laboratorio clandestino para fotografiar las mesas de trabajo, los instrumentos y las camillas ensangrentadas con grilletes. Hubo quien capturó fotos de los libros profanos y los bosquejos sobre anatomías extrañas y mensajes divinos, dibujados por el enloquecido Doctor Alvárez en sus últimas revelaciones; pero la imagen que apareció en la primera plana de El Progreso mostraba al hombre descansando sobre su escritorio, mientras la masa cerebral cubría las paredes y un revólver aún despedía humo en su mano.
El Agente Jefe del INSEP posó para las fotos preliminares junto a los miembros de Inteligencia Policial encargados de desmantelar el almacén. Se trataba de Luis Herrera, a quien los periodistas conocían por resolver el Caso del Metro de Nueva Bolívar.
—Las ciudadanas rescatadas serán trasladadas a emergencias para inducirles el aborto por causa de violación, según la ley —respondió ante una periodista de El Nacional —. No sabemos qué pensar sobre los otros descuartizamientos a mujeres. En Seguridad Pública estamos acostumbrados a lidiar con Ánimas peligrosas, pero esto fue...
—Señor Herrera —lo interrumpió un periodista de Globovisión seguido por un camarógrafo —. ¿Qué harán con la investigación del Dr. Francisco Alvárez?
—Será puesta bajo resguardo en la sede principal junto con los objetos peligrosos. Como ya les dije, el Doctor Alvárez creía que los espíritus podían preñar a las mujeres, y más estupideces supersticiosas...
—¿Y se perderán los beneficios?
Luis Herrera frunció los labios, disgustado.
—Los científicos de la UDO los evaluarán.
—¿Y sobre el bebé de Crismar Cedeño?
El Agente Jefe frunció el ceño con una mirada dura.
—No tengo información sobre eso.
—¿Sabe por qué la jaula rota que encontraron en un cuarto tenía cáscaras de huevos?
Pero el Agente Herrera se mordió los labios ante esta pregunta, y se retiró a su camioneta, declarando que Francisco Alvárez se llevó sus secretos más íntimos consigo, y que «dejen de preguntarme cosas que no quiero saber».
Antología: Duendes y Espantos
Gerardo Steinfeld 2026
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