La Criatura del Orínoco

Cuando el informe policial de la oficial Adriana Reyes se publicó en el periódico El Progreso, el pueblo guayanés entró en conmoción tras leer la crónica que achacaba las desapariciones a un espécimen desconocido que vivía en las profundidades del Río Orínoco; y que emergía al anochecer para arrebatar jovencitas al agua. Este relato ocasionó una división significativa entre los creyentes supersticiosos y los escépticos moralistas de Ciudad Zamora, provocando una fiebre criptozoológica ante el supuesto enfrentamiento del vigilante enmascarado, conocido popularmente como el Justiciero Nocturno, y un batracio mutante surgido en los estanques desconocidos de la Amazonia, río arriba, en las comarcas indígenas afectadas por la contaminación.

La primera alusión a estas criaturas se registró en un artículo periodístico del 2007, sobre una embarcación que zozobró cerca de la formación geológica la Piedra del Medio—área propensa a los remolinos—, con una veintena de personas nadando con desesperación a la espera de los rescatistas. Los lancheros advierten de que en caso de accidente, los tripulantes deben abstenerse de gritar, porque las personas que hacen ruido son arrastradas a las profundidades por las sirenas del río. En numerosos testimonios, se relató como los desesperados nadadores se hundían repentinamente... y como una madre no pudo callar los lloriqueos de su hijo, provocando que ambos fueran arrastradas en un zambullido de espuma. Ocho desaparecidos, cuyos cuerpos el río no devolvió a causa de los numerosos depredadores.

La leyenda de las Sirenas del Orínoco forma parte del acervo cultural que da identidad al pueblo guayanés—integrado por los pueblos de Oriente—, y consta de una herencia indígena enriquecida por relatos orales de pescadores que sufrieron encuentros fortuitos en su navegación. A diferencia de su concepción europea, no son seres hermosos y mortíferos que seducen marinos para ultrajar sus cuerpos en las profundidades marinas. Más bien, son criaturas espeluznantes que depredan niños ahogados y violan vírgenes que se bañan desnudas por la noche. Los pescadores respetan con ofrendas de anís a estos engendros cuando trabajan río arriba, y en algunas comarcas remotas del Amazonas... se han reportado mutaciones, nacidas de encuentros íntimos con estos seres.

En este reporte no haremos hincapié sobre esas regiones abandonadas por la modernidad, nuestro trabajo consiste en analizar el informe policial de Adriana Reyes y los artículos periodísticos que causaron sensación en el centro del país.

La primera semana del mes de Agosto, en la primera plana del diario El Luchador se publicó la fotografía de Estefanía Benavides, de diecisiete años, desaparecida en el sector Jardín Botánico, cercano al desagüe de cañerías anexo al Orínoco. Según el reporte oficial del detective Oronoz, la muchacha salió con sus amigas a una fiesta nocturna del Sector Perro Seco, regresando a altas horas de la madrugada... y siendo arrebatada por un desconocido que la arrastró al área abandonada del Jardín Botánico. La operación de búsqueda se intensificó hasta mediodía—Adriana la dirigió con impotencia—, pero la comisión fue incapaz de hallar a la víctima, porque el rastro se perdía en los pantanos y el alcantarillado que desemboca en el Río Padre. La búsqueda de Estefanía continuó por semanas, y las amigas fueron interrogadas nuevamente, en un intento desesperado por descubrir la identidad del secuestrador... descrito por las jóvenes como un jorobado de dos metros con la piel oscura y el rostro desfigurado. Todas coincidieron en que el perpetrador olía a tripas de pescado. 

Este hecho despertó el temor de la población, ante un supuesto sádico psicópata escondido en el abandonado Jardín Botánico de Ciudad Zamora: una extensión de sesenta hectáreas destinada a la conservación de la biodiversidad del Estado Bolívar, pero caída en el abandono gubernamental, con sus parques hundidos en la vegetación salvaje, y lagunas infestadas de animales ponzoñosos. En los últimos diez años se convirtió en un problema de saneamiento y seguridad, como una madriguera de horrores desconocidos que representaba la desatención y el atraso de la ciudad. Siendo frecuentado por drogadictos y satanistas que utilizaban las construcciones deshabitadas como refugios de adoración al Mal... e influenciado por leyendas urbanas sobre engendros nacidos de los árboles africanos, y especímenes traídos del Llano Negro que los brujos podaban en fechas propicias para sus ritos.

La segunda desaparición fue una niña de catorce años que estudiaba en el Liceo Piar, en el Paseo Orínoco, que al termino de clases, recorrió junto a sus compañeros las tiendas del sector comercial para descansar en el Mirador Angostura, con vista al caudaloso río de aguas turbias que se fundía en el aurífero atardecer. Hasta que fue atacada en el canal junto a las piedras de la orilla por... «una criatura parecida a una tonina gris—según testimonio de sus amigos transcrito por la oficial Reyes—, que la atrapó saltando del agua, y la sumergió tan rápido que no pudo gritar». La víctima se llamaba Crisbel García, y su desaparición provocó que la orilla fuera cerrada temporalmente por las autoridades, mientras la cacería se cocía entre los pobladores. Se publicaban diariamente columnas periodísticas sobre ataques registrados de caimanes, toninas y demás monstruos de río mencionados en las leyendas autóctonas.

La fiebre criptozoológica estalló cuando una fotografía de la supuesta criatura circuló en redes sociales: en la imagen de baja resolución se aprecia un homínido jorobado con cuero lustroso color verdegrís, y unos ojos que resplandecen en la oscuridad como cocuyos encendidos. Su silueta antropomorfa se funde en uno de los pantanos del Jardín Botánico al anochecer. La opinión de los detractores fue agresiva, y acrecentó el rumor de un espécimen sin identificar que halló refugio en el abandono de este santuario. Desatando una ola de expediciones juveniles—subidas en directo o pregrabadas con trucos de edición—, en busca de la criatura de hábitos nocturnos. 

Documentales sobre híbridos y teorías evolutivas descabelladas fueron tendencia en la región: se satanizaron públicamente los experimentos de la Universidad Oriental sobre organismos quimeras para implementación médica. Se censuraron las pruebas en células madres para la fabricación de órganos humanos en cerdos de Puerto Bello. Por decreto gubernamental, se creó una unidad de protección ambiental para especies en peligro. Se denunciaron los metales contaminantes en los ríos principales a causa de la destrucción del Arco Minero; y se publicaron columnas sensacionalistas sobre antiguas leyendas de dioses y monstruos indígenas, que proclamaban el llanto de la selva por los niños abortados y deformes a causa del mercurio en sangre. 

El Archivo Histórico de Ciudad Zamora es rico en registros de ataques a pescadores y jovencitas arrebatadas por corsarios. Desde hace cien años, el Correo del Orínoco publicó anuncios de desapariciones en las comarcas pesqueras y accidentes en embarcaciones de vapor que involucraron pasajeros arrastrados al agua por extraños animales. Así como las crónicas de la Hidra del Orínoco, que hacen referencia a esta criatura mitológica, prisionera de la Piedra del Medio; y los fenómenos avistados por los buzos de los años ochenta.

Por esos días, cuando las excursiones en busca de la madriguera de la criatura, en el ruinoso yerbajal del Jardín Botánico, se hizo mención en la prensa sobre el Justiciero Nocturno de Ciudad Zamora: un vigilante enmascarado que defendía los barrios del centro de brotes criminales y células clandestinas. Esta figura encapuchada era lo único que se oponía al sistema criminal que el Señor Wilson impuso desde la Cárcel de Vista Hermosa: una víctima más de las calles inundadas de drogas y las bandas de malandros sin control, que se disputaban los territorios en sangrientos enfrentamientos. Los policías aseguraban—como Adriana nos corroboró múltiples veces en sus informes—, que este sujeto era un loco psicópata que debía ser atrapado e internado en el Psiquiátrico Bolivariano; mientras que los habitantes lo reconocían como una héroe clandestino... y los supersticiosos—(la Brujería y ramos conexos corresponde el treinta porciento de la religión en la región guayanesa)—, creían que era un espanto concebido por los ocultistas para proteger a sus familias de los extorsionadores y sicarios de los carteles. Así como el Asesino del Infierno, que según la leyenda urbana, era una manifestación de la maldad reprimida en Ciudad Zamora.

Los periodistas publicaban columnas sobre encuentros con el Justiciero, y su posible persecución tras la Criatura. Se lo avistó patrullando las avenidas del Paseo Orínoco como un fantasma del crepúsculo, y adentrándose en los espesos matorrales para hallar algún indicio capaz de acercarlo al monstruo comegente. Aún no se había popularizado el término «Xenohumano», para referirse a individuos con cualidades extraordinarias, pero el Justiciero era uno de esos mutantes benévolos a la causa moral, con una ideología bien definida. Los grupos delictivos que lo enfrentaron en altercados, testificaron que las balas lo evitaban... o eran repelidas, o lo atravesaban... y otros dijeron que los automóviles dejaban de funcionar en su presencia. Uno confesó que todo su cuerpo tembló cuando lo tuvo encima, como si no pudiera controlar sus extremidades, y que los objetos salían volando en su dirección con mucha fuerza, como atraídos por potentes imanes. El detective Alonzo Zaragoza se comprometió con el CICPC para averiguar la identidad de este sujeto enmascarado... pero, el pueblo cree (y Adriana Reyes los secunda) que no es una persona física, sino que es la personificación de la esperanza contra la brutalidad de los gobernantes. 

El furor criptozoológico atrajo a una figura famosa entre los círculos ocultistas del país: Cristofer Ramírez, Cazador de Monstruos. Oriundo de las sierras supersticiosas de Nueva Andalucía, este hombre proviene de un linaje de mestizos, herederos de los secretos Warao de la selva, que se hizo famoso tras la captura de un capibara gigante en las cercanías de Santa Elena. Se le adjudican glorias importantes como la cacería de un Araguato cimarrón en una finca del Llano Negro, una trifulca contra un Canaima vengativo en Apure, el exterminio de un grupo de vagabundos chupasangre en el Metro de Nueva Bolívar, y la pesca de un tiburón mutante con boca de sierra en el Lago de Maracaibo. Era un altivo aventurero alusivo a un Nicolás Curbano contemporáneo—la comparación es por las creencias chamánicas de Adriana Reyes—, o el campeón griego Hércules. En fotografias adjuntas aparece reunido con el detective Alonzo Zaragoza, el comisario Armando Paredes y la oficial Adriana Reyes; vestido con camisa blanca remangada, pantalón ajustado, sombrero de jinete, cuchillo y correa artesanal, y cotizas de cuero... tal cual una radiografía del llanero de antaño. 

Cristofer Ramírez viajó en sendas camionetas para no forzar su caballo, jactándose de su destreza como jinete en las corridas de toros. Hizo demostraciones de lazo a un público fascinado, se armó con un machete afilado capaz de cortar dos cocos de un tajo, desempolvó una lanza llanera de tres metros que según fue utilizada por sus antepasados en la caballería liderada por José Antonio Páez, y un trabuco de grueso calibre y cañón corto, seguramente del siglo pasado. Después de la sesión fotográfica para la prensa guayanesa, el llanero se dispuso a recorrer victoriosamente los senderos populares del Jardín Botánico al atardecer, revisando los edificios abandonados donde se escondían los adictos... y persiguiendo un rastro invisible de pistas sin sentido, guiado por su especulativa intuición. (Adriana Reyes lo odió desde el principio, y los detectives lo destrozaron con burlas cínicas mientras observaban a lo lejos el desempeño del mítico Cazador de Monstruos). 

Cuando cayó la noche, y se adentraron en el laberinto de pantanos y de puentes. Un grito rompió el silencio de las pruebas de audio... y una forma gigantesca surgió de los matorrales anegados de aguas negras: una aparición antropomorfa de aspecto nauseabundo como el cuero de los pescados, con un morro abultado repleto de colmillos de caimán y una joroba de espinazo jurásico... cuyos brazos y piernas—si damos por verídico el informe de Reyes—, eran los de un nadador olímpico sumergido en los densos pantanos del jardín abandonado. Apareció de imprevisto como un espanto, atacando al llanero petimetre. El trabuco abrió fuego ante los flashes de las cámaras de grabación, y los policías contemplaron como la Criatura se debatía entre los árboles sumergidos por el lodazal. Sin previo aviso—acá los oficiales tenían las pistolas cargadas en las manos—, el animal rabioso emergió del desagüe como un cuadrúpedo, y se precipitó a ellos con los ojos encendidos en ascuas infernales.

Lo siguiente, Adriana no lo pudo describir con exactitud por la intensidad de sus emociones. Hubo disparos, sí, pero el zumbido magnético que la atravesó, resonó más fuerte que cualquier fogonazo, y sintió que la jalaron desde diversas partes del cuerpo: la pinza del cabello, el collar, la hebilla del cinturón y el plomo en las botas... tiraron de ella hacía atrás con tal fuerza que se desplomó. Todos los aparatos se movieron de su sitio, y una figura negra más pequeña y delgada surgió como un fantasma de los árboles que los rodeaban como murallas. Escuchó el repicar de unos electrodos, y la claridad de un diminuto arco eléctrico la encandiló en la penumbra. Aquella sombra se abalanzó con arma en mano, y atacó por detrás al monstruo... que chilló de dolor como un electrocutado, y se perdió en la arboleda hasta desaparecer. Nadie supo qué pasó esa noche... porque el Justiciero se desvaneció, dejando una pila de baterias soldadas en serie, y conectadas a dos electrodos con un interruptor; era un Taser casero. 

La oficial Reyes describió la situación como inusual, y que debían retirarse del área. Cuando Cristofer Ramírez se recuperó de un aparente desmayo, ocasionado por el impacto de una rama en su frente, le preguntó a los camarógrafos si tenían todo grabado, pero ellos negaron con desconcierto: «todo el equipo electrónico quedó inutilizado». Al día siguiente, El Progreso publicó un encabezado que rezaba: «El Justiciero enfrenta a la Criatura del Orínoco». Otros diarios fueron más despectivos con Ramírez: «Cazador, cazado»; «No pudo contra el Orínoco»; «Salvado de milagro»; «El Justiciero es el verdadero Héroe de Ciudad Zamora». El Cazador no pudo aguantar el escrutinio público de la prensa guayanesa sobre sus facultades, y tras una semana de búsqueda exhaustiva utilizando sabuesos, volteando las piedras del Jardín Botánico y vigilando las bocas de desagüe del Paseo Orínoco... se rindió, y huyó a la persecución de Ánimas en Montenegro y monstruos carroñeros en el Llano Negro.

Tras prolongadas peticiones de parte de periodistas interesados, la oficial Adriana Reyes decidió conceder su redacción de los sucesos sobre aquella noche de monstruos mutantes... apareciendo en la primera plana de El Nacional como tendencia. Siendo objeto de debate para los escépticos, y esperanza para los creyentes en su héroe nocturno.

La Criatura del Orínoco no volvió a aparecer en las avenidas, puede que se haya retraído a las catacumbas bajo el Casco Histórico, o el encuentro traumático lo haya hecho regresar por donde vino: río arriba, en los estanques escondidos de la Amazonia. Últimamente se habla mucho de la estructura en forma de embudo del lecho del Orínoco, que puede ser un portal al inframundo.

Eso sí, él ha sido visto por los madrugadores emergiendo del alcantarillado. Algunas veces cubierto de sangre y malherido tras un crudo enfrentamiento contra lo que sea que viva allí. No ha aparecido ningún cuerpo extraño flotando en el río, pero en caso de que lo haga... esperemos que sea nuestro campeón el ganador de esa batalla subterránea. El Justiciero es una criatura de la noche: es el depredador que mantiene a la humanidad a salvo de los peligros que despiertan al caer el sol. 


Las Formas del Deseo

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